Tiempo de vacas gordas


 Fragmento

Ahora no hubo necesidad de pasar las penurias de llegar al aeropuerto capitalino y subirse a un avión, porque Tlaxcala, que para mí significa tierra de buenos amigos, está como quien dice a la vuelta de la esquina de la Ciudad de México, y de mi casa todavía más cerca. Así que me levanto menos temprano que mis compañeros de viaje porque con ellos quedé de verme en el Arco de Tlaltenco, sobre la Avenida Tláhuac, de donde la autopista a Puebla se encuentra a menos de diez minutos.

Nada mejor que visitar Tlaxcala, un lugar donde siempre se aprende algo interesante. Y a eso vamos, a conocer el trabajo de cuatro grupos sociales cuyos proyectos productivos reciben apoyo del Fonaes.

En menos de una hora llegamos a la tierra de Cuamatzin, señor de Contla; de Tocinpanecatl, de Tepeyanco y Acxotecatl, de Atlihuetzia, quienes liberaron a los tlaxcaltecas de sus odiados enemigos aztecas al encabezar una división con más de veinte mil guerreros indígenas que se unieron a los españoles en la conquista de Tenochitlan. Tierra de museos y zonas arqueológicas, de ex conventos y catedrales, de tianguis y mercados, es también tierra de toros y toreros. Aquí la fiesta brava es quizá la fiesta más concurrida por los tlaxcaltecas.

Tlaxcala es tierra de regiones fértiles, húmedas, con el manto freático a escaso metro de la superficie, donde el paisaje lo conforman apacibles y frondosas arboledas por entre las que se abren paso caminos de terracería y asfaltados, que atraviesan cultivos de hortalizas que se alternan con otras formas de cultivo.

En la región noroeste, por ejemplo, un ejidatario es afortunado cuando se dice dueño de una hectárea de terreno, y no más. Porque los menos apenas si completan la media hectárea o el cuarto de hectárea. Pero la tierra es tan fértil y productiva que permite al campesino recoger hasta tres cosechas en un año.

También es tierra de regiones áridas, con el sol cayendo a plomo sobre todo lo que se mueve o queda inerme en ese purgaatorio tlaxcalteca, y como prueba están los casi tres años que no ha caído ni gota de lluvia, y la gente anda todo el tiempo con el sufrimiento remarcado sobre los hondos surcos de su frente, por la angustia de que sus tierras no reciben agua, ubicadas en la escenografía brumosa de los últimos días de abril, en planicies adornadas por esporádicos caseríos y coloridas cúpulas de vetustas iglesias con hermosos frontispicios, iglesias que se repiten a cada instante cuando uno transita por las carreteras, y desde ellas se divisan con el caserío a su alrededor y en lo más alto del paisaje.

Entidad que huele a historia, que transpira cultura por las viejas y coloridas paredes de sus ciudades y poblaciones cuyos habitantes nunca conocieron la intromisión hispana por el agradecimiento real a la lealtad de sus antepasados, al coraje de Cuamatzin, Tocinpanecatl y Acxotecatl quienes, bajo el mando de Xicoténcatl hijo, marcharon con él de Texcoco a Tenochtitlan en 1521 y ya casi para llegar, tras de cargar durante cuatro días con sus noches las piezas de los bergantines para armarlas en el lago, decidieron ahorcarlo a mano limpia porque cuando Xicoténcatl vio a lo lejos la gran ciudad, el ombligo del mundo, la sangre se le heló, los dedos de pies y manos se le entumieron, la lengua se le trabó y entonces se negó a combatir a los mexicas.

Tlaxcala es tierra de zonas boscosas, con la erosión a flor de peñascos, riscos y desfiladeros, de tanto que sus hombres del campo han tenido que recurrir a la técnica de cultivo en terrazas para sacarle el máximo provecho a la madre naturaleza.

Llegamos temprano a la ciudad de Tlaxcala, donde, a pesar de su acelerada transformación y crecimiento urbano, no batallamos para encontrar las oficinas de la representación estatal de Fonaes en la calle de Guridi y Alcocer.

Aquella recomendación que antaño solían hacer los que conocían Tlaxcala a quienes venían por primera vez, de que cuando vayas a llegar a la capital del estado maneja tu automóvil muy, pero muy despacito, porque, si no... ¡te pasas!, ciertamente ya es cosa del pasado.
 

Juan Manuel Mendiola García, representante estatal de Fonaes en el estado, considera que la misión primordial es la consolidación cualitativa de las empresas sociales, darle seguimiento a las mismas a partir de decirles cómo empiecen, proporcionarles el recurso y verlos hasta dentro de dos años.

Eso sí, para él especial atención tienen las acciones encaminadas a recuperar las aportaciones solidarias que Fonaes ha hecho desde 1992.

Reconoce que una de las debilidades internas de la representación estatal es la reducida estructura con que cuentan, apenas ocho personas, pero con altos estándares de productividad, tanto en lo administrativo como en la participación en el trabajo de campo, lo que les permite, dice, «borrar barreras interfuncionales de los cargos».

Los recortes presupuestales también han afectado, pero eso los hace ser más cautelosos, les permite trazar mejores estrategias. Mendiola García me platica que ya tienen instrumentados diversos indicadores de productividad para cada una de las empresas sociales de la entidad que apoya Fonaes, a través de un consejo interno de calidad. Eso no había antes, dice.

Lourdes Martínez de Santos, ingeniera agrónoma por el Tecnológico Agropecuario número 29 de Xocoyucan, Tlaxcala, es designada por Juan Manuel Mendiola García para que nos lleve a visitar los cuatro grupos sociales y conozcamos la actividad productiva que desarrollan con sus bovinos para la producción de leche, en el caso de tres de ellos, y de ovinos para pie de cría y engorda en el otro.

Salvada la parte de las presentaciones de rigor, salimos al estacionamiento para emprender el recorrido por una parte de los cuatro mil 60.9 kilómetros cuadrados de esa entidad localizada en la meseta central del territorio nacional.

«En Fonaes nos preocupamos por darles el recurso económico para que comiencen con su empresa», me explica Lulú mientras Víctor conduce el Nissan hacia nuestro primer destino: Tepetitla de Lardizábal.

«Pero también los capacitamos para que vayan creciendo, aunque en ocasiones nos encontramos con algunos grupos que se resisten a aceptar la asistencia técnica. A veces te dicen, bueno, que venga el capacitador, pero no asumen el compromiso de pasar de meros receptores a actores centrales de su rol productivo», señala la ingeniera Martínez de los Santos.

Pareciera que a los adultos, sobre todo aquellos que apenas concluyeron la instrucción primaria, quizá porque no había más alternativas para seguir estudiando o la situación en el pueblo no se prestaba para mayores cosas, les cuesta un poco de trabajo asimilar la idea de que nuevamente tienen que adquirir conocimientos en un salón, pero terminan por hacerlo y descubren que pueden ser útiles en otras actividades.

«También depende del capacitador técnico -dice Lulú-, porque luego éstos nada mas se concretan a impartir la parte técnica, pero otros los hacen que apliquen sus conocimientos a través de la preparación de alimentos balanceados para el ganado, por ejemplo; aunque después, cuando el capacitador se va, quienes recibieron los  cursos hacen caso omiso de lo aprendido y prefieren ir a comprar los alimentos balanceados y entonces no ahorran nada», asevera.

Después está el caso del médico veterinario como profesionista, quien se pone celoso ante la capacitación que reciben los empresarios sociales por parte de Fonaes, porque resiente en el bolsillo el súbito cambio de actitud de quienes van prescindiendo de sus servicios. Incluso ya no es requerido ni para que vaya  a inseminar artificialmente a las vacas, porque eso lo pueden hacer ahora quienes fueron capacitados en los diversos grupos sociales. «Actualmente algunos grupos sociales ya andan interesados en la transferencia de embriones para la mejora agropecuaria», asegura la ingeniera Martínez de los Santos.

Por eso ha crecido el número de veterinarios que cambian de giro en sus locales comerciales, y en lugar de ofrecer sus conocimientos para curar ganado de todo tipo, e incluuso aves de corral, terminan vendiendo pececitos japoneses o mascotas rothwailer.

Hasta hace poco, refiere Lulú, la inseminación artificial era rechazada por la gente de los grupos sociales involucrados en actividades agropecuarias. «En su concepción particular de las cosas, su tradición cultural no les permitía aceptar ni la inseminación artificial ni ninguna otra innovación tecnológica -me comenta la ingeniera-. Ellos implemente decían: así me lo enseñaron mis abuelos, después mis padres, y así tiene que seguir siendo, la inseminación debe ser natural, y traigan al toro...»

Me acuerdo entonces que un primor solía decir ¿Y alégale?, cuando alguna persona se montaba en su macho y no había argumento que la convenciera de  lo contrario. Inmediatamente después de mi regresión fugaz a los años de la preparatoria, le pregunto a Lulú de dónde es originaria, y ella orgullosa me dice que de Gómez Palacio, en la Comarca Lagunera de Durango. Entonces le digo que hasta paisanos salimos, y le platico que en la representación del Fonaes en la ciudad de Morelia trabajan otros dos laguneros, Francisco Torres Bujanda, también de Gómez Palacio, y Alfredo Guerrero García, de San Pedro de las Colonias.

Después retomamos el hilo de la plática, hasta que llegamos a la población de Tepetitla, municipio de Lardizábal, para conocer a los integrantes del gruupo social denominado SSS Cruztitla.