Política y deporte


Los Juegos Olímpicos en Sydney 2000
 Sergio Rojas
Segunda parte
El logotipo de los Juegos Olímpicos de Sydney
Con los colores de los elementos tierra, agua y aire, el logotipo olímpico refleja el espíritu de la ciudad que acoge los Juegos. También se le conoce como «El Atleta del Milenio». Tiene la figura de un atleta, formada por figuras y colores significativos de Australia. Incluye los tradicionales boomerangs así como las alegorías de sol y rocas, junto a los colores del puerto; las playas y el rojo del interior invocan el carácter único del paisaje australiano y sus originales habitantes.
La estela blanca convierte el contorno de la Sydney Opera House en una línea de humo que recuerda a la antorcha olímpica.
El singular logotipo fue dado a conocer el 14 de septiembre de 1996, esto es, cuatro años antes de los Juegos de Sydney.
Las mascotas
Las mascotas de Sydney 2000 son un ornitorrinco al que bautizaron como Syd (por Sydney), así como un pájaro kookaburra de nombre Olly (en honor a los Juegos Olímpicos y el espíritu Olímpico), y un echidna llamado Millie (por los Juegos del nuevo milenio).
Terrorismo en el deporte
El fantasma de la tragedia de Munich
Desde los Juegos Olímpicos de Munich las competencias ya no son las mismas. Sin embargo, en el COI se han empeñado en olvidar el asunto, aquella mañana del cino de septiembre de 1972, en la Villa Olímpica, cuando fue ejecutado a sangre fría un atleta judío, 18 horas antes de que comenzaran los Juegos.
El drama comenzó a las 4:30 de la mañana. Un grupo terrorista de Septiembre Negro irrumpió en la residencia, mató a dos deportistas y secuestró a nueve.
El lastimoso sonido de las ambulancias, las carreras de los expertos tiradores de la policía alemana que se apostaban en las azoteas de los edificios aledaños, las órdenes de uno y otro lado y el golpeteo de las botas contra el cemento despertaron a los vecinos de la Villa.
A las 4:30 de la madrugada no se conocía del todo la situación. El jefe de la policía local, Manfred Schiber, y el presidente del Comité Organizador, Willie Daume, comenzaron las negociaciones con los secuestradores en espera de la luz del día. En ese momento, ambos pensaban que poco después del amanecer controlarían la situación.
Sin embargo, la primer ministra israelí se negó a hacer declaraciones acerca de la liberación de 200 presos políticos, como exigían los terroristas para desistir de sus presiones.
Avery Brundage, presidente saliente del COI, insistió con su peculiar carácter y estilo de pegar gritos, que las Olimpiadas no fueran suspendidas con tal de no ceder terreno a las presiones políticas.
El Papa Paulo VI pidió cordura y reprobó la violencia en los Juegos, mientras por las calles de Munich comenzaron a aparecer grupos de israelíes con pancartas en las que pedían la suspensión de los Juegos, en tanto que un miembro de la delegación olímpica acusó al gobierno de Alemania de ser el causante de la masacre.
En la Villa, a un costado del edificio, aparecieron unos individuos con chalecos antibalas, subieron por la parte trasera al edificio pero después desistieron del intento. Los rehenes estaban atados de pies y manos. Eso dificultaría el rescate.
A las 10:30 de la mañana los terroristas fedayines pidieron a las autoridades que pusieran un avión en el aeropuerto de Munich-Rielm, y les proporcionaran un transporte para salir de la Villa Olímpica. Rechazaron que fuera un vehículo rodante. Exigieron que fueran helicópteros para su mayor seguridad.
Una hora después aparecieron tres helicópteros los cuales descendieron cerca del lugar. Rápidamente dos fueron ocupados por rehenes y captores y uno más con autoridades. En menos de diez minutos ya estaban en el aire, con rumbo al aeropuerto.
Al momento de descender en una de las pistas, los francotiradores del gobierno alemán comenzaron la balacera. Repentinamente uno de los helicópteros estalló en llamas, los fedayines salieron corriendo en todas direcciones, el ejército alemán capturó solamente a tres. Los demás integrantes del comando terrorista y los rehenes morirían trágicamente.
Horas más tarde, el gobierno de Alemania dio a conocer un escueto comunicado oficial ante la presión de la opinión pública, en el que justificaron los hechos ocurridos en el aeropuerto, y dieron la versión de que uno de los fedayines se había suicidado con una granada de mano.
Fue una pesadilla de 18 horas que paralizó al mundo, y evidenció que los Juegos Olímpicos simplemente esconden las profundas divisiones que desgarran a los hombres.
Un día después los Juegos Olímpicos se llevaron a cabo con una gran ceremonia en el Estadio Olímpico con la presencia de 80 mil espectadores. La filarmónica de Munich desgajó las notas de la Heroica, para rendir homenaje a los caídos con las banderas ondeando en el aire, a media asta, en señal de duelo.
En un lugar del estadio, una silla vacía y un ramo de rosas rojas y blancas con un moño negro, fue la única manifestación israelí en señal de duelo durante la ceremonia. Después se celebrarían oficios religiosos en la capilla de la Villa Olímpica.
Un mes más tarde, y debido a una contra-reacción de los fedayines, los tres terroristas apresados fueron dejados en libertad a cambio de un avión secuestrado.
Y aquella casa de Connollystrasse número 31, continúa ahí como un aviso a todos aquellos que desean organizar unos Juegos Olímpicos.
Política y deporte
Las victorias deportivas ensanchan nacionalismos
El deporte, concebido por los contemporáneos medios de comunicación, queda circunscrito a un mundo aparte de la realidad. La cultura deportiva de los pueblos es inmensamente superior a cualquier otro bagaje intelectual que estos posean. Los espacios, secciones o suplementos deportivos son los más vistos, leídos o escuchados.
Desde la irrupción de los medios masivos de comunicación en la escena deportiva, el deporte, convertido en espectáculo de masas por dichos medios, ha dejado de ser mera competencia. Sólo unos cuantos compiten por el simple hecho de hacerlo. Si no se tienen posibilidades reales de conseguir el triunfo, las autoridades respectivas de cada país prefieren depurar la lista de deportistas que habrán de integrar las delegaciones.
En la actualidad, los grandes acontecimientos deportivos son la Copa del Mundo de Futbol y los Juegos Olímpicos. No se puede concebir a ninguno de ellos sin la televisión. Las transmisiones televisivas llegan a millones de seres humanos en todo el planeta, gracias al poderío económico de las empresas patrocinadoras.
En las competencias deportivas la identidad nacional entra en juego. Para ningún gobierno puede pasar desapercibido que las grandes hazañas deportivas conseguidas por uno o varios de sus atletas deben ser enaltecidas y reconocidas. A través del reconocimiento público de los deportistas los gobernantes se reafirman en el ánimo de los gobernados. Los problemas sociales y económicos pueden ser relegados por parte del segmento de inconformes si la nación tiene, en el plano internacional, triunfos relevantes.
Porque el deporte es, además, receptáculo de resentimientos y frustraciones de individuos inconformes con su propia realidad antes que la social. Pero si llegan las victorias deportivas en alguna competición individual o colectiva, el nacionalismo permite olvidar y perdonar los errores de los gobernantes. El ancho mundo del deporte comprende desde elogios hasta recriminaciones. Loas al atleta vencedor y críticas al perdedor. Todo siempre dentro del argot y la terminología deportiva. Por eso en los medios electrónicos, principalmente la televisión, los directivos tienen mucho cuidado en no permitir la intromisión de la política en el deporte.
Quienes en los estadios despliegan mantas contra opresores y dictadores, ante una masa irracional congregada únicamente por el objetivo de presenciar una competencia deportiva, en la televisión su osadía e irreverencia simplemente es ignorada. Las cámaras de televisión ignoran todo acto que no forme parte del espectáculo. Los inconformes con el sistema son encarcelados por la justicia respectiva cuando la televisión transmite el desarrollo de la competencia deportiva.
Sin embargo, cuando a la política se le permite entrometerse en el deporte es al momento de las felicitaciones oficiales. A la hora en que el presidente de la nación recibe a los contemporáneos héroes de la patria, los que ganaron medallas en los Juegos Olímpicos o consiguieron el título en alguna competencia internacional de futbol. Porque actualmente en los países ya no caben héroes patrios ni próceres dispuestos al sacrificio, ni los gobernantes los quieren como disidentes ni desestabilizadores sociales.
En tiempos de democracia y economías globalizadoras no puede haber mártires ni opositores. Sólo héroes de carne y hueso. Héroes que no representen ningún peligro para la estabilidad del sistema. Ídolos que difícilmente puedan hilvanar una idea y mucho menos expresarla (a menos que se trate de un comercial televisivo). Protagonistas de la historia que no compitan con la de los gobernantes, deportistas de los que aquellos puedan exaltar el potencial físico y nada más.
Después de todo, los héroes deportivos no hacen pensar a las masas, a los acendrados fanáticos que en las tribunas de los estadios, como en las antiguas guerras floridas de los aztecas, piden la sangre del enemigo como tributo a la superioridad deportiva. El triunfo ensancha los nacionalismos. Por el contrario, la derrota contrae en el espíritu todo sentimiento patrio.
El poder recurre a los deportistas para promover los programas sociales del gobierno, para convencer a la sociedad que los contemporáneos héroes de la patria están de su lado, como por ejemplo en medidas harto cuestionadas como la implantación del denominado horario de verano. Ni qué decir de las campañas políticas. ni de las espontáneas fotografías entre personajes del poder y, por ejemplo, un futbolista o un boxeador, con evidentes mensajes subliminales.
No en balde en Brasil el futbol es una religión, ni en la España franquista el Real Madrid fue campeón europeo por varios años en forma consecutiva. La guerra del futbol en vísperas de la Copa del Mundo de 1970, entre El Salvador y Honduras, cuyo trasfondo era la disputa por los límites territoriales. En el deporte las raíces etnológicas y culturales no valen. Las hazañas deportivas son lo que cuentan. Los mitos deportivos, instaurados por los medios de comunicación, son el modelo a seguir por los anónimos receptores; posteriormente el poder se encarga de encumbrarlos para darle credibilidad a los regímenes.
El deporte en tiempos de la Guerra Fría
Luego de que en los países del orbe socialista los Juegos Olímpicos fueron calificados de «capitalistas», un tributo a la «victoria burguesa», con la llegada de Stalin al poder esa concepción dio un giro completo. Stalin cambió la idea que se tenía de los Juegos y quiso derrotar a Occidente en su propio juego.  Los atletas de la entonces Unión Soviética fueron los guardianes del comunismo. En la denominada Guerra Fría el deporte se convirtió en el campo de batalla con los países de occidente.
La maquinaria soviética dio inicio entonces con la fabricación de campeones en serie. Lo importante fue conseguir la victoria a cualquier precio. El prestigio del sistema socialista estuvo literalmente en juego. Para garantizar los resultados, el estado soviético ejerció una constante presión sicológica sobre sus atletas.
Cuando los atletas conseguían segundos lugares nadie los tomaba en cuenta, eran prácticamente ignorados. «En la Guerra murieron 30 millones de compatriotas. Es inconcebible que ustedes no puedan haber hecho el máximo sacrificio por su pueblo», solían decirles los representantes del rígido sistema político al que pertenecían.
Fue precisamente en Melbourne, Australia, donde comenzó el dominio soviético, principalmente en la gimnasia. Por primera vez los soviéticos ganaron más medallas que sus rivales. Vencieron a los Estados Unidos.
En la URSS surgieron los nuevos héroes y sus gobernantes comenzaron a presionar a sus dirigentes deportivos para que surgieran nuevos campeones que consiguieran más triunfos. Los nuevos prospectos, futuros héroes del régimen comunista, eran sacados de todos los rincones del vasto territorio. Después eran llevados a apartados lugares, en medio del bosque y de escarpadas montañas, donde tenían lugar las prolongadas concentraciones que abarcaban la mayor parte del año. En ese tiempo no podían visitar ni hablar por teléfono con sus familias. Sus nuevos padres pasaban a ser los entrenadores. Y los entrenamientos se llevaban a cabo mañana, tarde y noche.
Tras de la exitosa hazaña de Gagarin, el primer hombre en ser lanzado al espacio, los soviéticos buscaron a toda costa refrendar logros de grandes dimensiones. En el deporte, la cultura, la ciencia y la tecnología eran un medio de lucha por el comunismo. De ahí que cuando los atletas soviéticos tenían que salir a otros países para tomar parte en competencias, eran vigilados las veinticuatro horas del día por agentes secretos de la KGB. El régimen comunista no podía correr el riesgo y la vergüenza de verse envuelto en asuntos relacionados con deserciones o de denuncias ante la prensa internacional.
Por eso las estrellas deportivas del sistema socialista que solamente preferían el deporte y evitaban adentrarse en el terreno político corrían el riesgo de ser severamente castigados. Tenían que hablar, hacer declaraciones acerca de las ventajas del sistema socialista y de los grandes apoyos del gobierno soviético al deporte. Debían convertirse en propagandistas del sistema totalitario, el mismo que les había prohibido estrictamente competir con deportistas profesionales de Occidente.
Para que los soviéticos pudieran viajar a Occidente y tomar parte en alguna competición con profesionales, se necesitaba la autorización del propio Kremlin.
Durante la Guerra Fría los agentes secretos de la KGB sospecharon de varios estrellas del deporte que tenían intenciones de desertar para pedir asilo en embajadas norteamericanas, por lo que las presiones sicológicas contra los atletas soviéticos crecieron. Ellos sabían que si llegaban a escapar, sus familiares en la URSS pagarían las consecuencias.
Al final de cuentas, la maquinaria deportiva soviética se desmoronó en los 90 junto con el sistema socialista.
Los Juegos Olímpicos de Moscú
Una multitud de 103 mil personas se puso de pie cuando se entonó el himno nacional soviético después de que el presidente Leonid I. Brejnev ocupó su lugar en el palco presidencial, en el estadio Lenin de Moscú en 1980.
Seguidamente comenzó el reducido desfile de los equipos (compuesto por 85 naciones) encabezado por Grecia, de acuerdo con la tradición, por haber sido allí donde se originaron las Olimpiadas. Los griegos portaban su bandera nacional, pero el equipo siguiente, el de Australia, desfiló con la bandera olímpica, gesto que se repetiría en el caso de otras delegaciones como protesta contra la intervención militar soviética en Afganistán.
Bélgica se presentó con una delegación de dos personas, una mujer que llevaba un cartel con las iniciales del Comité Olímpico Nacional y otra persona que portaba la bandera olímpica. Fue la primera manifestación plena contra la política soviética.
Antes, los Estados Unidos habían anunciado su no participación en los Juegos de Moscú y encabezarían un boicot que fue respaldado por otras naciones.
En el estadio, durante el desfile, los atletas de Benin, África Occidental, levantaron en alto sus brazos al pasar frente al palco presidencial donde se encontraba Brejnev.
Un total de 16 equipos desfiló con la bandera olímpica y diez lo hicieron sin atletas, con solitarios portadores de banderas.
La ceremonia de apertura alcanzó su punto culminante cuando Viktor Sanlev, uno de los más destacados atletas soviéticos, ganador de tres medallas de oro en triple salto, entró al estadio con la antorcha olímpica.
Saniev la entregó a Serguei Belov, astro del equipo ruso de basquetbol que anotó el punto ganador en la famosa victoria rusa sobre Estados Unidos durante los Juegos de Munich en 1972.
Los Juegos de Los Angeles
Los XXIII Juegos Olímpicos de Los Angeles vivió después el trago amargo del boicot, como respuesta de los países socialistas al de cuatro años atrás. Con excepción de Rumania, único país presente del bloque socialista.
Punto y aparte también estuvo la República Popular China, y su delegación fue largamente ovacionada en el Memorial Coliseum, incluso por el propio presidente norteamericano Ronald Reagan. Pero habría que recordar que esa nación no participaba en unos Juegos Olímpicos desde 1948.
Mientras tanto en Moscú, el programa oficial de emisiones de la televisión soviética para la semana que comenzaba ese domingo 29 de julio, no hacía ninguna mención a los Juegos Olímpicos de Los Angeles. «Sólo se hablará de los Juegos un máximo de dos minutos por día en el noticiero deportivo», según funcionarios de televisión de la URSS.
En lugar de Juegos, la televisión soviética transmitió una serie en diez capítulos en donde relataba cómo los servicios de contraespionaje del Kremlin desenmascaraban a los autores de un complot de la CIA contra un ficticio país africano aliado de la URSS.
En tanto que el presidente Reagan, dentro del palco de honor convertido en una fortaleza infranqueable a prueba de bombas y balas, declaró emocionado que estos Juegos «podrían dar inicio a una etapa muy importante para que regrese la paz total. Me dan dolor tantos problemas que rompen la tranquilidad en muchos pueblos del mundo, pero a la vez me siento optimista porque en esta reunión de la juventud (de 140 naciones) es un avance para la paz mundial».
«Este es un día creado por Dios. Vamos a disfrutarlo y a ser felices», dijo. «Nuestro afecto y orgullo es algo con el que pueden contar nuestros atletas, pierdan, ganen o empaten».
Deporte y poder económico
Los grandes organismos rectores del deporte mundial son autosuficientes y autofinanciables. Los gobiernos deben supeditarse a sus designios. Después de todo, ellos congregan en su seno mayor número de naciones que la propia ONU. Los poderosos fabricantes de productos deportivos y los grandes consorcios de la comunicación se asocian con dichas organizaciones deportivas para completar el círculo. En su nombre, tanto del COI como de la FIFA, son creadas poderosas empresas para institucionalizar patrocinios, la publicidad en los estadios y los derechos de transmisión. Tales empresas se legitiman como infalibles armas de persuasión.
Las federaciones o confederaciones, asociaciones, comités, institutos y comisiones, establecen sus propias leyes y reglamentos, inmunes a constituciones políticas y voluntades de gobernantes. Ningún gobierno puede inmiscuirse en sus asuntos, so pena de que el país que infrinja una norma sea duramente castigado por esos organismos deportivos con vetos y castigos. La FIFA y el COI, por ejemplo, son los administradores del deporte en todos los países que mantienen en sus respectivas órbitas a través de las federaciones, las cuales pagan altos tributos económicos y sus directivos son protegidos y defendidos tanto de aviesos opositores como de la justicia. Las finanzas internas son asunto vedado para quienes no pertenecen a su órbita.
La desinteresada competencia de otros años, cuando se sustentaba en el lema predominante de que lo importante no era ganar sino competir, en la actualidad esa filosofía resulta obsoleta y anquilosada. Los deportistas de elite van a los Juegos, como a los campeonatos mundiales y cualquier otra competición importante, con el respaldo de una firma comercial. El deporte es negocio y los Juegos Olímpicos no pudieron sustraerse a la comercialización de los mismos.
El nuevo capítulo en las competiciones olímpicas dio inicio cuando los países del bloque comunista comenzaron a enviar atletas con una férrea disciplina física y una sólida conformación ideológica, preparados desde su infancia para pulverizar más tarde todas las marcas en el terreno deportivo pero programados mentalmente para conseguir su objetivo. Mediante las medallas áureas logradas, y los respectivos himnos nacionales interpretados en los recintos olímpicos, los atletas victoriosos sirvieron a sus gobiernos como propagandistas de las supuestas ventajas y bondades del sistema socialista.
Fue así como en muchas versiones de los Juegos el poderío soviético quedó demostrado en las diversas competencias, y obligó a los organismos deportivos de los países occidentales a diseñar nuevas estrategias para hacer frente a los super atletas del orbe socialista.
Más tarde entrarían en escena las grandes marcas deportivas, fabricantes de ropa e implementos deportivos, dispuestas a patrocinar con grandes sumas de dinero a los atletas distinguidos.
La política en el deporte fue sustituida por la mercadotecnia. A ello contribuyó la intervención de la televisión y, posteriormente, de los demás medios masivos de comunicación. Las transmisiones de los Juegos, en vivo y en directo a más del 80 por ciento de la población mundial, convirtieron a estos en el mayor evento internacional junto con el Campeonato Mundial de Futbol.
El deporte espectáculo
Nadie ignora que en la actualidad los dos eventos deportivos más importantes del mundo son los Juegos Olímpicos y el Campeonato Mundial de Futbol. Hay quienes piensan que la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) es más importante debido a que congrega a más naciones que, incluso, la propia Organización de Naciones Unidas, y que la Copa del Mundo es más vista y llama más la atención que los Juegos Olímpicos.
Por otra parte, en el afamado Supertazón del futbol americano la cadena televisiva ABC cotizó la suma récord de 2.2 millones de dólares por 30 segundos de tiempo en pantalla, lo que dejó muy por abajo los 1.6 millones de dólares que fueron cobrados en la anterior edición de tan multipublicitado evento.
El mayor anunciante para el Supertazón XXXIV (Tennessee y San Luis) fue el gigante cervecero Anheuser-Busch, empresa que compró un espacio de 10 minutos por 17 millones de dólares, mientras que otros como Pepsi Cola, Frito Lay y Visa compartieron especio con un gran número de debutantes compañías de Internet.
Y todo eso, a pesar de que Tennessee y San Luis no eran de los equipos más populares de los Estados Unidos.
Como quiera que sea, la FIFA y el COI son los dos organismos deportivos más poderosos del orbe y, por tanto, cuidan y respetan sus intereses. Dígalo si no.
Juan Antonio Samaranch como presidente del COI y Joseph Blatter como mandamás de la FIFA, se reunieron en Lausana, Suiza, en marzo pasado con el fin de compatibilizar el calendario futbolístico con los Juegos Olímpicos.
«La reunión –dijo Blatter- fue para ayudar a los clubes que tienen que poner a sus jugadores a disposición de los equipos olímpicos nacionales. La intención es reducir de 14 días a cinco el plazo en el que deben ser cedidos los futbolistas con antelación al comienzo de los Juegos. Para lograrlo, sería necesario cambiar el reglamento de la FIFA, lo que se tratará en el organismo los días 23 y 24 de marzo en Zurich».
La intención de la FIFA es que jugadores de cartel puedan participar en los Juegos Olímpicos, lo cual no desagrada a Samaranch.
Por ello el COI tratará de adelantar los Juegos Olímpicos de Atenas en el 2004, para que se efectúen en julio en lugar de agosto (están programados del 13 al 29), y no entorpezcan los torneos europeos, como la Liga de Campeones y la Copa de la UEFA. Estos deberán parar 15 días, el tiempo justo que durarán los Juegos de Sydney, pero cuyos días serán recuperados en el 2001, una semana de febrero y otra al final de la temporada, cuando no hay partidos programados.
La FIFA y el COI han mantenido ríspidas relaciones, sobre todo porque el presidente de este último desea, desde hace algunos años, darle mayor protagonismo al futbol en la justa olímpica, y la FIFA ha ignorado esa intención por temor a que ese torneo pueda hacerle sombra a la Copa del Mundo.
En la actualidad el torneo olímpico está limitado a jugadores menores de 23 años, con tres excepciones por equipo.
El gran deseo de Samaranch antes de entregar la presidencia del COI es lograr que en el torneo de futbol de los Juegos de Sydney estén presentes las grandes figuras mundiales del balompié, como la del brasileño Rivaldo, quien es probable que juegue con Brasil. Pero varios clubes europeos no están dispuestos a ceder a sus jugadores porque precisamente en septiembre están en plena disputa los lucrativos torneos continentales.
«La FIFA intenta poner a los Juegos Olímpicos en su calendario, pero ello es difícil puesto que tienen lugar en una época en que éste está sobrecargado. Se intentará cambiar la fecha, lo que abriría nuevos horizontes», dijo Blatter, mientras que en el COI dijeron que estudiarían esta posibilidad.
Blatter y Samaranch están negociando un acuerdo para facilitar la participación de jugadores de cartel en los Juegos Olímpicos.
La Iglesia y el deporte
El deporte es tan fundamental para el desarrollo de todas las actividades del hombre que hasta la Iglesia católica fijó su postura con respecto a este. En mayo de 1975, el Papa Paulo VI declaró que «por sus fundamentos éticos y por la unidad que logra, el deporte puede llevar un notable tributo a la causa de la comprensión y de la paz entre los pueblos».
En un mensaje especial que el Sumo Pontífice expresó en la Sala Clementina de la Basílica de San Pedro, en donde recibió en audiencia a los miembros del ejecutivo del COI y a los participantes a la asamblea general de 98 Comités Olímpicos Nacionales, la cual tenía lugar en Roma, el pontífice agregó:
«El deporte ha logrado lo que otros medios no han podido alcanzar todavía para obtener la completa paz: unir a todos los hombres en el concierto mundial del deporte, sin prejuicio de raza, casta política o religión».
«Nadie está exento al suceso del tiempo, de la fatiga física y mental, pero sobre todo de la fatiga espiritual, y es una labor muy altruista que el deporte sea el conducto que reconforta a millones de seres en todo el mundo cuando menguan esas virtudes». 
«El deporte es justamente el medio que enseña a dominar los instintos y predispone a la elevación del espíritu. Como única reflexión, los invito a todos ustedes a seguir por ese camino que a todos nos favorece».
Fin

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