Noticias desde Nazas

Pancho Villa sí conoció Nazas
Por: Sergio Rojas
Texto actualizado del publicado en NOSOTROS  | Número 75 | Noviembre de 2004
A la memoria de Sara Viaña
Al cumplirse un aniversario más de la Revolución Mexicana recuerdo que cuando niño, al llegar la noche, mi tío Ruperto Viaña acostumbraba salir al portal de la vieja casona en la huerta de Nazas, con su silla de madera y pita que él mismo había fabricado, debido a su oficio de carpintero, para echarse con la silla hacia atrás y recargado en la pared dejarla en dos patas, con sus pies encaramados en el palo inferior que las unía y la mirada fija en quién sabe dónde, motivo por el cual la bola de chamacos dejábamos de jugar debajo de los nogales para ir a sentarnos cerca de él y pedirle que nos contara anécdotas y leyendas de aquel antiguo pueblo por cuyas paredes uno podía oler la historia.
Una vez nos platicó que de adolescente, si mal no recuerdo allá por 1902, en una ocasión las calles de Nazas se convulsionaron con el rumor de que en la cárcel del pueblo se encontraba preso el famoso bandolero Pancho Villa, motivo por el cual la gente se arremolinó para ver si podía conocer al célebre salteador de caminos que había sido apresado en un descuido que tuvo al transitar por las desoladas serranías duranguenses. Siempre nos advirtió que eso había sido cuando él tenía algunos trece o catorce años, por lo que al momento de platicárnoslo, allá por el verano de 1968, la memoria comenzaba a fallarle. Pero de que él incluso había estado a las afueras de la cárcel para atisbar por algún resquicio y conocer al famoso bandido, no le quedaba la menor duda.
Jamás he encontrado ningún testimonio escrito de que Pancho Villa hubiese estado en Nazas, Durango. Pero no había por qué tenerlo, debido a que entonces sólo Villa era un célebre forajido por cuya mente ni siquiera pasaba el que acabaría por incorporarse a una gesta revolucionaria ocho años más tarde. Sólo hasta ahora registro aquel testimonio que un día reveló don Ruperto Viaña, en el sentido de que Pancho Villa, como forajido, un día estuvo preso en Nazas. Y puede ser. Recordemos que en diciembre de 2008 falleció el último hijo de Pancho Villa, Ernesto Nava Villa, quien nació en Nazas pero en 1915. Faltaría saber dónde conoció Pancho a la madre de su hijo, Macedonia Ramírez.
También debo anotar que el segundo apellido de mi abuela materna era el de Villa, pero no son mis pretensiones subirme al carro de la historia ni desentrañar aquí vínculos sanguíneos. Sólo evoco aquellas noches de mi adolescencia, cuando en compañía de una docena de primos y amigos nos sentábamos en aquel viejo portal para escuchar las historias que nos contaba el tío Ruperto, teniendo como fondo las copas de los inmensos nogales alumbradas por la luz que llegaba de los faroles de la plazoleta cercana, cuando no de la luna llena o de los perfiles que delineaban millones de estrellas en el firmamento.
Por más de dos horas cada noche el tío Ruperto nos mantenía cautivados con sus historias y anécdotas. Era como la mayoría de los viejos de entonces, poseía el don de la conversación, cualidad que después vino a atrofiar en los humanos la televisión. Pero él era del campo, y como entonces las microondas aún no llevaban la señal a ninguna caja idiota de Nazas, los que entonces éramos niños teníamos el tiempo suficiente para quedarnos viendo el cielo hasta contar dos o tres vueltas que supuestamente un satélite de la época daba a la Tierra, aunque lo más seguro es que debió tratarse de algún avión comercial.
Siempre me pregunté por qué los profesores no habían podido en sus clases explicarnos la historia con aquella claridad con la que lo hacía el tío Ruperto, hombre sabio surgido del desierto norteño. Lo cierto es que a través de sus pláticas fue como pudimos conocer a Pancho Villa y emocionarnos con las proezas de un héroe de verdad al que todavía nadie le había hecho su historieta.
Desde entonces nos sorprendió mucho ese sexto sentido que mi General tenía para sobrevivir. En muchas ocasiones la muerte le peló los dientes por esa extraña sagacidad que tenía para burlarla, y que ha quedado plasmada en muchos libros que después leí, pero que el tío Ruperto, estoy seguro, jamás leyó. Aunque también nos platicó otras historias que nunca he leído en ningún libro.
Una noche nos contó que cuando la expedición punitiva entró a México a buscarlo, Villa andaba con sus hombres a salto de mata por recovecos y cañadas en Chihuahua, y cuando ya los soldados gringos al mando del coronel Pershing estaban a punto de alcanzarlo, detuvo a sus hombres y les ordenó que se bajaran de sus caballos. Sorprendidos estos acabaron por obedecerlo, pero más extrañados quedaron cuando Villa les pidió que le quitaran las herraduras a sus corceles. Así lo hicieron, y una vez cumplida la instrucción les ordenó que las volvieran a colocar en las patas de los caballos... ¡¿Cómo?! Sí, ¡vuélvanlas a poner!, dijo Villa, ¡pero al revés! Y cuando acabaron de clavarlas en las pezuñas de los cuacos al revés volvieron a montarlos y se fueron. Por eso fue que cuando Pershing y sus hombres estuvieron a punto de capturar al sedicente guerrillero para castigarlo por la invasión que había hecho a territorio estadounidense en Columbus, el coronel yanqui sólo atinó a decir: «Qué extraño, van por donde nosotros venimos». Y con todo y tropas Pershing regresaba por donde había venido, dando pie a que los revolucionarios se alejaran más de los norteamericanos.
En otra ocasión a Pancho Villa le avisaron que un compadre a quien quería mucho había fallecido. La noticia lo conmocionó tanto que se puso a llorar, algo muy común en él debido a que era un hombre muy sensible; así que una vez transcurrido el momento de crisis, ordenó a sus hombres que lo esperaran en lugar seguro porque había decidido ir despedirse de su compadre al pueblo donde su viuda lo velaba. «Mi general, pero corre usted peligro de que los pelones lo capturen», le dijo uno de sus hombres de confianza. «No me importa, yo tengo que ir a velar a mi compadre», y se fue sin escuchar a sus hombres, se perdió en la distancia disfrazado de paisano. Luego de varias horas de camino llegó al pueblo como a las tres de la tarde, para sorpresa de la viuda.
Sin embargo, cuando Villa no llevaba ni siquiera una hora en el velorio, llegó un emisario para advertirle a mi General que cientos de federales estaban llegando al pueblo, seguramente porque algún soplón les había dado el pitazo de que el Centauro del Norte se encontraba en el velorio de su compadre. «Ya no puedo escapar, comadre, los pelones están por todo el pueblo», le dijo Villa.
En media hora los federales llegaron en tropel hasta la casa, justo cuando el cortejo fúnebre salía en esos momentos rumbo al panteón. El teniente que venía al mando del regimiento se acercó a la afligida viuda, con lo que destuvo la marcha del contingente, mientras los soldados buscaban entre los dolientes alguno que tuviera los rasgos de Villa, otros buscaron en los dos cuartos que componían la casa, y en un par de minutos rindieron el parte al mando superior: nada del insurrecto.
«¿Quién es el muerto?», preguntó el militar a la viuda. «Mi marido», dijo ella. «A ver, déjame verle la cara al difunto, abran la caja». La viuda no titubeó en ningún momento, sin dejar de sollozar le dijo impasible al militar: «Como usté quiera señor, nomás le aviso que mi marido murió de una enfermedad muy contagiosa. A ver, hijo, desclávale el féretro al señor... Pero le advierto, a lo mejor con el puro vientecillo llega usted a contagiarse y va a acabar como quedó él, todo carcomido del cuerpo…» Tras de aquella advertencia el teniente comenzó a sentir un extraño hormigueo en el cuerpo, las corvas se le doblaron y mejor prefirió dejar que el cortejo  fúnebre siguiera su camino.
Una hora después, ya en el panteón, comenzó a oscurecer, los militares observaron a la distancia y no se retiraron de su posición ni aun cuando la gente regresó a sus hogares. Sólo fue hasta una hora después que aquel pelotón se retiró del pueblo cuando los hombres de Pancho Villa pudieron llegar hasta la tumba, rápidamente desenterraron el féretro donde debía estar su compadre, encontrándose con mi General amoratado porque ya comenzaba a faltarle el aire. Y es que minutos antes de que llegaran los pelones al velorio, Villa pidió que lo ayudaran a cavar un hoyo en el otro cuarto, donde enterraron al difunto, para que así él pudiera suplantarlo en el ataúd.
«La vi cerquita muchachos», le dijo a sus hombres, mientras se limpiaba el polvo y acomodaba el sombrero, para después despedirse con una discreta seña de su comadre y amistades que lo observaban a la distancia, escondidos tras de unas milpas.
Y como esas historias Pancho Villa tuvo muchas otras, sólo que por el momento parece que escucho la voz de mi tía Eulalia llamando al tío Ruperto para que ya se vaya a dormir. «Ya es muy tarde, pasa de las nueve de la noche, seguro y que ya hasta les volaste el sueño a los chamacos», solía decirle antes de que el espigado anciano tomara impulso con sus manos pegadas a la pared, para regresar la silla a su posición normal, y despedirse de nosotros con un cordial hasta mañana.
El Río Nazas, 2006. Fotografía: Sergio Rojas