Cerezos para Mercedes


(1) Es más vergonzoso no saber amar

Después de abandonar sus estudios en el verano de 1989 porque comprobó que estaba embarazada, a tan sólo cuatro meses de haber ingresado a la Facultad de Arquitectura de la UNAM, Marisela Rodríguez tuvo que soportar el estigma de ser una más de las 250 mil madres solteras que había en la ciudad, y todo porque su novio se acobardó y fue a esconderse en el trasero de su madre para negar desde ahí cualquier responsabilidad.
Hija también de madre soltera, con una hermana menor que ella dos años pero de distinto padre que el suyo, Marisela se volvió a enamorar cuando su hija Rosaura tenía poco más de dos años y, fiel al adagio popular de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, quedó embarazada por segunda ocasión de otro que también salió con sus escrúpulos de no quedarse con un plato de segunda mesa.
Con Rosaura y Fernanda a su lado, Marisela tuvo que emplearse en los oficios menos esperados. Dejó la casa de su madre para no seguir escuchando recriminaciones y vituperios con la esperanza de que, como su progenitora lo había hecho, ella también pudiera encontrase algún día con un hombre que estuviera dispuesto a casarse con ella y que asumiera con abnegación y cariño la paternidad de sus dos hijas, igualito a como sucedió con su madre. Al final de cuentas la posibilidad de convertirse en una brillante profesionista se le había ido para siempre. Tenía que poner más firmes que nunca los pies sobre la tierra.
En 1994 consiguió un trabajo en la tienda Liverpool de Miramontes. La pusieron en el departamento de música donde volvió a sonreír y las pecas de su rostro centellearon como cuando era una adolescente que no se complicaba la vida por nada.
Una tarde de agosto aparecieron por la tienda un par de japoneses, Fusako y Yasunari. Marisela se hizo amiga de ambos y muy pronto descubrió que le interesaba al primero, quien por cierto era el único que más o menos hablaba castellano. Fusako la invitó a salir pero le pidió que consiguiera una amiga para que acompañara a Yasunari.
Esa noche cuando regresó a su casa en Tlaltenco se comunicó por teléfono con su amiga Mercedes Canales para pedirle que se uniera al grupo.
Los días siguientes Marisela volvió a experimentar aquella sensación de como si al andar no pisara el suelo y nada que no fuera soñar estuviese permitido. Se vio como en un cuento de cenicientas y príncipes azules, porque Fusako pareció enamorase perdidamente de ella, y mientras Mercedes sufría para hacerse entender con Yasunari, el corazón de Marisela latió con mayor fuerza y sus pulmones se ensancharon de tanto suspiro porque por primera ocasión se sintió libre y con derecho a ser feliz, tal y como ella suponía que debía ser la vida de una ceceachera que sabía de la lucha de clases y de la opresión que ejercían las naciones capitalistas sobre los países subdesarrollados.
Con Fusako caminó la ciudad de sur a norte y de poniente a oriente. Los vieron besándose sobre una lancha en el lago de Chapultepec y rejuntando sus cuerpos en los bochornosos vagones del metro capitalino, anduvieron de Bellas Artes al Templo Mayor y de La Ciudadela a La Villa. En el mirador de la Torre Latinoamericana Marisela ensanchó su pecho de orgullo al contarle la magnificencia de la Gran Tenochtitlan hasta antes de que llegaran los conquistadores europeos.
A diferencia de los dos anteriores hombres necios que la habían acusado sin ver lo calenturiento de sus culpas, Marisela cautivó a Fusako con su plática cargada de historia y anécdotas, de palabras bellamente hilvanadas por el hilo del amor, dichas con su voz nítida y harmoniosa que achicaban los minutos del implacable tiempo.
Fusako pasaba por Marisela todas las tardes, la esperaba en la esquina de Miramontes y Calzada del Hueso y de ahí se iban al Sanborns de San Ángel a encontrarse con Yasunari y Mercedes, después podían ir a comerse unos churros con chocolate o unos tamales con atole.
El último día que Fusako y Yasunari iban a estar en la Ciudad de México, Marisela y Mercedes decidieron llevarlos a dar un paseo en el Lago de los Reyes. Muy temprano, Marisela creyó ver esa mañana el día más triste de su vida, y mientras se bañaba en su casa lloró como nunca porque no quería que su bello sueño terminara, sentía que la vida había sido muy injusta con ella como para no compensarla con otros quince días de felicidad inusitada.
Como los japoneses ya conocían el camino para llegar a Tláhuac, Marisela y Mercedes los encontraron en la parroquia de San Pedro y de ahí se fueron caminando al embarcadero. Marisela no podía deshacerse de un molesto nudo que le impedía pasar saliva con naturalidad en la garganta, sentía que los pies se le arrastraban a cada paso que daba y por momentos la vista se le opacaba irremediablemente.
Cuando se encontraban en medio de la vegetación propia de esa zona chinampera y unas garzas observaban sigilosas a la distancia el lento trayecto de la trajinera sobre el agua, Marisela casi se infarta de la sorpresa cuando Fusako le entregó un anillo de compromiso. «Me quiero casar contigo», le dijo, mientras ella no podía ni siquiera pronunciar palabra alguna por los sollozos que la agobiaban.
Un par de horas después los cuatro comieron en el restaurante La Playa y Fusako y Marisela acordaron lo que vendría después. Él regresaría por ella en un par de meses para llevársela a Japón.
Sin embargo, Marisela sintió la necesidad de contarle a Fusako lo que él aún no sabía de su vida, y de sopetón le contó que era madre de dos niñas. Fusako se quedó entonces viendo el horizonte, los ahuejotes a lo lejos quizá, las trajineras que navegaban en el lago probablemente. Marisela no supo descifrar los pensamientos de su amado por lo inexpresivo de su rostro y tuvo que esperar un instante a que Fusako volviera desde el remoto lugar en donde sus pensamientos estaban.
«Está bien», le dijo. «Voy a regresar por ti y tus dos hijas. Los cuatro nos iremos a vivir a Japón», prometió muy formal él.
Esa noche Marisela y Mercedes acompañaron a Fusako y Yasunari al aeropuerto, ya no había motivos para estar triste. Por primera vez en muchos años Marisela agradeció al Creador el repentino giro que parecía haberle dado a su vida, por lo que los siguientes días no dejó de rezar por Fusako ni tampoco dejó de desear su puntual regreso, si no en dos meses, en el tiempo que le fuera posible, para que ella y sus hijas se fueran con él al Lejano Oriente.
Pero Fusako jamás regresó. Marisela nunca volvió a verlo y aquel ni siquiera se dignó llamarla por teléfono para darle alguna explicación.
Quien sí regresó a la Ciudad de México fue Yasunari. Lo hizo a los cinco meses de haberse ido. Volvió por Mercedes de quien se había enamorado mientras ambos acompañaban a Marisela y Fusako en sus correrías por la metrópoli. En ese lapso no dejó de hablarle por teléfono ni cesó en su intento de convencerla para que se casara con él allá en Japón. Mercedes aceptó y a sus dieciocho años un buen día abandonó Tláhuac para irse a reunir con su amado.



(2) ¿Cómo se dice Poquianchi en japonés?

Una menos, masculló Eustolia Martínez la noche en que su hija no llegó a dormir a casa por haber aceptado la proposición de un fortuito novio para irse a vivir con él al Lejano Oriente. La refunfuñona vieja ignoró tan significativo acontecimiento de su retoño, de hecho nunca en los dieciocho años de haberla parido se dignó a concederle ni siquiera una leve manifestación de cariño maternal, al contrario, cuando Mercedes Canales tuvo diez años y en lugar de jugar con muñecas prefirió usurpar los asequibles cosméticos de su madre para pintarrajearse los ojos de negro azabache, de rojo carmín sus orondos labios y de ardiente anaranjado las mejillas, porque le gustaba mirarse frente al espejo e imaginar cómo se vería de mujer adulta algún día, fue estigmatizada por su madre con insolentes epítetos y la furiosa advertencia a las amiguitas de la precoz chiquilla:
- ¡No se junten con esa prostituta!
Y se le quedó grabado en la mente el adjetivo calificativo de su desnaturalizada progenitora: pros-ti-tu-ta.
El colmo fue que hasta su abuela predispuso a Rosaura, hermana menor, de que Mercedes era una prematura perversa de la que se tenía qué cuidar, como si a los diez años una niña pudiera encarnar el libertinaje y el resentimiento de una mujer que, como Eustolia, un día fue abandonada con todo y cuatro hijos por el sátrapa del que nunca supo cómo zafarse a tiempo para no llegar a tenerlo de marido.
A Eustolia Martínez ni siquiera le importó saber que apenas dos meses atrás Mercedes conoció a un muchacho japonés de 24 años de edad que se lo había presentado su amiga Marisela, quien trabajaba en el Liverpool de Miramontes, ni que se llamaba Yasunari y tenía dos días de haber llegado con su amigo Fusako a la Ciudad de México en plan de vacaciones, para de inmediato hacerse novio de su hija, una descarnada muchacha de cerca de un metro cincuenta centímetros de estatura, tez morena, ojos rasgados y cabello negro ensortijado en los salones de belleza de San Pedro Tláhuac, con cuarenta y ocho kilos de peso y muchas ganas de reírse de la vida, tal vez para desquitarse de lo que ésta se había reído de ella hasta ese instante.
Desde el primer día, Mercedes y Yasunari pasaron por alto la cuestión de los idiomas, creyeron que con la conjugación de sus olores y la prodigalidad de sus besos y arrumacos podrían librar para siempre la barrera del lenguaje.
Al final del verano y con el período de vacaciones agotado Yasunari regresó a Japón, pero aún no transcurría una semana cuando buscó a Mercedes en casa de sus tíos, el teléfono le permitió continuar el noviazgo a distancia, cual sistema de estudios universitarios. Fue así como Yasunari aprendió las palabras necesarias del castellano para soltarle de sopetón una noche a Mercedes la propuesta de que se fuera a vivir con él a Japón, ofreció enviarle el dinero de su pasaporte y el boleto de avión, pero no le creyó, no podía ser posible que mejor ella tuviera la posibilidad de concretar su relación con un japonés que su amiga Marisela, quien nunca volvió a saber nada de Fusako.
Sin embargo, cuando Mercedes estuvo segura de que la propuesta de aquel individuo mayor que ella seis años iba en serio, le entró un miedo espantoso que le trastornó el sueño varias noches, tuvo pesadillas de todo tipo, se vio sola, trepándose a un fabuloso avión para emprender un viaje de muchas horas de duración hacia quién sabe dónde, y cuando el aeroplano por fin aterrizó y pudo caminar por aquella ciudad, grotescos rostros se le plantaron enfrente al tiempo que estallaban en estrambóticas carcajadas, luego nadie la entendía porque el idioma donde se encontraba era distinto al suyo y, por consecuencia, pasaba hambre, sed y frío. La somnolienta angustia de verse extraviada en lo que después supo era la ciudad de Tokio, la atormentó aún más porque vislumbró la posibilidad de que en cualquier instante se le apareciera Godzilla, el monstruo de aquella película en blanco y negro que la aterrorizó de niña y que constituía el único referente que tenía acerca del Japón. Tanta congoja hizo en ella el monstruo aquel que se orinó en la cama tres veces en una noche.
Por eso fue que al no obtener ninguna respuesta, dos meses después Yasunari decidió darse otra vuelta por la Ciudad de México para rescatar a Mercedes de sus tribulaciones. Llegó y la convenció, así de fácil, sin necesidad de hablar mucho castellano. Nadie en la altiplanicie mexicana les objetó entonces que una mañana muy temprano emprendieran el viaje rumbo a Tokio.
En San Pedro Tláhuac mientras tanto, Mercedes se convirtió en la comidilla del día, sus amigas de prosapia certificada le envidiaron que sin haber sido nunca una chica «de familia» ni haber sido candidata a reina de las fiestas patronales del pueblo, sin mayores estudios que la primaria y vestir ropa modesta que le regalaban sus tíos, les pareció increíble que se hubiese convertido de la noche a la mañana en una suertuda Cenicienta, por lo que la piel comenzó a teñírseles de verde de tarde en tarde al momento de su chismorreo febril en el atrio de la parroquia o en el jardín del pueblo.
Cuando Yasunari y Mercedes llegaron a casa de aquel en Tokio, la mamá del adonis oriental les abrió la puerta, gustosa aceptó el beso de su hijo en la mejilla pero, cuando éste le presentó a su novia mexicana, la agreste mujer miró primero de arriba abajo a Mercedes, después observó como con enfado las facciones de su rostro, frunció el entrecejo y repentinamente se dio la vuelta dejándola con la mano extendida, rehuyó el saludo porque le pareció poca cosa para su hijo.
Los siguientes días Yasunari y Mercedes dilapidaron resuellos y espasmos, instauraron un vasto repertorio de bailes nocturnos sobre la blanda superficie apisonada por sus ligeros cuerpos en continuo ayuno, enredándose y desenredándose, siguiendo las palpitaciones de sus alborozados espíritus, en su diálogo transversal con sus apasionados besos, cual agitadas mariposas, inquietos colibríes revoloteando el contorno de sus flores, empañando los vidrios de las ventanas con el efluvio voluptuoso de su espontáneo enlace.
Sin embargo, llegó el día en que quizá las glándulas apocrinas de sus axilas y de los alrededores de sus órganos genitales dejaron de producir feromonas, porque Yasunari sacó a relucir el cobre.
Una noche el adonis oriental regresó a casa con fuerte olor a alcohol y sin decir agua va tundió a Mercedes, la golpeó en los riñones y en la cara hasta que la dejó tirada en el suelo, casi inconsciente, y sólo fue hasta que el perturbado púgil ya no pudo ni levantar las manos del cansancio que se apareció en el lugar la despreocupada madre para llevárselo a dormir a su recámara.
Cuando las magulladuras estaban por quitársele del rostro luego de cinco días, otra vez un energúmeno Yasunari irrumpió en la alcoba a media noche y le volvió a propinar a Mercedes descomunal golpiza, con la particularidad de que en esta ocasión la sacó a la calle en ropa interior y le cerró la puerta. La muchacha se dio cuenta que Yasunari llegaba completamente trastornado a casa porque además del alcohol se drogaba, supo que su adicción por las substancias tóxicas iba en aumento porque los golpes ya no le dolían tanto como al principio, porque aquel ya ni siquiera tenía fuerzas o se cansaba muy pronto. ¿O sería acaso que se estaba acostumbrando a las tranquizas?, se preguntó un día.
Al entreabrir los ojos después de la décima golpiza Mercedes vio postrado junto a su cama a Yasunari, pidiéndole perdón con lágrimas en los ojos, barbotando palabras que no entendió pero eso dedujo porque el japonés tenía las manos pegadas a la altura del pecho como señal de arrepentimiento, mientras trataba de besarla en su magullada boca, sin dejar de sollozar, con los mocos escurriéndole por las pálidas mejillas, como si en el perdón le fuera la vida.
Mercedes lo dispensó porque, según reflexionó, en Japón y sin hablar el idioma, aunado al hecho de que xenófobos japoneses sentían repulsión por los latinoamericanos, motivo por el cual no dejaban de hostigarlos y hacerles toda clase de groserías cuando se los encontraban en lugares públicos, el panorama no se le presentaba muy halagüeño, no había de otra mas que apechugar. Al final de cuentas jamás pudo olvidar que en casa su madre nunca le dio ninguna muestra de afecto, ni antes ni después de que su padre las abandonara en Tláhuac para irse a vivir con otra mujer a Iztapalapa, así que la diferencia entonces era muy poca. Aquí en Tokio le surtían unas palizas de antología y allá en México nomás de piruja no la bajaba nunca Eustolia. Luego lo peor, ni dinero tenía para regresarse al terruño.
Una noche de invierno con la nieve cayendo sobre Tokio, Mercedes fue botada a la calle por enésima ocasión, se quedó tiritando en el pórtico de la casa hasta que una hora después varios vecinos se compadecieron de ella. «Así me habrán visto como para que los conmueva ver a una latina congelándose encuerada en la calle», se dijo para sus adentros y se lo repitió cada vez que alguno de los matrimonios que vivían al lado o enfrente terminaban por llevársela a su casa para que el frío no la fuera a matar.
Lo que siguió fue mera rutina, Yasunari iba por ella al día siguiente a buscarla casa por casa hasta encontrarla, donde se aparecía todo contrito y lagrimoso, sacando a relucir sus dotes histriónicas para conseguir el perdón de la maltrecha Mercedes. La situación se volvió como una burda representación altisonante de cada viernes, donde los actores debían salir a escena para desempeñar el rol asignado en tan peculiar teatro de la vida, en el que algunos vecinos acabaron por aplaudirles y la madre de Yasunari hasta terminó con butaca de primera fila en las tranquizas, o de ring side mejor dicho.
La arcaica de la casa decidió una noche tomar parte en la dramatización marital echándole porras a su desalmado vástago, Mercedes se alcanzó a dar cuenta de eso porque la vieja comenzó a lanzar agudos gritos y rabiosos aplausos, y no era otra cosa mas que delirantes muestras de aliento para que Yasunari continuara partiéndole la crisma por intrusa y latina, así que una tarde se comunicó por teléfono a México y le pidió ayuda a sus tíos. Una vecina que había trabajado de aeromoza en Japan Air Lines le recomendó que mejor se regresara a su patria, además ya parecía varita de nardo de lo escuálida que estaba y su tez morena clara se había oscurecido de tanto hematoma en el rostro y en el cuerpo. «Los machos no nada mas están en México, también aquí los tenemos y son muchos», le dijo un día.
Luego de hablar por teléfono con su sobrina, el tío Arturo se fue rápidamente a Relaciones Exteriores donde expuso la situación por la que aquella estaba pasando, pero ahí en Tlatelolco le dijeron que mejor se calmara, que los asuntos en cuestión de diplomacia llevaba su tiempo arreglarlos, que había qué pedir ayuda a la oficina homóloga en Japón y, ya después, con el correspondiente permiso, instruir a la Embajada Mexicana para que se pusiera a investigar el paradero de Mercedes. Sólo faltó a los empleados del gobierno mexicano recomendar al tío que se tomara unos válium para que no cayera en desesperación.
Tres vapuleadas más tarde, algo así como veinte días después de su visita a Relaciones Exteriores, el tío Arturo recibió la llamada de un burócrata de la Secretaría quien le notificó que su sobrina ya había sido localizada y que se hacían los trámites pertinentes para trasladarla a la Ciudad de México. El tío pagó el boleto en la aerolínea que le indicaron y en la Embajada Mexicana en Tokio se encargarían del resto.
Transcurridos seis meses del inicio de aquella tormentosa relación, un buen día de noviembre llegaron a casa de Yasunari y su madre tres personas del servicio diplomático mexicano, iban acompañados de dos oficiales de la policía japonesa, llamaron a la puerta y tocó la suerte de que abriera la propia Mercedes, a la que vieron con la cara sudorosa y el pelo recogido por una pañoleta, con los pantalones roídos y mugrientos, y descalza, porque realizaba las funciones de empleada doméstica. De hecho el vaticinio de sus amigas en México se había cumplido: acabó de Cenicienta y el príncipe se convirtió en sapo.
«Venimos por usted, tome sus cosas y acompáñenos por favor», le dijeron, pero Mercedes en lugar de ir corriendo por su maleta se quedó atónita viéndolos por entre sus temblorosas manos que poco a poco le cubrieron el rostro, se quedó inmóvil hasta que estalló en llanto.
Yasunari no estaba, era miércoles, día de trabajo, por eso nada mas se asomó la veterana madre, la que al enterase de lo que sucedía intentó cerrar la puerta al tiempo que jalaba del brazo a Mercedes, pero los dos policías japoneses reaccionaron como debían y reprendieron a la anciana. Sólo bastaron a Mercedes tres minutos para recoger sus pocas pertenencias y se fuera de esa infernal casa no sin antes gritarle a la veterana: «¡Adiós pinche Poquianchi!»
El asunto trascendió dentro el gobierno japonés, a los escrupulosos empleados que supieron del martirio por el que había pasado aquella chica mexicana les avergonzó la actitud de su compatriota, en el Ministerio del Exterior alguien decidió que no podían dejar que Mercedes regresara a su país con una mala impresión de Japón, resolvieron ofrecer a la muchacha una atención especialísima, sólo meritoria de una celebridad extranjera.
Un día antes de que abordara el avión de regreso a México, un individuo cuarentón que dijo ser enviado por el Ministerio del Exterior japonés y llamarse Kuniaki Fukushima se presentó muy temprano en la Embajada Mexicana para preguntar por Mercedes Canales. «¿A dónde me va usted a llevar para quitarme la mala impresión que tengo de Japón?
», le preguntó ella. Ambos rieron y posteriormente él la condujo hacia un elegante coche negro donde un chofer de pulcro uniforme caqui les abrió la puerta, luego la llevó a pasear por los palacios, templos y santuarios de la ciudad.
Tú no podel leglesal a México con una mala implesión de mi país –repitió Kuniaki toda la mañana.
Fue un día de incesante paseo, primero, por la parte tradicional de Tokio, donde se erigen hermosos palacios y monumentos, aunque al pasar por el templo de Asakusa Kannon el acomedido guía no le dijo a Mercedes que muchos de los edificios eran simples réplicas de los templos destruidos por los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, pasó por alto ese detalle porque poco antes Mercedes se había quejado amargamente de la sumisa actitud que los japoneses tenían para con los norteamericanos cuando se los encontraban por la calle, en contraparte a lo hostiles que mostraban con los latinoamericanos.
Alrededor de la una de la tarde se detuvieron frente al Parque de Yoyogi para caminar un rato, después contemplaron el Santuario de Meiji y al pasar por un arroyo Mercedes se sentó sobre el pasto a observar el paisaje, Kuniaki le dijo que en junio el riachuelo se cubría de lirios, lo que justificaba su regreso a Tokio, a lo mejor no pronto, algún día, tal vez, pero Mercedes no respondió nada, se dejó envolver por la exuberante vegetación.
- No tengo contemplado volver a pisar suelo japonés –dijo ella.
Poco después pasaron por un costado del estadio olímpico en su camino rumbo al Museo Nacional, más tarde terminaron en Sunshine City, en Ikebukuro, donde se metieron en un restaurante a comer y pudieron platicarse cosas más personales como sus fobias, traumas, sueños y ambiciones.
Por la noche Kuniaki dejó a Mercedes en la puerta de la Embajada y le dio un beso en la mejilla como despedida, ella en muestra de agradecimiento aceptó que el propósito del personal de su oficina y de él mismo para borrarle la mala impresión que tenía de Japón y los japoneses lo habían conseguido, le correspondió con otro beso en la mejilla.
Al día siguiente Mercedes tomó el avión que la regresaría a la Ciudad de México no sin antes dejar escapar un hondo y profundo suspiro.





(3) Geisha de cálidos usos y costumbres

Lo primero que hizo Mercedes Canales al siguiente día de regresar de Japón fue buscarse un novio, necesitó sentirse valorada por un hombre que la amara a plenitud, porque no era lo mismo abrigar el cariño de sus tíos al de calar la devoción de un tipo sensato, apasionado y compasivo, al menos así lo deseaba, era su habitual fantasía.
Apenas seis meses atrás Mercedes había dejado su país para irse a vivir a Japón con Yasunari, pero agotadas las excentricidades del juego voluptuoso de sus ansias juveniles y ante el confuso panorama de dormir con el enemigo y su apoquianchiada madre, de recibir despiadadas golpizas cada fin de semana, no tuvo otra opción que regresar a su México lindo y querido, previa intervención de la embajada mexicana y de sus tíos, quienes se la llevaron a vivir con ellos.
Volvió a caminar por las calles de San Pedro Tláhuac, a confundir sus aromas y sabores con los del chileatole y amaranto, pero también a ser el motivo del regocijo suspicaz de las envidiosas amistades, siempre dispuestas a conjeturar acerca de cuáles habían sido las razones de su regresó al terruño, sin novio japonés de la mano ni criatura de rasgos orientales en los brazos, como seguramente lo hubiese hecho cualquier hija de familia, según habladurías de las maledicientes quienes hasta le daban el beso de Judas cuando se la encontraban en la fila de las tortillas o en la panadería.
Mercedes no tuvo empacho en responder las preguntas de las entrometidas amigas, les platicó de sus peripecias asiáticas con Yasunari en Tokio, de sus horas de felicidad plena pero también de los infelices momentos sufridos, y junto con el mole y los tamalitos de frijol se convirtió en el centro de atención de fiestas de quince años, bodas o simples tertulias familiares. Años más tarde, al encontrármela un día en el Parque de los Olivos, le dije a Mercedes en una de sus visitas a la Ciudad de México que iba a escribir sus correrías por Japón con el fin de publicarlas, ella estuvo de acuerdo, solamente me pidió que no fuera a revelar su verdadero nombre.
Como al mes de su regreso Mercedes comenzó a salir con Zeferino, a quien sus cuates apodaban el Chupes, un vago de diecinueve años con pinta de valedor de barriada, cuyos padres estaban empeñados en cambiar los usos y costumbres por hábitos de gente del asfalto, por eso su madre veía telenovelas desde las cuatro de la tarde en el Canal de las Estrellas y su padre había borrado de la casa cualquier vestigio de su pasado rural al recubrir con cemento todos los huecos donde antes hubo algún arbolito, nopales, quelites o simple hierba, y vendió vacas, puercos y gallinas.
La noche de un viernes de octubre Kuniaki Fukushima, aquel empleado del gobierno japonés que la paseó por Tokio para borrarle cualquier mala impresión de la tierra del sushi y de su gente, la llamó por teléfono desde Japón. Mercedes no tuvo tiempo de sorprenderse porque esa noche se hizo novia del Chupes en el Paraíso, pero no en el celestial si no en el predio donde se realizaban los bailongos del rumbo, los nuevos novios se trenzaron en apasionados besos al ritmo de las tonadillas de Bronco. ¡Ya llegó, ya llegó, ya llegó Sergio el bailador!... Al final del baile Zeferino y Mercedes se fueron con varios amigos en un microbús a Ixtayopan a seguir la parranda, y ya entrados en gastos se confundieron en la oscuridad de un cuartucho. Mercedes regresó a casa de sus tíos como a las cinco de la tarde del sábado, pero no tuvo problemas porque éstos se habían ido a un casamiento desde las once de la mañana y no les vio la cara si no hasta el domingo, pero con la desvelada ni tiempo les dio a aquellos de reclamarle nada.
Con el transcurso de los días Mercedes Canales recibió desde Tokio más llamadas telefónicas de Kuniaki. ¿Qué le pasa a éste?, se comenzó a preguntar. ¿A poco de veras le gustaré?, le decía a su almohada entre sueños, y no tardó mucho en descubrir la verdad porque al tercer telefonazo aquel le declaró su amor, le dijo estar muy entusiasmado con la idea de volver a verla, al grado tal de que ni dormía nomás de pensar en sus encantos, y cuando lograba caer en brazos de Morfeo, según decía, era puro soñar a todo color de Hentai con ella. Le juró que sus intenciones eran serias y dijo estar dispuesto a venir a México para casarse por la religión católica. Así de prendido había quedado el japonés de la jacarandosa chaparrita a quien sus venenosas amigas apodaban como la geisha de Tlahuita la bella.
Debido a las continuas llamadas telefónicas de Kuniaki la tía de Mercedes supo de las intenciones del japonés para matrimoniarse con ésta, inmediatamente le advirtió a la chamaca que si volvía a Japón sería por su cuenta y riesgo. «No chiquita, ya te gustó, si te vuelves a meter en broncas te regresas como Dios te de a entender», le anticipó. Pero Mercedes, en primer lugar, ni quería regresar a Japón ni Kuniaki le gustaba, lo veía como un burócrata cuarentón que no había encontrado a su pareja ideal y punto, ella de quien estaba enamorada era del mentado Chupes.
Y sí, tanto se arrimó Mercedes a la lumbre que no tardó en salir con su domingo siete. Ausente la menstruación le comunicó al Chupes la noticia de su embarazo, pero fue tanta la impresión que del terror el tipo se fue a embutir entre los rechonchos brazos de su madre, se puso a ver telenovelas todas las tardes y ni la sombra le vieron sus cuates en buen tiempo.
La muchacha fue otra vez injuriada por su propia madre y hasta por la metiche de la abuela, para variar de prostituta no volvieron a bajarla, le pidieron que cuando el niño naciera nunca se los fuera a llevar a la casa, en cambio sus tíos no tuvieron más remedio que apechugar la embarazosa situación de la sobrina.
Los cinco meses restantes Mercedes ocultó a Kuniaki su abrupto estado de gravidez, se encerró para evitar los comentarios suspicaces de su amigas, nunca presagió la reacción del Chupes, se quedó decepcionada y humillada después de la respuesta burlona espetada por la vieja regordeta aficionada a las telenovelas:
– ¿A quién le dan pan que llore, mamacita?
Sólo Kuniaki no dejó de buscarla, se convirtió en su devoto ángel de la guarda, por eso cada tres o cuatro días, un par de minutos antes de las once de la mañana, Mercedes se iba a sentar cerca del teléfono y simulaba leer alguna revista de frivolidades, lo hacía para levantar rápidamente el auricular al sobresalto del primer timbrazo y evitar que la tía escuchara su conversación. Conforme transcurrieron los días Mercedes necesitó más esos furtivos instantes donde Kuniaki cada tercer día se comprometía a ser un buen marido, hasta que nació su hijo y a los pocos días decidió ya no darle falsas expectativas al pretendiente japonés.
–Kuniaki, tengo qué decirte algo, no he sido sincera contigo, acabo de tener un hijo. No, no me casé, soy madre soltera, búscate mejor una mujer que te sepa ser fiel –le dijo por fin una mañana.
Sin embargo, Mercedes se quedó boquiabierta cuando aquel le respondió que no le importaba en lo más mínimo su impulsivo desliz.
–Te quiero bien y voy a ir a México muy pronto, quiero registrar a tu hijo como mío y que después nos casemos en donde tú quieras. ¿De acuerdo?
Alguien me dijo que una de las amistades de Mercedes Canales tuvo que recibir tratamiento siquiátrico en el sanatorio de Santa Catarina, el cual por cierto le quedaba muy cerca, fue quien le puso el mote de la geisha de Tlauita la bella, y es que tanta dosis de buena fortuna ajena acabó por trastornarla.



(4) Apenas digas cuándo

Después de que en enero de 1995 Mercedes Canales se convirtió en madre soltera al dar a luz a su hijo en el Hospital Materno Infantil de Tláhuac, su enamorado japonés Kuniaki Fukushima vino a México por primera vez a mediados del mes de mayo para formalizar su propuesta de matrimonio y conocer a aquel vástago que sin ser de su sangre sí llevaría su nombre porque lo registraría como suyo. El soltero cuarentón llegó con la ilusión de comenzar una relación estable, formal y fraterna con Mercedes, de quien se había enamorado perdidamente en apenas unas cuantas horas en Tokio a finales de noviembre de 1993, previamente al regreso de la mexicana a su país luego del infierno vivido con Yasunari y su apoquianchiada madre. Alguna vez alguien le había dicho a Kuniaki que las mexicanas solían ser buenas matronas y esposas, y eso fue motivo suficiente para encontrarle todas las cualidades posibles a Mercedes desde el primero y único encuentro de ambos en la capital nipona. Con eso tuvo para decidirse por ella.
Una tarde de primavera con su hijo en brazos, fue Mercedes al aeropuerto a recibir a Kuniaki, y al verlos entre la multitud el feliz empleado del gobierno japonés corrió a abrazarlos llenándolos a ambos de besos, como si de veras él ya fuese el orondo marido y padre de aquel chamaco.
Tras de alojarse en un céntrico hotel, abordaron después un taxi para dirigirse a casa de los tíos de Mercedes en Tláhuac. «Ahora yo te voy a pasear por mi ciudad», le dijo Mercedes a Kuniaki mientras la tarde comenzaba a palidecer sobre la metrópoli plagada de historias y trayectos impregnados de contrastes, colmada de enigmáticos protagonistas de historias cuyo guión común era la implacable disputa por conseguir un espacio sobre el asfalto y sobrevivir las embestidas de la delincuencia y de los gobernantes, entre el perruno acoso de los vendedores ambulantes, dibujados por la crisis sobre la abigarrada escenografía urbana.
En pocas horas Mercedes le enseñó a Kuniaki cómo ponerle los pañales al bebé, entre risas y besos resonados en las mejillas junto con la ocasional embadurnada y las caricias febriles sazonadas por el fétido aroma de la caca pastosa del chiquillo cachetón que, curiosamente, también tenía los ojos rasgados como aquel fuereño venido del Lejano Oriente.
En los siguientes días Kuniaki se encargó de tranquilizar a los tíos de Mercedes convenciéndolos de sus buenas intenciones al mostrarse como un individuo maduro y sensato, además de contar con sólido patrimonio debido al producto de su trabajo y a los altos estipendios percibidos por su lealtad y servicio al gobierno japonés. Les dijo que vivía con sus padres en un apacible suburbio de Tokio, en una amplia casa con jardín, pero que cuando se casara con Mercedes compraría un departamento para ellos. Por eso los tíos no pusieron ninguna objeción cuando Kuniaki y Mercedes les avisaron que se iban a ir a Japón para regresar a Tláhuac unos meses después y formalizar su matrimonio y bautizar al niño con los apellidos Fukushima Canales.
Ante tan contundentes demostraciones de cordura por parte de Kuniaki, los tíos dejaron partir a su sobrina, quien iba en segunda oportunidad a buscar la felicidad, y sólo por eso hasta fueron al aeropuerto a despedirla con un Dios de bendiga y ojalá éste no te salga karateca, para que no te vaya a lastimar si es que el atizar violentas tranquizas a la mujer es también maldita costumbre allá en Japón.
Mercedes Canales regresó a Tokio y por más extraña que se sintiera en una nación donde sus habitantes tenían costumbres completamente distintas a las suyas, no dejó de preguntarse cuál sería la omnipotente voluntad que la llevó a poner sus pies otra vez en aquella tierra. Lo primero que los enamorados hicieron en Tokio, después de haber pasado doce horas de vuelo en la aeronave y de poner un disco compacto con la canción Cuarenta y veinte que interpretaba José José (mas bien la adoptó como tema suyo Mercedes porque a Kuniaki le gustaba otro tipo de música), fue encargarle el niño a la mamá nipona para visitar el Parque de Yoyogi y caminar tomados de la mano por los exuberantes jardines donde Kuniaki se había enamorado de ella aquel día que la conoció por motivos de trabajo.
- ¿Recuerdas? Aquí me dijiste que no tenías contemplado volver a pisar suelo japonés –recordó él.
- No fue aquí, te lo dije a la orilla de un riachuelo cubierto de lirios –corrigió ella.
Luego de tres meses de vivir en aquella enorme ciudad Mercedes concluyó con que algún especial encanto debía tener ella como para cautivar a los caballeros japoneses. Cierto día unos peluqueros la vieron caminar por la calle y, extasiados por su incomprensible beldad, la siguieron hasta el supermercado, se presentaron muy modositos y con su característico amaneramiento acabaron por convencerla de que trabajara con ellos como modelo. La otra aceptó. Su trabajo consistía en dejar a los refinados fígaros que le hicieran toda clase de excéntricos peinados para, después, ser filmada por cámaras de video y aparecer en comerciales de la televisión japonesa. Ni quien la reconociera. Al poco tiempo comenzó a ganar sus primeros yenes y no tuvo más remedio que aprender palabras básicas del idioma nipón. Kuniaki la estimuló para que se superara y le pagó clases de japonés y cultura en general.
Mercedes se sintió mejor que nunca, se gustó a si misma cada vez que se miraba en el espejo, como cuando era niña y acostumbraba maquillarse para después pasarse las horas contemplándose frente al espejo, hasta que la sorprendía la abuela y le gritaba ¡Pros-ti-tu-ta!, como si con ello hubiese querido marcarle la existencia. Por primera vez en su vida conoció el valor de la autoestima. Se compró bonitos y vistosos vestidos orientales al por mayor y los más sofisticados menjurjes para maquillarse, mientras que Kuniaki le obsequió collares y colguijes que resaltaban su misteriosa sensualidad. Porque a simple vista, para los japoneses la chamaca con ojos rasgados pero a la mexicana parecía una de ellos, siempre y cuando no hablara, porque si abría la boca entonces de inmediato descubrían que se trataba de una rompecorazones latina. Aún así no dejaba de cautivarles su sagaz rostro con esa cándida sonrisa y su mirada pizpireta que los hacía dejar al último el repaso a la voluptuosa delgadez de su cuerpo.
Con el respaldo de aquel hombre veinte años mayor que ella, Mercedes aprendió muchas cosas, como por ejemplo leer en japonés novelas de Kawabata y ver el buen cine de Kurosawa. Se despojó de aquel aire de ingenua campirana y, en cambio, adquirió un exquisito toque de distinción, se convirtió en una mujer con significativa personalidad. Fue tratada como una señora, cual patrona en una confortable morada con trabajadora doméstica, automóvil y chofer a su disposición. Kuniaki la hizo feliz y él, después de muchos años, se sintió realizado al conformar su propia familia. Tenía concubina y mamá bajo el mismo techo.
El regreso de Kuniaki y Mercedes a la Ciudad de México se retrasó más de lo debido, lo hicieron al año y cuatro meses de haberse ido a vivir a Japón, lo que nuevamente dio de qué hablar entre las suspicaces amigas de la geisha de Tlahuita la bella, incluida la muchacha aquella cuya envidia la había llevado al sanatorio siquiátrico de Santa Catarina.
Las lenguas viperinas del rumbo soltaron la versión de que Mechita había vuelto a recibir tremendas golpizas en Tokio, y que de la pura vergüenza se aguantaba las ganas de regresar. Pero cuál no sería la sorpresa de las intrigantes al verla otra vez en Tláhuac caminando del brazo de Kuniaki y con el crío arrellanado en vistosa carriola oriental, encargándole a Dámaso, en la oficina del registro civil, realizar los trámites pertinentes para registrar al niño como hijo de ambos y, posteriormente, acudir con el juez a que los casara con lectura de la epístola de Melchor Ocampo de por medio.
Días antes de los festejos de la Independencia, las amistades y los familiares de Mercedes fueron invitados a la misa donde sería bautizado el niño y ella contraería matrimonio religioso con Kuniaki. Como quien dice, mejor imposible. Casadita por las tres leyes.
El 14 de abril de 1996 la capilla de Mazatepec en Tlaltenco fue atiborrada de invitados venidos de distintos lugares de Tláhuac y del norte de la República. Sin embargo, días antes de la boda y advertido por sus cuates de tan magno acontecimiento, al Chupes le entró en el ánimo un repentino sentimiento de paternidad responsable y quiso recuperar a su hijo a como diera lugar. Como vio que la suerte de Mercedes no había sido la de convertirse en una madre soltera, ni tampoco iba a andar dando lástimas por el pueblo y nadie se preguntaría con el transcurso de los años por la identidad del padre del niño, el Chupes sintió arder sus entrañas de pura vil envidia. Así que urdió el cuento de sentirse ofendido porque un extranjero había venido a arrebatarle a su hijo.
Herido de muerte en su orgullo de macho farolón y prángana, el Chupes corrió la voz en el pueblo de que la noche en que se celebrara la fiesta en casa de los tíos de Mercedes, él mismo encabezaría a todo un comando de asalto para rescatar a su hijo y llevárselo con él muy lejos de San Pedro Tláhuac. Aunque como bien reza el refrán de que perro que ladra no muerde, por las re cochinas dudas uno de los primos de Mercedes rápidamente organizó un escuadrón con policías de seguridad privada para repeler el asalto que la noche de la boda supuestamente iba a realizar el Chupes y su banda. Por eso fue que cuando llegaron los invitados a la fiesta, en la puerta se encontraron con varios jóvenes que por su vestimenta fueron de inmediato bautizados como los hombres de negro, en alusión a la película de moda algunos años antes, y quienes tenían la misión de corroborar la identidad de todas las personas que ingresaban al domicilio.
Fue una fiesta inolvidable. Kuniaki se convirtió en el centro de atención de los invitados, departió con todos en su castellano esquilado mientras Omar Siciliano, el vocalista del grupo que amenizó el baile, no dejó de parodiar al personaje del doctor Chun-Ga inventado por Andrés Bustamante con aquellas expresiones de ¡Muajá!, y Aola vamo a plesental el posicionadol del... ¡Muaja! Con vocecilla aguda y rasposa. Y al ritmo de las rolas gruperas del grupo Límite, la gente bailó, cantó y rió como nunca con las ocurrencias de los invitados, como la de quien bautizó a Patricia, en vísperas de cambiar otra vez de lugar de residencia, como Mechita Tachida.
Las carcajadas mexicanas impactaron a Kuniaki, quien también rió al ver que los invitados se desternillaban por las bromas que le hacía Omar cuando lo dejaba hablar por el micrófono la imitadora de Alicia Villarreal… ¡Muajá! Esa noche al novio no se le vieron ni los ojos de tanta risa, en parte también porque a los varones mexicanos les fascina escuchar a un extranjero decir groserías, pues ya borrachos los convidados a la fiesta se la pasaron haciendo que Kuniaki estuviera mentando madres y profiriendo albures.
Cuando amaneció muchos de los invitados siguieron en el relajo, los hombres de negro cobraron sus emolumentos y se fueron a dormir a sus casas satisfechos por haber amedrentado con su presencia al Chupes y su banda, al final de cuentas el niño de Mercedes se encontraba sano y salvo y llevaba ya los apellidos Fukushima Canales.
Tres días después los recién casados y su vástago regresaron a Japón. El cruzar el Océano Pacífico con escala en Hawai comenzó a hacerse una costumbre para Mercedes, quien todavía no acababa de desempacar maletas cuando Kuniaki le confesó su deseo de tener un hijo. No quería dejar pasar más tiempo para convertirse en padre, los años se le habían venido encima y su obsesión por el trabajo lo había privado de muchas cosas. A partir de su primera noche en Tokio como marido y mujer casados por las leyes mexicanas y la iglesia católica, los enamorados se concentraron en el objetivo de tener un hijo que, éste sí, llevara la sangre de Kuniaki.




(5) El penúltimo jarabe tapatío en Japón

Aún no cumplía un año Mercedes Canales en Japón en su papel como la formal señora de Kuniaki Fukushima, cuando en febrero de 1997 dio a luz a una niña en un moderno y confortable hospital de Tokio. El feliz progenitor le puso por nombre Yoshiko desde que se enteró meses antes que iba a ser niña, su nacimiento lo hizo llorar de felicidad a lágrima viva esa madrugada, cuando la enfermera del hospital lo despertó a las tres de la mañana para comunicarle por teléfono la fascinante noticia que lo hizo sentirse por primera vez en su agitada vida el hombre más dichoso del planeta. Kuniaki gritó, cantó y hasta bailó por toda la casa, loco de contento por sentir la inigualable dicha de ser padre de una criatura que llevaba su sangre.
Desde el mes de abril cuando dejaron México luego de haberse casado en la capilla de Mazatepec, en Tlaltenco, Mercedes y Kuniaki habían puesto todo su empeño en concebir un hijo. El eficaz empleado del gobierno japonés tuvo qué esforzarse para no caer rendido en el lecho nupcial luego de exhaustas jornadas de trabajo, por eso se reinventó nuevas maneras de besar y de lamer toda aquella topografía de sensible piel, cuya anatomía era capaz de engendrar los más arrebatados fenómenos meteorológicos. Porque Mercedes, sobra decirlo, era fogosidad, brío y lujuria. Sobre su avivada geografía las depresiones tropicales siempre terminaban convirtiéndose en los más feroces ciclones o, mejor dicho, tifones, y muy pronto no tardó su capitán de travesía en estremecerse tras de descubrir la perenne humedad de sus recónditos confines.
En ese lapso, Sasaki, el hijo de Mercedes a quien Kuniaki registró como suyo y ambos lo llevaron a bautizar el mismo día de su boda, cumplió dos años y comenzó a pronunciar sus primeras palabras en japonés. A los tres años de edad Mercedes lo inscribió en una escuela y pudo desahogar un poco la carga de trabajo doméstico. La vida de Mercedes transcurrió entre su deber de desempeñar el rol de madre de familia y la necesidad de realizar alguna otra actividad que la alejara del temible ocio. Siguió con su trabajo de modelar peinados para una empresa de televisión, y como Kuniaki debía trabajar todo el día fuera de casa, la mexicana emprendió recorridos por distritos cada vez más lejanos de la ciudad.
Kuniaki salía de casa muy temprano y regresaba por la noche, además, cuando tenía alguna reunión social derivada de su trabajo, prefería ir solo ante el trato hostil que la mayoría de sus compatriotas solía dar a las personas de origen latino, esto es, de piel morena y cabello negro, y su esposa tenía esas características. Eso lo supo Mercedes desde su primera estancia en Japón, cuando no lograba entender cómo era posible que los japoneses repudiaran cualquier trato con personas provenientes de Latinoamérica y, en cambio, solían ser tan serviles con un anglosajón, en especial con los norteamericanos, los mismos que durante la Segunda Guerra Mundial les habían matado a más de cien mil compatriotas solamente con las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Y todavía seguía sin entenderlo porque, al menos en México, a los mexicanos no se nos olvidaba que los gringos nos habían quitado la mitad de nuestro territorio en 1847, lo cual era bastante para asumir ante ellos pundonorosa actitud, digo, como pueblo, pero nunca de zalamería ni bochornosa sumisión.
Kuniaki no podía presentarla como su esposa ante sus coterráneos y, para colmo, cuando Mercedes llegaba a desplazarse por la ciudad en el metro tenía qué soportar las injurias de xenofobitos nipones, mujeres y hombres por igual, quienes le espetaban algo así como el equivalente a pinche mugrosa latina ¿por qué no te largas a tu país?
En sus visitas al centro de abasto para proveerse de fruta, las mujeres orientales prácticamente se la comían con los ojos y hasta llegaban a desplazarla con el hombro con el propósito de hostigarla y hacer que se alejara para que su presencia no las molestara.
–¡Y nosotros tan pendejos que allá en México les rendimos pleitesía a estos cabrones dizque por los pinches dólares que van a dejar! –se repitió hasta la saciedad.
Como al año y medio de vivir en una ciudad extraña y hostil, de desempeñar el rol de la esposa que no hablaba con nadie más que no fuera su marido y sus hijos, y de constatar cómo se fueron haciendo menos frecuentes sus encuentros maritales en esas noches de insomnio delirante y gélidos amaneceres, Mercedes conoció una tarde a Margarita, una peruana que también vivía en Tokio con su esposo por motivos de trabajo. Después de no hacerlo en mucho tiempo Meche volvió a reír a carcajadas con las anécdotas de su nueva amiga, disfrutó como nunca saber que no era la única latina en aquella inmensa ciudad donde muchos locos arremetían contra las personas de tez morena y, sobre todo, si provenían de Sudamérica.
Margarita le habló del grupo de latinos que se reunían los sábados en algún antro japonés para pasarla bien un rato, donde hablaban a su anchas en castellano y se contaban sus vidas y las razones que los habían llevado a Japón. Mercedes aceptó gustosa incorporarse al grupo el siguiente fin de semana y cumplió su palabra, aunque no le resultó muy fácil conseguir el permiso de Kuniaki quien, al final de cuentas, acabó quedándose en casa al cuidado de los hijos.
Convencida de que a los japoneses se les había acabado el encanto por ella, Mercedes Canales le dio vuelo a la hilacha con sus amigos latinos. El círculo de amistades lo integraron los peruanos Margarita y su esposo Pacho, Carmina y Alejandro, ambos de nacionalidad venezolana; Sabrina y Romualdo, del mero Buenos Aires, y de Colombia Felipe, Calixto y Damián, este último jugador de futbol en un equipo local. De vez en cuando se aparecía Emilse, una frondosa dominicana casada también con un japonés que debía viajar en ocasiones a Hong Kong por cuestiones de trabajo debido a que representaba a una línea naviera.
Pocos fueron los sábados que Mercedes faltó a la cita con sus amigos, ya fuera con subterfugios o previo mensaje escrito a Kuniaki y puesto con antelación en uno de los burós de la recámara. La mexicana llegó cada sábado a la discoteca de costumbre o al burdel oriental donde también solían reunirse los latinos, en el que dejaban aflorar sus pasiones en medio del denso ambiente con olor a incienso de hierba buena, confundidos entre las múltiples parejas que se contoneaban a media luz al compás de alguna insulsa tonadilla interpretada por soporífera cantante de chillona voz, tipo Yoko Ono, aunque menos frenética y delirante.
Las continuas parrandas de Mercedes hicieron que Kuniaki tomara el teléfono y se comunicara con los tíos de su esposa a la Ciudad de México. En Tláhuac, el señor Villalpando se quedó atónito aquel sábado nomás de saber que su sobrina andaba regando literalmente el tepache en el Lejano Oriente. No podía ser posible que la chamaca no sentara cabeza y al año y medio de casada el marido ya estuviera quejándose de lo libertina que le había salido la mujer. Igualita a la Lady Di, les dijo Kuniaki.
Los tíos le recomendaron que mejor la mandara a México de vacaciones, que quizá Mercedes extrañaba su tierra y la nostalgia le había cambiado el carácter y la personalidad, pero no. En el fondo los tíos sabían que la canija sobrina era de sangre caliente y cuando le subía la temperatura como que se le obnubilaba la mente y acababa en brazos del primero que se le cruzaba en el camino, y sí, el primero que se le atravesó  en Tokio fue Damián, el futbolista colombiano.
Y como Kuniaki siguió al pie de la letra el axioma de piensa mal y acertarás, decidió finalmente enviarla con sus tíos un mes y Mercedes aterrizó con todo y sus dos hijos en el aeropuerto de la Ciudad de México una tarde lluviosa y fresca. En el trayecto a Tláhuac sus tíos no le dijeron nada, pero en cuanto llegó a casa la reprendieron como nunca. La tía le preguntó si quería regresar a la vida disipada de antes o estaba dispuesta a asumir el papel de una respetable señora madre de dos críos y esposa de un maduro caballero japonés, quien la había desposado por creer que se trataba de una mujer honorable.
Pero las reprimendas y consejos a Mercedes le entraron por un oído y le salieron por el otro. En un mes, lapso de su estancia en México, se fue con sus hijos a Acapulco una semana para aprovechar las tres tarjetas de crédito que le había autorizado Kuniaki, hospedándose en un lujoso hotel de cinco estrellas, donde por las noches contrataba el servicio de una niñera para irse sin preocupaciones a recorrer los mejores antros y bailar con cuanto desconocido se le pusiera enfrente. Su lascivo proceder parecía ir en aumento conforme más años cumplía, después de todo ya era treintañera.
Los años transcurrieron y Mercedes Canales siguió con su inveterada costumbre de irse de parranda los fines de semana con sus amigos latinos de Tokio, a pesar de la exasperación de Kuniaki, quien optó por asumir parsimoniosa actitud con tal de tener siempre la dicha de poder disfrutar el amor de su hija.
Cuando Sasaki cumplió seis años de edad fue descubierto por la empresa para la cual Mercedes modelaba peinados y, rápidamente, decidieron contratarlo previo permiso de la madre. Muy pronto el niño se volvió una celebridad, los rasgos de su rostro resultaron ser del tipo que le agradaba ver a los japoneses, a quienes parece ser que no les gusta mucho verse en la televisión o en el cine con los ojos rasgados y los pelos parados. Basta con ver cómo se dibujan ellos en tiras cómicas o series animadas, siempre se ponen con los ojos exageradamente grandes, como si con eso quisieran convencerse de que no los tienen tan oblicuos como parece, y se pintan el pelo lacio como muñequitas de tul.
En fin, Sasaki era después de todo un niño latino, pero tenía su tez blanca y el cabello un poco ensortijado y rubio, ¡el ideal perfecto para los japoneses! Las fotografías del hijo de Mercedes Canales se volvieron populares entre los lectores de las revistas, posó para vender prestigiadas marcas de ropa para niños y su pizpireta sonrisa cautivó a un amplio sector de consumidores japoneses quienes, obviamente, siempre pensaron que el niño era un simpático nipón.
Meche vivió una situación envidiable. En la escuela sus hijos demostraron tener un alto coeficiente intelectual, estuvieron siempre entre los 10 mejores alumnos de sus respectivos salones, las más avanzadas técnicas de enseñanza de los japoneses y la moderna tecnología desarrollada por ellos fue aprovechada por Sasaki y Yoshiko. Los dos hablaban el japonés pero sólo Sasaki entendía el castellano. Kuniaki no quiso que Mercedes le hablara a su hija en otro idioma que no fuera japonés, por eso las dos veces al año que la niña venía a México la mamá tenía que servirle de intérprete todo el tiempo.
Porque esa fue la cuota vacacional, dos veces al año Mercedes y sus hijos volaron a México para pasarse un mes de vacaciones. Y en cada ocasión que debía pasar por la aduana nipona con sus hijos, la detenían los agentes hasta que por fin lograba convencerlos de que efectivamente Yoshiko era su hija. La niña había salido con los mismos rasgos del padre, parecía no tener por sus venas sangre mexicana.
En una ocasión a Mercedes la detuvieron más de doce horas los agentes aduanales en San Francisco, donde invariablemente los pasajeros debían hacer el trasbordo correspondiente para México porque, según ellos, Yoshiko tenía la nacionalidad japonesa y era probable que la niña estuviera siendo trasladada de manera ilegal. A Mercedes la trataron como a una delincuente, cuando aún no les entraba a los yanquis la paranoia de los terroristas islámicos, y la tuvieron encerrada en un cuartucho del aeropuerto donde los policías yanquis la interrogaron todo el tiempo. Quisieron quitarle a la niña pero Mercedes no se dejó intimidar y la defendió como leona herida, consiguiendo después de doce horas que los agentes se comunicaran por teléfono con Kuniaki a Tokio para que constataran que la niña viajaba con el permiso de su padre.
En sus prolongados períodos vacacionales, Mercedes disfrutó con sus hijos de las playas mexicanas y conoció hombres de variadas y remotas partes. Se hospedó en el Sol Meliá de Bahías de Huatulco, en el Casa Magna de Puerto Vallarta, en el Fiesta Americana Grand Coral de Cancún, en el Finisterra de Los Cabos, en el Royal Hideaway de Playa del Carmen, en Las Brisas de Acapulco y en Las Hadas de Manzanillo.
En Tláhuac hasta su madre por fin se dignó a llamarla hija cuando costeó las obras de restauración de la casa y luego de que en cada visita le traía costosos obsequios orientales.
Kuniaki, mientras tanto, procuró tener conforme a la mujer para que se encargara de la educación de su hija, aguantó vara como le pedía ella cada vez que la reprendía por llegar ebria a casa los fines de semana, y él no tuvo empacho en pagar las exorbitantes cantidades que le llegaban después de cada período vacacional. Para el cincuentón japonés todo lo valía su hija, y la niña parecía quererlo más que a su madre. Al menos él no los abandonaba todas las noches de sábado para irse de parranda con sus amigos. Trabajaba, eso sí, de lunes a viernes tiempo completo y hasta doblaba turno, como cualquier japonés ávido de más chamba; sin embargo, era el padre más cariñoso con su hija, juguetón, consecuente y comprensivo.
Jamás imaginó Kuniaki que los días en que nunca más volvería a ver a su hija en mucho tiempo estaban próximos. La madrugada de aquel domingo en que Mercedes llegó a casa con las pantaletas al revés fue, quizá, el penúltimo jarabe tapatío que la muchacha le lució a su esposo en tierras japonesas. Por primera vez le puso una tranquiza que ofendió a la mexicana después de que había puesto a todo volumen un disco del Mariachi Vargas de Tecalitlán.





(6) Livin la vida loca

Después de las penúltimas vacaciones pagadas que disfrutó Mercedes Canales con sus hijos Sasaki y Yoshiko en la Ciudad de México, lapso en el cual escudriñó con desesperación a su destino, en su empecinada búsqueda de una sublime ilusión capaz de apaciguar sus enardecidas ansias y justificar así el retorno definitivo al terruño chinampero, de agitarse hasta el paroxismo entre oleadas de sábanas ajenas y rasgar con sus uñas subrepticios anhelos y espaldas anónimas, de deambular por inexploradas sendas iluminadas apenas por tenues hogueras y de palpar la abulia de labios indolentes, regresó a Tokio no sin antes revelar a cuanta amistad se le puso enfrente que su esposo Kuniaki era incapaz de bajarle la temperatura en esas noches de ofuscación sin fin, cuando acababa humedecida por los torrentes de sudor que emanaban de su cuerpo.
Luego de platicar a los cuatro vientos la falta de lascivia de su marido y las incontrolables ganas que tenía de ser amada, a cualquier hora del día o al despuntar el alba, y mejor aún, en los sitios menos imprevistos, Mercedes maldijo a su suerte por llevar una vida generosa y sin sobresaltos. Ella que había nacido en un lúgubre cuartucho donde las matronas de su familia iban a desgranar las mazorcas de maíz, porque a su trastornada madre se le ocurrió que allí debía parir a ese ser que llevaba en las entrañas, a donde ni siquiera pudo llegar a tiempo la señora Chabelita, la que en aquellos tiempos en los que aún no había ningún hospital por el rumbo fue la partera oficial de todos los barrios de San Pedro Tláhuac, jamás se acostumbró a vivir la vida sin que le faltara nada. Porque cuando la comadrona llegó al cuchitril aquel, ya Mercedes se revolvía entre granos y mazorcas de maíz y daba lastimosos gimoteos ante la indiferencia de su despatarrada madre que mejor se entretenía en mordisquear una panoja mientras mantenía fija su mirada en el techo.
–Mejor regrésate a Japón con tu esposo y encomiéndate a Dios –le dijo su tía la tarde en que supo las correrías de la indómita sobrina por el pueblo.
–Piensa en tus hijos, en el futuro que les espera allá, en aquella nación tan avanzada, donde de grandes no van a tener que irse de braceros a los Estados Unidos cuando no tengan ni dónde trabajar –insistió.
Mercedes aceptó regresar con sus hijos a Tokio pero en su mente ya tenía pensado desertar de aquel hogar que Kuniaki había creado con ella, por lo que en los siguientes días fue empacando su ropa y la de Sasaki y Yoshiko, puso a la mano pasaportes y registros de nacimiento, y lo más importante, actuó con disimulo para que su marido no fuese a sospechar nada. De hecho él no desconfió nunca de nada, desde el principio supo que su esposa era una ninfómana y aun así decidió enamorase de ella, sobre aviso no podía haber engaño. Prefirió ignorar los deslices de su esposa porque amaba a sus hijos, sí, incluido Sasaki, el hijo biológico del Chupes, lo quería como si de veras fuera suyo.
En esos últimos días que Mercedes decidió pasar en Tokio, buscó los pretextos más inverosímiles para comunicarse periódicamente por teléfono a la Ciudad de México, con alguno de los protagonistas de su ardientes ligues. Salía de casa inmediatamente después de que Kuniaki se iba a trabajar, se embutía en uno de los teléfonos públicos de los alrededores y ahí solía pasarse más de la hora en deleitable conferencia. El saber cómo se preparaba un exquisito pozole o un rico mole le servía de disculpa por si la madre del susodicho galán contestaba el teléfono, claro, previo saludo de rigor, de ¿cómo está, señora?, yo aquí extrañando la comida de mi tierra, fíjese nomás que aquí no encuentro mas que puro sushi y comida hecha a base de pescado, ¿cómo ve? ¿No me puede decir cómo preparo unas ricas enchiladas? Y al final de la plática rematar con un ¡ah, señora Tenchita!, ¿no andará por ahí Ramiro?, pásemelo por favor para saludarlo.
Después de todo, Mercedes tenía fama entre sus conocidos de ser una buena chamaca, a quien la vida apenas le comenzaba a sonreír luego de las tranquizas que le puso su anterior concubinario japonés, de su traspié con el Chupes, de la vidorria de perros que había llevado en casa con su progenitora y abuela, de vagabundear por los cuatro puntos cardinales de Tláhuac y anexas hasta que mejor sus tíos le brindaron un rinconcito donde dormir.
Lo de su concupiscencia era otra cosa, de eso podían dar fe sus primos, a quienes develó los secretos del concúbito desde muy temprana edad. Por eso apenas si podía recordar quién la había desvirgado cuando apenas tenía trece años de edad, y sin forzarla ni nada por el estilo, debido a que ella eso de flojita y cooperando se le dio muy bien desde pequeña, cuando jugaba con sus amiguitos a la comidita y siempre le gustó ser la mamá de la trama para trenzarse a besos con el chamaquito que la hacía de papá, ante las pasmadas compañeritas que desempeñaban el rol de las hijas. Siempre fue muy aventajada para la hora del concubio.
Su último período en Tokio fue muy relajado, más que de costumbre. Aún así todavía llevó a Sasaki a una nueva sesión de fotografía para que modelara ropa interior. Fue una exitosa campaña porque la imagen del niño en calzoncillos y camiseta salió en diarios y revistas, incluso fueron colocados varios anuncios espectaculares por toda la metrópoli, la empresa fabricante de ropa infantil emprendió una gran campaña publicitaria que le dejó a Mercedes una buena cantidad de yenes. El niño se había convertido en toda una celebridad, tenía promisorio futuro como modelo; sin embargo, la insaciabilidad de su madre por los placeres de la carne habrían de truncarle su incipiente carrera.
Ella estaba convencida de que en el mundo podía encontrar a un hombre que la colmara de atenciones y estuviera rendido a sus pies las veinticuatro horas del día, su obsesión por tener un acompañante a todas partes que fuera y le abriera la puerta  del coche y le acercara la silla o le sirviera de comer y hasta le enjabonara la espalda la tenían decidida a regresar a México. Poco le importó el hecho de que su hijo fuera de los alumnos más sobresalientes en la escuela, ni que a sus ocho años de edad hablara dos idiomas, japonés y castellano, y estuviera aventajado con el inglés, manejara diez programas en la computadora y tuviera inclinaciones por la aeronáutica.
Tampoco reparó en la habilidad de su hija de cuatro años por las matemáticas y la música. Mucho menos quiso saber del gran amor que la niña tenía por su padre.
Una mañana después de que Kuniaki se fue a trabajar, Mercedes tomó a sus hijos, cargó dos enormes maletas y los subió a un avión que los traería de vuelta a México. Nunca más voy a regresar a Japón, se repitió una y otra vez durante las doce horas de vuelo. Primero muerta –pensó, mientras la aeronave hacía una escala en Hawai.




(7) Detrás del Trópico de Cáncer

Fiel a la costumbre de obedecer los incontinentes deseos de sus ansias, Mercedes Canales se dio a la tarea de buscar por todos los escondrijos de la ciudad a un individuo con igual grado de lubricidad que el suyo, dispuesto a calmar sus arrebatados ímpetus, disponible las veinticuatro horas del día, desinhibido, pertinaz y, si no era mucho pedir, según demandó en sus plegarias a San Antonio, vigoroso hasta las cachas y con modos de afección.
Tuvo suerte porque no tardó mucho tiempo en encontrarlo. Una tarde somnífera de agosto se aparecieron frente a ella la tía Chabela y su hijo; esa tía era prima hermana de Eustolia, la madre de Mercedes, y el hijo se llamaba Filiberto, era un chamaco de recién cumplidos diecisiete años. Habían llegado de Parras de la Fuente dos días antes y fueron a saludarla después de dos años de no verla. Se pasaron la tarde acordándose de los conocidos que vivían en Parras, en el norteño estado de Coahuila, la tierra de toda la parentela materna de Mercedes, porque ésta rehuyó una y otra vez las preguntas de cómo está tu marido y qué dice Japón o cuándo te regresas a Tokio y qué grandotes están tus hijos.
Lo primero que le sorprendió a la ansiosa fémina fue ver al muchacho aquel bastante crecidito, sobre todo porque solía llevarse bastante bien con él desde que comenzaron a engrosarle los vellos en los recovecos de su anatomía. Todavía recordaba haberlo visto por última vez en Parras, jugando una cascarita con sus cuates del rumbo y persiguiendo muchachas en la plaza, alrededor del kiosco, aunque ya desde entonces Filiberto había aprovechado la confianza con su prima para asestarle discretas nalgadas cuando nadie los veía, o con el pretexto de alguna cándida travesura restregar su cuerpo con el de ella.
Despechada por quienes ella suponía la habían simplemente utilizado cual objeto desechable de úselo y tírelo, de sentirse como envase de cerveza no retornable, de concebirse como vil recipiente de emulsiones obscenas cual mingitorio de cantina, o suripanta sin empleo en el teatro de la vida loca, resolvió purificar sus briosos ánimos con la ingenuidad de aquel blandengue muchacho a quien todavía ni se le arraigaba la voz de hombre.
En la primera oportunidad encargó a sus hijos, Sasaki y Yoshiko, con las hijas de una de sus primas, y se llevó a Filiberto a recorrer la Vía Láctea. Al final de cuentas Mercedes utilizaba las tarjetas de crédito que Kuniaki había puesto a su disposición para que no le faltara nada a sus hijos. Con el plástico pagó comidas, regalos, ropa, lociones y demás caprichos propios del rito de la seducción. Incluso hasta pagó los costosos ramos de flores que le pedía a él como candoroso obsequio, luego en casa de sus tíos simplemente les decía que las rosas eran regalo de un presunto admirador cuya identidad desconocía.
Con el transcurrir de los días, el despeñadero por el que habían decidido retozar juntos se fue haciendo más profundo e interminable, simplemente cerraron los ojos y le dijeron al destino quítate que ahí voy y, sí, tanta liviandad acabó por infectarles los entendimientos. Por eso cuando la tía Chabela vio burlado su instinto materno se dio de topes contra la pared porque ya era demasiado tarde para ponerle remedio, el muchacho ya había experimentado las trepidantes emociones de remontarse a las alturas en sábanas maceradas por sus impetuosas embestidas. Como quien dice, ya se lo había chupado la hechicera, o mejor sería escribir, la geisha de cálidos usos y costumbres, como un día alguien la bautizó.
Todavía la tía con mayor influencia sobre ella trató de corregirle el entendimiento, pretendió hacerla entrar en razón, le expuso las significaciones morales del caso y las implicaciones sociales que su desliz traería en el futuro para sus hijos, pero no, ningún argumento ni reprimenda surtió efecto. La tía Chabela se llevó a su hijo al norte de la República, en un desesperado intento por separarlo de la vampiresa, y por otra parte fueron sus propios tíos los que invitaron a Mercedes a que ahuecara el ala; es decir, que se fuera de la casa.
Mientras tenía lugar el desaguisado, Kuniaki buscó en varias ocasiones a Mercedes, quien al no poder rehuir más el asedio de su esposo, porque su tía iba y la sacaba del baño si era preciso para que asumiera su responsabilidad, llegó el momento en que no tuvo más remedio que tomar el teléfono y hablar con aquel.
A las insistentes preguntas de por qué te fuiste, cómo están mis hijos, cuándo regresas, Mercedes simplemente le respondió que se olvidara de ella para siempre, con sus campestres respuestas de ¿sabes contar?, pues entonces ya no cuentes conmigo, y cosas parecidas.
Cinco días después de que Filiberto y su madre regresaran a Parras, Mercedes salió con sus hijos de casa de sus tíos en San Pedro Tláhuac y tomó un avión con rumbo al norte. Luego de la correspondiente escala en Torreón abordó un autobús y al llegar a Parras de la Fuente fue a instalarse en casa de su hermana Rosaura, quien acababa de divorciarse y sólo vivía con sus dos hijos, tres perros y un perico.
La hermana menor la recibió gustosa, le dijo que ella y sus hijos podían quedarse el tiempo que quisieran y rápidamente le preparó una habitación.
Rosaura fue por muchos años la nieta predilecta de la abuela (aquella que nunca desaprovechó la ocasión para endilgarle a Mercedes desde niña el calificativo de prostituta cuando solía pintarse la cara con los maquillajes de la madre), y como premio a su mansa actitud, lo que incluyó convertirse a la religión que desde adolescente la anciana le dijo, a casarse con quien le impusieron y a obedecer sin refunfuñar todo lo que se le ordenó, la octogenaria le obsequió como premio su casa con todo y escrituras luego de que decidió irse a Tláhuac a vivir los últimos años de su vida con su hija Eustolia.
Sólo que al verse liberada del yugo de la abuela, Rosaura comenzó a darle vuelo a la hilacha ya cumpliditos los veintiocho años, se sustrajo de toda norma y tradición y se involucró con cuanto varón se le plantó enfrente y, después, encima, naturalmente, hasta que el marido se enteró por una boca misericordiosa, de esas lenguas viperinas que nunca faltan en cualquier vecindario, de la numerosa lista de amantes de su mujer.
Como Mercedes no se espantaba con esas historias ni jamás en su vida había asumido la vocación de redimir almas, se dedicó a lo suyo que era encontrarse con Filiberto, quien presto acudió al llamado de la geisha y, detrás de él, también de manera precipitada se le apareció la ofuscada madre a exigirle que dejara en paz al turbado muchacho.
- ¡Es menor de edad y es tu primo, pendeja! -Le recordó la señora.
- ¡Pues igual que tú que serás mi tía pero acabarás siendo mi suegra! –Sentenció Mercedes, excitada como estaba por la pasión de aquel mozalbete.
En Japón, mientras tanto, Kuniaki optó por cancelar todas las tarjetas de crédito a nombre de su esposa, lo hizo para presionarla, con el propósito de que al verse ya sin dinero, pensara mejor las cosas y decidiera regresar con él a Tokio. Sin embargo, cuando un día llamó por teléfono a casa de su tíos, la señora Villalpando le platicó que Mercedes ya no vivía con ellos. Se fue al norte, le dijo, allá tiene a sus hijos.
Luego de transcurridos tres meses de la partida de Mercedes con Sasaki y Yoshiko de Tokio, Kuniaki resolvió viajar a la Ciudad de México para encontrar a sus hijos. La tía de Meche le dijo dónde se encontraban y cómo llegar hasta ellos. Jamás imaginó aquel hombre las penurias que debería pasar en su vida por querer formar una familia con una mujer de tales alcances. Porque no era tanto cuestión de culturas, ni de tradiciones ni de idiosincrasias, no; era que por las venas de la muchacha corría sangre caliente que le obnubilaba la razón, convirtiéndola en presa fácil de las circunstancias.
Porque en Parras a los pequeños japoneses los invadió la nostalgia y su voz se fue apagando, la tristeza fue debida a no ver a su padre ni sentir la calidez de su hogar y perder el trato de sus amigos en la escuela. Sasaki perdió su carácter dicharachero y jovial, en tanto que Yoshiko dejó que se le marchitara la sonrisa y se le extinguiera la incansable actitud por escudriñar los secretos de la naturaleza. La vida para ellos dio un brusco viraje y nadie les ofreció alguna explicación sensata, porque después de haber crecido en un ambiente donde tenían a su alcance los más sofisticados aparatos para facilitarles las cosas, de pronto se encontraron perdidos en un mundo totalmente diferente.
Su incursión en Parras fue para los niños como si hubiesen retrocedido en el tiempo. Eso le pareció a Sasaki, porque al menos en la clase de historia universal en la escuela a la que asistía en Tokio, los pasajes de los primeros hombres sobre la tierra los veía con sumo interés sobre aquella gigantesca pantalla del salón de clase, pero de pronto ya no tuvo qué imaginarse cómo sería la vida de aquellos primitivos hombres porque ahora él estaba ahí, en medio del desierto, a la espera de que por algún lado se le apareciera algún animal antediluviano.
Como Mercedes no estaba dispuesta a perder al adonis que había encontrado en su propia familia, lo convenció de que rentaran una casa y se fueran a vivir juntos. El muchacho creía estar perdidamente enamorado de su prima, al menos todos esos días pensó que los estremecimientos nocturnos que experimentaba al momento de estar con ella formaban parte del rictus del amor, con todo y angelito flechador, así que aceptó seguir a su amada no sin antes armarse de valor para anunciarle a sus padres que se iba de la casa a hacer su vida, por lo que les pidió encarecidamente que no se fueran a oponer, y a su madre le imploró que no le fuera a dar un soponcio porque, según dijo, ya era todo un hombrecito y estaba dispuesto a trabajar en donde fuera y como fuera con tal de sacar adelante la nueva familia que había heredado.
Para no coexistir con las lenguas viperinas aposentadas en aquel despeñadero donde se encontraban, y escapar del chismorreo habitual de toda exigua población, Mercedes decidió que lo mejor era irse a vivir lejos de Parras, así que escogió a Caraveto como destino, un desolado caserío localizado más allá de Sapioris y del Aguanaval, también ubicado detrás del Trópico de Cáncer. En Caraveto vivían unas tías de ambos, a una de las cuales Mercedes había ayudado con dinero en una de sus visitas a Tláhuac, cuando tuvo que ir a la Ciudad de México a practicarse unos estudios en el Centro Médico.
Luego de seis horas de camino, Mercedes y Filiberto con Sasaki y Yoshiko llegaron por fin a Caraveto. Las tías aceptaron a regañadientes facilitarles una parte de la casa para retozo y sosiego de los febriles amantes, y contrariedad de los niños quienes, para entonces, ya habían adelgazado más de la cuenta; sin embargo, como la madre estaba más ocupada en atender las necesidades de su organismo ni se percató del deterioro físico de sus hijos.
Sólo fue hasta que la constante presencia de Sasaki y Yoshiko en casa pero, principalmente, en el cuarto donde se prodigaban caricias y arrumacos, cuando Mercedes reparó en el hecho de que en Caraveto ni siquiera había una escuela donde los niños pudieran continuar sus estudios. Buscó a las madres del pueblo casa por casa, les pidió que todas juntas fueran a la cabecera municipal para pedir un profesor que viniera al caserío furtivo a enseñarle a los chamacos el silabario catón, nada mas que como la mayoría ni siquiera tenía para pagar el pasaje le endilgaron a Mercedes la representatividad de la ranchería. Y sí, la Canales no tuvo otra opción que ir a entrevistarse con el presidente a la cabecera municipal y pedirle que les arrimara el hombro enviándoles un profesor de instrucción primaria.
En cierta ocasión, luego de regresar de su encomienda, Mercedes encontró a Filiberto en férrea discusión con Sasaki.
–¿De dónde quieres que saque pescado? –le preguntó una y otra vez al pequeño mientras Yoshiko solamente lo observaba con su carita de azoro. Minutos antes Sasaki le había pedido a Filiberto que consiguiera pescado porque él y su hermana no estaban acostumbrados a comer otra cosa allá en Japón.
–¡Mira cabrón –le dijo–, ni están en Japón ni soy rico para estarles comprando pescado, ¿oíste?!
Mercedes intervino en la discusión y se llevó a sus hijos a un rincón de la casa para explicarles que el pescado pocas veces lo volverían a comer, al menos durante algún tiempo.
–Ahora somos pobres y ya no tenemos dinero para comprarles pescado –concluyó.
A los pocos días llegó a Caraveto un profesor enviado por la Secretaría de Educación Pública, las madres del pueblo de inmediato lo condujeron a los dos cuartuchos de adobe que conformaban la escuela del lugar, en uno el mentor podría impartir sus clases y en el otro tendría su morada de lunes a viernes.
Fue así como Sasaki y Yoshiko reanudaron su instrucción escolar en circunstancias completamente diferentes a lo que estaban acostumbrados en Tokio, sólo que la niña sufrió lo indecible porque no hablaba castellano, apenas comenzaba a entender algunas palabras, pero su madre no tenía tiempo de sentarse a enseñarle el idioma que requería para expresarse con sus compañeritos pero, principalmente, para comprender por qué demonios estaba en medio del desierto, con temperaturas promedio de cuarenta grados centígrados a la sombra, enjambres de moscas y mosquitos a su alrededor, con la apremiante necesidad de incluir pescado en su comida y la sensación de sentirse más sola que nunca, sin las muestras de afecto de su padre y la constante indiferencia de su madre, más preocupada en disfrutar las horas de exaltación y desfallecimiento con su nuevo amante que en comprender las constantes depresiones de sus hijos.
En San Pedro Tláhuac, a más de mil kilómetros de distancia de Caraveto, Kuniaki se despidió de los tíos de Mercedes, abordó el taxi que lo conduciría al aeropuerto de la Ciudad de México, debido a que en tres horas aproximadamente volaría a Torreón, a donde según lo previsto aterrizaría a las dos de la tarde, buena hora para buscar la línea de autobuses que cubría el trayecto a Parras de la Fuente, Coahuila, donde esperaba ver a sus hijos después de tres meses, primordialmente a su adorada Yoshiko, la que llevaba su sangre y prolongaría su descendencia.



(8) Con tinta sangre del corazón

La vida de Sasaki y Yoshiko en Caraveto fue verdadero infierno desde el primer instante, el soporífero calor comenzaba a sentirse desde las ocho de la mañana pero, sobre todo, por las tardes, cuando el enjambre de moscas al revolotear en el ambiente producían el único e imperceptible vientecillo incapaz de mover alguna pluma suelta posada sobre el desértico suelo desmenuzado por los fastidiados pies de los solitarios moradores, sin perturbar siquiera los cuarenta grados centígrados a la sombra. Por eso cuando Mercedes Canales le dijo a sus hijos que iban a tener un hermanito, ni Sasaki ni Yoshiko advirtieron ninguna sensación de regocijo, prefirieron dejar su vista clavada en el horizonte del pueblo, como si estuvieran a la espera de alguien o quisiesen despertar de la que, según seguían empecinados en creer, se trataba de absurda y espeluznante pesadilla.
El embarazo de Merecedes fue ignorado por sus hijos, con su actitud le hicieron saber su descontento por haberlos desterrado del mundo al cual estaban ya habituados; en cambio, la noticia de su gravidez hizo que toda su parentela, en el norte y en el Distrito Federal, específicamente en San Pedro Tláhuac, pusiera el grito en el cielo, como quien dice, los desenfrenos cometidos por los antediluvianos moradores de Sodoma y Gomorra fueron nada en comparación con la osadía de la muchacha al haber quedado preñada de un menor de edad que, para colmo, era primo suyo, y muy cercano por cierto.
Si ya muy pocos de su familia les hablaban, con eso, de plano, les acabaron por retirar cualquier consideración. Filiberto no tuvo otra opción que ponerse a trabajar para sacar adelante el problema en el que se había metido, consiguió chamba en un establo a treinta kilómetros de Caraveto, por lo que debía salir de casa todavía con la madrugada a cuestas, y conseguir el diario aventón en la destartalada camioneta de un peón que llevaba más de treinta años ordeñando vacas y transportando la leche hasta la Comarca Lagunera para vendérsela a una de las grandes empresas de productos lácteos de esa región.
Por eso fue que cuando Kuniaki se presentó frente a Mercedes en Caraveto, con el rostro blanquecino y la ropa llena del fino polvo del desierto, la muchacha casi se desmaya del susto al creer que se trataba de una visión de ultratumba en vísperas de los días de muertos. Jamás por su mente cruzó la posibilidad de que algún remoto día su esposo Kuniaki fuese a dar con ella, refundida en lo más recóndito del desierto norteño, a miles de kilómetros de Tokio, relegada por su familia y despojada de cualquier oportunidad para recibir algún consuelo espiritual de nadie, y con un kimono rojo que traía puesto como si con eso lo hubiese invocado.
El hombre enloqueció de gusto con sus hijos y estos lo vieron como al mismísimo Salvador que había ido por ellos para regresarlos al mundo al cual pertenecían, los tres lloraron de felicidad abrazados varios minutos, mientras Mercedes sentía que las entrañas le ardían de puro coraje al haber sido descubierta por su todavía marido, y es que no dejaba de sentir vergüenza de que aquel finalmente la hubiese visto echa una piltrafa después de la buena vida que le había dado.
La mexicana subestimó los ímpetus de Kuniaki, cuyo único objetivo era el de volver a reunir a su familia en la casa que había construido en Tokio, donde todavía soñaba con esperar la llegada de sus nietos algún día. Logró viajar miles de kilómetros y encontrar su aguja en el pajar del inclemente desierto norteño.
Luego Meche no dijo nada, no pudo decir nada porque en todo ese rato el coraje mezclado con sentimientos de cobardía le trabó las mandíbulas, dejó que sus ojos expresaran su rechazo absoluto a la presencia de su marido en Caraveto y a que hubiese llegado justo cuando sus hijos parecían haberse resignado a no volver a ver a su padre al menos por un buen tiempo. Ella que deseaba escuchar a sus hijos decirle papá al culpable de su nuevo devaneo, para acabar de enterrar el recuerdo de Kuniaki y su milenaria cultura en las inmensas planicies norteñas, desde donde algún día Pancho Villa asoló la República y doblegó los sueños dictatoriales de Victoriano Huerta, se tuvo que aguantar los retortijones y apretujar los esfínteres para no dejar escapar la rabia en estrambóticas flatulencias.
Y como Kuniaki no tenía mucho tiempo ni deseaba prolongar su estancia en Caraveto, acabado el feliz reencuentro con sus hijos y con el rostro colmado de besos, estrechándolos contra su cuerpo, como queriéndoles mostrar la dimensión de su amor, decidió ir al grano, se incorporó de súbito dispuesto a encarar a Mercedes, quien temerosa de que a su marido le fueran a aflorar rescoldos de sus ancestros samuráis, de un salto se echó un metro para atrás. «No le saques pendeja», –se dijo ella misma.
– Nunca vas a cambiar, de eso estoy convencido –reconoció–, te propongo una vez más que olvidemos lo que ha pasado en todo este tiempo y ahora tomes tus cosas y las de los niños y nos vayamos a casa.
–Aquí es ahora mi casa –respondió ella.
–Esto no puede ser una casa, esto es una pocilga y no es justo que tengas aquí a mis hijos –reviró Kuniaki.
Mercedes prefirió no entrar en discusiones acerca de los parámetros de marginación para saber si su casa caía en ese rubro, así que buscó finiquitar pronto tan difícil situación.
–Lo nuestro se acabó, Kuniaki, te lo dije muchas veces, yo ya no te quiero, ya no siento nada por ti, por eso te dejé el camino libre –indicó Mercedes.
El japonés capoteó las filosas astas que significaban escuchar otra vez la concluyente declaración de su cónyuge.
– Mejor vámonos, Mercedes, aquí mis hijos están pasando hambres –insistió.
– ¿Ya te dijeron algo? –preguntó ella.
– No es necesario que me digan nada, sólo es suficiente con ver lo flacos y escuálidos que están.
Mercedes decidió entonces darle la estocada final.
–Como lo nuestro se acabó ya vivo con otro hombre...
–No es un hombre, es un niño –se apresuró a decir Kuniaki como para advertirle que estaba al tanto de su situación.
–El próximo mes cumple la mayoría de edad –quiso justificar Mercedes mientras se le sonrojaba el ennegrecido rostro, quizá por sentirse culpable de andar pervirtiendo menores.
Kuniaki insistió en su propuesta, no en balde había viajado media circunferencia del planeta, tenía qué lograr su objetivo.
–Vámonos Mercedes, te perdono todo, te vuelvo a perdonar una vez más todo, vénganse conmigo a Japón... –pero la mujer estaba resuelta a no volver a cruzar nunca más el charco.
–¡No entiendes cabrón! ¡Ya no te quiero! ¡Estoy embarazada! ¡Tengo tres meses de embarazo!
–¡No me importa! ¡Vámonos a Japón, allá que nazca tu hijo y yo lo vuelvo a reconocer como mío! –suplicó el noble oriental.
Mercedes no dio su brazo a torcer, endiosada como estaba con su primo, le repitió a Kuniaki hasta la saciedad que ya no lo amaba, que mejor se regresara a Tokio antes de que anocheciera porque al oscurecer el frío comenzaba a calar si no se estaba bien abrigado. Se lo dijo impasible, indiferente, sin conmoverse ni tantito de aquel hombre que repentinamente comenzó a llorar y en su cara la constante súplica dibujó el rictus de dolor tan común en un hombre abatido por las circunstancias.
– Llévate a los niños si tanto los quieres y no puedes vivir sin ellos –se conmovió por fin la mexicana.
– Si me los llevo tendría que buscarles otra madre porque tú sabes que yo trabajo desde que amanece hasta que anochece, y no quiero eso. Te quiero a ti con ellos, porque tú eres su madre y mi mujer, somos una familia...
–Yo ya no soy tu mujer, métetelo en la cabeza, yo ya soy de otro –lo interrumpió de tajo la de la carne trémula.
–Entonces te dejo a mis hijos, si aquí quieres tenerlos quédate con ellos, que eso sea tu suplicio –sentenció Kuniaki.
Como a las tres de la tarde sonó la locomotora, se escuchó a lo lejos la letra de una vieja canción revolucionaria que hacía alusión a las proezas bélicas de Pancho Villa, las cuales provenían de la cantina del pueblo y contribuían a impregnarle más aires de melancolía a Caraveto.
Finalmente Kuniaki dio medio vuelta y se enfiló a la puerta, afuera lo esperaban impacientes sus hijos, quienes al verlo con lágrimas en los ojos presintieron de inmediato el irrevocable desenlace y también soltaron en llanto, lo abrazaron, él se sentó en cuclillas y sintió cómo sus manitas se le enterraron en su piel como desesperada súplica de que se los llevara de ahí lo más pronto posible.
Mercedes se fue al corral a entretenerse en echarle granos de maíz a las gallinas, mientras Kuniaki y los niños dejaron escapar un caudal de lágrimas que casi formaron un río en el pueblo, y sus lastimosos gemidos se quedaron asentados en la memoria de quienes los vieron postrados en el árido suelo, al tiempo que una sombra se compadeció de ellos y los protegió del sol hasta que comenzó a oscurecer y Sasaki y Yoshiko, exhaustos de tanta congoja, se quedaron profundamente dormidos.
Esa noche Kuniaki tuvo que dormir en una desvencijada banca de la plazoleta del pueblo, al amanecer abordó el autobús que lo llevó a Torreón y después voló a la Ciudad de México para, posteriormente, regresar a Japón. Por primera vez desde que visitó el Distrito Federal no se desplazó a Tláhuac para despedirse de los tíos de Mercedes, ya no tuvo ánimo ni quiso que fueran a compadecerse de él.
Lo último que supe y con esto concluyo la historia, fue que el tercer hijo de Mercedes Canales ya nació y fue varón. Ahora debe de tener como cinco meses de edad y todos siguen viviendo en esa lejana población del norte de la República, a la que preferí nombrar como Caraveto, por una parte para salvaguardar aun más la verdadera identidad de la muchacha, y porque finalmente es el nombre del pueblo de mi novela cuyo título espero no vaya a predestinarles nada: Tan cerca del infierno.