Los muertos y los vivos


NOSOTROS | Número 86 | Noviembre de 2005
Llaneros y solitarios
Sergio Rojas
Poco antes de que el sol se ocultara aquella tarde de octubre, Chema Gómez decidió ponerse la chamarra para que el fresco de otoño no lo tomara desprevenido en Zapotitlán. Había acudido como cada año a casa de sus compadres Julián y Adela, quienes conmemoraban un aniversario más de bodas, motivo por el cual había estado brindando desde las dos de la tarde.
Como el resto de invitados, Chema aplaudió a rabiar cada vez que el greñudo vocalista del conjunto musical recordaba los cuarenta años de abnegada vida conyugal de la pareja.
Bailó, fumó, canturreó las canciones populares en boga y hasta contó cuentos colorados al tiempo que él también se desternilló con los chistes de otros en aquel delirante parloteo, atizado por el tequila que desinhibía almas pías, y el estridente ruido emanado de las bocinas que incitó a los invitados a mover el esqueleto en vísperas de días de muertos.
Cuando Chema se sintió cansado el reloj marcaba las once y media de la noche, por lo que vislumbró la inconveniencia de conducir su automóvil hasta su casa en Ixtapaluca.
No tardó en despedirse de los anfitriones. Sin embargo, apenas llegó a la Avenida Tláhuac sintió un terrible hormigueo en los ojos. Se caía de sueño. Aún así decidió continuar. «En quince minutos estaré en casa», pensó.
Al enfilar por el Eje 10 y pasar la Avenida Estanislao Ramírez el sueño lo venció, golpeó con la cabeza el cristal de la ventanilla y el impacto le hizo reaccionar. «No puedo más», aceptó, por lo que adelante del deportivo que ahí se encuentra decidió orillarse para dormir un rato. El mareo que sentía no le dejó percibir el fétido olor, tan característico de la zona, que emanaba de la granja porcina del lugar.
Chema cayó en un profundo sueño... hasta que de madrugada lo despertaron fuertes golpes en el cristal de la ventanilla del automóvil. Se restregó los párpados y a duras penas, entre la espesa oscuridad de la noche sin estrellas, distinguió la figura de tres individuos que intentaban decirle algo. Vio que los muchachos aún portaban sus arreos de futbolistas, lo que le inspiró confianza para bajar el vidrio de la ventanilla.
– ¿Qué pasa muchachos? –preguntó.
– Oiga, no se quede aquí, mejor váyase, es peligroso –dijo uno.
– Sí, pélese porque aquí asaltan y no le vayan a hacer algo –agregó otro.
– Gracias muchachos, ¿para dónde van? –respondió Chema.
– Usted no se preocupe, nosotros vamos en sentido contrario y además somos tres.
José María echó a andar el motor de su automóvil, el sueño le había ayudado a recuperase un poco. Con la carretera desierta y su mente despejada pensó en aquellos muchachos que había visto minutos antes. «Pero si ya son las dos de la mañana, ¿a poco a estas horas todavía se juega futbol en el deportivo? Ni modo que haya iluminación artificial en alguna cancha», reflexionó.
Debido al cansancio que sentía acabó por concluir en que aquellos futbolistas con seguridad acababan de terminar la juerga. «El encuentro acabó a las seis de la tarde y se quedaron tomando con el resto del equipo. ¡Clásico!».
Luego de dormir plácidamente en su cama, Chema regresó a casa de su compadres el domingo para el recalentado, por lo que les platicó su experiencia afuera del deportivo del Eje 10. A Julián y Adela no les sorprendió que un grupo de muchachos le hubieran advertido de algún posible asalto, pero don Abelardo, un vecino del rumbo que había escuchado el relato de Chema, intervino en la plática.
– Hace algunos años, en esa curva donde usted se detuvo a dormir un rato, una combi pesera atropelló a tres muchachos que salían del deportivo después de jugar futbol. Los muchachos divisaron que en sentido contrario venía su transporte para Tlaltenco y corrieron con el fin de atravesar la carretera, pero no se dieron cuenta que por el lado izquierdo venía otra pesera porque un camión de carga obstruyó la visibilidad incluso del conductor de la segunda combi que, finalmente, los atropelló cuando rebasó al camión. Ahí quedaron muertos los tres.
Los invitados que habían escuchado el relato del vecino se quedaron boquiabiertos. «¿Qué sucedió después?», preguntó uno.
– Esos muchachos se comenzaron a aparecer a los trasnochadores que, como aquí el médico, tenían que pasar por el deportivo a altas horas de la noche. Pero nunca había escuchado que le hubiesen hablado a alguien.
Chema palideció.
– ¿Eso quiere decir que los muchachos eran almas en pena? –preguntó.
– Así es amigo.
Desde entonces Chema rehúye transitar por esa carretera que ahora es el Eje 10, y que va a la autopista México–Puebla. De hecho, ese domingo dejó la casa de sus compadres a las cuatro de la tarde y sin haber probado una gota de tequila para mitigar la resaca.




NOSOTROS | Número 98 | Noviembre de 2006
La cocina de Catrina
Sergio Rojas
Nazas es una población llena de historias y leyendas, de hecho su origen se remonta al siglo diecisiete, poco después de las primeras incursiones expedicionarias de los españoles por la Gran Chichimeca. Se encuentra a orillas del majestuoso río al que da nombre, que recorre el norte del estado de Durango y riega a su paso las fértiles tierras de la Comarca Lagunera. Nazas está llena de añejas construcciones cuyos gruesos muros de adobe contienen las voces del tiempo.
Una calurosa tarde del mes de julio de mil novecientos setenta y seis, mi abuela y su hermana, la tía Lala, charlaban placenteramente sentadas en el portal de la vieja casona familiar, mientras el sobrino Celso, de apenas tres años de edad, jugaba despreocupado en el jardín de donde el sol ya se había ido dado que el reloj marcaba las cinco de la tarde, aproximadamente.
Desde el portal la vista era admirable, porque se veían los grandes nogales de la huerta y los álamos de la alameda, una larga y profunda calle arbolada así denominada por la gente del lugar y que sirve de paseo familiar, por la que se puede llegar hasta el río, así como los vastos sembradíos de alfalfa y maíz que se encuentran de aquel lado de la alameda.
Pero del lado derecho del portal se encontraba la vieja cocina, cuya pared contigua se extendía más allá de donde aquel terminaba, por lo que para entrar a ésta uno debía bajar un par de escalones, caminar tres pasos y luego doblar a la derecha para, entonces, tras de manipular la pesada aldaba de fierro y abrir las puertas de añeja madera, poder entrar a aquel cuarto de ennegrecidos muros, oloroso a hollín debido a que no tenía ventanas, fuera del agujero del techo por donde salía el humo de lo que ahí se cocinaba con pura leña.
En ese portal escuché desde niño, durante mis estancias los fines de semana o en las temporadas de vacaciones, las más sorprendentes historias de aparecidos y demás visiones, como una muy común y que se refería al hecho de ver resplandecientes fogatas donde supuestamente había un tesoro enterrado, ligadas sobre todo con la Semana Santa.
Así fue como un día mi prima Rosalba, aquella que nunca más volví a ver porque un día se casó y se fue a vivir a Texas, me contó que en esa lúgubre cocina se le había aparecido una horrible señora vestida de negro, alta, muy alta ella, flaca, muy flaca, según solía describirla al tiempo que la piel de su cara se ponía blancuzca y las palabras se le atoraban en la boca. El sol ya se había ocultado y aunque la noche aún no llegaba, Rosalba fue a la cocina por algún objeto personal olvidado ahí desde la tarde, encontrándose con que las puertas estaban abiertas de par en par y adentro, erguida como tétrica sombra salida de quién sabe dónde, la figura de aquella señora de negro, alta y flaca.
Y sí recuerdo que allá por mil novecientos setenta y dos a la prima la llevaron con médicos de Torreón y hasta con curanderos de la Comarca para que le quitaran los sobresaltos que daba por las noches cuando gemía de miedo debido a las horripilantes pesadillas del caso.
Pero de vuelta con mi abuela y la tía Lala, esa tarde platicaban amenamente cuando Celso, distraído en la fantasía de sus juegos, continuó desplazándose de un lado a otro por el extenso jardín, hasta que se perdió de vista de su bisabuela y después de un rato acabó frente a la puerta de la cocina.
El repentino grito que pegó el niño rasgó los nervios de las hermanas, fue muy parecido al de una gata en celo a altas horas de la madrugada. La abuela y mi tía se levantaron tan rápido como pudieron y corrieron hasta donde Celso permanecía como petrificado, con los ojos bien abiertos, sin parpadear, y la mirada puesta al interior de la lúgubre cocina. Inmediatamente lo cargaron y fue cuando el niño se desvaneció, lo llevaron a una cama donde le dieron friegas de alcohol sin dejar de preguntarle qué le había sucedido, qué había visto o sentido, en fin, que les indicara con señas por qué había gritado de tan horripilante manera que aún les mantenía helada la sangre.
Celso todavía no hablaba, de hecho, cuando cumplió los siete años de edad apenas y se le entendía lo que quería decir. Tuvo severos problemas para hablar. Mi madre dijo siempre que su imposibilidad para hablar se había debido a lo que aquella tarde de julio él vio en aquella cocina, como la señora de negro que mi prima dijo ver años atrás, de hecho, al año siguiente mandó tirar la cocina y el portal y en lugar de una sola casa habilitó cinco y las rentó.
Mi sobrino creció con un dejo de inseguridad en el habla, es un buen muchacho y mejor hijo, ni duda cabe, y ahora vive desde hace cinco años en Florida. Cuando tenía cinco meses un día lo llevé en mis brazos a caballo durante seis horas, en medio del desierto, bajo un torrencial aguacero, para dejarlo en brazos de su madre que recién había tenido una niña. Por eso, quizás cuando lo vuelva a ver, con sus treinta y tantos años de edad, ya pueda preguntarle qué fue lo que aquella tarde vio en esa maldita cocina. Porque él nunca dijo nada, no le contó nada a nadie. A lo mejor fue que pasaron tantos años para que él pudiera expresarse con claridad que, cuando lo hizo, ya nadie se acordó de lo que un día le sucedió en nuestra casa de Nazas.

Museo de la Muerte, San Juan del Río


La quinceañera de Mazatepec
Sergio Rojas
Una noche de sábado a finales de octubre de 1997, cinco muchachos se encontraban en amena tertulia en casa de Omar, en la Colonia Selene. Habían estado jugando dominó y tomando algunas cervezas, y con el fin de romper la monotonía Omar decidió darle un viraje a la reunión: «¿Qué hacemos?», preguntó a los demás. «Ya sé, vamos a caerle a Cristian a ver qué está haciendo», sugirió Alberto.
El reloj marcaba las 11 de la noche con cincuenta minutos cuando Jazmín y Alberto subieron al automóvil de Omar, mientras César decidía acompañar a Armando en su coche.
No tardaron mucho en llegar a la capilla de Mazatepec en la confluencia de la Avenida Tláhuac y la Calle Morelos. Entonces no se veía a tanta gente como ahora a esas horas, ni tampoco había ningún puesto de tacos, por lo que cuando dieron vuelta a la derecha, metros adelante Omar prácticamente detuvo la marcha del vehículo para dejar que pasara una quinceañera a quien acompañaban cuatro chambelanes, quienes entraron a la capilla pero por la pequeña puerta lateral, debido a que la entrada principal se encontraba cerrada. Eran las doce de la noche.
– ¿A poco va a haber misa para la quinceañera? –preguntó Omar.
Alberto y Jazmín no dijeron nada, simplemente no daban crédito a lo que acababan de ver.
En el vehículo de atrás Armando casi también había detenido la marcha, pero una vez que el grupo encabezado por la quinceañera desapareció todos reanudaron su camino.
Cuando llegaron a casa de Cristian coincidieron en que lo que habían visto no era normal, decidieron entonces regresar a la capilla de Mazatepec, sólo que ya no encontraron a nadie, el lugar estaba solo. La quinceañera y los chambelanes habían sido simplemente parte de una extraña visión.




Ofrenda de muertos en San Andrés Mixquic
El regreso del Pernita
Sergio Rojas
Aquella tarde de un sábado de julio Arminda y Rosalba habían acudido a La Flor de Tláhuac para acompañar a una amiga que celebraba la primera comunión de su hijo. Minutos antes, en la parroquia de San Pedro Tláhuac, las dos fraternales amigas coincidieron en misa y, tras de saludarse con cariño decidieron, sin decírselo, hacerse compañía por el resto de la jornada. Era una tarde nublada, pero sin amenaza de lluvia, con el trajín acostumbrado de sábado por la tarde. La gente deambulaba por el arbolado jardín y los peligrosos microbuseros se disputaban el escaso pasaje sobre la Avenida Tláhuac.
En aquel ambiente festivo del tradicional lugar, Arminda y Rosalba se mantenían ocupadas en platicarse los últimos acontecimientos relevantes de sus vidas, hablaban también de sus hijos y de la última juerga de sus maridos, mientras un payaso que se parecía al de la película It por su aspecto rechoncho y maligno, que de tan insustancial caracterización debía recurrir al método de burlarse de algún invitado para hacer reír a los anfitriones y desquitar el sueldo.
No llevaban ni media hora sentadas en torno a una mesa donde habrían de degustar los alimentos preparados para tan significativa ocasión cuando, de pronto, Arminda descubrió con asombro el rostro de un hombre que se asomaba sigiloso por la puerta del sanitario correspondiente a las damas, por lo que de manera abrupta interrumpió la amena charla con Rosalba.
- Esto es el colmo –dijo indignada.
- ¿Qué? –preguntó su amiga.
- En el baño de damas hay un hombre.
- Estará haciendo la limpieza.
- ¡No! ¡Está como escondido, como si quisiera sorprender a alguien!
Arminda se levantó enfurecida y apresuradamente se encaminó hacia el sanitario dispuesta a reclamarle al morboso sujeto tan reprobable actitud, pero cuando entró al sanitario no encontró a nadie. Supuso que debía haber alguna otra salida por la cual pudo escapar el supuesto pervertido, sólo que no encontró nada parecido. Había, eso sí, una ventana, pero esta se encontraba sellada. Buscó en los sanitarios, en cada rincón de la estancia y no encontró a nadie.
- Con tantas cosas que uno ve ahora esto no puede quedar así –pensó, y al constatar que de plano no había ningún hombre en el lugar salió en busca del gerente del restaurante para protestar por aquella anomalía.
Entonces se encontró con que uno de los integrantes del conjunto musical que amenizaría la fiesta una vez que el payaso concluyera su actuación era un viejo amigo, y que por la ubicación en la que se encontraba, justo a un par de metros de la puerta donde ella había visto el rostro de un individuo, debió percatarse de algo anormal.
- Hola, qué tal. Oye, ¿no viste a un hombre entrar al sanitario de las damas?
- No, ahí no ha entrado nadie desde que comenzó la fiesta.
- ¿Seguro?
- Sí, me hubiera dado cuenta.
Sorprendida, Arminda comenzó a preguntar quién era el encargado del lugar. Cuando atravesó el espacio donde el payaso seguía contando chistes insulsos, el remedo de It quiso imitar su forma de andar pero, al fulminarlo con una mirada cargada de indignación, desistió de su propósito y optó por continuar su actuación ante los niños.
Una vez en la barra, Arminda preguntó al tipo que ahí se encontraba por el encargado del lugar.
- ¿Por qué? –preguntó intrigado.
- Es que no puede ser.
- ¿Qué no puede ser señora?
- Que en el baño de mujeres yo haya visto un hombre.
- No, fíjese que no, entre nosotros no hay ningún degenerado.
- Yo lo vi, se estaba asomando muy sospechoso. ¿Se imagina si entra alguna mujer o una niña? ¡Seguro que la viola!
El hombre detrás de la barra fijó entonces su mirada en un lugar indeterminado, parecía que estaba por desenmarañar aquel enredo.
- ¡Ah, sí! –exclamó satisfecho.
- ¿Quién es? –cuestionó Arminda.
- ¡¡¡Es el Pernita!!!!
- ¿Ya ve como hasta lo conoce? ¡Esto no puede ser, voy a quejarme con la policía!
- No, no, no, señora, es el Pernita, un mesero que trabajó aquí hace ocho años.
- ¿Y qué? ¿A poco no puede venir de depravado a seguir husmeando en el baño de damas? Seguramente tiene un escondite en el sanitario...
- ¡Espéreme señora! Si le digo que es el Pernita es porque yo lo conocí. Se trata de un mesero que trabajó aquí hace ocho años, pero en un pleito de borrachos lo mataron acá afuera, en el estacionamiento...
Cuando escuchó aquella tétrica confesión Arminda se regresó a la mesa donde su amiga Rosalba no perdía detalle de sus movimientos.
- ¿Quíubo? ¿Qué pasó?
- N... nada, nada. Mejor te invito a mi casa. ¿Nos vamos?