Los Juegos Olímpicos en Sydney 2000



Los Juegos Olímpicos en Sydney 2000
 Sergio Rojas
Primera parte
Sydney, la Olimpia del año 2000
Australia es una doble gran nación, por el tamaño de su territorio, 7.7 millones de kilómetros cuadrados, y por las dimensiones de su economía. Es reconocida como una de las naciones que más éxito ha tenido en la construcción de una sociedad tolerante, abierta y culturalmente diversa.
Luego de que los primeros contactos europeos con el continente australiano comenzaron a asentarse en el vasto territorio, entre los siglos XVI y XVII, cuando Portugal, España y Holanda ampliaron su comercio con Asia, exploradores y comerciantes conocieron a los indígenas australianos mucho antes de que se produjera la expansión europea hacia el hemisferio occidental.
Tierra que en la mayoría de las veces conocemos a través del cine y de documentales científicos y turísticos, Australia nunca dejará de ser un misterio para quienes vivimos en otras partes del planeta. Jamás dejará de motivar nuestro espíritu aventurero y la curiosidad por conocer cada vez más acerca del quinto continente.
El país de los canguros y los koalas es, además, para los extranjeros, tierra de tenistas, de nadadores, del equipo campeón mundial de cricket, pero además de grandes desiertos de piedra y arena, de planicies inconmensurables en el oeste y centro, de vastas mesetas y llanuras que se extienden por las estrechas pendientes de la costa hacia el este, de grandes playas de arena y exuberante vegetación con múltiples formaciones que van desde los empinados acantilados de Blue Mountains al oeste de Sydney, pasando por las elevadas formaciones volcánicas curiosamente erosionadas de las montañas Glasshouse, al norte de Brisbane, hasta llegar a las planicies de la costa sur, al oeste de Adelaida.
Australia, la de las modernas ciudades por un lado, y los grupos étnicos que parecen remontarnos al pasado, por otro, es tierra de contrastes. Donde el 70 por ciento de su territorio es árido o semiárido y una gran parte del centro es inhabitable, en tanto que los ríos Murray y Darling constituyen el sistema fluvial más largo de Australia para formar la Cuenca Murray – Darling, que cubre más de un millón de kilómetros cuadrados, el 14 por ciento de la superficie continental. Pero de igual forma donde el Lago Eyre (lago salado) sobresale con sus nueve mil kilómetros cuadrados, aunque permanece seco durante largos períodos, cerca del centro del país.
Con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos en Sydney, la oportunidad de conocer más acerca de Australia es ocasión justificada para adentrarnos más en su historia y su geografía, así como en otros aspectos de la vida diaria de sus habitantes.
Como una de las pocas naciones que ha tomado parte en todos los Juegos de verano desde 1896, Australia será por segunda ocasión sede de unos Juegos Olímpicos. A los celebrados en Melbourne en 1956, se sumará Sydney 2000. Y este será el gran acontecimiento deportivo de fin de siglo. Lo mejor de la tecnología en materia de comunicación, contribuirá a mostrar a millones de seres humanos de todo el mundo lo que esa gran nación es, y representa, en la actualidad.
Los Juegos
Origen religioso de los Juegos
Parece difícil describir con exactitud el origen de los antiguos Juegos Olímpicos, pero en lo que no hay la menor duda es en apuntar que en su origen tuvieron una significación religiosa. Congregaron a los pueblos griegos de la antigüedad en donde los atletas ofrecían su esfuerzo y triunfo como un sacrificio común a los dioses, sumándose a la tradición de los habitantes de la costa noroeste de la península del Peloponeso (Grecia) de celebrar un gran festival en Olimpia. El historiador Heródoto cuenta el orgullo con que los griegos hablaban en sus viajes a Egipto de los Juegos que organizaban.
En el primer día del magno evento que conmemoraba el triunfo de Zeus sobre su padre Cronos. Los atletas venían de las ciudades–estado de Atenas, Rodas, Siracusa, Corinto, Tebas y muchas otras de gran importancia localizadas en las costas de África y en el continente asiático.
Cada cuatro años, ciertamente, se celebraban los Juegos, y los pueblos vecinos acudían a estos gracias a una tregua sagrada que se imponía a las querellas y guerras. La primera referencia a una victoria olímpica corresponde al año 776 antes de Cristo, y se refiere a la del griego Corebo. Los Juegos, que habían decaído, convirtiéndose en un espectáculo que apenas recordaba el alto ideal de la vieja institución, fueron suprimidos por un edicto del emperador romano Teodosio, en el año 394 de nuestra era.
Los Juegos Olímpicos consistieron primeramente en una sola carrera cuya distancia era la longitud del estadio: unos 192.27 metros; después fueron ampliados a dos carreras, de uno y dos estadios, respectivamente, y todavía fue añadida más tarde otra prueba más larga, uniéndose así la velocidad y la resistencia. En la XVIII Olimpiada comenzó a disputarse el pentathlon, o combinación de cinco pruebas (salto de longitud, lanzamiento de jabalina, carrera a pie, lanzamiento del disco y, finalmente, la lucha), competencias que se disputaban en ese orden y con efectos eliminatorios. El pentathlon fue una prueba de inspiración espartana. El pugilato se añadió en los Juegos de la XXIII Olimpiada; las carreras de cuadrigas en los XXV y, por último el pancracio, mezcla de boxeo y lucha, apareció en los de la XXXIII Olimpiada. El período de un solo día de los primeros Juegos fue ampliado sucesivamente hasta cinco, con dos más de ceremonias religiosas.
No sólo fueron disputadas pruebas deportivas, sino que, como en la actualidad (aunque este aspecto de las Olimpiadas sea menos popular), también hubo certámenes artísticos que dieron a sus ganadores el mismo nombre que a los atletas. También, del mismo modo como sucede ahora, de vez en cuando surgieron disputas y escándalos por el supuesto o real profesionalismo de algún participante. El corredor Dicon, de Caulonia de Sicilia, que había ganado el laurel olímpico, es quizá el primer «caso» histórico del profesionalismo en el deporte al vencer de nuevo cuatro años después, pero representando a Siracusa, cuando es sabido que los atletas luchaban por el honor deportivo de la ciudad en la cual habían nacido.
Los Juegos Olímpicos tenían entonces una importancia superior a las demás actividades. Los vencedores, que recibían una rama de laurel como premio simbólico, eran inmortalizados en estatuas que labraban los más famosos escultores de la época. Aquellos atletas que vencían en los Juegos Olímpicos eran objeto de las mayores distinciones en sus ciudades y estaban considerados con el máximo respeto por todo el mundo, incluso sus enemigos. Cicerón asegura que un vencedor olímpico recibió en Roma más honores que un general victorioso, e incluso se escribían composiciones poéticas en homenaje a los atletas vencedores, algunas tan celebradas como las de Píndaro.
Esplendor y decadencia de Olimpia
Olimpia, situada en la confluencia  de los ríos Alfeo y Cladeo, Peloponeso occidental, tenía un estadio especial para las carreras a pie y otras competencias de atletismo, el cual medía 200 metros de largo por 30 de ancho. Nunca se pudieron precisar más detalles acerca del estadio porque con el tiempo fue destruido por el desbordamiento de los ríos. El monte Olimpo se engalanaba con la fiesta.
También en Olimpia se encontraban varios templos. En el más importante de ellos se erguía una estatua de Zeus de más de 12 metros de altura. Los principales edificios dedicados al atletismo eran el gimnasio, donde entrenaban los atletas, y la palestra, destinado para boxeadores y luchadores. Porque el entrenamiento era para los griegos muy importante.
Al momento en que los intereses políticos y materiales comenzaron a predominar en las competencias, por encima de las motivaciones religiosas y morales correspondientes al ideal de los Juegos, éstos comenzaron a declinar y vino su decadencia. Teodosio decretó su desaparición y con ello no hizo más que abolir unas fiestas paganas que en nada se parecían a las esplendorosas manifestaciones de la época de oro de las Olimpiadas.
Al poco tiempo, Olimpia fue saqueada y sus templos destruidos, por orden de Teodosio II, en el siglo v. Los terremotos y el desbordamiento de los ríos se encargaron de completar la obra de borrar el último vestigio del recinto olímpico. No fue si no hasta 1882 cuando bajo el patrocinio de los gobiernos de Francia y Alemania cuando fueron descubiertas las ruinas olímpicas, lo que permitió tener idea de la magnificencia de Olimpia y sus Juegos. Lo ahí encontrado pasó a formar parte de un gran museo donde se dio cobijo a los restos y objetos recuperados.
Conquistadores y emperadores compitieron en Olimpia
Se asegura que Alejandro Magno, el célebre conquistador del mundo helénico, fue quien dio inicio con la destrucción de los Juegos Sagrados cuando invadió Tebas. Aunque también se sabe que fue contendiente en la competencia de carreras de cuadrigas, donde ganó en repetidas ocasiones, sin trampas ni favoritismos.
Otro ilustre participante en los Juegos fue el emperador Nerón, quien hizo gala de su hedonismo al combatir contra los ágiles y adiestrados pugilistas, a los que, obviamente, les ganó la anhelada corona de olivo. Asimismo, ganó seis veces en la competencia de cuadrigas.
En la exclusiva lista que registra la historia, el cuestionado emperador Tiberio, aquel que solía divertirse en su retiro de la isla Anacapri aventando doncellas por el los acantilados, fue también campeón de cuadrigas, nada mas que por decreto. Previo a la competencia su séquito de aduladores acordaba con los contendientes que le permitieran ganar con tal de no despertar su ira.
Varezdat, de humilde origen campesino, pero pariente de algunos reyes, tuvo magnífica actuación en las competencias olímpicas, lo que le valió ser rey de Armenia... Según las crónicas de Armenia.
El barón de Coubertin
En la antigua Grecia las fiestas religiosas en honor a Zeus tenían lugar cada cuatro años, por espacio de cinco días. En Olimpia, desde el 776 antes de Cristo, hasta el 393 d. C., se combinaron ceremonias rituales y competiciones deportivas. Es en precisamente en el 393 cuando Teodosio decide suprimir los Juegos. Las pruebas deportivas en los antiguos Juegos comprendieron carreras pedestres, luchas, pentatlón, carreras con armamentos, luchas infantiles, carreras de carros y caballos.
Por iniciativa del barón de Coubertin, fundador del Comité Olímpico Internacional en 1894, los Juegos fueron reanudados en 1896, en Atenas, Grecia. No fue fácil para él allanar todos los obstáculos de incomprensión con que se enfrentó. La tenacidad del barón de Coubertin se debió a que al final triunfara su idea consistente en celebrar una gran reunión de personalidades que tuvieran como finalidad el lograr que los jóvenes de todas las naciones se beneficiaran de los conocimientos y actividades deportivas comunes.
Los Juegos Olímpicos de la época moderna fueron celebrados el año 1896 en Atenas, como homenaje al país que había tenido la gloria de ver nacer, 2,672 años antes, los viejos Juegos de Olimpia.
Coubertin había triunfado y legaba al mundo una competición deportiva basada en el espíritu de lealtad y desinterés que inspiró la época más brillante de la Grecia antigua. Como homenaje al soldado Filípides, el legendario héroe de Maratón, fue instituido en los primeros Juegos Olímpicos un trofeo para el vencedor de una carrera de 42 kilómetros, que es la distancia que media entre Atenas y el campo de batalla donde se obtuvo la decisiva victoria sobre los persas invasores. Esa trágica noticia fue la que Filípides corrió a anunciar a los suyos, muriendo de agotamiento una vez cumplida su misión.
En abril de 1896 los I Juegos Olímpicos de la época moderna fueron finalmente realidad. Para su organización, Jorge Averoff, un griego residente en Egipto, donó un millón de dracmas para construir en Atenas un estadio de mármol blanco. El éxito de la nueva competición quedó asegurado por el entusiasmo que hizo prender en el pueblo la victoria conseguida por un pastor griego, Espiridión Loues, en la carrera de maratón, disputada sobre el mismo recorrido de 42 kilómetros entre la llanura donde se libró la histórica batalla y la ciudad de Atenas.
Espiridión fue objeto de las manifestaciones de júbilo de sus compatriotas, por lo que recibió de éstos muchos regalos que llenaron de asombro al pobre pastor, quien se había preparado para su hazaña tan sólo mediante el ayuno y la plegaria.
Una no es ninguna
Con 25 años de edad, Espiridión Loues superó al gran favorito Filípides Vassilakous, el cual parecía invencible a lo largo de los 32 kilómetros de la competencia. Sin embargo, al llegar a ese punto, y como detrás de él no había ningún rival próximo, debido a que les había sacado una amplia ventaja, decidió detenerse un rato a descansar. Un grupo de espectadores se acercó a Filípides y le invitó a la cantina del lugar para tomar unos tragos que refrescaran su organismo y, también, para festejar por anticipado su indudable victoria.
Filípides preguntó que dónde quedaba la cantina, y al percatarse que se localizaba precisamente sobre una de las calles del recorrido, aceptó gustoso y se fue con sus nuevos amigos. El cantinero les sirvió el primer trago y, entre que les platicaba los pormenores de su preparación física y su táctica para vencer en la competencia, vino el segundo. La inesperada reunión comenzó a ambientarse más de lo debido y vino el tercer trago.
Fue entonces cuando el modesto pastor pasó frente a la cantina con rumbo hacia la meta, seguido por el francés Lermusiauz y el norteamericano Arthur Blake. Filípides preguntó a sus amigos que si todavía no pasaba nadie, así que al saber que hacía rato tres competidores lo habían hecho, se reincorporó a la carrera pero ya no pudo darles alcance.
Espiridión pasó a la posteridad pero, además, recibió la promesa de un restaurantero de darle de comer todos los días por el resto de su vida; mientras que un zapatero le proporcionó zapatos gratis, también por el resto de su existencia, y finalmente un peluquero le cortó el cabello y lo rasuró gratis hasta su fallecimiento. Nada mas que, al parecer, el peluquero murió antes que el famoso atleta.
La Antorcha Olímpica
Desde 1936 fue adoptada la costumbre de que para transportar la Antorcha Olímpica, diversos atletas tenían que relevarse para transportarla durante todo el recorrido desde Atenas hasta la sede correspondiente, así como el hecho de mantenerla encendida durante el transcurso de los Juegos.
Las pruebas más significativas de los Juegos Olímpicos siguen siendo las de atletismo, baloncesto, ciclismo, boxeo, equitación esgrima, fútbol, gimnasia, hockey sobre hierba, levantamiento de pesas, lucha grecorromana, natación, polo acuático, regatas de vela y remo, así como de tiro.
A partir de 1924 el COI, cuya sede se encuentra en Lausana, Suiza, determinó la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno, los cuales quedaron destinados para los deportes de nieve y hielo.
Citius, Altius, Fortius
Citius (Más rápido) es el espíritu de todas las competencias atléticas. Se trata de ver quién de los competidores es el más rápido. Porque fueron precisamente las carreras a pie el principal atractivo de los Juegos Olímpicos de la antigüedad, en la Grecia clásica, cuando las competencias se desarrollaban en arenas en forma de óvalo con una longitud de 300 varas, equivalente a 333 metros, y los atletas representaban a sus aldeas.
Los competidores se presentaban desnudos y descalzos en la arena, sobre todo porque en los Juegos se rendía culto a la belleza del cuerpo humano, y por ende, a las mujeres les estaba prohibido presenciar las competencias en las que los vencedores ofrecían la victoria a sus dioses. Por lo demás, ni recibían oro ni reconocimientos nobiliarios, simplemente eran coronados con una rama de olivo. Eso sí, sus coterráneos y simpatizantes los veneraban como semidioses.
Las mujeres en la Justa Olímpica
De vuelta con las mujeres, estas fueron admitidas a regañadientes y luego de muchos años de frustrados intentos. Muy comentada era la misoginia del barón Pierre de Coubertin, quien a propósito de la primera participación femenina en Estocolmo, Suecia, en 1912 (en pruebas de natación), expresó un agrio comentario: «Una Olimpiada femenina sería impráctica, nada interesante, antiestética e incorrecta».
Apareció en escena la francesa Alice Milliat, quien nunca paró de exigir la igualdad de derechos entre la mujer y el hombre, y en 1921 fundó la federación Internacional Femenina de Deportes, y contra viento y marea organizó en 1922 y 1926 los Juegos Mundiales Femeninos. Fue así como el movimiento feminista para la participación de las mujeres en las Olimpiadas, y a pesar de reticencia del célebre barón, muy elogiado y reconocido por el género masculino, logró que el COI abriera definitivamente las puertas a las mujeres en las competencias olímpicas.
Por supuesto, Coubertin no se quedó callado cuando en Amsterdam (1928) las mujeres desfilaron en la inauguración al lado del sexo opuesto. «En cuanto a la participación de las mujeres en los Juegos, permanezco hostil. Es contra mi voluntad que hayan sido admitidas en gran número de pruebas»... Todo lo contrario a lo que ahora piensa Juan Antonio Samaranch.
Aunque se tienen registros que en el año 396, antes de Cristo, la modernización de los Juegos Olímpicos comenzó a tener significativos progresos, cuando en Olimpia, por primera vez, una mujer fue aceptada en las competencias. Se trató de la princesa Kinistra, hija del venerable rey de Esparta, Arquidamo. Sus magníficos caballos corrieron en las carreras de cuadrigas.
Lo que resulta cierto es que las mujeres tienen siempre marcas inferiores a las de los hombres, pero de acuerdo a las estadísticas, las diferencias en los récords mundiales entre mujeres y hombres se van acortando cada vez más.
«Morfológicamente y fisiológicamente diferentes, las mujeres tienen la pelvis más ancha, la cintura y los hombros más estrechos, los fémures más convergentes, el esqueleto más frágil, mientras que el transporte de oxígeno en ellas es más reducido, la capacidad de fijarlo es más débil y el ritmo cardiaco más elevado. Poseyendo un tejido adiposo más importante, su musculatura está, por otra parte, menos desarrollada. Todo ello debería hacerlas, en principio, menos rápidas, menos fuertes y menos resistentes que los hombres. Estos conceptos son cuestionados por las recientes observaciones científicas. Es así, por ejemplo, que a partir de la marca de la canadiense de 19 años Cindy Nicholas, quien, en 1977, batió por dos horas el récord masculino de la travesía a nado del Canal de la Mancha en los dos sentidos sin detenerse, se ha reconsiderado el papel fisiológico de la grasa femenina. El hecho de que las mujeres se encuentren menos fatigadas al final de una maratón apunta en ese sentido. Mediciones detalladas han mostrado, por ejemplo, que las mujeres poseen en relación con el peso de su cuerpo tanta fuerza en las piernas como los hombres y que su capacidad de trabajo es al menos tan grande como la de aquellos».
«En cuanto a los efectos virilizantes de la práctica deportiva y a los peligros que podría ocasionar en la función reproductora de las mujeres, son más fruto de creencias masculinas que de la constatación. Tratando sólo el aspecto muscular, un estudio ha demostrado que las mujeres pueden aumentar su fuerza del 50 al 60 por ciento levantando pesas sin ningún incremento del volumen de sus músculos. El entrenamiento y la competencia no alteran el ciclo mesnstrual, salvo escasas excepciones. Tampoco faltan ejemplos de campeonas que cumplieron sus mejores marcas después de un embarazo y un parto, presentando menos complicaciones que de ordinario. El caso más célebre es el de la holandesa Fanny Koen, cuatro veces campeona olímpica en Londres en 1948, cuando ya era madre de tres niños». (Médico Moderno, edición especial. Seúl 88. Edicom, 1988)

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