miércoles, 4 de enero de 2017

Pulquería La Mangana, abrevadero de prosapia en San Pedro Tláhuac

Aquí cada quien mide el tamaño de su libertad, de su lealtad y cariño a la tierra, a la ancestral tradición de tomarse un tarro de pulque porque, al final de cuentas, la bebida de los dioses resulta más saludable que tomarse unas botellas de cerveza.
Publicado en el número 118 de la revista NOSOTROS
Septiembre de 2008
La Mangana, además de fungir como abrevadero de prosapia, también ha sido lugar
para la presentación de algunos números de la revista Nosotros
La pulquería La Mangana, en San Pedro Tláhuac, es el último reducto de lo que fue la región más transparente del aire chinampero, donde ilusos y soñadores que buscan escapar de los estragos del cambio climático y de la proclividad de algunos por los negocios, pasan a formar parte de la tradición mexicana de empinar el codo con la bebida de los dioses, aunque sólo sea por un par de horas o hasta que el cuerpo o el bolsillo aguante, mientras los parroquianos toman lugar en aquella abigarrada coreografía de castañas y espejos lacerados por el tiempo, donde una mesa de billar permanece como obtuso campo de batalla por si algunos desean probar en ella quién es el más chucha cuerera del rumbo.
Donde a falta de rústicos paisajes pintados sobre la pared, arcaicas fotografías, como una de la década de los 40, permanecen colgadas para reafirmar la alcurnia del abrevadero de prosapia, donde por las tardes sabios populares y bohemios nostálgicos, o simples parroquianos, se sientan plácidamente en pandeadas sillas para dirimir en torno a desvencijadas mesas los álgidos temas que calan hondo en la sociedad, como el tiradero de basura que quieren imponernos en la Sierra de Santa Catarina. Porque aquí también cada quien mide el tamalo de su libertad, y ante la prohibición de fumar estipulada por una de esas leyes que suelen aprobar los diputados, las mentadas de madre en honor de quienes la aprobaron saturan el ambiente.
Cada cliente se sienta en su rincón favorito, bien en el del escuadrón de la muerte, donde se arrellanan los teporochos que se sienten inmortales, o en el de los solitarios, reservado para los que no les gusta perder el tiempo, a lo que vinieron… y ¡salud!, chupando que es gerundio; o igual, en el de los pájaros caídos, aquellos a los que el tiempo les perdona ya todo, como permanecer impávidos cuando se escuchan las notas del himno nacional. Cada quien. Aunque eso de que el pulque es chamaquero y levanta espíritus chocarreros es cierto, mil veces mejor el pulque que el viagra.
Ricardo Paredes, propietario de La Mangana, con Manuel Garcés Jiménez, presidente
del Consejo de la Crónica de Milpa Alta, y el periodista Armando Ramírez
Quien sabe por qué aún prevalece en algunos la creencia de que en las pulquerías el ambiente es hostil, que los parroquianos que conforman la asidua clientela son violentos y que por eso el pulque los transforma en energúmenos, aunque para sorpresa de los detractores de la tradición mexicana, cada vez son más los jóvenes que prefieren ir a la pulquería a pasar un rato en la amena compañía de los amigos. Como sucede en La Mangana, la pulquería de mayor tradición en Tláhuac, donde también la tecnología ha causado estragos y ya no se respira aquel aroma a aserrín combinado con el del pulque.
Pero La Mangana se resiste a morir, por eso su dueño, Ricardo Paredes Granados, se esmera en ofrecer el mejor servicio, la mayor higiene y excelente ambiente, para eso la dotó de una rocola con discos compactos y los éxitos del momento, música para todos los gustos. Porque hay que sobrevivir y, sobre todo, perpetuar la tradición. «La autoridad nunca ha protegido a las pulquerías porque estas no les dejan dinero como las cervecerías o el vino», dice con un dejo de rencor, y por si fuera poco, «ya nos chingaron con la ley que prohíbe fumar a la clientela en lugares cerrados», remata.
Y es que un domingo de estos al mediodía fuimos a sentarnos frenta a la barra de La Mangana, donde Ricardo prepara un pulque de clamato delicioso, la especialidad de la casa.
Concurrencia de generaciones diversas en La Mangana, donde su dueño decidió hacer
una pausa a fines de 2016, para rentar el lugar y solventar algunos gastos
Ricardo es descendiente de la familia de Faustino Chimalpopoca, el célebre nahuatlato, catedrático propietario de Idioma Mexicano en la Nacional y Pontificia Universidad y socio honorario de la Sociedad de Geografía y Estadística, que murió en 1877. Relata con orgullo que Estanislao Ramírez Ruiz (1887-1962), ilustre tlahuaquense, destacado catedrático del Instituto Politécnico Nacional y fundador de la carrera de Ingeniería Química en la UNAM, y el profesor Narciso Ramos Galicia, cuyo nombre lleva la primera escuela primaria que abrió sus puertas en Tláhuac, fueron primos hermanos de su abuelita. También habla del doctor Juan Palomo, fundador de la Secundaria 47, y de que su papá, don Ricardo, es el último de la dinastía de los Chimalpopoca.
Mientras platico con Ricardo, al lugar ingresa un grupo de jóvenes que pide curados de jitomate, avena y fresa, y que tras de pagar cada litro a 15 pesos, se retira con sus garrafas seguramente a casa de alguno de ellos a pasarla bien un buen rato o ver por la televisión el partido de futbol. Luego llegan otros y se ponen a jugar billar, pero la gente no deja de refrendar su gusto por la tradición… A pesar de los que en Tláhuac han caído como delegados, me dice Ricardo, parece que sólo quieren el puesto para ver qué se llevan.
Cosa de ver cómo en la delegación (tanto en Tláhuac como en las demás) se dan permisos para que particulares den inicio con alguna obra o abran establecimientos comerciales y, cuando ya van a la mitad o el negocio marcha viento en popa, inmediatamente aparecen los inspectores de la oficina del Jurídico para clausurar con sendos papeles engomados. ¿Por qué? Para sacarle más dinero al dueño, indudablemente.
Un lugar donde departir, compartir y brindar con el exquisito pulque
Pero de regreso con Ricardo, éste se niega a cerrar las puertas de La Mangana, no es para menos, la pulquería abrió sus puertas en el año de 1927 por iniciativa de su bisabuelo José Paredes, el que un día se subió al tren en su natal Hidalgo, donde tenía magueyales y se dedicaba a raspar las pencas, porque estaba decidido a probar fortuna en otro lado. Traía sus tinajas repletas de pulque entre costales de maíz y frijol y rollos de telas, y el destino, o más bien el ferrocarril de San Rafael Atlixco, lo trajo hasta San Pedro Tláhuac, donde se bajó en la rústica estación. Rápidamente don José buscó un lugar para vender el preciado elixir de los dioses aztecas, y lo encontró afuera de la vieja casona de piedra que aún se localiza frente a lo que ahora son las instalaciones de un colegio; ahí habilitó un tejar a donde iban a refrescarse el gaznate los asoleados jornaleros del campo.
Pero, ¿de dónde le viene el nombre de La Mangana?, le pregunto a Ricardo. Resulta que su bisabuelo José siempre cargaba un lazo cuando andaba a caballo y le gustaba ir jugando con él, porque le gustaba el jaripeo y todas esas suertes de la charrería, así que se le quedó el apodo de el «Manganas». Casi nadie lo conocía por su nombre, simplemente por el «Manganas».
Tiempo después de que se instaló formalmente afuera de la casona de piedra, contrató a Salvador Mendoza como jicarero, un espigado chamaco de 18 abriles oriundo de Tláhuac, que comenzó lavando jícaras y jarros de barro, que en aquel entonces era en lo que se servía el pulque, según recuerda Ricardo, quien orgulloso refiere que La Mangana es el negocio más antiguo de Tláhuac, como también lo fueron la botica de su tío Juan Palomo y la tienda de abarrotes de otro tío suyo, Benjamín Martínez Morelos, establecimientos que ya no existen; sin embargo, le dan moptivo para acordarse cómo era el Tláhuac de aquel entonces, cuando había un gran tianguis que se ubicaba a un costado de donde ahora se encuentra el mercado de Tláhuac.
En el lugar de los del Escuadrón de la Muerte en La Mangana
Del anecdotario familiar Ricardo cuenta que una hermana de su bisabuelo José fue la primera mujer torera del rumbo. «Yo digo que fue del mundo», expone orgulloso, «y ella daba exhibiciones en un predio del que dispuso el profesor Jesús Palacios Martínez, presidente de la Asociación de Charros de Tláhuac, mientras mi bisabuelo aprovechaba la ocasión para ir a vender pulque. Negocio redondo».
Las tierras de su bisabuelo en Hidalgo fueron vendidas conforme el negocio de la pulquería fue prosperando en Tláhuac donde, dice Ricardo, sus familiares compraron una casa bonita, la cual ya tampoco existe, porque justo ahí fue construido el edificio donde se encuentra la sucursal de Banamex.
Cuando su bisabuelo José falleció, su hijo Rodolfo Paredes se hizo cargo del negocio, heredó La Mangana en 1950. Un día lo dijo muy claro mi bisabuelo: «Cuando yo me muera esa pulquería va a ser para mi hijo Rodolfo», y así fue. Después de todo a Rodolfo siempre le había fascinado el pulque, «y todos sus hermanos se despacharon con la cuchara grande», según platica el actual dueño de la pulquería.
El dueño de La Mangana (a la izquierda) espera mejores tiempos para que el pulque
recobre sus viejas glorias en Tláhuac
«Mi abuelo era un hombre muy noble –refiere Ricardo–, se quitaba la camisa para dársela a la gente. En tanto que mi abuela, Ignacia Palomo, ella fue todo lo contrario, fue una mujer de mucho carácter, siempre sacó la cara por La Mangana».
Fue cuando después el doctor Juan Palomo les rentó un local enfrente de donde se encontraba el primer teléfono que hubo en Tláhuac, a donde iba la gente cuando se quería comunicar con el centro de la ciudad. Se apersonaban con Lolita, a la que le decían: «Comuníqueme a este número». Ahí permaneció La Mangana como 30 años, enfrente de los talleres de la Osterizer.
Sin embargo, don Rodolfo siempre quiso cerrar La Mangana, traspasarla, venderla, deshacerse de ella, sobre todo en la época cuando una institución bancaria le quiso rentar el local. «Eso no hubiese sido justo, porque la primer generación (de una familia) se chinga para tener dinero, la segunda generación hace florecer el negocio y la tercera termina por ponerle en su madre al negocio», relata Ricardo.
Poco después don Rodolfo murió de cirrosis a los 50 años, «tomaba mucho», refiere.
Vino entonces un hijo de don José, el primer Ricardo de la dinastía, fue él quien compró los terrenos donde actualmente se encuentra La Mangana, para que ahí diera comienzo una nueva época; fue en la calle de San Rafael Atlixco número 7045, en el Barrio de San Juan, lo que significó el cuarto sitio donde La Mangana ha permanecido en la tradición popular de Tláhuac y en la historia de las pulquerías del altiplano.
«En esos días había en Tláhuac varias pulquerías: La Tertulia, El Fuerte de Guadalupe, La Reina, La Primavera, La Reina Xochitl, La Manganita y El Gran Teocalli, estas dos últimas eran de mi papá Ricardo», recuerda.
También ha sido foro para el canto de bellas damas como Lupita Galicia, sobre todo
después de que el servicio incluyó un karaoke. Fotografía Sergio Rojas
Luego de otro pulque de clamato surgen las anécdotas: «En los años setenta hubo un jicarero al que le decían ‘el Cielo’, él trabajaba en la pulquería El Gran Teocalli, que en náhuatl quiere decir ‘la casa de los dioses’, y que se encontraba atrás del restaurante Playa Bruja en la Colonia San José. Tiempo después, ‘el Cielo’ le dijo a mi papá, oiga don Ricardo, me gusta esta propiedad, véndamela, Resulta que ‘el Cielo’ se había enamorado de una señora que tenía dinero, fue una profesora que acabó comprándole la pulquería. Años después la señora lo convirtió en cristiano al ‘Cielo’ y su pulquería pasó a ser un local de Alcohólicos Anónimos», comenta.
«No siempre la fortuna le sonrió a mi papá, una vez perdió una pulquería en la baraja, la pulquería estaba en Tlalnepantla». Otra anécdota de triste memoria que ocurrió en La Mangana fue cuando allá por los años sesenta, un borracho provocó a un jicarero que apodaban el «Neris» y venía precedido de ser fiero valedor de la Candelaria de los Patos. «Un borracho lo estuvo provoque y provoque hasta que, de plano, le vació el pulque en el cuerpo, fue entonces cuando el ‘Neris’ no aguantó más y lo mató enterrándole una daga y por eso clausuraron La Mangana un año. Claro, fue un caso excepcional porque, ¿quién no tiene un borracho de mala tomada en la familia? Ahora sí que aquella familia que esté limpia de borrachos… ¡Pues que invite el primer pulque en La Mangana!», dice con sarcasmo.
En una ocasión y por presión de algunas personas, hubo pretensiones de clausurar La Mangana, pero don Juan Palomo recabó 500 firmas de gente del pueblo para que el establecimiento continuara incólume.
Ricardo cuenta que él tuvo una pulquería, La Inspiración, en Zapotitlán, sobre la Calle Guillermo Prieto, «pero uno que fue presidente de la Junta de Vecinos, Manuel Martínez, me la echó por tierra. Yo tenía permiso para operar con mi pulquería, pero un abogado conocido como ‘Moguer’, que para mayores referencias era ciego, hizo que me desistiera del amparo, me convenció y ahí fue donde me fregaron, después de que le había dado mucho dinero para que me consiguiera la licencia. Por esos días él iba a ser Oficial Mayor de la Cámara de Diputados y se casó con la hija de Manuel Martínez».
«Ese tal Moguer llegó por los años 85–86 por acá y estuvo seis años en Tláhuac como subdirector Jurídico y de Gobierno, es de lo peorcito que hemos tenido aquí en Tláhuac. A lo mejor me fastidió porque le entraron los celos, y es que entonces llegó a trabajar a Tláhuac Justo Sierra Bravata y yo le ayudé en la elaboración de la monografía de Tláhuac. No sé por qué Moguer le tenía odio a Justo Sierra, lo alucinaba», apunta Ricardo.
En 1986 Ricardo decidió probar suerte lejos del negocio tradicional de familia y entró a trabajar a la Contraloría del gobierno del Distrito Federal, «y el primero que me las paga es Moguer, que nunca me regresó mi dinero». Resulta que el abogado tuvo que acudir a la Contraloría para pedir que le hicieran una chicana y, ¡nada!, que Ricardo le dijo «aquí nada de transas» y se le frustró ser Oficial Mayor de la Cámara de Diputados.
La Mangana cuenta entre sus asiduos clientes lo mismo que jubilados de Luz y Fuerza del Centro que empleados, oficinistas y uno que otro periodista.
Hay un parroquiano que apodan el «Guajolote» al que, según cuenta Ricardo, tiene 38 años de conocerlo y jamás lo ha visto en su juicio. «Leonides es soltero, pero tiene su amante y la señora viene aquí y se lo surte a trancazos cuando no le da para el gasto».
«También hay quienes piensan que en la pulquería el ambiente es muy culero y no es así, aquí vienen muchos jóvenes y se ponen a leer o a jugar billar», asegura Ricardo, siempre jovial y activo, que no para de sugerirnos temas para futuros reportajes en la revista Nosotros, como tampoco deja de exponer sus futuros planes.
«Pienso acercarme con los pulqueros y hablar con ellos para que cambiemos la forma de pensar, y a la vez de cambiar la concepción que tiene la gente de que las pulcatas son un lugar nefasto donde falta la higiene. Buscar la forma de que las autoridades no sean tan exigentes con uno y que por cualquier cosa vengan a clausurarnos. La pulquería es algo familiar, pero las autoridades no lo ven así», formula, sin dejar de lamentar las circunstancias que enfrentan actualmente los pobladores de la delegación.
«Me duele la situación de Tláhuac. Antes a los delegados más pendejos los traían para acá. Pero es que todavía seguimos teniendo fama de pendejos en otras delegaciones, por ejemplo, en la de Xochimilco. Ahí antes decían, ¡ah!, para pendejos mejor vete a Tláhuac», expresa, mientras me mira con un dejo de incredulidad por la apatía que muestra mucha gente ante las injusticias, y yo lo dejo por ahora, pero con la promesa de vernos nuevamente, muy pronto.

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