miércoles, 17 de agosto de 2016

José Eduardo López Bosch, el entrañable «agorero cuitlahuaca»

La tarde del 26 de marzo de 2015 José Eduardo acabó por resolver el misterio de la obscuridad que contrasta con la luz, motivo por el cual y tras de reponernos de la impresión de su partida, un grupo de amigos de la revista Nosotros decidimos organizar un homenaje luctuoso como testimonio de cariño y reconocimiento al amigo y fraterno compañero que siempre estuvo dispuesto a compartir su conocimiento con su amena charla o su versátil compañía. A continuación comparto el texto que leí a intervalos durante la velada en la que intervinieron algunos de quienes lo conocieron y trataron.

José Eduardo López Bosch Trejo fue cronista por convicción y se asumió como tal a partir de su pertinaz deseo por conocer todo lo que concernía a Tláhuac y sus pobladores.
Lo conocí en el año de 1995 en mi carácter de jefe de prensa de la delegación, con motivo de la edición de un cuadernillo relacionado con la información de Día de Muertos, celebración a la que dedicó gran parte de su tiempo para profundizar en el concepto del binomio inseparable vida y muerte, y de cómo la muerte convive en todas las manifestaciones culturales y cotidianas de la vida de los pobladores de estas tierras.
Con toda seguridad, José Eduardo acabó por resolver, allá en donde ahora se encuentra, el misterio de la obscuridad que contrasta con la luz.
Cuando en febrero de 1997 fue publicado el primer número de la revista Nosotros, con la bonhomía que siempre lo distinguió, José Eduardo nos expresó su júbilo por el acontecimiento periodístico, y una vez que sobrevivimos a los primeros tres números –esto es, que logramos alcanzar las primeras tres ediciones, con lo que una publicación ya puede ser considerada como de efímera vida–, se sumó al proyecto informativo al nutrir con su pluma el grupo de colaboradores.
Su esposa e hijos, familiares y amigos del doctor José Eduardo López Bosch
Desde entonces, José Eduardo fue el amigo que ilustraba, el compañero que documentaba lo concerniente a los acontecimientos históricos de una región que dio lustre al señorío mexica, todo un agorero cuitlahuaca, como solía anotar al principio de sus textos en la revista Nosotros, por aquello de que a Cuitláhuac Ticic lo distinguió en la época prehispánica la fama de ser lugar de agoreros, al grado de que cuando Moctezuma Xocoyotzin vio aparecer sobre el firmamento un cometa de larga y resplandeciente cauda, mandó llamar a los agoreros de Cuitláhuac, quienes con anterioridad le había anticipado la llegada de los españoles, no gustándole de nueva cuenta la respuesta de Tzompanteuctli, a quien mandó matar junto con sus hijos, porque le pidió que comprendiera «que no ha de ser nuestro dios el que ahora está», sino que «va a llegar el dueño de todo y hacedor de las criaturas».
Fue José Eduardo incansable promotor y difusor de las tradiciones culturales de Tláhuac, y como su egregio cronista recorrió como su tlacuilo otras regiones de la vasta geografía para propalar lo que aquí se hacía en cuanto a las conmemoraciones de Día de Muertos.
En una de sus frecuentes visitas a la redacción de Nosotros, y sabedor de que mis raíces están en el Norte de la República, se interesó por conocer más acerca de Durango, debido a que debía ir allá a dictar unas conferencias, y a su regreso me compartió sus vivencias en la tierra de Pancho Villa.
Como es de suponer, José Eduardo era un magnífico conversador, y los minutos literalmente se escurrían sigilosos, como la implacable arena del reloj que marca las etapas y completa ciclos.
En la fotografía se alcanza a ver al doctor López Bosch de aquel lado de la mesa de
billar en la pulquería La Mangana, en una onferencia del historiador Baruc Martínez
Hace poco más de dos décadas, él calificó a Tláhuac como la provincia del Distrito Federal porque, conforme escribió en sus colaboraciones periodísticas en diarios de la capital, «conserva su sencillez e inocencia» cual característica de las otrora apacibles poblaciones mexicanas, «a pesar de las múltiples embestidas de la mancha urbana que impasible avanza ante el desmedido crecimiento y la sobrepoblación que padecemos» (escribió en el número 81 de Nosotros, de junio de 2005).
Catedrático de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma Metropolitana campus Xochimilco, vivió en Tláhuac algo así como cuatro décadas, en las que fue común verlo con su refinada gorra ascot de pana y su colmillo de león colgándole sobre el pecho, junto con su cámara fotográfica, en todas las actividades relacionadas con las tradiciones y la cultura; incluso en los informes políticos de los delegados. Estaba atento a todo lo que sucedía en Tláhuac.
José Eduardo con el joven historiador Baruc Martínez
Y aunque lo extrañamos desde el primer día de su ausencia en la ceremonia de recepción de otro de los braceros ceremoniales, lo tenemos en sus textos y en nuestra memoria colectiva, como el infatigable cronista que retrató las costumbres y tradiciones de los siete pueblos de Tláhuac.
Agradecemos a todos quienes hicieron posible este sencillo homenaje, como Alejandro Durán y Gilberto Ensástiga; Baruc Martínez Díaz, Alan de la Rosa y Hugo Pineda, del Grupo Cultural Cuitlahuac Ticic; el trovador Beto Mendoza; Marlene Cruz, Felipe Herrera; Alberto Barranco Lozano y Héctor Cázares con su equipo de sonido, así como a Sergio Rojas Sánchez en el levantamiento de la imagen.