martes, 14 de junio de 2016

Mi amigo Alberto

Su sociabilidad siempre fue la carta de presentación que le abrió las puertas de la vida. Perspicaz, indagador y ávido de conocimientos, Alberto se convirtió desde el primer momento en el motor de aquel grupo de amigos que desde los primeros días en la bardita del «jardín de niños», como le decía la raza a nuestra Facultad debido a que era una escuela pequeñita dentro de Ciudad Universitaria (ubicada entonces entre la Escuela de Economía y la Facultad de Ciencias), y que no era otro que aquel extenso lugar (ese sí) donde solíamos reunirnos al término de cada jornada José Alfredo Valle, Carlos Hamed, Efrén Camacho y Luís Arturo Salcedo, él nos bautizó como «Los Campeones»...
Revista NOSOTROS | Número 117 | Agosto de 2008
A la memoria de César Alberto del Valle Martínez
Carlos, César Alberto y quien esto escribe en el verano de 1975, en la ribera del
caudaloso Padre Nazas, en esa población de Durango a donde fuimos a vacacionar
Cuando César Alberto traspuso la puerta del salón de clase aquel verano de 1974, semana y media después de que había comenzado el primer semestre del ciclo escolar en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, supe que detrás de aquel rostro matizado por la incertidumbre de saberse retrasado en las primeras materias de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación Colectiva, había un hombre lleno de virtudes y de una gentileza especial para ganarse el afecto con la primera sonrisa que solía ofrecer a quienes con él entablaban conversación.
Su sociabilidad siempre fue la carta de presentación que le abrió las puertas de la vida. Perspicaz, indagador y ávido de conocimientos, Alberto se convirtió desde el primer momento en el motor de aquel grupo de amigos que desde los primeros días en la bardita del «jardín de niños», como le decía la raza a nuestra Facultad debido a que era una escuela pequeñita dentro de Ciudad Universitaria (ubicada entonces entre la Escuela de Economía y la Facultad de Ciencias), y que no era otro que aquel extenso lugar (ese sí) donde solíamos reunirnos al término de cada jornada José Alfredo Valle, Carlos Hamed, Efrén Camacho y Luís Arturo Salcedo, él nos bautizó como «Los Campeones», porque más que librar batallas en las aulas frente a René Avilés Fabila, Hugo Gutiérrez Vega o Gustavo Sáinz, por acordarme sólo de algunos queridos profesores, creo que el mote se debió originalmente porque en el tochito que jugábamos atrás de la escuela a la hora del relax, casi nadie nos ganaba.
Durante los setenta nos vivimos nuestra juventud por los cuatro puntos cardinales del Distrito Federal y juntos nos fuimos a recorrer la Costa Chica en Guerrero, porque José Alfredo, al siguiente verano, nos llevó a su casa en Zihuatanejo, en Agua de Correa para ser más preciso, donde conocimos a su apreciable familia y anduvimos a caballo por entre los cocotales, y fuimos los reyes del baile en la discoteca Chololo’s (la primera que hubo en Zihuatanejo) y el referente común en El Coyote… ¡Zanca!
En la plantación de palmas cocoteras del papá de José Alfredo en Zihuatanejo
De ahí nos fuimos en una larga travesía a mi entrañable Comarca Lagunera, y en el pintoresco Nazas, en Durango, nos bañamos en las aguas del turbulento río que con sus benditas aguas riega las vastas extensiones agrícolas sobre el extenso desierto norteño. Amén de las sabrosas chelas en la Maclovio Herrera o las gaseosas en la plaza de la Avenida Morelos en Torreón, sin faltar los lonches de don Jaime en Gómez Palacio, o las nieves de Chepo en Lerdo.
En el Valle de México llegamos hasta la casa de Alberto en Coacalco, cuando entonces me parecía el fin del mundo, y conocimos a sus padres y hermanos, Alejandro, Alfredo y Paty. Recuerdo que nos recibieron como si fuésemos de la familia, y una vez echados los cimientos de lo que ya se había constituido en una congregación de fraternales amigos, los años en la Universidad nos trajeron de un lado para otro, de la casa de Luís Arturo en Cuernavaca, a la de Carlos en Tlatelolco o la de Efrén, muy cerca de la Central del Norte, siempre teniendo como punto de reunión el departamento de Avenida Revolución en Mixcoac, donde mis amigos de la Preparatoria, Jorge Enrique Villalobos, Toño Calvillo (qepd), Francisco Kikín Torres y Pedro Rodríguez, y después Cuco López Lozoya y Panchito Montañez, también se encariñaron y reconocieron en Alberto el alma, vida y corazón de Los Campeones.
César Alberto, el segundo de izquierda a derecha, luego sigue Luis Arturo, José
Alfredo, Carlos y Efrén, en Zihuatanejo
En las pachangas universitarias de cada viernes (con toda la Facultad en el depa de Avenida Revolución, y profesores como Polo Borrás y Manuel Barragán) Alberto fue el amigo cuya sensatez y cordura acababa por centrarnos. Y cuando había qué entregarse al estudio y a la preparación de tareas, la grabación con la voz de Alfonso Fernández Cepeda al declamar el poema de Víctor Manuel Otero, La noche quedó atrás, por Radio Universal a la media noche («en los tuyos hallarás el porqué de tu camino…»), nos indicaba que debíamos hacer una pausa para salir a caminar un rato sobre Avenida Revolución y Barranca del Muerto y respirar lo que entonces había de aire fresco.
Un día se acabó la escuela y tuvimos qué trabajar. José Alfredo y un servidor nos quedamos en la Dirección General de Información de la UNAM, en el período del doctor Guillermo Soberón, ahí estuvieron también Carlos y Luís Arturo. Efrén y Alberto entraron a trabajar al Instituto Mexicano del Petróleo, donde después se incorporó Carlos, y entonces comenzamos a vivir otra época.
En la fiesta de quince años de Andrea, la hija de Efrén, a la izquierda; luego siguen
Carlos, César Alberto, Sergio Antonio, José Alfredo y Luis Arturo
Cada quien formó su familia y los encuentros se volvieron esporádicos. Sin embargo, en el cumpleaños de alguno nadie faltaba a la celebración. Pero hace dos años y medio, aproximadamente, en nuestra última comida como Los Campeones, reunidos en el Angus de la Zona Rosa, noté que Alberto tenía un semblante diferente al habitual. Peor que aquel que le vimos la noche en que se metió un murciélago a la habitación donde dormíamos en casa de José Alfredo en Agua de Correa. Todos le pedimos que se hiciera un estudio médico y Domingo Herrera, un querido amigo que nos presentó José Alfredo a su paso por la oficina de Prensa de Socicultur, lo llevó al Instituto Nacional de Nutrición donde le descubrieron que tenía cáncer renal.
La madrugada del pasado once de julio, exhausto por la cruenta lucha contra el cáncer, Alberto decidió mejor que era tiempo de emprender el viaje sin retorno. Fue a las dos de la mañana.
Días antes sus amigos pudimos despedirnos de él, José Alfredo y yo lo hicimos el sábado seis de abril. Bueno, para ser más sinceros, simplemente nos dijimos un «hasta pronto». Eso sí, en la comida pudimos refrendarnos el gran cariño que siempre nos habíamos tenido desde aquel verano del setenta y cuatro, cuando nos sentíamos invencibles y supremos y el mundo nos parecía muy chiquito. Aunque no lo decíamos sabíamos que esa mañana estábamos reunidos porque se trataba de una despedida.
La mañana del once de julio por mi mente comenzaron a desfilar una serie de interminables imágenes que pertenecían a la película de Los Campeones, mientras el cielo se oscurecía y la tristeza comenzaba a hacer estragos en la garganta, quebrando la voz y obnubilando la mirada.
Me quedo con muchas cosas de Alberto, las horas de amena charla acerca de los Vaqueros de Dallas o los Acereros de Pittsburg. Su gran afición por la música de Elton John (el dueto con Kiki Di No rompas mi corazón), porque él se quedó musicalmente prendido en los nostálgicos años de los setenta, en la época en que ser joven y no ser revolucionario, como un día dijo en Guadalajara Salvador Allende, resultaba ser una contradicción hasta biológica.
Con nuestras esposas, Trini y Effrén, José Alfredo y Viki, Luis Arturo (cargando al mayor
de sus hijos) y Maru, Adriana y Sergio Antonio, la mamá de César Alberto, Graciela y
Carlos Hamed Martínez
Me quedo con la imagen de cuando en una fiesta de cumpleaños de Alberto, en el depa de Revolución, el Kikín y Pedro, los más altos de mis paisanos norteños, lo quisieron poner sobre sus hombros ante la delirante multitud que le brindaba porras y aplausos, olvidándose mis cuates de que el techo estaba a dos metros con 15 centímetros de altura del piso. Desde entonces Los campeones siempre atribuimos a ese porrazo la razón por la que Alberto dejó de crecer.
Me quedo con una acre discusión entre Generales (como nos decíamos uno al otro) por cosas nimias una noche de juerga en El Treceño de la Colonia Guerrero, con nuestras incursiones en el Yuppies, el extinto Club Royal o el Solid Gold, con los lugares donde se tocaba música de los setenta, y nuestra devoción por Lennon y su campaña pacifista, que nos inspiró a tratar de hacer un mundo mejor con el poder de nuestra amistad y lealtad a nuestras convicciones.
Luego de la triste comida del adiós afuera del Sanborns de Perinorte el seis de abril
de 2008. José Alfredo, César Alberto y quien esto escribe
Con una foto en el México 68 junto a su hijo Lalo y Braulio Luna después de un partido de los Pumas, en el mismo estadio donde en el año setenta y cinco trabajamos como reporteros del comité organizador de los Juegos Panamericanos.
Y todos nos quedamos con la imagen de un hombre íntegro, excelente padre, amigo y responsable compañero, cuya lealtad fue digna de encomio, y su caballerosidad, característica de su familia. ¡Tantas historias compartidas! Nos quedamos con esas sonrisas tan frescas por espontáneas y sinceras que nos brindó hasta el último día en que lo vimos, todo maltrecho por el maldito cáncer, y que siempre nos hicieron recordar que un día nos constituimos en la fraternal cofradía de Los Campeones.