domingo, 24 de abril de 2016

«Frascuelo, libro de lectura corriente» del Porfiriato, el preferido de mi abuela

El haber desempolvado el Frascuelo con el fin de oxigenar sus páginas con sumo cuidado, me permitió imaginar a la abuela de niña en la escuela de su pueblo, en Nazas, Durango, con este libro entre sus manos que de tanto gustarle decidió guardarlo en el baúl junto a sus más preciadas cosas de valor, y que por cierto ese baúl aún lo conserva mi hermana y pronto restauraremos, a fin de volver a depositar en él lo que de ella preservamos.

Portada de la edición de 1908
Uno de los primeros libros que me dejó tocar y escudriñar mi abuela materna Cuquita, María del Refugio Martínez Villa (4 de julio de 18985 de febrero de 1989), cuando yo tenía ocho años de edad, fue el titulado Frascuelo, libro de lectura corriente, de G. Bruno, edición 1908 (pero cuya primera edición es de 1884 y del cual encontré en Internet uno a la venta en Mercado Libre, sólo que con fecha de edición de 1914), el cual había guardado como preciado tesoro y recuerdo de cuando ella fue a la escuela poco antes de que estallara la gesta revolucionaria de 1910.
Me gustaba hojear el pequeño libro de pasta dura, siempre bajo su perseverante vigilancia en esas tardes en las que quizás no hallaba la manera de entretenerme con algo que retuviera mi atención mientras ella jugaba con mi hermana cuatro años menor que yo, más que por leer las vicisitudes del joven Frascuelo y su ingreso al aprendizaje, para ver las pequeñas litografías de toda índole ahí contenidas.
Después mi madre me atiborró de libros y fascículos coleccionables acerca de diversos temas y llegó el día en que comencé a comprar los libros que a mí me gustaban, por lo que de los libros de mi abuela Cuquita no volví a saber nada, sobre todo porque me fui a vivir a la Ciudad de México para estudiar en la Universidad, y sólo fue hasta en uno de esos regresos en temporada de vacaciones, ya en los años ochenta, cuando me heredó lo que por años había guardado con cariño.
Obviamente entre ellos estaba el Frascuelo, que contiene –como especifica en su primera página– «nociones de moral, economía, política, instrucción cívica, derecho, agricultura, higiene y otras ciencias usuales». Asimismo, ahí se indica que se trata de una «obra coronada» por la Academia Francesa, traducida y arreglada para uso de las escuelas de instrucción primaria elemental de México por Genaro García y Ezequiel A. Chávez.
La propiedad literaria de la obra estuvo asegurada por la Librería de la Viuda de CH. Bouret, con dirección en París de 23, rue Visconti, y en la Ciudad de México en Cinco de Mayo número 14.
En el prólogo, los traductores (aunque solamente se especifica el nombre de uno al pie de página, debido a que tradujo los capítulos lvi y lxxv, corresponde a Lorenzo Elizaga), apuntan que la obrita es, sin duda, la más apropiada para que sirva de texto en las escuelas de instrucción primaria elemental, «no sólo por el método perfectamente sugestivo con que está escrita y por el vivo y continuo interés que despierta su lectura, sino principalmente por la moral purísima que se desprende de todas sus enseñanzas».
Señalan que en Francia, dicha obrita –como la califican por segunda ocasión– «ha sido coronada por la Academia Francesa y por la Sociedad de Instrucción Elemental, aprobada por las bibliotecas escolares é inscrita en la lista de los libros que la ciudad de París suministra gratuitamente á sus escuelas municipales, y que ha contado además, en un lapso de tiempo relativamente corto, cerca de cien ediciones; y que en México, ha sido adoptada como obra de texto en numerosas escuelas particulares de instrucción primaria elemental, y en las nacionales de la Capital y Territorios y de varios de los Estados».
Sin embargo, como el Francinet –o Frascuelo– estaba hecho para las escuelas francesas, no se le debía «transplantar» a México simplemente traducido, simplemente porque todos sus capítulos contenían materias que variaban de una nación a otra, como explican en el prólogo. «No producirían ningún provecho á nuestros niños, y antes bien originarían en ellos ideas confusas ó erróneas», aclaraban los traductores, al tiempo que ponían como ejemplo el que si a uno de los pequeños escolares se le dice que conforme al Código Penal, sin indicar si es el francés o el mexicano, la negligencia del comerciante es un delito y el fraude es un crimen; y que el robo y el falso testimonio se castigan con trabajos forzados o con prisión, pensará naturalmente que se le habla del Código mexicano y más tarde asegurará a todo el mundo, sin sospechar que incurre en una gran falsedad, que «entre nosotros existen los trabajos forzados, y que hay que distinguir los crímenes de los delitos»,
Así que por eso los editores decidieron mexicanizar el Frascuelo, dándole un carácter local a toda la obra, pero sin suprimir ninguna de sus múltiples cualidades.
Obviamente en aquella paz porfiriana, en la que según el dictador debía haber «poca política y mucha administración», el orden, la paz, la estabilidad y el progreso mantenía una estabilidad política y social del régimen que atrajo inversiones, y mediante el Frascuelo se buscó condicionar a los educandos para que aprendieran a disfrutar de los supuestos beneficios económicos del Porfiriato.
De ahí que el Frascuelo en su versión idílica de aquel México convulso, incluya la visión progresista de los Científicos de aquella época, en la que don Edmundo da clase de aritmética a Frascuelo, al explicarle lo que es el capital y el interés y le pide imaginar un obrero que trabaja en la fábrica de hilados y tejidos de Río Blanco, situada en Orizaba, el cual gana –hipotéticamente claro está– 75 centavos diarios; y como es «muy arreglado en sus gastos, ahorra regularmente 10 centavos cada vez que recibe dicha suma, y los guarda cuidadosamente en su baúl».
Al cabo de un año, ese obrero que por término medio ha trabajado 24 días en cada mes, pues sólo ha descansado los días de fiesta y los domingos, verá con alegría que es dueño de 28 pesos con 80 centavos.
Pero si en lugar de guardarlo en el baúl lo lleva al Monte de Piedad y lo recoge dentro de un año, encontrará que en un año le devolverá 29 pesos con 66 centavos debido a que le producirá 86 centavos de beneficio.
Sin embargo, resulta irónico que en el libro se pretendiera enseñar a los educandos de la época a «obrar cuerdamente» a fin de adquirir instrucción y sacar algún provecho de ella, cuando el siete de enero de 1907 en la fábrica de tejidos de Río Blanco tuvo lugar una rebelión obrera, debido a que exigían mejores condiciones laborales, la que es considerada un suceso precursor de la Revolución Mexicana.
En el capítulo xciii, las colosales obras del desagüe del Valle de México a través de un túnel de 10 kilómetros de extensión, es comparado con los túneles del monte Cenis y el de San Gotardo.
Además de los múltiples temas que contiene la obra, referiré lo asentado en el capítulo cv, por aquello de que en ese tiempo cuando obreros textiles de Tlaxcala y Puebla se declararon en huelga en diciembre de 1906 para exigir mejores condiciones laborales y como respuesta de Porfirio Díaz para favorecer a los empresarios ordena la reanudación de labores el siete de enero de 1907 sin satisfacer las demandas de los trabajadores, lo que derivó en que soldados del 13° batallón asesinaron entre 500 y 800 obreros al disparar contra hombres, mujeres y niños, porque se refiere al respeto a la libertad (con mayúsculas en el libro), a cómo «la envidia conduce á la injusticia» y de que «el pobre no debe envidiar al rico».
Son 363 páginas que mediante diálogos entre el joven Frascuelo y diversos personajes compendian el conocimiento de diversas disciplinas a principios del siglo pasado, como la máquina de vapor, Pascal y la invención de la carretilla, la manzana de Newton, descubrimientos astronómicos, la abolición de la esclavitud, historia de la industria, la construcción del Canal de Suez, los principios de la telegrafía, la electricidad y su velocidad, las máquinas, la imprenta, la biblioteca, las ciencias naturales, físicas y matemáticas, entre otras, de manera entretenida e instructiva, sin desviarse de su propósito moralizante.
El haber desempolvado el Frascuelo con el fin de oxigenar sus páginas con sumo cuidado, me permitió imaginar a la abuela de niña en la escuela de su pueblo, en Nazas, Durango, con este libro entre sus manos que de tanto gustarle decidió guardarlo en el baúl junto a sus más preciadas cosas de valor, y que por cierto aún preserva mi hermana y pronto restauraremos, a fin de volver a depositar en él lo que de ella preservamos.
Por eso es que con motivo del Día del Libro vuelvo a tomar entre mis manos al Frascuelo, porque me da la posibilidad de acercarme a mi amada abuela.
Después de todo, los libros también forman parte del árbol genealógico familiar y por ello ocupan significativo espacio en la biblioteca del hogar, así que mientras la lectura sea un hábito que se fomente de padres a hijos, los libros seguirán cumpliendo con su función de ser, además de fabulosas máquinas del tiempo por las que viajamos hacia disímiles lugares y circunstancias, preciados objetos que permiten mantenernos siempre cerca de sus originales dueños.
Al constituirse en vehículos que nos permiten conocer un poco más de ese ser querido que los leyó mucho antes que nosotros, también hacen posible que mantengamos un contacto espiritual con ellos. De ahí el sutil encanto que produce en los amantes de libros las librerías de viejo, y sobre todo tomarlos y llevarlos a casa. Pero más inmensa es la dicha de heredarlos de aquellos que nos inculcaron el hábito de la lectura y sobre todo a amarlos y preservarlos para nuestros descendientes.