lunes, 21 de marzo de 2016

La zona de los pasmosos silencios

De pronto Manuel pegó un grito que nos asustó. «¡Miren, allá!», dijo, y hacia donde nos indicaba que observáramos era justo detrás del promontorio rocoso de mayor tamaño, el de la derecha viéndolo nosotros de frente, de donde surgió un objeto luminoso que empezó a ascender con lentitud. Los siete nos quedamos pasmados, porque no podíamos identificar qué era aquella luz brillante.
A la memoria de Manuel Arratia Quiñones
Sergio Rojas, José Muñoz, Manuel Arratia (qepd) y Gustavo Oteo
Corría el mes de julio de 1970, acababa de concluir la instrucción secundaria y me disponía a cursar el primer año de preparatoria en la Escuela Pedro de Gante de Gómez Palacio, en la Comarca Lagunera de Durango, y con aquel grupo de amigos que éramos afines en nuestras inquietudes de la Escuela Federal Pastor Rue en Ciudad Lerdo (después Ricardo Flores Magón), un día institucionalizamos nuestra amistad con la creación de un club por el que canalizamos la común afición lo mismo que por la pesca en el Río Nazas y en la Presa Francisco Zarco que al tiro al blanco en nuestras correrías por el desierto, al igual que a la práctica del periodismo y de la fotografía así como del excursionismo.
Manuel, Sergio, Gerardo Zarzosa Romo y Jorge Enrique Villalobos Gómez
Fue entonces cuando una noticia conmocionó a la sociedad lagunera: un misil de pruebas de la NASA denominado Athena y que había sido lanzado desde una base militar cerca de Green River, Utah, en dirección al polígono de misiles de White Sands, Nuevo México, según se dijo, perdió el control y vino a caer más de mil kilómetros al sur de su objetivo en una zona comprendida en el Bolsón de Mapimí.
La repentina llegada de contingentes de especialistas estadounidenses al Aeropuerto Francisco Sarabia de la ciudad de Torreón, Coahuila, con el supuesto fin de trasladarse a la región del Bolsón de Mapimí, ubicada unos 180 kilómetros al norte de la Comarca Lagunera, para ir en busca del cohete que según informes de la época transportaba dos pequeños contenedores de cobalto 57, elemento radioactivo, alteró la sosegada paz de los habitantes de las tres ciudades hermanas –Gómez Palacio y Ciudad Lerdo son las otras dos, pero ya en el estado de Durango–. Porque luego de la noche del sábado 23 de septiembre de 1955, cuando uno de dos camiones cargados con más de quince toneladas de dinamita se atravesó al tren que venía de Chihuahua a la altura de Guayuleras, lo que provocó dantescas escenas  –además de un descomunal hoyo de varios metros de profundidad y diámetro–, así como una onda expansiva de colosales dimensiones que destruyó los cristales de los comercios en varios kilómetros a la redonda, los habitantes de La Laguna no volvieron a sentir tanta conmoción por un acontecimiento como el sucedido ese año de 1970.
Para la búsqueda del misil por tierra y aire con aviones de la Fuerza Aérea norteamericana, los especialistas de la NASA requirieron curiosamente de tres semanas, además de que contrataron a lugareños para que peinaran la zona, y cuando finalmente encontraron el cohete, pusieron a los trabajadores a construir un tramo de vía férrea desde la estación Carrillo para transportar los restos del artefacto y cargar con toneladas de tierra supuestamente contaminada con desechos radioactivos, a fin de llevársela hasta territorio estadounidense. Lo que dio paso a la especulación entre la gente, debido a que las operaciones se realizaron bajo un fuerte dispositivo de seguridad, de manera que ni los lugareños pudieron ver los restos del mentado cohete Athena. Así que tanto misterio terminó por despertar sospechas y originar toda serie de rumores que circularon con profusión; surgieron varios mitos e historias acerca de aquella misteriosa área, por lo que se dijo que ahí sucedían extrañas anomalías magnéticas que impedían la transmisión por radio, como un día dijo un lugareño radicado en Ceballos, Durango.
El fenómeno fue investigado por especialistas de la ciudad de Torreón. Surgió entonces la hipótesis de la existencia de una especie de cono magnético sobre la región que provocaba ionizaciones en la atmósfera que bloqueaban la transmisión de las ondas de radio, y fue así como se le impuso el nombre de Zona del Silencio. Ése enigmático lugar irrumpió en nuestra incipiente juventud con la fuerza de un meteorito al impactarse sobre la superficie terrestre, porque hasta entonces parecíamos estar embebidos de los acontecimientos sociales que provocaba aquel fantasma que asolaba Europa según Marx, y todo lo que sucedía en torno a Los Beatles. De ahí las frecuentes visitas nocturnas a las instalaciones de la radioemisora XERS, La divertida, sobre la Avenida Hidalgo, para saludar a los locutores y que estos nos actualizaran en cuanto a grupos y temas musicales.
Nota periodística del diario lagunero de La Opinión
Viaje al Bolsón de Mapimí
Una noche Jorge Villalobos me invitó a que me sumara a las reuniones que comenzaban a organizar un grupo de amigos comunes en el café Manhattan enfrente de la plaza principal de Gómez Palacio, en la esquina de Calle Centenario y Avenida Morelos, donde se platicaba de todo, como la matanza de estudiantes en Tlatelolco y de lo que venía para los jóvenes en un régimen autoritario que no toleraba la crítica. Intolerancia que ya había podido comprobar por aquella corretiza que me hizo pegar un tipo con pinta de agente del gobierno autoritario cuando me sorprendió soltando desde la ventanilla de un autobús de la ruta Torreón-Gómez-Lerdo cientos de papelitos con la leyenda «Echeverría. Asesino de estudiantes. 2 de Octubre 68 y 10 Junio del 71» (que había impreso mi amigo Juan de Dios Mercado), y me siguió en su automóvil a la espera de que descendiera de la unidad, para que al llegar al Parque Morelos por la Calzada Agustín Castro hiciera la llamada al conductor para que se detuviera y yo bajara a toda prisa a fin de correr hacia mi casa a donde llegué en cuestión de no más de quince segundos, metiéndome por la cochera mientras aquel sujeto rodeaba la cuadra.
Nota de El Siglo de Torreón
En el café acabé por reencontrarme, además de Jorge, con Gustavo Oteo y Manuel Arratia, compañeros de la secundaria, y poco después se integró al grupo Gerardo Zarzosa, mi amigo del primer año de preparatoria, así como José Muñoz. Según mi diario, para el mes de abril de ese año de 1971, ya habíamos organizado cuatro excursiones con el fin de ir a acampar en lugares de la región como el Cañón de Fernández, independientemente de que no había fin de semana en el que no saliéramos a caminar por nuestro hermoso desierto lagunero.
Fue al segundo mes de comenzado el ciclo escolar cuando el director de la preparatoria nos presentó a un nuevo compañero, Ramón Salas Montoya. Se trataba del director de un periódico de la localidad, de periodicidad semanal y tamaño estándar llamado El Gómezpalatino. Era un tipo afable y comedido, mucho mayor que todos nosotros, quien invariablemente llegaba a clase vestido de traje y corbata, algo muy poco común en una ciudad donde la temperatura promedio en temporada de calor no bajaba de los 32 grados centígrados, con un modo de hablar como de político educado. Se trataba de un fervoroso creyente de los platillos voladores y de extraterrestres, cuyos temas desarrollaba en las páginas del medio que dirigía. Así que cuando sucedió lo del cohete Athena, al acontecimiento le dedicó las seis páginas de gran formato del periódico, y su interés por el tema lo acercó con nosotros, pero especialmente conmigo, que a los dieciséis años ya había debutado como editor de mi primer periódico estudiantil, La Verdad, de tamaño tabloide, en la escuela secundaria donde mi amigo Juan de Dios Mercado fungía como presidente de la sociedad de alumnos a pesar del disgusto que le ocasionó su triunfo en la elección correspondiente al director Francisco Torres Moreno, un tipo hosco e irascible quien había sido el causante, por cierto, de que yo después terminara en una preparatoria particular debido a que su animadversión hacia mi persona se debía a las críticas que le hacía por la opacidad mostrada en la construcción de una obra particular detrás de la escuela.
Panorámica de la Zona del Silencio
El caso es que Ramón nos animó para que concretáramos el proyecto de excursión a la Zona del Silencio que, para variar, había ideado Jorge Villalobos… Y como para esos días ya habíamos formalizado nuestro grupo del café en un club de caza, pesca, excursionismo, fotografía y periodismo, nos fuimos a las instalaciones del El Siglo de Torreón para comunicarle a la sociedad lagunera que nos iríamos a dar una vuelta por aquella misteriosa zona que tanto daba de qué hablar. Lo que inmediatamente fue aprovechado por el caricaturista Enríquez, quien en su característico estilo nos dedicó un cartón al decir que, como estudiantes, era mejor que fuéramos allá que a la «Zona de la fayuca» en Torreón, ubicada en una colonia detrás de Peñoles, al oriente de la ciudad.
Aquel sábado 27 de febrero partimos a la Zona del Silencio en punto de las nueve de la mañana siete entusiastas expedicionarios, en la camioneta pick up del papá de Manuel, atiborrada de nuestro equipo para acampar, con comida y un gran tambo de agua. Fuimos el propio Arratia como conductor, José Muñoz, quien fungía como director del periódico El Estudiante (de la federación estudiantil de la localidad); Jorge Villalobos, entonces gerente del periódico Heraldo Federal, de la preparatoria donde yo ya no había tenido cabida; Gustavo Oteo, Gerardo Zarzosa, Manolo Silva y el físico Alejandro Sotomayor.

Luego de detenernos en el camino para ver una troca que se había volteado y que se encontraba abandonada con su carga a la mitad de la carretera, llegamos a Ceballos donde estuvimos media y hora y posteriormente reanudamos el viaje a la población de Escalón, ya en el estado de Chihuahua, donde enfilamos hacia la derecha por un camino de terracería con rumbo a Estación Carrillo.
A las 12:15 horas encontramos el lugar donde debíamos acampar, fue un espacio libre de gobernadora cercano a un cerro que tenía dos prominentes rocosos, como torreones de castillo medieval, y desde donde calculamos que podríamos observar durante la noche la caída de aerolitos en la zona, la que era muy profusa, según los relatos de quienes se nos habían adelantado a recorrer el lugar. Por lo pronto, a la una de la tarde emprendimos la primera caminata, fue muy larga y extenuante, pero anduvimos bajo el abrasador sol unos cinco kilómetros, aunque luego decidimos regresar al campamento para que no nos fuera a sorprender la noche. Sobre todo para racionar el agua, porque aunque nos habíamos provisto de un barril del preciado líquido, al venir por el camino de terracería el empaque con huevos saltó de la caja donde venía y se fracturaron, motivo por el cual alguien los metió en un jarro de barro donde se supone que coceríamos frijoles, sólo que lo puso sobre la tapa de lámina del tonel y al siguiente salto que dimos aquello se fue al agua y la contaminó.
A las 19:50 ya había obscurecido y mientras unos preparaban la cena otros juntaban leña de mezquite, con excepción de Manuel que descansaba plácidamente con la vista hacia el horizonte. De pronto éste pegó un grito que nos asustó. «¡Miren, allá!», y hacia donde nos indicaba que observáramos era justo detrás del promontorio rocoso de mayor tamaño, el de la derecha viéndolo nosotros de frente, de donde surgió un objeto luminoso que empezó a ascender con lentitud. Los siete nos quedamos pasmados, porque no podíamos identificar qué era aquella luz brillante.
El objeto despedía una intensa luz azul, ascendía digamos que con lentitud, como uno de esos satélites artificiales que en la Guerra Fría ponían a orbitar la Tierra norteamericanos y rusos, y que uno podía ver incluso en las ciudades porque la luz que por las noches irradiaba de estas no resultaba tan intensa como para ocultarlos. Además, aquello era más deslumbrante que la estrella más luminosa, así que no podía tratarse de algún artefacto construido por el hombre, y quienes supusieron que entonces debía ser un avión que por la distancia semejaba la lentitud característica por efecto óptico, terminaron por desechar su suposición cuando vimos que enfrente de nuestro campamento se detuvo, por lo que a partir de ese momento comenzamos a ponernos nerviosos. Jorge tomó los binoculares y dijo que aquel objeto parecía tener forma ovalada, después nos quedamos inmóviles, como hipnotizados tratando de descubrir qué rayos teníamos prácticamente encima de nosotros.
Fue el momento en que Gerardo, quizás por el miedo que todos experimentábamos de distinta manera, tomó su rifle calibre veintidós y le disparó al misterioso objeto, lo que de inmediato hizo que el resto reaccionara tranquilizándolo. Luego de varios segundos el objeto brillante reanudó su desplazamiento, lentamente, fue entonces cuando de forma repentina y a velocidad vertiginosa, zigzagueó siete veces, como una pelota de frontenis rebotando sobre imaginarias paredes paralelas, para luego continuar su trayectoria en línea recta. A continuación, aminoró bruscamente la velocidad, porque para ese momento se encontraba a mucho mayor altitud; segundos después retomó su trayectoria de este a oeste, ante nuestra pasmosa actitud, sorprendidos de lo que veíamos. No salíamos de la sorpresa cuando aquella extraña cosa dobló en un ángulo de noventa grados y, entonces sí, adquirió tal velocidad en dirección hacia el sur que pareció desintegrarse en el espacio.
La manera como aquel objeto luminoso se alejó de nuestra vista fue espeluznante, literalmente igualó la de un rayo, porque se perdió en la distancia en cosa de dos segundos, quedaría grabado en nuestras mentes, al menos en la mía, por el resto de mis días. Recuerdo que un par de años después, con la aparición del filme Star war, pude ver la reproducción exacta de cómo en décimas de segundo aquel extraño objeto se nos había perdido en la inmensidad de la noche.
Tras del intempestivo suceso quedamos conmocionados, sobre todo porque a la conclusión que llegamos fue que aquello que acabábamos de ver en la Zona del Silencio había sido un objeto volador no identificado, como se le conocía a ese tipo de información que los escépticos comenzaban a estigmatizar como poco seria, porque según ellos los platillos voladores no existían y sus presuntos avistamientos sólo eran producto de la imaginación de quienes decían haberlos visto. Sólo que esa noche la extraña luz la habíamos visto siete individuos.
El caso es que desde las ocho de la noche no paramos de hablar, especulamos y discutimos y confrontamos hipótesis hasta dejar que la sugestión hiciera presa de nosotros, por lo que a las 23:10 coincidimos en que un nuevo objeto había aparecido en el horizonte y hasta calculamos que la distancia que nos deparaba de él eran unos cinco kilómetros, aunque permaneció inmóvil por mucho tiempo; pero clarito vimos que la parte inferior era de un rojo intenso mientras que en la superior la luz era blanca. Más tarde se nos figuró ver que dicho objeto hacía varios movimientos ondulatorios, para después achicarse y quedar fijo en el espacio como una estrella.
Trozo de meteorito de la Zona del Silencio y que aún conservo
Cuando regresamos a la ciudad y contamos lo que habíamos visto, algunos se mostraron escépticos y hasta dijeron que debimos haber traído tremenda guarapeta, pero en ese viaje nadie llevó licor ni nada parecido, si acaso cigarrillos, pero ningún alucinógeno porque, de hecho, ninguno de los que ahí estuvimos era adicto a ninguna droga. Sin embargo, esa noche estuvimos sumamente alterados por la presencia de aquel objeto luminoso cuyo recuerdo se nos quedó grabado por el resto de nuestros días.
Dos años después en la Sierra de Durango, en la obscuridad del bosque mi amigo Juan de Dios fue testigo de la presencia en el cielo de una nueva luz luminosa, la cual no pude ver porque cuando salí de la casa de campaña luego de los desesperados gritos que me hacía para que viera aquello, ya era demasiado tarde.
Con los años he tenido la oportunidad de presenciar incluso de día más objetos no identificados, como aquel que vi en el verano de 2006 junto con mi familia en un tramo de la carretera 49, entre los estados de Durango y Zacatecas, como a las once de la mañana, mientras conducía en nuestro regreso a la Ciudad de México, y cuya forma era ovalada, como la de un puro, y que por el material con el que estaba construido reflejó los rayos del sol seguramente a varios kilómetros de distancia.
En octubre de 2015 y luego de más de cuarenta años de no haber vuelto a tocar el tema, me encontré con mi amigo Gustavo Oteo en el Parque Morelos de Gómez Palacio, donde nos sentamos a platicar en una de las mesas de la fuente de sodas y lonches de Popo, y sólo hasta entonces le pregunté que si aún recordaba aquella noche en la Zona del Silencio. Por un instante se quedó pensativo y después me dijo que cómo no iba a recordarla, y a continuación me pidió que escribiera algo relacionado con aquella experiencia. Le conté que ya había escrito algo aunque muy corto en la revista Nosotros hacía tiempo, pero le prometí que trataría de escribir algo más completo y supongo que la memoria ya no me dio para más. Aunque aún guardo en mi diario los apuntes de aquel viaje. Pero me gustaría que algunos de ellos pudieran contar su versión acerca de lo que esa noche de mil novecientos setenta y uno vieron.