sábado, 12 de septiembre de 2015

Avándaro, cuando no se podía protestar de nada a menos que se hiciera en inglés

Nadie pudo adivinar el objetivo de aquel festival de rock en Avándaro, organizado por cierto con sospechosa prisa. Por un lado se decía que era el aliviane del gobierno de Luis Echeverría con los jóvenes; incluso el Novedades publicó que había habido la orden presidencial de poner a disposición de los interesados en acudir al festival trescientos autobuses, directos del Distrito Federal a Valle de Bravo… Aunque también hubo quien apostó su vida por sostener que se trataba de un ardid del gobierno para atrapar de una buena vez por todas a los macizos de la capital.

Unos 250 pesos de ahora
Entonces no importaron los torrenciales aguaceros, ni los veinte kilómetros que miles de jóvenes caminaron ante la falta de transporte, ni pisotones ni empujones, o batirse en el lodo de Avándaro. Entonces la edad era lo de menos, sólo había que seguir al Sol… Jim Morrison acababa de morir hacía dos meses y se cumplía el primer aniversario de la muerte de Jimi Hendrix, mientras en México Genaro Vázquez Rojas encabezaba la insurrección contra el sistema corporativista y represor desde la montaña guerrerense… Varios líderes del Movimiento Estudiantil del sesenta y ocho habían tenido que partir al exilio presionados por el gobierno de Luis Echeverría. En tanto que en Monterrey los estudiantes seguían sufriendo la represión oficial y, sólo tres meses antes, nuevamente la sangre de estudiantes había corrido en San Cosme, aquel Jueves de Corpus.
A cuarenta y cuatro años de aquel memorable festival no podemos más que evocar la frase de Neruda por aquello de nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Fue un acontecimiento que desató la polémica en sectores conservadores, pero que quedó inscrito en la historia como el festival de rock que congregó entre 150 a 200 mil jóvenes.
Antes
El diez de septiembre de 1971 El Sol de México predijo que en Avándaro se iban a reflejar las crisis de valores musicales que vivía México. «Esa música invita a las drogas. Se pondrá de manifiesto el relajamiento moral y se estimulará la sexualidad y el desenfreno, en contaminación con la droga».
Un día después se pudo leer en la prensa los más disímbolos comentarios.
«Los asistentes van con dos objetivos: oír buena música y presenciar una carrera de autos. A pesar de lo que afirman los pesimistas, se puede obtener mucho de bueno de este tipo de concentraciones juveniles, siempre que la paz se busque y el amor sea genuino»…
Nadie pudo adivinar el objetivo de aquel festival de rock en Avándaro, organizado por cierto con sospechosa prisa. Por un lado se decía que era el aliviane del gobierno de Luis Echeverría con los jóvenes; incluso el Novedades publicó que había habido la orden presidencial de poner a disposición de los interesados en acudir al festival trescientos autobuses, directos del Distrito Federal a Valle de Bravo… Aunque también hubo quien apostó su vida por sostener que se trataba de un ardid del gobierno para atrapar de una buena vez por todas a los macizos de la capital.
«Por qué al llamado de quien sabe quién, que ni es líder juvenil ni político, ni figura del deporte o del arte, que tenga arrastre para hacer coincidir en un lugar dado a decenas de miles de muchachos, se reúnen cien o ciento cincuenta mil jóvenes?», se preguntó el gobernador mexiquense Carlos Hank González. Sin embargo, para el líder vitalicio Fidel Velázquez, la situación resultaba más sencilla: «No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre».
El senador Enrique Olivares Santana pidió que no hubiera más avándaros en el país, porque son «la antítesis a las expresiones y a las tesis sostenidas hoy de nacionalidad y pureza republicana», así, con esa solemne expresión de los políticos del partido preponderante y revolucionario. Mientras que para Manuel Sánchez Vite, presidente del partido absolutista en el poder Avándaro era «un suceso normal en la vida de un país».
En tanto que para el presidente municipal de Valle de Bravo, Juan Montes de Oca, el festival era una simple «noche mexicana con música moderna».
Desde el 11 de septiembre los jóvenes comenzaron a llegar a Avándaro, a donde pudieron ingresar tras de pagar 235 pesos por su boleto. Una cocacola andaba en un peso con cincuenta centavos en cualquier tienda, por lo que el boleto para poder entrar al área del festival no fue muy barato que digamos. Aún así hubo hippies y hipitecas; los primeros eran fácil de identificar por su colorida vestimenta y de pacífico semblante, que no les cambiaba por más pasones que se dieran.
En tanto que los segundos se distinguían por ser macizos valedores de mata choncha y andar en banda de gruesos carnales que a las primeras de cambio se trenzaban a golpes con aquel inoportuno que los viera como si fueran bichos raros.
Durante
Cuando comenzó el festival los primeros que salieron al escenario fueron los compas del Dugs Dugs, capitaneados por el rockero duranguense Armando Nava. La multitud se prendió muy pronto, y en una de las canciones comenzó a corear el nombre de ¡Avándaro! ¡Avándaro!
Después siguieron los grupos Epílogo, La División del Norte, Los Tequila con su vocalista Marisela; Peace and Love, Bandido, Los Yaqui con Mayita Campos, La Tinta Blanca, El Amor y, por supuesto, el Three Souls in my Mind con Alejandro Lora.
Sí… Let me swim in your ocean Darling, letme jump
El orgullo de la minoría silenciosa que acudió febril a Avándaro, versión nacionalista del Festival de Woodstock celebrado dos años antes, fue que el de Valle de Bravo significó el primero que se celebraba en México y Latinoamérica. «Por primera vez los mexicanos damos la pauta a países latinoamericanos», escribió alguien.
En aquel septiembre se decía que el treinta por ciento de la juventud capitalina había estado ahí, y que por lo menos otros treinta se habían quedado con las ganas de haber ido a Avándaro, debido a que no consiguió el permiso de sus padres.
La noche del sábado, momento culminante del festival, circuló la droga y el alcohol en las inmediaciones de las torres, justo donde fue ubicada la prensa, de ahí que los periodistas solamente hayan escrito de los desórdenes que vieron en su entorno, como por ejemplo de aquel joven que se cayó de una de las torres cercanas al templete de cuatro metros de altura. Fue uno de los cuatro muertos que registró el festival de rock.
Como haya sido, esa fue la masa juvenil más grande jamás reunida en el país, después del movimiento estudiantil del 68 en la Ciudad de México, algo que no preocupó mucho al régimen echeverrista porque después de todo se trató de una masa despolitizada, de una «minoría silenciosa» a la que sólo le interesó ir a Avándaro a escuchar rock mexicano en inglés, porque entonces ningún grupo podía protestar de nada a menos que lo hiciera en ese idioma.
Se trató, pues, de que los jóvenes atiborraran sus sentidos de rock, y bajo esa premisa, una chica se trepó a un camión de mudanza con el propósito de hacer streep tease y rápidamente fue bajada por personal del comité organizador, pero ya sin camiseta, por lo que se convirtió en una de las más fotografiadas del festival.
Después
En los diarios capitalinos de la época hubo mucho amarillismo. Unos dieron cuenta de orgías y alucines, y que el olor a mariguana se esparció por todo Valle de Bravo.
Otros dieron cabida a declaraciones de funcionarios del régimen que alabaron las libertades que gozaba la juventud mexicana. Incluso hasta Jorge Saldaña invitó a su programa televisivo de Anatomías al escritor Parménides García Saldaña; a Ela Laboriel quien había trabajado en la organización del festival, así como a un funcionario del Instituto Nacional de la Juventud, a fin de que el tema fuera analizado y, obviamente, se tomara nota «de lo que le gustaba a los jóvenes».
La libertad que el régimen echeverrista pretendía aparentar solamente se evidenció en el rígido control que ejercía sobre los medios de difusión. Y Saldaña, quien entonces se caracterizó por ser un comunicador afín al régimen, concluyó simplemente que su programa televisivo de ese día había resultado muy bueno, «tan bueno que había que hacer otro pero ya, mañana mismo».
Entonces se dijeron muchas cosas del festival. Carlos Monsiváis escribió que el festival de Avándaro había sido la primera generación de norteamericanos nacidos en México. Incluso se comentó que Luis de Llano hijo había aceptado organizar el festival a petición del gobierno mexicano, debido al repudio de los jóvenes por la muerte de varios estudiantes el 10 de junio a manos del grupo paramilitar de los halcones.
El caso fue que lo de Avándaro ensanchó la nota roja de la época… No hubo carrera de autos, fue de… ¡motos!, cabeceó la de ocho columnas El Sol de México. Mientras otros diarios titularon sus ediciones con Avándaro, cuna y sepultura de manifestaciones juveniles… O 108,000 jóvenes drogadictos. Hank acusa a los explotadores de la bacanal de Avándaro.
Otros más rubricaron: Reconoce el Procurador que hubo delitos en Avándaro… Los organizadores del Festival de Avándaro serán citados a declarar… La mala organización del evento ocasionó que se cometieran diversos delitos… Basura, ¡Avándaro! ¡Paz y amor! Mari… Mari… Mariguana. Otros encabezados que recuerdo es el que promovió un político que entonces quería ser presidente y no desaprovechaba cualquier situación para hacer declaraciones, Mario Moya Palencia: «Lo sucedido en Avándaro es lamentable; sin embargo, demostró que existe un clima de libertad».
Tampoco olvido aquella cabeza de Una invasión de hippies en Toluca por el Festival de Rock y Ruedas.
El 12 de septiembre, El Universal destacó: «El paroxismo en su máxima expresión», y dio cuenta que el 90 por ciento de los jóvenes, de cien mil estimados, estuvieron intoxicados con mariguana y otras drogas. «En acto irresponsable un hippie motorolo ondeó una bandera mexicana que en lugar de escudo tenía el símbolo de la paz», Según registró el reportero de ese diario, el promedio de edad de los intoxicados fue de diecisiete años.
Por su parte, El Sol de México publicó que más de cien mil jóvenes habían convertido a Avándaro en «el mundo de la nada, donde no existen conceptos morales, ni inhibiciones, ni leyes, ni pudor, sólo lo que lleva al éxtasis, aunque vaya contra todo, como la droga, la música que permite evadirse y la velocidad que enerva…»
El Heraldo de México notició: «En la fiesta del libertinaje se reunieron 200 mil personas, cinco toneladas de basura y ¡¡¡dos toneladas de mariguana!!! Los jóvenes reincidieron en su afán de autodestruirse y agregaron una cuenta a su rosario, ya no sólo podrán platicar que estuvieron en Tlatelolco el 2 de octubre y en Santo Tomás el 10 de junio, sino que vivieron en Avándaro el 11 de septiembre».
Para el enviado de dicho diario el orden prevaleció, «reforzado por el estado de pasividad de los jóvenes debido a la mirada estricta de las autoridades».
Una revista filial de la celebérrima informadora de la nota roja caracterizada por el uso de calificativos como golpeola, violola y matola, de nombre Casos, publicó una edición especial en la que exponía en su portada una «valiente exposición de los hechos que asombraron al país», y preguntaba: «¿Una juventud desorientada o… una generación de padres culpables?»
Con el encabezado «¡Avándaro el infierno!», en letras de sugestivo color amarillo americanista y fotografía de un grupo de macizos aplaudiendo el contoneo cachondo de la güera del camión de mudanzas, la curiosa edición de periodismo sensacionalista de la época correspondiente al 24 de noviembre de 1971, preguntó quiénes eran los culpables «del vicio y degenere».
Desde el punto de vista de los «especialistas» de Casos, la juventud se encontraba ciega y desconocía su rumbo. La muchacha de Avándaro, llamada Macrina supuestamente, según la publicación, se sumó al «contingente insensato que marchaba como en éxodo rumbo a su autodestrucción», la cual ilustraba con la fotografía de una procesión juvenil entre la zona arbolada. «Daba pena ver aquel montón de borregos que obedeciendo al llamado del cencerro, acudían felices a enterrar su honor en el abismo de los vicios», apuntó.
Tercer cuadro. «Los más ridículos atuendos eran empleados por los degenerados jóvenes que asistían a la infernal reunión», señaló, y con fotografías de jóvenes con melena y gafas obscuras, remachó: «Burlando la ley, los organizadores del festival lo habían preparado todo al estilo de otros países… Imperaban las canciones en idioma extranjero, todo importado: degradación, moda, mugre, pelos, degenere…»
El entonces gobernador Hank González cuestionó: «Nos estamos asustando mucho, y con toda la razón del mundo. ¿Y qué debemos hacer? ¿Quedarnos asustados? ¿Qué no debemos reaccionar frente a eso? ¿Qué no es un campanazo que nos han dado?»
¿Qué sucedió realmente en Avándaro hace cuarenta y cuatro años?
Nada… «Nunca se habían portado tan bien y alivianado los chavos del público, la organización también estuvo alivianada, fallas técnicas es lo único que encontré mal, pero en general estuvo de poca», dijo Alejandro Lora.
«Hubo algunos chavos que no agarraron el patín, pero comparados con todos los que sí agarraron la onda, es una cosa mínima. Pienso que sólo critican lo malo, y que dejan a un lado las cosas positivas de la juventud», comentó Gregorio «Popo» Díaz, bajista de Epílogo.
«Avándaro fue la experiencia más emotiva y agradable que nuestra banda haya tenido a lo largo de su existencia», afirmaron los de Peace and Love.
«Estamos en desacuerdo con los chavos azotados que se dedicaron a tirar malas vibraciones durante el festival, sobre todo porque no pusieron la atención debida a los grupos, pero en general el festival de Avándaro estuvo bastante alivianado», aseguraron los de El Ritual.
«La gente que fue a Avándaro no supo apreciar la calidad de los grupos, que siempre estuvieron muy entregado, muy gruesos. A nosotros nos tocó la mala onda de que se fue la luz y la reacción del público fue aventarnos botellazos y demás, pero nosotros no tuvimos la culpa, todos los ‘hippitecas’ que estaban en Avándaro no conocen de música, les falta tener contacto con los músicos de aquí. Probablemente entiendan lo gabacho, pero definitivamente lo de aquí no», manifestó Lalo Toral, organista de Los Yaqui, a Arturo Castelazo poco después de celebrado el festival.
«El público en Avándaro respondió bien a los esfuerzos que nosotros hicimos… En realidad fueron a oír música. En cuanto a la prensa capitalina creo que aumentó mcho las cosas del festival. Hubo muertos, sí, pero cuatro nada más de 200 mil gentes», indicó Ricardo, trompetista de Los Tequila.
Mientras que el articulista del tabloide La edad del rock, Artemio Golden, escribió en la edición del 31 de octubre de 1971 que todo había sido «una trampa perfectamente bien planeada y elaborada». En varios medios se hicieron preguntas como la siguiente: «Por qué no hubo ningún inconveniente para realizar el festival? ¿Por qué para la celebración del mismo, contó con la simpatía y ayuda del gobierno del estado de México? ¿Por qué no hubo ninguna clase de vigilancia para impedir el consumo de drogas? ¿Con cien o 500 elementos de seguridad se hubieran podido contener a 150 mil individuos? ¿Por qué tan buen trato y facilidades a los enviados de los periódicos nacionales? ¿Por qué no hubo transporte de regreso? ¿Por qué tanto escándalo después de terminado?»
Aquella mañana del 12 de septiembre pocos vieron la manta que pendía de unos árboles, justo a la salida del área donde se había llevado a cabo el festival, y en la que se leía: «Juventud castrada, cobarde, Avándaro es para que te sigas idiotizando y enajenando cuanto tu pueblo sufre de hambre e ignorancia».
A cuarenta y cuatro años del Festival de Avándaro la miseria, el hambre y la ignorancia siguen predominando en amplios sectores de la población mexicana. Nada ha cambiado, excepto los políticos que sólo cambian de cargos y curules.
Avándaro fue un festival del que se habló mucho porque confrontó a la sociedad mexicana en cuanto a qué futuro le esperaba a los jóvenes de la época. De hecho, jamás se buscó que cambiara nada. Hasta parece que la mentada transición democrática en México de igual forma fue producto de un alucine como los que se dieron en Avándaro, porque al final de cuentas al gobierno regresaron los de entonces y todo sigue igual o hasta peor.
Los jóvenes son más en número, pero las oportunidades para que estudien y encuentren empleos dignos son muy pocas.
Por lo pronto, festivales como aquel, al aire libre, difícilmente volverán a repetirse en un país convulsionado por tantos problemas como la crisis en la economía y la inseguridad a causa de la guerra del narco, y ante la ineptitud de gobernantes. Avándaro pasó a formar parte de la historia musical del país y prácticamente es desconocido para las nuevas generaciones, pero fue un referente acerca de cómo en un gobierno se decidió compensar a la juventud por haberle ocasionado tanto daño con la represión a sus formas de expresar su inconformidad por el estado de cosas que entonces se vivían.