martes, 16 de junio de 2015

Los Burrón y Gabriel Vargas en el edificio del coronel José García Valseca

«Creo que en todas las sociedades religiosas hay tipos que nacen doblados, ya nadie los levanta, pero aun así en el más pobre hay cierta fuerza que trata de levantarlos, para salir del medio donde viven».
Gabriel Vargas

Gabriel Vargas
Una mañana de octubre de 1974 conocí al historietista mexicano Gabriel Vargas Bernal (Tulancingo, Hidalgo, cinco de febrero de 1915–Ciudad de México, 25 de mayo 2010), creador de la historieta La familia Burrón, una de las referencias más importantes de la cultura popular del país. Hasta el edificio de la entonces Organización García Valseca, en las calles de Serapio Rendón, Colonia San Rafael, llegamos un grupo de estudiantes de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la UNAM, donde solicitamos entrevistarnos con él y, para sorpresa nuestra, don Gabriel, quien para entonces ya tenía sesenta y cuatro años de edad, aceptó recibirnos de inmediato a pesar de que no habíamos concertado ninguna cita previa.
En aquel tiempo don Gabriel publicaba en el El Sol de México su célebre historieta por entregas y, desde un principio, pudimos ver que era uno de los consentidos de la empresa periodística, debido a que contaba con un área reservada para él y sus colaboradores (entre los que estuvo el reconocido monero Raúl Moyssén, el más destacado de los alumnos de Vargas, y a quien muchos años después tuve la oportunidad de departir el pan y la sal y, por supuesto, la salud con él).
Le dijimos que habíamos acudido ante él en primer lugar para conocer a la celebridad que era y, después, para cumplir con la tarea encomendada por el profesor Hugo del Río Reynaga, titular de la materia Redacción Periodística II. El historietista nos platicó muy complaciente cómo a los siete años y tras de quedarse huérfano de madre, tuvo que acompañarla, junto con once hermanos, a vivir a la Ciudad de México.
«Tuve que trabajar desde muy pequeño –dijo–, pero como me gustaba dibujar, un tío vio que era muy bueno y me llevó con un conocido al Excélsior como dibujante, apenas tenía trece años, por lo que mi madre, que en un principio se puso renuente, aceptó firmar un papel por el que me daba permiso, y así fue como empecé a contribuir con algo de dinero para el sustento familiar».
Luego de dedicarse a ilustrar algunos de los suplementos del diario, a los dieciséis años decidió participar en el concurso de dibujo que convocaba el coronel José García Valseca, por lo que al ganarlo también pasó a ocupar el cargo de jefe del Departamento de Dibujo. Fue ahí donde tras de crear Los Superlocos en el año de 1937, un año después dio vida a La familia Burrón, la cual haría hasta 2009, y que incluyó a los célebres personajes de Regino Burrón, Borola Tacuche y sus dos hijos adolescentes.
Una historieta que a mis cinco años de edad me fue prohibido leerla por mi madre, con el argumento de que no era apta para niños, a pesar de que a unos cuantos pasos de la casa donde vivíamos en Calle Escobedo casi esquina con Avenida Allende, en Gómez Palacio, Durango, se encontraba el más surtido puesto de publicaciones periódicas que seguramente me marcó por el resto de mis días.
No fue sino hasta siete años más tarde, cuando ya vivíamos en Avenida Trujano, frente al Parque Morelos, que pude comenzar a leer La familia Burrón, aprovechando mis visitas a la peluquería del «Chiluco», en la esquina de las calles de Juárez y Aldama, donde luego de que me había cortado el cabello solía arrellanarme en una de las confortables sillas que tenía para que los clientes esperaran su turno, y devoraba los ejemplares que me había perdido entre una visita y otra.
Así que conocer a don Gabriel al menos para mí significó todo un acontecimiento.
Esa mañana, con esa bonachona actitud se puso a escuchar las preguntas que le formulamos Luis Arturo, Carlos, José Alfredo, César Alberto y yo:
—En 1938 usted publica la revista Don Jilemón y Cuataneta, ¿esto le sirve para crear después a La familia Burrón?, pregunté.
—Pues sí –respondió–. Fue una apuesta con un amigo. Escribía yo Jilemón Metralla y él me dijo: ¿A que no haces la confrontación entre un hombre y una mujer? En lugar de ser hombre que sea mujer, a ver si tienen el mismo resultado…
Éste señor fue Fernando Ferray, iniciador de una novela cubana muy famosa llamada «Anita de Montemar». La apuesta fue de diez mil pesos, mucho dinero en aquella época. Esa mujer fue Borolas y La familia Burrón tuvo un arraigo tremendo entre la gente, como lo tuvo Don Jilemón y Cuataneta.
—¿La familia Burrón está dirigida a un sector específico de nuestra sociedad?, preguntamos.
—Puede decirse que sí, a una clase media baja, no muy elevada. Ellos, don Regino y Borolas, viven en una vecindad donde no brilla el dinero, y casi todas las historietas van dirigidas a ese tipo de gente que busca cierto tipo de divertimento.
—¿La familia Burrón promueve el conformismo entre ese sector de la sociedad?
—No sé hasta dónde pueda usarse ese término –señaló–, porque yo creo que en todas las sociedades religiosas hay tipos que nacen doblados, ya nadie los levanta, pero aun así en el más pobre hay cierta fuerza que trata de levantarlos, para salir del medio donde viven.
—¿Es La familia Burrón reforzadora de los patrones de conducta de la sociedad mexicana?
—No, porque su circulación no es tan decisiva para que pudieran tomar modelo de ella. La circulación es de ciento y tantos mil ejemplares, por mucho que la lean tres o cuatro personas, son cuatrocientos o quinientos mil ejemplares. Pero para nuestra República, que ya tiene cincuenta millones de habitantes, eso es una gotita de agua en la inmensidad del mar. Necesitaría tirar millones para que pudiese tener verdadera influencia, y sólo es un sector de la gente que le gusta, la compra y la lee.
—¿Por qué aceptó que La familia Burrón fuera adaptada a la televisión?
—Más bien ellos me instaron a mí, no yo los insté a ellos. Me invitaron y nunca quise, porque la cosa gráfica, creo yo, difiere mucho del movimiento de la pantalla.
¿Se debe entonces el fracaso de La familia Burrón en la televisión a que fue despojada del argumento que contiene esa crítica social?
—Eso fue, no encontraron el medio, porque yo ni realicé los argumentos. Me negué a hacerlos ya que si aquí uno ha tenido más o menos éxito, en la televisión es un fracaso. Porque va uno de aprendiz a un sistema que les completamente desconocido.
¿Piensa continuar adelante con la historieta?
—Hasta donde nos dé para comer, mientras sigamos sin ningún tropiezo… Hacemos que la revista no sea ofensiva para nadie, no sé si se habrán fijado en ello.
—¿Ha tenido usted algún tipo de restricción a su labor por parte del gobierno?
—No, y menos yo. Rius sí las ha tenido pues se ha metido muy duro en la política. Así estuvo con Díaz Ordaz hasta que lo agarraron en la calle y lo golpearon. Pero es que él, teniendo conocimiento de las cosas que competen a la vida privada, se metió con Díaz Ordaz. Y yo creo que ahí a cualquiera le duele, pues mientras no se profundizó en su vida privada a Rius no le pasó nada.
—¿Y qué opinión tiene usted del régimen de Gustavo Díaz Ordaz?
Estoy muy alejado de la política. A mi pregúnteme de cómics y le respondo.
Al término de la entrevista don Gabriel nos presentó a sus colaboradores y nos explicó a detalle la labor que cada uno tenía para la elaboración de La familia Burrón. Fue una mañana que nunca más olvidamos, al grado de que guardé con tanto celo el texto de mi tarea escolar que hace apenas unos días encontré por azar entre el montón de papeles de mi biblioteca, así que decidí subirla a este Cronicario.

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