sábado, 14 de febrero de 2015

Como sabueso constipado


Teatro Hinojosa de Jeréz, Zacatecas
Periodista sin instinto reporteril es como un sabueso sin olfato y difícilmente sobreviviría en el oficio más allá de las exigencia de las órdenes de trabajo en la Redacción de su medio, por más que busque flotar en la zona de confort que significa el refrito de boletines de prensa o transmute en vocero de uno o varios servidores públicos cuando no legisladores, por aquello de reproducir fielmente sus declaraciones para fomentarles el culto a la personalidad. Ese fue el primer tema que abordamos aquella noche del 31 de enero de 1992 Felipe Garrido, David Martín del Campo y quien esto escribe en la ciudad de Torreón, sentados en torno a una mesa de aquel restaurante que encontramos en la arbolada Calzada Colón.
Luego de concluir la velada literaria en el Teatro «Isauro Martínez» donde se había llevado a cabo la presentación de mi novela Tan cerca del infierno, editada por Felipe, en aquel entonces coordinador de la colección Cuesta de la Fortuna del Patronato de ese recinto cuya presidenta era Sonia Salum, la cual había sido comentada por el escritor David Martín del Campo, fue Felipe, ameno conversador, quien condujo la plática por los vericuetos del oficio reporteril, sólo que en el ámbito cultural, donde nos desenvolvíamos los tres debido a nuestras actividades profesionales.
Lo hizo por algunos casos de incipientes reporteros de la llamada fuente cultural, cuyas secciones en los medios impresos eran vistas en las redacciones con cierto desdén, por no ser tema que atrajera la atención de multitudes ávidas de compenetrarse con las bellas artes y la literatura, por lo que había la impresión de que las exigencias profesionales para el informador eran mínimas y ahí paraban aquellos que no tenían olfato periodístico, hasta que el jefe de redacción considerara que por fin tenía la sagacidad necesaria para enviarlo a otra fuente.
Aunque por el glamour de la fuente cultural los reporteros encargados de cubrir lo relacionado con esta, eran vistos como bohemios noctívagos, devotos de la fiesta y la febril camaradería con ese otro tipo de artistas alejados del vodevil mediático, sobre todo en época de festivales culturales que, por cierto, proliferaron a partir del boom que significó el Festival Cervantino en Guanajuato en varias entidades de la República, organizados en varios de los casos como para relumbrón de algún pretencioso mandatario que con eso suponía que le daría más lustre a su cargo, por lo que no se escatimaban apoyos presupuestales para la organización.
Había pues en la fuente cultural muy pocos reporteros con olfato periodístico, de ahí que en las entrevistas o ruedas de prensa en las que se anunciaba la celebración de algún festival o concierto, lo más común era escuchar preguntas formuladas al representante oficial del organismo responsable de la organización cuánto había sido el costo de la actividad, o alguna otra situación que al final de cuentas no tenía nada que ver con el motivo de la convocatoria a los informadores. Si se daba el anuncio de que vendría algún ballet de Israel, por ejemplo, en lugar de que los reporteros preguntaran por los antecedentes del mismo y el tipo de obras que presentaban en el escenario, las interrogantes iban en el sentido de cuánto habían gastado los organizadores en traslados, hospedaje y alimentación de los integrantes de la compañía.
Fue entonces que Felipe Garrido se remontó al año 1988, cuando con motivo del centenario del natalicio de Ramón López Velarde, el gobierno federal organizó en la tierra natal del poeta, Jerez, Zacatecas, una gran jornada cultural para conmemorar el acontecimiento, por lo que se dispuso el traslado de una gran comitiva de funcionarios del gobierno federal desde la Ciudad de México, así como del correspondiente cortejo de reporteros de la fuente para la cobertura de las actividades.
Un reportero de prestigiado medio de difusión impreso, de los que entonces se decía era de «circulación nacional», narró Felipe, había llegado a Jerez dispuesto a conseguir la nota periodística que por la importancia de su contenido fuera digna de ser considerada para las ocho columnas, así que desde el primer instante anduvo a la caza de algún acontecimiento digno de ser reseñado por él. Cubrió puntualmente las actividades del programa, asistió a recitales literarios y conferencias; entrevistó a artistas y funcionarios, incluso hurgó en la memoria colectiva con el fin de ver si algún jerezano había conocido a López Velarde, pero los contenidos informativos no le parecieron que tenían la sustancia necesaria como para ser considerado dignos de insertarse por su jefe en la primera plana del diario para el que trabajaba.
Buscó familiares del insigne vate, los lugares donde nació y vivió sus primeros años, pero no encontró nada distinto a lo que ya se sabía del autor de Suave patria; nada con que cortar a la epopeya periodística un gajo y cimbrar a los lectores de la patria impecable y diamantina. En sus ratos libres deambuló por los recovecos de la ciudad y desatendió las invitaciones de los colegas para la licenciosa convivencia con tal de encontrar la presa informativa que le valiera el reconocimiento de su medio y traspusiera las puertas de otras fuentes que lo acercara a las noticias candentes, pero todo fue en vano.
El último día de su estancia en Jerez, al doblar una esquina el reportero se encontró en la terraza de un café a un tipo estrafalario de ensortijada cabellera, sosteniendo su rostro con la mano derecha cuyo brazo estaba recargado sobre la superficie de angosta mesa, y frente a él un café del que había dejado de emanar vapor por haberse enfriado. Se trataba de Juan José Arreola, el célebre escritor nativo de Ciudad Guzmán, con actitud dubitativa y melancólica, la mirada perdida en el vacío, como ensimismado en una profunda soledad.
Eso no le importó al osado reportero que, resuelto a conseguir una noticia que impactara a su jefe de redacción, se paró frente al autor de Confabulario, preparó su libreta de apuntes y la grabadora, y acto seguido le dijo:
—Maestro, vengo a entrevistarlo…
Pero Juan José Arreola lo detuvo con parsimonioso ademán de su mano izquierda, sin levantar la vista para ver quién le hablaba, luego se levantó del lugar y dio tres pasos hasta topar con una reja metálica donde había unas macetas. El desconcertado reportero lo vio desplazarse con lentitud, no supo qué hacer ni cómo reaccionar ante esa circunstancia.
—En estos momentos no estoy como para que me entrevistes –le dijo el maestro con la mirada fija en algún punto del escenario provinciano–, porque lo que he escuchado hace un rato me ha convulsionado de sobremanera…
El reportero apagó entonces la grabadora y volvió a depositarla en el morral que colgaba de uno de sus hombros.
—Me acabo de enterar que aquí a la vuelta –continuó Arreola– vive la mujer que fue el gran amor de mi vida en aquellos años mozos cuando llegué a vivir a la Ciudad de México en 1937, y comprenderás que en estos momentos estoy verdaderamente consternado por la noticia. La conocí a los pocos días de haber llegado a la capital para ingresar a la Escuela Teatral de Bellas Artes. Ella también era alumna de la Escuela porque quería ser bailarina de ballet, así que desde el primer instante en que cruzamos palabra quedamos prendidos uno del otro, por lo que no transcurrió mucho tiempo para que comenzáramos a amarnos con inusitada pasión…
Durante diez o más minutos el atribulado escritor evocó aquellos sublimes momentos que pasó junto a su amada, mientras el novel reportero escuchaba atónito la confesión de aquel personaje de la literatura nacional, verdaderamente atribulado por no saber qué hacer en ese instante, tras de enterarse que en aquella población zacatecana a donde había acudido como invitado para que hablara de Ramón López Velarde en una conferencia, vivía la musa que en su juventud le había avivado la llama de la creación literaria.
Por un momento, el reportero se sintió apenado por escuchar aquella especie de confesión de tan significativo momento en la vida íntima de Juan José Arreola, sólo que no pudo dar media vuelta e irse, debido a que sintió que le servía al escritor para que continuara como en una especie de delirante  evocación de los días en que con sus diecinueve años experimentó la sensación del dilatado amor, cuya candente implosión le reverberó sobre su bruñida piel cincuenta y un años después.
—Fue tanto nuestro amor que prometimos seguir juntos por el tiempo que nos quedara de vida –continuó Juan José–, llenamos la ciudad con nuestros pasos y los jardines con nuestros besos, tomados de la mano siempre, temerosos de que el día comenzara a llegar a su fin y yo tuviera que llevarla a casa de sus tías donde vivía, y enfrentarme al martirio nocturnal de no verla ni escucharla, ni sentirla junto a mi ayudándome a bordar los sueños que nos llevarían a cristalizar nuestros proyectos… Sin embargo, el día de nuestra separación llegó y ella tuvo que partir a Europa a continuar sus estudios, y yo tomé otros derroteros más propios de lo que ambicionaba ser. Nunca más nos volvimos a ver. Jamás volví a saber nada de ella hasta ahora, cuando un viejo conocido me acaba de decir que vive aquí, en Jerez, de donde es originaria; que su casa está a la vuelta, que se casó y vive felizmente con su familia…
Fue entonces cuando el escritor dejó de ver hacia un lugar indeterminado para voltearse y mirar por primera vez a los ojos al joven reportero, por lo que éste sorprendido se irguió más a fin de no retroceder ni un paso y disimular el susto que el súbito giro de aquel le había provocado.
—Estoy en la disyuntiva de ir a tocar a su puerta y buscarla, de preguntarle si me recuerda y saber cómo le ha ido en todos estos años en que no nos hemos visto, o quedarme aquí aturdido, a la espera de que la estupefacción me pase y pueda retomar el ritmo normal de mi vida. Pero no dejo de preguntarme cómo será ahora, qué quedó de su semblante terso y finos rasgos, si el implacable tiempo no ha sido muy tosco con ella al irle moldeando aquel cuerpo de grácil bailarina, que parecía deslizarse por el aire cuando se desplazaba sobre el escenario, y convertirla en sapiencial mujer de ternura desbordada. No sé, mis pensamientos no paran de dar vueltas, porque sé que ella está muy cerca de aquí…
Consternado, el reportero miró por última vez al atribulado escritor antes de preparar su retirada.
—Entiendo, maestro, el momento por el que pasa. Lo mejor será que me vaya para que usted determine bien lo que mejor le parezca –dijo por último antes de dar la media vuelta y regresar a la calle a continuar su frenética búsqueda de un buen tema que le diera para escribir una nota para su diario.
La escena había sido vista de principio a fin por Felipe Garrido a prudente distancia, vio marcharse al reportero mientras Arreola se cruzó de brazos, luego colocó su rostro sobre su mano derecha y volvió a ensimismarse en sus pensamientos, como si buscara atravesar los muros de las casas provincianas de Jerez y descubrir a esa mujer que tanto amó en su primera juventud, mientras aquél daba un nuevo sorbo al humeante café conmovido por el sacudimiento experimentado por el también escritor jalisciense.

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