sábado, 12 de septiembre de 2015

Avándaro, cuando no se podía protestar de nada a menos que se hiciera en inglés

Nadie pudo adivinar el objetivo de aquel festival de rock en Avándaro, organizado por cierto con sospechosa prisa. Por un lado se decía que era el aliviane del gobierno de Luis Echeverría con los jóvenes; incluso el Novedades publicó que había habido la orden presidencial de poner a disposición de los interesados en acudir al festival trescientos autobuses, directos del Distrito Federal a Valle de Bravo… Aunque también hubo quien apostó su vida por sostener que se trataba de un ardid del gobierno para atrapar de una buena vez por todas a los macizos de la capital.

Unos 250 pesos de ahora
Entonces no importaron los torrenciales aguaceros, ni los veinte kilómetros que miles de jóvenes caminaron ante la falta de transporte, ni pisotones ni empujones, o batirse en el lodo de Avándaro. Entonces la edad era lo de menos, sólo había que seguir al Sol… Jim Morrison acababa de morir hacía dos meses y se cumplía el primer aniversario de la muerte de Jimi Hendrix, mientras en México Genaro Vázquez Rojas encabezaba la insurrección contra el sistema corporativista y represor desde la montaña guerrerense… Varios líderes del Movimiento Estudiantil del sesenta y ocho habían tenido que partir al exilio presionados por el gobierno de Luis Echeverría. En tanto que en Monterrey los estudiantes seguían sufriendo la represión oficial y, sólo tres meses antes, nuevamente la sangre de estudiantes había corrido en San Cosme, aquel Jueves de Corpus.
A cuarenta y cuatro años de aquel memorable festival no podemos más que evocar la frase de Neruda por aquello de nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Fue un acontecimiento que desató la polémica en sectores conservadores, pero que quedó inscrito en la historia como el festival de rock que congregó entre 150 a 200 mil jóvenes.
Antes
El diez de septiembre de 1971 El Sol de México predijo que en Avándaro se iban a reflejar las crisis de valores musicales que vivía México. «Esa música invita a las drogas. Se pondrá de manifiesto el relajamiento moral y se estimulará la sexualidad y el desenfreno, en contaminación con la droga».
Un día después se pudo leer en la prensa los más disímbolos comentarios.
«Los asistentes van con dos objetivos: oír buena música y presenciar una carrera de autos. A pesar de lo que afirman los pesimistas, se puede obtener mucho de bueno de este tipo de concentraciones juveniles, siempre que la paz se busque y el amor sea genuino»…
Nadie pudo adivinar el objetivo de aquel festival de rock en Avándaro, organizado por cierto con sospechosa prisa. Por un lado se decía que era el aliviane del gobierno de Luis Echeverría con los jóvenes; incluso el Novedades publicó que había habido la orden presidencial de poner a disposición de los interesados en acudir al festival trescientos autobuses, directos del Distrito Federal a Valle de Bravo… Aunque también hubo quien apostó su vida por sostener que se trataba de un ardid del gobierno para atrapar de una buena vez por todas a los macizos de la capital.
«Por qué al llamado de quien sabe quién, que ni es líder juvenil ni político, ni figura del deporte o del arte, que tenga arrastre para hacer coincidir en un lugar dado a decenas de miles de muchachos, se reúnen cien o ciento cincuenta mil jóvenes?», se preguntó el gobernador mexiquense Carlos Hank González. Sin embargo, para el líder vitalicio Fidel Velázquez, la situación resultaba más sencilla: «No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre».
El senador Enrique Olivares Santana pidió que no hubiera más avándaros en el país, porque son «la antítesis a las expresiones y a las tesis sostenidas hoy de nacionalidad y pureza republicana», así, con esa solemne expresión de los políticos del partido preponderante y revolucionario. Mientras que para Manuel Sánchez Vite, presidente del partido absolutista en el poder Avándaro era «un suceso normal en la vida de un país».
En tanto que para el presidente municipal de Valle de Bravo, Juan Montes de Oca, el festival era una simple «noche mexicana con música moderna».
Desde el 11 de septiembre los jóvenes comenzaron a llegar a Avándaro, a donde pudieron ingresar tras de pagar 235 pesos por su boleto. Una cocacola andaba en un peso con cincuenta centavos en cualquier tienda, por lo que el boleto para poder entrar al área del festival no fue muy barato que digamos. Aún así hubo hippies y hipitecas; los primeros eran fácil de identificar por su colorida vestimenta y de pacífico semblante, que no les cambiaba por más pasones que se dieran.
En tanto que los segundos se distinguían por ser macizos valedores de mata choncha y andar en banda de gruesos carnales que a las primeras de cambio se trenzaban a golpes con aquel inoportuno que los viera como si fueran bichos raros.
Durante
Cuando comenzó el festival los primeros que salieron al escenario fueron los compas del Dugs Dugs, capitaneados por el rockero duranguense Armando Nava. La multitud se prendió muy pronto, y en una de las canciones comenzó a corear el nombre de ¡Avándaro! ¡Avándaro!
Después siguieron los grupos Epílogo, La División del Norte, Los Tequila con su vocalista Marisela; Peace and Love, Bandido, Los Yaqui con Mayita Campos, La Tinta Blanca, El Amor y, por supuesto, el Three Souls in my Mind con Alejandro Lora.
Sí… Let me swim in your ocean Darling, letme jump
El orgullo de la minoría silenciosa que acudió febril a Avándaro, versión nacionalista del Festival de Woodstock celebrado dos años antes, fue que el de Valle de Bravo significó el primero que se celebraba en México y Latinoamérica. «Por primera vez los mexicanos damos la pauta a países latinoamericanos», escribió alguien.
En aquel septiembre se decía que el treinta por ciento de la juventud capitalina había estado ahí, y que por lo menos otros treinta se habían quedado con las ganas de haber ido a Avándaro, debido a que no consiguió el permiso de sus padres.
La noche del sábado, momento culminante del festival, circuló la droga y el alcohol en las inmediaciones de las torres, justo donde fue ubicada la prensa, de ahí que los periodistas solamente hayan escrito de los desórdenes que vieron en su entorno, como por ejemplo de aquel joven que se cayó de una de las torres cercanas al templete de cuatro metros de altura. Fue uno de los cuatro muertos que registró el festival de rock.
Como haya sido, esa fue la masa juvenil más grande jamás reunida en el país, después del movimiento estudiantil del 68 en la Ciudad de México, algo que no preocupó mucho al régimen echeverrista porque después de todo se trató de una masa despolitizada, de una «minoría silenciosa» a la que sólo le interesó ir a Avándaro a escuchar rock mexicano en inglés, porque entonces ningún grupo podía protestar de nada a menos que lo hiciera en ese idioma.
Se trató, pues, de que los jóvenes atiborraran sus sentidos de rock, y bajo esa premisa, una chica se trepó a un camión de mudanza con el propósito de hacer streep tease y rápidamente fue bajada por personal del comité organizador, pero ya sin camiseta, por lo que se convirtió en una de las más fotografiadas del festival.
Después
En los diarios capitalinos de la época hubo mucho amarillismo. Unos dieron cuenta de orgías y alucines, y que el olor a mariguana se esparció por todo Valle de Bravo.
Otros dieron cabida a declaraciones de funcionarios del régimen que alabaron las libertades que gozaba la juventud mexicana. Incluso hasta Jorge Saldaña invitó a su programa televisivo de Anatomías al escritor Parménides García Saldaña; a Ela Laboriel quien había trabajado en la organización del festival, así como a un funcionario del Instituto Nacional de la Juventud, a fin de que el tema fuera analizado y, obviamente, se tomara nota «de lo que le gustaba a los jóvenes».
La libertad que el régimen echeverrista pretendía aparentar solamente se evidenció en el rígido control que ejercía sobre los medios de difusión. Y Saldaña, quien entonces se caracterizó por ser un comunicador afín al régimen, concluyó simplemente que su programa televisivo de ese día había resultado muy bueno, «tan bueno que había que hacer otro pero ya, mañana mismo».
Entonces se dijeron muchas cosas del festival. Carlos Monsiváis escribió que el festival de Avándaro había sido la primera generación de norteamericanos nacidos en México. Incluso se comentó que Luis de Llano hijo había aceptado organizar el festival a petición del gobierno mexicano, debido al repudio de los jóvenes por la muerte de varios estudiantes el 10 de junio a manos del grupo paramilitar de los halcones.
El caso fue que lo de Avándaro ensanchó la nota roja de la época… No hubo carrera de autos, fue de… ¡motos!, cabeceó la de ocho columnas El Sol de México. Mientras otros diarios titularon sus ediciones con Avándaro, cuna y sepultura de manifestaciones juveniles… O 108,000 jóvenes drogadictos. Hank acusa a los explotadores de la bacanal de Avándaro.
Otros más rubricaron: Reconoce el Procurador que hubo delitos en Avándaro… Los organizadores del Festival de Avándaro serán citados a declarar… La mala organización del evento ocasionó que se cometieran diversos delitos… Basura, ¡Avándaro! ¡Paz y amor! Mari… Mari… Mariguana. Otros encabezados que recuerdo es el que promovió un político que entonces quería ser presidente y no desaprovechaba cualquier situación para hacer declaraciones, Mario Moya Palencia: «Lo sucedido en Avándaro es lamentable; sin embargo, demostró que existe un clima de libertad».
Tampoco olvido aquella cabeza de Una invasión de hippies en Toluca por el Festival de Rock y Ruedas.
El 12 de septiembre, El Universal destacó: «El paroxismo en su máxima expresión», y dio cuenta que el 90 por ciento de los jóvenes, de cien mil estimados, estuvieron intoxicados con mariguana y otras drogas. «En acto irresponsable un hippie motorolo ondeó una bandera mexicana que en lugar de escudo tenía el símbolo de la paz», Según registró el reportero de ese diario, el promedio de edad de los intoxicados fue de diecisiete años.
Por su parte, El Sol de México publicó que más de cien mil jóvenes habían convertido a Avándaro en «el mundo de la nada, donde no existen conceptos morales, ni inhibiciones, ni leyes, ni pudor, sólo lo que lleva al éxtasis, aunque vaya contra todo, como la droga, la música que permite evadirse y la velocidad que enerva…»
El Heraldo de México notició: «En la fiesta del libertinaje se reunieron 200 mil personas, cinco toneladas de basura y ¡¡¡dos toneladas de mariguana!!! Los jóvenes reincidieron en su afán de autodestruirse y agregaron una cuenta a su rosario, ya no sólo podrán platicar que estuvieron en Tlatelolco el 2 de octubre y en Santo Tomás el 10 de junio, sino que vivieron en Avándaro el 11 de septiembre».
Para el enviado de dicho diario el orden prevaleció, «reforzado por el estado de pasividad de los jóvenes debido a la mirada estricta de las autoridades».
Una revista filial de la celebérrima informadora de la nota roja caracterizada por el uso de calificativos como golpeola, violola y matola, de nombre Casos, publicó una edición especial en la que exponía en su portada una «valiente exposición de los hechos que asombraron al país», y preguntaba: «¿Una juventud desorientada o… una generación de padres culpables?»
Con el encabezado «¡Avándaro el infierno!», en letras de sugestivo color amarillo americanista y fotografía de un grupo de macizos aplaudiendo el contoneo cachondo de la güera del camión de mudanzas, la curiosa edición de periodismo sensacionalista de la época correspondiente al 24 de noviembre de 1971, preguntó quiénes eran los culpables «del vicio y degenere».
Desde el punto de vista de los «especialistas» de Casos, la juventud se encontraba ciega y desconocía su rumbo. La muchacha de Avándaro, llamada Macrina supuestamente, según la publicación, se sumó al «contingente insensato que marchaba como en éxodo rumbo a su autodestrucción», la cual ilustraba con la fotografía de una procesión juvenil entre la zona arbolada. «Daba pena ver aquel montón de borregos que obedeciendo al llamado del cencerro, acudían felices a enterrar su honor en el abismo de los vicios», apuntó.
Tercer cuadro. «Los más ridículos atuendos eran empleados por los degenerados jóvenes que asistían a la infernal reunión», señaló, y con fotografías de jóvenes con melena y gafas obscuras, remachó: «Burlando la ley, los organizadores del festival lo habían preparado todo al estilo de otros países… Imperaban las canciones en idioma extranjero, todo importado: degradación, moda, mugre, pelos, degenere…»
El entonces gobernador Hank González cuestionó: «Nos estamos asustando mucho, y con toda la razón del mundo. ¿Y qué debemos hacer? ¿Quedarnos asustados? ¿Qué no debemos reaccionar frente a eso? ¿Qué no es un campanazo que nos han dado?»
¿Qué sucedió realmente en Avándaro hace cuarenta y cuatro años?
Nada… «Nunca se habían portado tan bien y alivianado los chavos del público, la organización también estuvo alivianada, fallas técnicas es lo único que encontré mal, pero en general estuvo de poca», dijo Alejandro Lora.
«Hubo algunos chavos que no agarraron el patín, pero comparados con todos los que sí agarraron la onda, es una cosa mínima. Pienso que sólo critican lo malo, y que dejan a un lado las cosas positivas de la juventud», comentó Gregorio «Popo» Díaz, bajista de Epílogo.
«Avándaro fue la experiencia más emotiva y agradable que nuestra banda haya tenido a lo largo de su existencia», afirmaron los de Peace and Love.
«Estamos en desacuerdo con los chavos azotados que se dedicaron a tirar malas vibraciones durante el festival, sobre todo porque no pusieron la atención debida a los grupos, pero en general el festival de Avándaro estuvo bastante alivianado», aseguraron los de El Ritual.
«La gente que fue a Avándaro no supo apreciar la calidad de los grupos, que siempre estuvieron muy entregado, muy gruesos. A nosotros nos tocó la mala onda de que se fue la luz y la reacción del público fue aventarnos botellazos y demás, pero nosotros no tuvimos la culpa, todos los ‘hippitecas’ que estaban en Avándaro no conocen de música, les falta tener contacto con los músicos de aquí. Probablemente entiendan lo gabacho, pero definitivamente lo de aquí no», manifestó Lalo Toral, organista de Los Yaqui, a Arturo Castelazo poco después de celebrado el festival.
«El público en Avándaro respondió bien a los esfuerzos que nosotros hicimos… En realidad fueron a oír música. En cuanto a la prensa capitalina creo que aumentó mcho las cosas del festival. Hubo muertos, sí, pero cuatro nada más de 200 mil gentes», indicó Ricardo, trompetista de Los Tequila.
Mientras que el articulista del tabloide La edad del rock, Artemio Golden, escribió en la edición del 31 de octubre de 1971 que todo había sido «una trampa perfectamente bien planeada y elaborada». En varios medios se hicieron preguntas como la siguiente: «Por qué no hubo ningún inconveniente para realizar el festival? ¿Por qué para la celebración del mismo, contó con la simpatía y ayuda del gobierno del estado de México? ¿Por qué no hubo ninguna clase de vigilancia para impedir el consumo de drogas? ¿Con cien o 500 elementos de seguridad se hubieran podido contener a 150 mil individuos? ¿Por qué tan buen trato y facilidades a los enviados de los periódicos nacionales? ¿Por qué no hubo transporte de regreso? ¿Por qué tanto escándalo después de terminado?»
Aquella mañana del 12 de septiembre pocos vieron la manta que pendía de unos árboles, justo a la salida del área donde se había llevado a cabo el festival, y en la que se leía: «Juventud castrada, cobarde, Avándaro es para que te sigas idiotizando y enajenando cuanto tu pueblo sufre de hambre e ignorancia».
A cuarenta y cuatro años del Festival de Avándaro la miseria, el hambre y la ignorancia siguen predominando en amplios sectores de la población mexicana. Nada ha cambiado, excepto los políticos que sólo cambian de cargos y curules.
Avándaro fue un festival del que se habló mucho porque confrontó a la sociedad mexicana en cuanto a qué futuro le esperaba a los jóvenes de la época. De hecho, jamás se buscó que cambiara nada. Hasta parece que la mentada transición democrática en México de igual forma fue producto de un alucine como los que se dieron en Avándaro, porque al final de cuentas al gobierno regresaron los de entonces y todo sigue igual o hasta peor.
Los jóvenes son más en número, pero las oportunidades para que estudien y encuentren empleos dignos son muy pocas.
Por lo pronto, festivales como aquel, al aire libre, difícilmente volverán a repetirse en un país convulsionado por tantos problemas como la crisis en la economía y la inseguridad a causa de la guerra del narco, y ante la ineptitud de gobernantes. Avándaro pasó a formar parte de la historia musical del país y prácticamente es desconocido para las nuevas generaciones, pero fue un referente acerca de cómo en un gobierno se decidió compensar a la juventud por haberle ocasionado tanto daño con la represión a sus formas de expresar su inconformidad por el estado de cosas que entonces se vivían.

sábado, 27 de junio de 2015

Rius, mentor a distancia en Los Supermachos y Los Agachados

Para aquel grupo de amigos que desde la escuela secundaria y luego en la preparatoria fuimos infectados por el síndrome de la criticidad, y comenzamos a devorar literalmente todo aquel material de lectura que consideramos digno de leer, las historietas de Los Supermachos y Los Agachados llegaron justo a esa edad cuando a las puertas de la percepción se nos agolparon los temas…

Cartón dedicado a Rius por su autor, el magistral monero
Antonio Rodríguez
Adentrarse a través de las páginas de la historieta de Los Agachados de Rius en un provinciano pueblo como Chayotitlán, que representaba a cualquier comunidad de aquel México postrevolucionario de asfixiante sistema presidencialista de finales de los años sesenta y principios de los setenta, donde los personajes sólo cambiaban de nombre debido a que en todas partes de la geografía nacional había –y sigue habiendo– el edil mezquino y trinquetero del partido oficial de la dictadura perfecta –ahora diversificado en leviatán partidista–, con el soplón del Cambujo y el policía de uniforme y quepí del Bedoyo, siempre en busca de conspiradores con aviesos fines de tumbar del puesto a su jefe, el licenciado Trastupijes, y que creían ver en todos aquellos que leían libros, porque según su limitado entendimiento leer constituía en sí ya un acto de conspiración contra el establishment municipal y el decomiso de libros de Marx, Engels y Lenin la irrefutable prueba de que los sedicentes tenían ideas exóticas y subversivas; con el profesor normalista Gumaro Asecas –así se presentaba–, y su acompañante Nopálzin, quien de tanto ser instruido por aquel solía hacer alarde de que ellos eran la crema y nata intelectual del pueblo; fray Totol, el cura tradicionalista; don Céfiro, o la santurrona Tecla, integrante de una congregación de la vela perpetua, con un marido universitario de nacionalidad alemana, el profesor Hans, sin prescindir del conspicuo orate –que no debe faltar en toda localidad cuyos moradores se precien de tenerla–, Andros, en el cuerpo de Heráclito de Efeso –con sus quince minutos de cuerdo–, contribuyó a que muchos en este país pudiéramos allegarnos los elementos necesarios para asumir una actitud crítica con respecto al régimen político y sus esfuerzos de manipulación y represión para mantener el estado de cosas y relativa paz social que mejor le convenía.
Al menos para aquel grupo de amigos que desde la escuela secundaria y luego en la preparatoria fuimos infectados por el síndrome de la criticidad –como Gustavo Oteo y Jorge Villalobos–, y comenzamos a devorar literalmente todo aquel material de lectura que consideramos digno de leer, las historietas de Los Supermachos –la cual dejó de hacerla por trapacerías del editor– y posteriormente de Los Agachados, llegaron justo a esa edad cuando a las puertas de la percepción se nos agolparon como temas la mediatizada educación formal, las teorías acerca del origen de la vida, de la religiosidad –el concepto de dios, Buda, Mahoma, Jesucristo–, las bellas artes y los sueños libertarios. Rius nos compendió libros y documentó acerca de los próceres y su ejemplo, explicó lo de los villanos de la historia y hasta nos desmenuzó los más añejos y recientes problemas de la humanidad como para entender mejor el devenir de ésta, como fueron la explosión demográfica, la hambruna y el conflicto entre árabes y judíos, entre muchísimos más contenidos.
Rius dejó Los Supermachos, como anoté antes, por trastadas del editor, si mal no recuerdo eso fue antes de llegar al número cien –y en el número 256 pusieron que él había llegado de España entre los 500 niños refugiados junto con Demetrio Gonzáles y Rico Galán, pero él les aclaró a los genios anónimos que no había nacido allá, sino en Zamora, Michoacán–; posteriormente en Los Agachados, que elaboró para Editorial Posada, porque ya se habían apropiado de ellos los de La Editorial Colmenares, creó otros y lo hizo todavía mejor. Al final de la historieta solía incluir la bibliografía del montón de libros, revistas y periódicos que había consultado para elaborar el número.
En la Preparatoria, los amigos que acostumbrábamos vernos en el Parque Morelos de Gómez Palacio, donde disertábamos acerca de lo que sucedía en el país con el charrismo sindical, la lucha de los electricistas de la Tendencia Democrática de Rafael Galván, la represión estudiantil y de trabajadores, el cacique de la localidad, Jesús Ibarra Rayas –quien un día de febrero de 1973, y tras de hora y media de dialogar en su oficina de presidente municipal (donde trató infructuosamente de convencerme para que aceptara una dádiva y dejara de liderar manifestaciones estudiantiles en su contra) reconoció que la democracia en México no existía porque simplemente era una quimera inventada por los del PRI, su partido–, entre otros temas, literalmente absorbíamos como tabiques nuevos todo aquel material impreso que como Los Agachados caía en nuestras manos, porque contribuía de significativa manera a nuestra formación cultural y política. Sólo era cuestión de ir cada catorce días al stand de publicaciones en la plaza de armas –a donde llegaban diariamente los diarios de circulación nacional– para adquirir por un peso con sesenta centavos el nuevo número de la historieta.
Fue Rius aquel mentor a distancia que buscábamos puntuales a través de su historieta, para luego encaminarnos a nuestra ágora de discusión y dialéctica significado en el Parque Morelos, y así acabar de vislumbrar temas en los que muy pocos podían detenerse a explicarnos algunos de quienes fungían como profesores de nuestra educación formal. Y como innovador que fue tuvo imitadores, por lo que hubo historietas que quisieron copiar sin ningún éxito su obra; Los Penitentes, de Francisco Ochoa González (Editores Mexicanos Asociados) fue una de ellas.
En julio de 1975, ya como alumno de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, mi maestro Hugo Gutiérrez Vega, quien impartía la clase de Sociología de la Comunicación en el cuatro semestre de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación, nos encargó una tarea y como uno de los amigos que formaba parte del equipo de trabajo, Luis Arturo Salcedo, vivía en Cuernabaches, como se le conocía a la también llamada «ciudad de la eterna primavera», le pedimos que averiguara dónde vivía Eduardo del Río y concertara una cita.
Una vez que nuestro compañero cumplió con el encargo, Carlos Hamed, César Alberto del Valle, José Alfredo Valle y yo nos fuimos a la Central de Sur en Taxqueña para transportamos a Cuernavaca en un autobús de la línea México-Zacatepec –entonces costaba diez pesos el boleto sencillo–, a fin de estar el día y a la hora convenida con Rius.
Instalados en el jardín de su casa, ubicada en un fraccionamiento de la ciudad, y tras de las presentaciones de cada uno de nosotros, le expliqué el motivo de nuestra visita y con esa cordialidad que siempre lo ha distinguido, aceptó responder todo lo que le fuéramos a preguntar.
¿Cuándo nacen Los Supermachos y cuál es el motivo que lo impulsa a hacer esta historieta?
«El motivo es que me quedé sin trabajo –dijo, y de entrada nos arrancó las primeras carcajadas–, yo había pensado ya de antemano en aprovechar la historieta. Nunca había hecho historieta. Pensé que podría darle la vuelta a la historieta, que había sido hasta ese momento utilizada por las fuerzas vivas –y volvimos a reír–, por el capitalismo, para darle otro enfoque y utilizarla en una forma diferente, y hacer un intento de historieta diferente. Pero primordialmente fue el hambre, yo me quedé sin trabajo y me ofrecieron hacer una historieta y le entré a ver qué pasaba».
¿Cuál debe ser la función esencial del comic?
«Bueno, es la forma de comunicación del siglo veinte, aparte de la televisión; creo que la función del comic es la función de todos los medios de comunicación, instruir un poco, divertir un poco, sobre todo politizar un poco, crear conciencia».
Rius, cuarenta años después de aquella plática en su casa.
Fotografía tomada de El Universal
Con la historieta de Los Agachados utilizó una técnica completamente nueva, la inclusión de largos textos que en veces ocupaban una o varias páginas. ¿Era la intención poner a leer al lector e introducirlo al tema en cuestión para que ya después el continuara por su cuenta?
«Más o menos era la intención en vista de que los libros son un poco inaccesibles a la gente. Anteriormente no tanto por el precio, sino porque la gente le tiene miedo al libro, entonces la idea era interesarla en determinado tema y ver si después se interesaba por la bibliografía y adquiría el libro y ya profundizaba más sobre el tema. Era como la introducción a la lectura».
¿Aparte de abarcar el mercado de papás y mamás es la intención de llegar a los niños con Cucurucho?
«Está difícil –aceptó mientras reía por nuestra pregunta–, también Cucurucho es un intento nuevo de revista infantil y estamos sufriendo los principios de la aceptación o no de la gente, en este medio tan cerrado de un tipo de revista que le dice al niño cosas y lo hace pensar. Estamos realmente viendo a ver qué pasa, todavía no se puede decir que ya pegó la revista o que va a fracasar. A la mejor fracasa, es lo más probable».
¿Esa lucha contra los comics que vienen de afuera a nuestro país no se vuelve también contra la historieta rosa y melodramática como Lágrimas y risas y el edípico Memín Pinguín, o las de ficción a la mexicana como Santo el enmascarado de plata?
«Bueno, sí. No se los pone uno como enemigos a vencer realmente, porque no se puede uno poner, como vulgarmente suele decirse, a las patadas con Sansón. Son gentes, empresas tan poderosas que es difícil plantearse una lucha contra ellos. Simplemente es un aspecto de la lucha el hacer una historieta que no pretende acabar con eso. En una ciudad como la nuestra, el tipo de historieta idiotizante es parte del sistema».
«Si cambiara el sistema entonces sí se podría decir ‘vamos a acabar con esos comics porque ya no deberían de salir’. Pero una revista como la de nosotros no se plantea eso, sino presentar otro aspecto de los comics y que la gente tenga de dónde escoger, que no tenga puras idioteces, puras gringadas, sino que vea también que hay otro tipo de cosas».
Entonces, ¿cómo se puede combatir a esos comics si el comic de vanguardia, el comic culto por llamarlo de alguna manera, tiene todo en contra, principalmente los medios de comunicación, la televisión?
«El principal enemigo de los ‘comics cultos’ son ellos mismos, yo nunca he tratado de hacer un comic culto, sino todo lo contrario. A los intelectuales no les gusta Los Agachados y qué bueno, pero, este, ¿cómo va la cosa? Ya me fui…» –dijo Rius, y tras de nuestras risas retomó el hilo de la conversación–.
«Utilizando la historieta debidamente, si el comic es para el pueblo, no para intelectuales, o sea, que hay que hacer comic para el pueblo, y utilizar a los intelectuales para eso, porque realmente ellos se concretan a saber las cosas y comunicárselas a su círculo de seguidores. Yo creo que deben bajar al pueblo».
«(Carlos) Monsiváis hizo un intento de hacer un comic para el pueblo, pero no pudo escapar de su preparación, entonces resultó un comic intelectual que no leía nadie».
¿Cómo se llamó ese comic?
«Pues ni a presentarse como comic independiente llegó. Hizo unos intentos en la revista Siempre. Era a base de fotografías, como fotonovela, pero era muy intelectual. No sé si se planteó querer llegar ala gente o quedarse en el círculo de sus admiradores».
De la lista de comic extranjeros que se distribuyen en México, ¿cuáles le gustan y recomienda?
«De los comics tradicionales el único que se salva más o menos es La pequeña Lulú, y uno bastante bueno que es Trucutú; pero fuera de eso casi todos son apologías de la violencia y del modo de vida americano. Yo recuerdo aquí algún otro que pueda considerarse como comic…»
¿Charlie Brown?
«Bueno, Charlie Brown sí, pero no es comic, son tiras»…
¿Y Mafalda?
«Mafalda también está entrando y ojala que se popularice porque es un comic que hace pensar. Ojala y le guste al niño mexicano, porque sí es un poco intelectual».
¿Se puede hablar de un comic latinoamericano, de un comic de vanguardia?
«Bueno, todavía no, apenas los latinoamericanos que hemos incursionado en esto hemos sido Quino y yo. Los intentos que se hicieron en Cuba, muy buenos por cierto, apenas están exportando su producción, pero todavía les falta».
¿Cómo Gugulandia?
«Gugulandia no llegó a ser comic, eso era tira cómica. Tira cómica es lo que llamamos nosotros un dibujo que se desarrolla en cuatro o cinco cuadros. Es un chiste prolongado, pero comic es lo que se considera una revista independiente, y en Latinoamérica creo que yo soy el único que ha hecho eso, desgraciadamente –y tras de decir eso soltó una carcajada–».
«Hubo un intento en Chile, no intento, porque sí se llevó a cabo por dos años siguiendo la pauta de Los Agachados, una revista que se llamó La Firme, y también tomaban un problema y lo desarrollaban con caricaturas. Pero ya era un comic apoyado por el gobierno».
Y de los comics mexicanos de cuya lista tiene a Los Superlocos y Los Supersabios, entre otros, para usted ¿cuáles valen la pena?
«La Familia Burrón del maestro Gabriel Vargas, precursora en cierto sentido de hacer un comic mexicano, con nuestras costumbres, con nuestra manera de hablar, nuestra idiosincrasia; pero se quedó desgraciadamente a la mitad, no llegó a ser un comic de crítica, sino un comic reflejo de la sociedad».
Don Gabriel nos dijo que él tenía el tiempo muy limitado como para hacer crítica, que por eso no podía tratar a fondo ciertos temas –glosé entonces.
«Yo me planteé desde un principio utilizar el comic como una forma de decir las cosas y Varguitas no. Según he platicado con él, pues primero estaba limitado por el editor, que era García Valseca, y segundo creo que su extracción, no social sino económica, era muy pobre. Nunca trató de desarrollarse, de cultivarse, pues obviamente el comic refleja lo que es el autor, y Varguitas se quedó en ‘lumpen de lujo’. Porque además él lo reconoce, creo que es su defecto, no tanto la falta de tiempo, sino de preparación».
¿Considera que el comic norteamericano va en decadencia?
«Sí, porque no han surgido cosas nuevas en el comic norteamericano y no se ha renovado obviamente, se ha quedado mucho en lo que les ha dado dinero, porque allá lo que se mueve y lo que mueve todo es el dinero. Entonces, el editor busca novedades dentro de lo que le va a dar dinero; o sea, el tipo de comic que tratamos de hacer en Latinoamérica no tenía futuro mientras no se hiciera fuera de los canales normales de visión y distribución. O sea, sólo comic underground puede darse en Estados Unidos. Se ha hecho mucho, pero también ha faltado ahí una dirección ideológica, y se han concretado a hacer comics predicando la libertad de drogas, la libertad de sexo y cosas así, pero públicamente se han quedado muy atrás».
¿Por qué dejó de hacer Los Agachados?
«Yo llevo doce años de hacer historieta y como nunca he podido hacer un equipo como Gabriel Vargas, entonces prácticamente era un trabajo personal, muy agotador, y el tipo de historieta en que tiene uno que documentarse, llegar a una tesis, sacar conclusiones y presentar cosas muy novedosas es muy pesado. Llega un momento en que la rutina se apropia de uno y va mermando la salud, las ganas de trabajar. Se aburre uno de hacer lo mismo siempre, siempre. Hay que buscarle variaciones al trabajo para descansar un poco».
¿Entonces a qué viene eso de la Tribu Rius si no tiene equipo de trabajo?
«La Tribu Rius éramos mi esposa Raquel, la niña que yo le puse el sonido, porque como cuando estaba muy chiquita y la tenía junto en la cuna, ella estaba chille y chille y yo dibujando».
¿No ha tenido problemas con el gobierno?
«¿Con cuál de todos?»
Fundamentalmente con el de Gustavo Díaz Ordaz.
«Bueno, con el ínclito de Díaz Ordaz sí tuve muchos problemas, de todo tipo, desde retiro del papel, asalto de imprenta, secuestros golpes…»
¿Considera que la vida privada está desligada de la vida pública?
«Depende de la vida privada de quién, porque si es un hombre público es obvio que no puede tener vida privada, aunque quiera sustraerse a todo eso, su vida pertenece al pueblo que lo eligió. Entonces, el pueblo tiene derecho a cuestionar su vida privada, o saberse si no responde a lo que oficialmente se dice que es».
Una vez terminada la entrevista colectiva con Rius, le preguntamos si había ido a la Universidad invitado por alguien a platicar con la comunidad de Ciencias Políticas, por ejemplo, o alguna otra, y dijo que no, que todavía nadie hacía eso. Inmediatamente le hicimos formal invitación para que nos visitara el día que él dijera y aceptó gustoso. Fue así como llevamos a Eduardo del Río por primera vez a la UNAM para que le platicara a los estudiantes de la Facultad su labor como historietista y respondiera las preguntas que le formularan.
Su primera visita a la máxima casa de estudios fue de significativa importancia para Rius; poco después regresaría a la Universidad para impartir otra charla, pero ya invitado por la UNAM, y la academia acabó por reconocerlo como uno de los más importantes historietistas del país.
Para quien tenga interés en saber qué sucede con el maestro Rius, se puede remitir a:
http://rius.com.mx/rius/

martes, 16 de junio de 2015

Los Burrón y Gabriel Vargas en el edificio del coronel José García Valseca

«Creo que en todas las sociedades religiosas hay tipos que nacen doblados, ya nadie los levanta, pero aun así en el más pobre hay cierta fuerza que trata de levantarlos, para salir del medio donde viven».
Gabriel Vargas

Gabriel Vargas
Una mañana de octubre de 1974 conocí al historietista mexicano Gabriel Vargas Bernal (Tulancingo, Hidalgo, cinco de febrero de 1915–Ciudad de México, 25 de mayo 2010), creador de la historieta La familia Burrón, una de las referencias más importantes de la cultura popular del país. Hasta el edificio de la entonces Organización García Valseca, en las calles de Serapio Rendón, Colonia San Rafael, llegamos un grupo de estudiantes de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la UNAM, donde solicitamos entrevistarnos con él y, para sorpresa nuestra, don Gabriel, quien para entonces ya tenía sesenta y cuatro años de edad, aceptó recibirnos de inmediato a pesar de que no habíamos concertado ninguna cita previa.
En aquel tiempo don Gabriel publicaba en el El Sol de México su célebre historieta por entregas y, desde un principio, pudimos ver que era uno de los consentidos de la empresa periodística, debido a que contaba con un área reservada para él y sus colaboradores (entre los que estuvo el reconocido monero Raúl Moyssén, el más destacado de los alumnos de Vargas, y a quien muchos años después tuve la oportunidad de departir el pan y la sal y, por supuesto, la salud con él).
Le dijimos que habíamos acudido ante él en primer lugar para conocer a la celebridad que era y, después, para cumplir con la tarea encomendada por el profesor Hugo del Río Reynaga, titular de la materia Redacción Periodística II. El historietista nos platicó muy complaciente cómo a los siete años y tras de quedarse huérfano de madre, tuvo que acompañarla, junto con once hermanos, a vivir a la Ciudad de México.
«Tuve que trabajar desde muy pequeño –dijo–, pero como me gustaba dibujar, un tío vio que era muy bueno y me llevó con un conocido al Excélsior como dibujante, apenas tenía trece años, por lo que mi madre, que en un principio se puso renuente, aceptó firmar un papel por el que me daba permiso, y así fue como empecé a contribuir con algo de dinero para el sustento familiar».
Luego de dedicarse a ilustrar algunos de los suplementos del diario, a los dieciséis años decidió participar en el concurso de dibujo que convocaba el coronel José García Valseca, por lo que al ganarlo también pasó a ocupar el cargo de jefe del Departamento de Dibujo. Fue ahí donde tras de crear Los Superlocos en el año de 1937, un año después dio vida a La familia Burrón, la cual haría hasta 2009, y que incluyó a los célebres personajes de Regino Burrón, Borola Tacuche y sus dos hijos adolescentes.
Una historieta que a mis cinco años de edad me fue prohibido leerla por mi madre, con el argumento de que no era apta para niños, a pesar de que a unos cuantos pasos de la casa donde vivíamos en Calle Escobedo casi esquina con Avenida Allende, en Gómez Palacio, Durango, se encontraba el más surtido puesto de publicaciones periódicas que seguramente me marcó por el resto de mis días.
No fue sino hasta siete años más tarde, cuando ya vivíamos en Avenida Trujano, frente al Parque Morelos, que pude comenzar a leer La familia Burrón, aprovechando mis visitas a la peluquería del «Chiluco», en la esquina de las calles de Juárez y Aldama, donde luego de que me había cortado el cabello solía arrellanarme en una de las confortables sillas que tenía para que los clientes esperaran su turno, y devoraba los ejemplares que me había perdido entre una visita y otra.
Así que conocer a don Gabriel al menos para mí significó todo un acontecimiento.
Esa mañana, con esa bonachona actitud se puso a escuchar las preguntas que le formulamos Luis Arturo, Carlos, José Alfredo, César Alberto y yo:
—En 1938 usted publica la revista Don Jilemón y Cuataneta, ¿esto le sirve para crear después a La familia Burrón?, pregunté.
—Pues sí –respondió–. Fue una apuesta con un amigo. Escribía yo Jilemón Metralla y él me dijo: ¿A que no haces la confrontación entre un hombre y una mujer? En lugar de ser hombre que sea mujer, a ver si tienen el mismo resultado…
Éste señor fue Fernando Ferray, iniciador de una novela cubana muy famosa llamada «Anita de Montemar». La apuesta fue de diez mil pesos, mucho dinero en aquella época. Esa mujer fue Borolas y La familia Burrón tuvo un arraigo tremendo entre la gente, como lo tuvo Don Jilemón y Cuataneta.
—¿La familia Burrón está dirigida a un sector específico de nuestra sociedad?, preguntamos.
—Puede decirse que sí, a una clase media baja, no muy elevada. Ellos, don Regino y Borolas, viven en una vecindad donde no brilla el dinero, y casi todas las historietas van dirigidas a ese tipo de gente que busca cierto tipo de divertimento.
—¿La familia Burrón promueve el conformismo entre ese sector de la sociedad?
—No sé hasta dónde pueda usarse ese término –señaló–, porque yo creo que en todas las sociedades religiosas hay tipos que nacen doblados, ya nadie los levanta, pero aun así en el más pobre hay cierta fuerza que trata de levantarlos, para salir del medio donde viven.
—¿Es La familia Burrón reforzadora de los patrones de conducta de la sociedad mexicana?
—No, porque su circulación no es tan decisiva para que pudieran tomar modelo de ella. La circulación es de ciento y tantos mil ejemplares, por mucho que la lean tres o cuatro personas, son cuatrocientos o quinientos mil ejemplares. Pero para nuestra República, que ya tiene cincuenta millones de habitantes, eso es una gotita de agua en la inmensidad del mar. Necesitaría tirar millones para que pudiese tener verdadera influencia, y sólo es un sector de la gente que le gusta, la compra y la lee.
—¿Por qué aceptó que La familia Burrón fuera adaptada a la televisión?
—Más bien ellos me instaron a mí, no yo los insté a ellos. Me invitaron y nunca quise, porque la cosa gráfica, creo yo, difiere mucho del movimiento de la pantalla.
¿Se debe entonces el fracaso de La familia Burrón en la televisión a que fue despojada del argumento que contiene esa crítica social?
—Eso fue, no encontraron el medio, porque yo ni realicé los argumentos. Me negué a hacerlos ya que si aquí uno ha tenido más o menos éxito, en la televisión es un fracaso. Porque va uno de aprendiz a un sistema que les completamente desconocido.
¿Piensa continuar adelante con la historieta?
—Hasta donde nos dé para comer, mientras sigamos sin ningún tropiezo… Hacemos que la revista no sea ofensiva para nadie, no sé si se habrán fijado en ello.
—¿Ha tenido usted algún tipo de restricción a su labor por parte del gobierno?
—No, y menos yo. Rius sí las ha tenido pues se ha metido muy duro en la política. Así estuvo con Díaz Ordaz hasta que lo agarraron en la calle y lo golpearon. Pero es que él, teniendo conocimiento de las cosas que competen a la vida privada, se metió con Díaz Ordaz. Y yo creo que ahí a cualquiera le duele, pues mientras no se profundizó en su vida privada a Rius no le pasó nada.
—¿Y qué opinión tiene usted del régimen de Gustavo Díaz Ordaz?
Estoy muy alejado de la política. A mi pregúnteme de cómics y le respondo.
Al término de la entrevista don Gabriel nos presentó a sus colaboradores y nos explicó a detalle la labor que cada uno tenía para la elaboración de La familia Burrón. Fue una mañana que nunca más olvidamos, al grado de que guardé con tanto celo el texto de mi tarea escolar que hace apenas unos días encontré por azar entre el montón de papeles de mi biblioteca, así que decidí subirla a este Cronicario.