lunes, 20 de octubre de 2014

Transformación de las fiestas tradicionales

Texto leído en el Tercer Encuentro de Cronistas de Milpa Alta, «Entre bosques, milpas y chinampas», el sábado cuatro de mayo de 2013, en el ex Convento de San Pedro Atocpan.
Sergio Rojas y enseguida el cronista anfitrión de San Pedro Atocpan, profesor
Saúl Ríos Flores. Fotografía Hugo Pineda (Grupo Cuitlahuac--Ticic)
Aun cuando nos encontramos en el siglo veintiuno y la era del Internet con la Revolución Industrial ha transformado las relaciones sociales, la delegación Tláhuac mantiene aún su fisonomía rural, a pesar de que ya se le considera totalmente urbana, como por ejemplo la cataloga Valentín Ibarra (en su texto «Delegación Tláhuac», en Gustavo Garza, coordinador, La ciudad de México en el fin del segundo milenio, México, El Colegio de México), y sus siete pueblos tradicionales preservan todavía un poco de la originalidad que de unos años a la fecha se les confiere en el discurso político en boga de los entes gubernativos del Distrito Federal.
Pueblos originarios en los que la Iglesia Católica, para lograr una conversión pacífica, sustituyó muchas de las tradiciones y fiestas religiosas indígenas. Fiestas que se celebraban en cada mes, y cuya mayoría coincide con las que se siguen realizando, sobre todo en los pueblos que ya existían a la llegada de los españoles, por lo que la mayoría coincide con las que se siguen realizando en los ahora llamados pueblos originarios, término que según me dijo el anterior delegado de Milpa Alta, él había inventado.
Y solamente con pretensiones de ponerme a la altura de quienes sí desempeñan con creces el oficio de investigar los pormenores del pasado, desde la visión del cronista o, de manera más acuciosa, del historiador, me referiré a tres de esas fiestas que los españoles aprovecharon para perpetuar su religión. Una es la denominada Atlacahualo o Quiauitleoa, que al decir de Esteban Chavarría se traduce como «dejan las aguas» o «se van las aguas».
Su correspondencia con el calendario gregoriano (del dos al 21 de febrero), consiste en que el primer día de este mes, cada 52 años, se realizaba la ceremonia de la renovación del fuego o encendido del fuego nuevo, y en los años ordinarios el primer día se realizaba una fiesta en honor del dios de la lluvia, Tlaloc, y de su hermana Chalchiutlicue.
Esta fiesta es la que se sigue realizando en Santiago Zapotitlán, llamado así porque los frailes antepusieron nombres de santos al original del pueblo. Así también antepusieron el día de la Candelaria, que se celebra precisamente el dos de febrero, fecha de la presentación de Jesús al templo y la bendición de las candelas y de las semillas. Después cambiaron la festividad al cuatro de febrero, cuando se festeja el día del Señor de la Misericordia, que no coincide con el Cristo en el altar de la iglesia de Zapotitlán, como tampoco coincide la fecha, ya que no aparece en el santoral del calendario de Galván. Y finalmente con San Felipe de Jesús que se celebra el cinco de febrero, pero que tampoco coincide con el Cristo (hasta antes de los años treinta en que se demolió la iglesia antigua, sí existía San Felipe de Jesús el santo joven, y sí se festejaba en esa fecha).
Luego tenemos la uey tecutli, «gran fiesta de señores» (22 de junio al 11 de julio), fiesta que se hacía en Cuitlahuac en honor de la diosa Xilonen, de xilotl, mazorca tierna, y nenetl, niña; ocho días se bailaba y en el último que corresponde al 29 de junio, se daba de comer a quien quisiera, chiampinolli, chilatolli, elotes y tamales.
 De acuerdo con Esteban Chavarría, al atardecer iniciaba el baile con hombres y mujeres ricamente vestidos, que tomados de las manos o de la cintura hacían rítmicas evoluciones. Actualmente la fiesta se sigue haciendo en honor de San Pedro Apóstol.
Otra más es la fiesta de Tlaxochimaco, «Ofrenda de flores» (del 12 al 31 de julio). Fiesta en honor de Huitzilopochtli al que le ofrecían gran cantidad y variedad de flores. En todas las casas se preparaba mole con guajolote, venado o tepezcuintle acompañado con tamales de maíz, frijol y agua de chía o pulque para los adultos. Huitzilopochtli fue sustituido por Santiago Matamoros, en Santiago Zapotitlán.
Sin embargo, conforme la incontrolable expansión de la mancha urbana que en la delegación Tláhuac comenzó a desbordarse (a partir de la década de los años cincuenta) por sobre la Sierra de Santa Catarina y el suelo de conservación, así como por la zona chinampera y tierras ejidales, estas fiestas también fueron deformándose en cuanto a su organización y celebración.
En San Pedro Tláhuac, por ejemplo, a partir de la gestión de José Díaz como delegado, los denominados «comisionados de barrios y colonias» conformaron lo que en la actualidad es una asociación que medra con la tradición de las festividades patronales. Se trata de poco más de cuarenta individuos que durante el año se la pasan cobrando cuotas a los habitantes de los barrios y colonias, las cuales podríamos catalogar como de cobros por «derecho de piso», igual a como lo hacen las bandas de sicarios en buena parte del territorio nacional, y más recientemente en Chalco y municipios metropolitanos del estado de México, sin ninguna representatividad jurídica y, mucho menos, sin reportar al fisco lo que obtienen al año.
¿Por qué digo esto? Porque la tradición de las festividades patronales en la mayoría de los pueblos de la delegación Tláhuac, se ha corrompido debido al contubernio de las autoridades que solapan, consienten y utilizan como carne de cañón de sus intereses políticos. No puede ser posible que estos sujetos que se autodenominan como «comisionados» (y a los que reiteradamente califico como «comisiogánsters») sean los dueños de los panteones de los pueblos de San Pedro Tláhuac, San Francisco Tlaltenco y Santiago Zapotitlán, los que deciden quién sí y quién no puede ser sepultado, conforme a la comprobación que deben hacer los correspondientes familiares del difunto, de los cupones que ellos expiden.
Cupones que solamente les sirven como pretexto para cobrar hasta 25 o 30 mil pesos a quienes quieren sepultar en el camposanto del pueblo a su familiar y no lograron comprobar que han cotizado a la bolsa de los «comisiogánsters».
Medran con las cuotas que literalmente obtienen mediante la coerción y el chantaje, porque al final de cuentas la que termina pagando la festividad de que se trate es la administración delegacional. Por si no fuera suficiente, en la Feria de San Pedro Tláhuac, la cual está próxima, la delegación se encarga de montar los stands, de pagar los grupos musicales y de secuestrar literalmente el centro de la población por prácticamente veinte o más días (a diferencia de los tres o cuatro días que antaño tenían de duración dichas festividades). Mientras que los «comisiogánsters» cobran muy caro el precio por metro cuadrado a quien quiera poner un negocio ahí. Además, a los dueños de los llamados juegos mecánicos les cobran de 400 a 600 mil pesos por permitirles que se instalen en las calles del centro.
Se suponía, porque al menos así se había establecido en el pasado, que las ganancias obtenidas por la comisión organizadora de las festividades patronales, irían a parar a la parroquia de San Pedro Tláhuac para diversas restauraciones. Pero tiene años que las instalaciones de la iglesia no han recibido ninguna manita de gato. Entonces, ¿a dónde van a parar las ganancias?
Efectivamente, piensen mal y acertarán…
Son pues estos dizque «comisionados» de barrios y colonias, los verdaderos dueños de los pueblos, para lo cual argumentan falazmente que han sido «elegidos» por la voluntad popular. En realidad, se trata de mafias de logreros oportunistas que al más puro estilo de una secta oscurantista, entre ellos determinan quién puede agregárseles o ser excluido. Operan con toda impunidad y disponen de los espacios públicos a su arbitrio, para conseguir dinero de hasta debajo de las piedras si pueden.
Por todo lo anterior es que las tradiciones en la mayoría de los pueblos de la delegación Tláhuac ya no son lo que fueron. Con la expansión de la mancha urbana, el arribismo político de las autoridades delegacionales y la paulatina pérdida de valores sociales, las comunidades han sido secuestradas por este tipo de «comsiogánsters», quienes literalmente han establecido una especie de «sicariatos» en los que aquellos medran con la tradición y el sufrimiento de dolientes y vecinos, debido a que por más de veinte días el centro de San Pedro Tláhuac, además de ser intransitable, no sólo se convierte en la cantina más grande del Distrito Federal, sino en el sanitario público más patético de la llamada originalidad.
Otro caso que exhibe la ingobernabilidad en la delegación Tláhuac es el de las festividades con motivo de los carnavales en San Francisco Tlaltenco, donde los líderes de cada comparsa reciben anualmente una cantidad de dinero por parte de la delegación, con el pretexto de fomentar las tradiciones. Sin embargo, de mucha fama es el desquiciamiento vial que estos ocasionan durante más de dos meses (sábados, domingos y lunes) sobre la Avenida Tláhuac, ante la exasperante complicidad de la autoridad delegacional.
Carnavales en los que, según dicen los propios organizadores, «si no hay un muerto no tuvo éxito», debido a la inveterada costumbre de algunos de los que se visten de charros por disparar al aire armas de fuego, lo que ha ocasionado docenas de muertos las últimas dos décadas. Independientemente de que los líderes de las comparsas aprovechan la ocasión para abrir sus tiendas de disfraces y justificar con facturas alteradas (por supuesto) las cantidades que les entrega la delegación.
Esto es, pues, a grandes rasgos, el panorama actual de las distorsionadas festividades en la delegación Tláhuac, donde la autoridad aprovecha la situación para tener en los «comsiogánsters» aplaudidores de planta. Muchas gracias.

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