martes, 21 de octubre de 2014

«Crónicas de un lago y una ciudad» en la revista Nosotros

Texto leído en la presentación del libro Crónicas de un lago y una ciudad, de Jaime Noyola Rocha, en el DIF Municipal de Valle de Chalco, México, el 14 de diciembre de 2012.

En la presidencia de la mesa el arqueólogo Jaime Noyola y la señora Luz Barrón.
Fotografías Lorenzo Palacios
Jaime Noyola Rocha es un escritor empedernido que torció por la crónica para beneplácito de ávidos lectores que buscan dar sustento y cauce a su identidad cultural. Sobre todo de acuciosos lectores de lo que ahora es el boyante y venturoso municipio 122 de Valle de Chalco Solidaridad —con 18 años de vida institucional—, porque además de la compilación e investigación para elaborar la correspondiente monografía que elaboró nuestro prolífico autor en 1999 —página 32 de la revista Nosotros número 20, «Valle de Chalco de plácemes con su Monografía Municipal»—,también se ha dedicado a recopilar cuentos, mitos y leyendas, lo que si no ha hecho para crispar al más templado lector, sí ha contribuido de significativa manera a nutrir la vena discursiva de quienes pueblan tan ancestral lugar.
Porque según refiere el conspicuo cronista del acontecer municipal en Crónicas de un lago y una ciudad, Hernán Cortés se quedó pasmado cuando pasó por Xico en 1520, describiéndola como la ciudad más hermosa, aunque pequeña, de las que hasta ese momento había visto —y suponemos que ya había visto bastante puesto que venía desde las costas del Golfo de México con rumbo a Tenochtitlan—, con sus casas y torres bien labradas y «toda armada sobre el agua».
Imposible no recrear en la imaginación cómo fue la vida en el Lago de Chalco antes de que fuera desecado hace más de una centuria, si —de nueva cuenta— Cortés describió huertas labradas con cañas, detrás de las cuales había arboledas y hierbas olorosas, y «dentro del agua mucho pescado y muchas aves, así como lavancos y zarzetas y otros géneros de aves de agua, tantas que muchas veces casi cubren el agua»… Por lo que Jaime Noyola ya se preguntaba en marzo de 2000: ¿Qué se podía hacer para restaurar parte del ecosistema lacustre, en aras de la mejoría ambiental, la biodiversidad y el desarrollo económico de los posesionarios de las áreas baldías?
El primer artículo de Jaime que en mayo de 1999 llegó a mis manos para ser publicado al siguiente mes en la revista Nosotros –número 17, correspondiente a junio– fue titulado como «Xico, vicisitudes históricas de un nombre que se niega a morir» –el cual no fue incluido en el libro que hoy presentamos–, y que entonces me pareció de gran interés, por lo que decidimos poner en la portada una antigua fotografía del siglo 19 del hermoso edificio de la hacienda de Xico, la cual había sido publicada en la Gaceta Municipal de Valle de Chalco de junio de 1996. Artículo en el que el arqueólogo Noyola Rocha refiere que Xico o Xicco fue mencionado en los siglos XVI y XVII por los cronistas indígenas Ixtlilxóchitl y Chimalpahin; el primero al recoger la tradición oral que ubicaba a dicho lugar desde el siglo X después de Cristo, y el segundo al recoger varios acontecimientos históricos ocurridos entre los siglos XIII y XV –también después de Cristo–.
El texto de Jaime Noyola fue muy comentado por los lectores de la revista Nosotros, sobe todo quienes viven en delegaciones como Tláhuac, Xochimilco y Milpa Alta, debido a encontrarse en una región donde las limitaciones territoriales pasan a segundo término. Así fue posible para muchos saber que Cortés construyó en Xico una casa de campo y una capilla dedicada a su hijo Martín, y como el rey Carlos V le había conferido en julio de 1529 el título de Marqués del Valle de Oaxaca, hoy en día se conoce al Cerro de Xico como Cerro del Marqués.
Fue así como alrededor de la casa de campo de Cortés se formó un pequeño pueblo denominado San Martín Xico, como apunta Jaime Noyola en su texto, en el que retrata que en 1980 el empresario Íñigo Noriega compró el Rancho de Xico, y para octubre de 1985 ya lo había desecado con la anuencia de Porfirio Díaz.
En agosto de 2001 otra colaboración del arqueólogo Noyola para la revista Nosotros, «El Valle de Chalco imaginario», me llamó de sobremanera la atención debido a que el antiguo Xico, además de ser un lugar histórico que ya había sido alcanzado por la mancha urbana —lo cual podía constatarse desde la autopista a Puebla o por la carretera que va de Tláhuac a Chalco—, era un sitio donde confluían migrantes tanto de la geografía nacional como centroamericana, porque cada familia traía junto con sus pertenencias en la maleta y los sabores de su recetario gastronómico de origen, las narraciones de sus ancestros con respecto a pasajes que en ocasiones rayaban en lo sobrenatural.
Si bien es cierto que a través de los siglos los hombres han preferido construir sus ciudades al pie de grandes cerros —o montañas— desde las cuales puedan regodearse contemplándolas, también es cierto que toda urbe que se precie de serla debe haber sido provista por sus oradores del caudal de cuentos y leyendas que contribuyen a fomentar la comunicación entre quienes integran, y de manera cotidiana, perfilan a su comunidad.
¿Qué pueblo no tiene entre sus leyendas un jinete sin cabeza montado en corcel negro, una llorona de lúgubre aspecto o un perro acechante a mitad de la noche con el hocico espumeante?
Creencias asociadas a la historia del hombre cuyas representaciones han tenido también una connotación religiosa, por aquello de que un alma en pena es porque busca una misa para su descanso eterno. Historias al fin, que no por sueltas deben quedar dispersas, y que concurrieron en Valle de Chalco traídas con esa diversidad cltural de sus pobladores, para revitalizar su convivencia con amenas tertulias entre vecinos, amigos y familiares, y ser registradas por un arqueólogo que hurga también en el imaginario colectivo con el propósito de dejar testimonio de la mitología vallechalquense tanto a propios como invitados.
Un artículo más de Jaime Noyola publicado en la revista Nosotros y que no fue incluido en el libro Crónicas de un lago y una ciudad –desconozco si forma parte de otra antología–, fue el titulado «Los mil y un guisos de la cocina vallechalquense», en el que describió con su característico estilo la diversidad de una cocina accidentalmente formada con los aportes de inmigrantes de todo el país.
Previo a la presentación de los libros editados durante la administración del edil
Luis Enrique Martínez Ventura se realizó ceremonia prehispánica
Y es que las tradiciones se mezclan en Valle de Chalco, por lo que es posible encontrar desayunos con atoles de masa de maíz, arroz con leche y champurrados, acompañados de tamales, bien sean estos de hoja de maíz, o oaxaqueños y veracruzanos con hoja de plátano, con gran variedad de guisos que incluye el caldo blanco con retazo de res, la pancita, el pozole en el estilo de su preferencia, el caldo tlalpeño, el chilate, el caldo de camarón y el de pescado. Sin olvidar la barbacoa ni las carnitas, el puerco con guaje o los guisos con salsa de xoconostle, la cochinita pibil y el pipián, entre muchos otros.
Con esto busco mostrar que las colaboraciones del arqueólogo en Nosotros no fueron todas las que aparecen incluidas en el volumen que ahora presentamos, sino que su prolífica labor de cronista municipal es mucho más de lo que uno podría suponer. Cual incansable investigador y recopilador de testimonios orales y patrimoniales que es, y como queda plasmado en el más reciente libro.
Nadie mejor que él para combinar el papel de servidor público con el de investigador y cronista. Porque como colaborador en las dos administraciones de Luis Enrique Martínez Ventura como presidente municipal, planeó las acciones que debía cumplir, ciertamente, pero ejecutadas y supervisadas por él mismo con ese rigor de científico social que tiene, y que aunado a su bonhomía, afabilidad y nobleza de carácter, derivado de su origen norteño, los pobladores le abrieron las puertas para facilitarle su trabajo.
Es así como ha plasmado en su obra escrita los orígenes sociales y ha con tribuido a la conformación de la identidad municipal de los vachechalquenses.
Como cronista municipal deja significativos resultados, como es el número de libros que fueron publicados, además de que ha sembrado la semilla de la escritura y la investigación en potenciales nuevos cronistas.
Por todo eso y, sobre todo, por la presentación de Crónicas de un lago y una ciudad, muchas felicidades Jaime, y muchas felicidades a los habitantes de este dinámico municipio.

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