sábado, 27 de septiembre de 2014

Primer libro publicado por la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña

Texto leído en la presentación del libro Cuautzapotitlan, entre los árboles de Zapote, el viernes 26 de septiembre de 2014 en el Centro Cultural Zapotitlán.
Óleo de Esteban Chavarría Salas
Hace algunos años nos dimos a la tarea de formalizar la serie de apoyos que para cuestiones culturales, significadas en proyectos y acciones que —de manera individual o de agrupaciones le presentaban diversos creadores o promotores de las tradiciones de los pueblos de la región— destinaba el señor Alejandro Durán Raña, destacado personaje de la comunidad de la delegación Tláhuac, mediante el proyecto que significó la conformación de la Fundación que lleva su nombre.
Al menos la historia de los últimos 40 años de Tláhuac registra la incansable y perseverante labor de este hombre que con espíritu samaritano ha dejado su huella en el patronato de la entonces Feria Regional de San Pedro Tláhuac, con constantes obras de restauración y conservación del patrimonio arquitectónico y artístico del ex convento y la parroquia, lo que en el lapso en que fungió como presidente del comité organizador colocó a Tláhuac en la geografía nacional por la calidad de espectáculos y contenidos familiares con que contó la festividad, mucho antes de que por la degradación política y la depauperación de los asuntos de gobernanza en la Ciudad de México, nuestra delegación se volviera sinónimo de nota roja en los medios de comunicación.
Sin embargo, lejos del oportunismo político que ha caracterizado a muchos advenedizos, que para saciar sus apetencias se inventan sus propias fundaciones a fin de encubrir su piel de depredadores sociales, la presencia de Alejandro Durán en la delegación se ha distinguido por su labor altruista y su significativo liderazgo de gran convocatoria, y como fehaciente testimonio está su huella en el Centro de Rehabilitación y Terapia de San Juan Ixtayopan, o en la Casa Hogar de las Niñas de Tláhuac, noble institución de la que fue cofundador y dirige desde hace un cuarto de siglo; a la par de que por su actitud emprendedora ha revitalizado el sector turístico de la delegación con la apertura de fuentes de empleo, a través de diversas empresas, y con su entusiasta participación y liderazgo ha dado definitivo impulso a la más mexicana de las tradiciones que es la charrería, sin pasar por alto una de sus más excelsas virtudes significada en la de ser egregio hacedor de amigos. Y es así como todo esto apenas es una parte de lo dio sustento a la idea de integrar esta Fundación.
Sergio Rojas, Alejandro Durán, Esteban Chavarría y Sofía Ruiz Morales
Fotografías de Hugo Pineda (Grupo Cultural Cuitlahuac-Ticic)
Y por lo que corresponde a la obra que hoy presentamos, constituye el primer volumen con el que la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña da inicio a la conformación de su fondo editorial, cuyo objetivo primordial, además de apoyar el trabajo de investigación y quehacer educativo de quienes se dedican al escudriñamiento y difusión de aspectos históricos o concernientes a las costumbres y tradiciones de sus comunidades, tiene como objetivo poner a disposición de ávidos lectores los elementos que permitan sopesar y valorar sustentos históricos y actuales que delinean la identidad cultural.
En ella, Esteban Chavarría Salas, ingeniero por la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque con gran vocación por las humanidades y, en especial, por su interés en la historia de su población natal, Zapotitlán, se refiere a su querido pueblo que aquí ha estado desde hace 575 años, algo que la historia de México pocas veces menciona y cuando lo hace es de una manera imprecisa, vaga o incorrecta, como apunta en la introducción.
De ahí que durante más de 50 años haya indagado en diversas fuentes para encontrar el origen de Zapotitlán, del significado de su nombre, de su gente, de sus construcciones, de sus fiestas, leyendas, costumbres, lenguajes, dichos, refranes y comidas.
En primera fila el cronista de Tláhuac José Eduardo López Bosch, quien formula una
pregunta al autor del libro; flanqueado por el historiador Baruc Martínez Díaz y la
perodista Marlene Arenas
Pero también, percatarse de la incomprensión de los mexicanos en general por el lenguaje náhuatl y la corrupción de su manejo. Por lo que en el primer capítulo del libro, Esteban Chavarría ofrece su versión de cómo y cuándo nació México. Se refiere a sus mares, montañas y volcanes, respetando y buscando el significado correcto de sus nombres en nahuas, para facilitar tanto en niños como adultos, la comprensión de su lengua a fin de crear en su mente la maravillosa historia de nuestro país, lo mismo que a nosotros los adultos.
Posteriormente se refiere brevemente a las migraciones de los grupos que antecedieron al pueblo de Cuautzapotitlan, hasta llegar al antes y después de su fundación.
Lleva al lector por lo que llama mundo precuauh-temocniano, el tributo que pagaron como pueblo, y describe el paisaje y la estructura social que supone existió en ese tiempo. Llega a la época de la Colonia de la que resalta el hecho de que, lejos de lamentarnos y vernos como una raza derrotada, nos convertimos en una raza conquistadora por la sencilla razón de que mantuvimos nuestra cultura náhuatl y aprendimos, mejoramos y exportamos una nueva.
Vista general del público que llenó el auditorio del Centro Cultural Zapotitlán
En esa figurativa navegación a través de las páginas del libro, por los colosales lagos del altiplano central de entonces, a través de la narrativa matizada por ese estilo literario que se acerca más a la novela que a la historia academicista, cual pertinaz trajinero que a cada brazada nos descubre una nueva historia, Esteban aborda el siglo de la Independencia haciendo notar que para Zapotitlán ese suceso no cambió en nada la pobre situación que vivían. Al contrario, se perdió gran parte de las tierras con las Leyes de Reforma y la confiscación de bienes comunales.
Y con el vigor que lo caracteriza, con esa lucidez que parece apoyarse en la testarudez que templó su carácter desde sus días como universitario cuando empezó a incursionar en la política y había que defender la identidad nacional, el autor relata a continuación la época de la dictadura y la consiguiente Revolución, donde pobladores de Zapotitlán participaron resueltos en la línea de fuego del zapatismo contra huertistas y carrancistas, y sobre todo el día en que Emiliano Zapata derrotó a los federales, el 25 de julio de 1914.
Finalmente, describe la vida cotidiana con sus pausados cambios, porque desde entonces la cotidianidad en la región de Tláhuac ha sido parsimoniosa. Da cuenta del ferrocarril, de la desecación del lago, la energía eléctrica, el automóvil, el ejido, la nueva iglesia, la primera escuela, el campo deportivo, los equipos de futbol, el carnaval, las comparsas, los personajes distinguidos (supongo que se refiere a los insignes y más conocidos); pero sobre todo, se atreve a enumerar las virtudes y los errores de los zapotecos. Aborda también la pérdida de la identidad de los habitantes como pueblo provinciano, el adiós a la agricultura, y la explosión de la mancha urbana con la llegada del Sistema de Transporte Colectivo Metro.
Al término de la presentación del libro Cuautzapotitlan, entre los árboles de zapote
Concluye con el diagnóstico de lo que deben hacer para corregir algunas equivocaciones, a fin de poder sobrevivir con la nueva situación a la que los enfrenta el Metro con su llegada.
Esta es, en resumidas cuentas, la descripción que Esteban Chavarría hace de su pueblo y de sus alrededores; y para concluir me voy a permitir dar lectura a un breve pasaje del libro, que se refiere al diálogo que sostienen Itzcoatl y Tlacaellel, con respecto a la magnificencia del Valle de Anahuac:
Los pueblos ya se sentían libres y se opusieron a dar lo que consideraban propio, razón por la que los tenochca tuvieron que conseguir todo por la fuerza. Al final de cuentas no tenían otra cosa más que eso, ¡su fuerza! Además, los residuos de odio de algunos pueblos de alta ascendencia tepaneca se hicieron manifiestos sobremanera, como fue el caso específico de Coyohuacan, Xochimilco, Mizquic, Chalco y Cuitlahuac, los cuales hubieron de ser sometidos por la fuerza de las armas.
El gran tlatoani –«el que habla»–, Itzcoatl, se puso de pie y dirigiéndose al pleno les dijo:
–Señores, agradezco su participación, sobre todo a Cuauhtlatoa («Águila que habla») de Tlatelolco, de Netzahualcoyotl («Coyote que ayuna») de Tezcoco, sobrino mío, hijo de mi querida hermana, y a mis sobrinos Tlacaellel y Motecuzoma Ilhuicamina, hijos de mi hermano Huitzilihuitl, y en general a todos ustedes consejeros de nuestra ciudad, la gran Tenochtitlan...
Y continuó.
–Mañana Tlacaellel y  Motecuzoma van a toda la región de Cuitlahuac, Mizquic y Chalco, a realizar una inspección del terreno de esa zona para proceder a su conquista, ya que necesitamos de materiales que esa región tiene. Una vez que retornen nos reuniremos nuevamente aquí para analizar  la estrategia  a seguir. Por hoy es todo.
–Tlazocamati (Gracias).
–Ixquica moztla (Hasta mañana).
Itzcoatl, Netzahualcoyotl y Cuauhtlatoa se quedaron platicando, en tanto que Tlacaellel y Motecuzoma se retiraron haciendo planes para el día siguiente.
–Hermano, en la biblioteca de nuestro tatli (padre) Huitzilihuitl (colibrí) hay un plano que muestra todo el Anahuac, ahí podemos ir conociendo un poco del terreno que pisaremos antes de ir a dormirnos.
–Bien, Tlacaellel («hombre noble»).
Llegando a casa sacaron el plano de amate y tras de observarlo con atención Tlacaellel le dijo a Motecuzoma («el del ceño fruncido»).
–Mira Ilhuicamina («flechador del cielo»), estos son los pueblos del Anahuac que están cerca de nosotros, aquí está Azcapotzalco, Zompanco, Tecamac, Tlatelolco, Coyohuacan, Huitzilopochco, Iztacalco, Iztapalapan, Culhuacan, Xochimilco, Cuitlahuac, Mizquic, Chalco y, mas allá, Cuaunahuac.
–¡Que  grande es el Anahuac hermano!
–¡Grande y bonito!
–Tlacaellel, así como veo haremos el viaje en acalli («canoa») con un contingente de tres divisiones, llevando a un Caballero Águila, uno Leopardo y uno Flecha al mando de cada una.
–Sí, hermano, y antes de llegar a este punto anclaremos los acallis para irnos por tierra, pues de acuerdo con los informes de Xocuauhtli («águila florida»), a quien mandamos a inspeccionar, nos dice que desde estos cerros se domina todo el lugar, ¿que opinas?...
–Como tú digas, pero ya tengo sueño hermano, hasta mañana.
Ixquica moztla icnitl (Hasta mañana, hermano).
Por lo demás no me queda más que felicitar a nuestro amigo Esteban por éste su primer libro como autor, y por significar también el primer libro que publica la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña. El regocijo, pues, es doble, y Zapotitlán ve enriquecido el acervo de obras que sobre esta ancestral población han sido escritos.
Muchas gracias.