viernes, 9 de mayo de 2014

Sin años de soledad...

En mil novecientos sesenta y nueve, mientras cursaba el segundo año de secundaria en la escuela federal es316—5, que entonces tenía el nombre de Pastor Roaix —político y agrarista revolucionario poblano, pero que pasó la mayor parte de su vida en Durango de donde fue gobernador en dos ocasiones—, comencé a elaborar una publicación periódica artesanal con el apoyo de una máquina de escribir y un rudimentario diseño, a la que titulé El Pollo. Se trataba de dos hojas blancas tamaño oficio dobladas por la mitad, con lo que conformé cada semana un pequeño periódico cuyo contenido fue lo más digno de relatar de lo que sucedía en la escuela —ubicada en Ciudad Lerdo—, pero sobre todo lo relacionado con mis compañeros.
No sé si fue mi imaginación de adolescente la que no me proveyó de un catálogo más amplio de nombres para la publicación o si así decidí titularla a manera de insurrección contra el escenario de terror impuesto por el dictatorial director, Francisco Torres Moreno si mal no recuerdo, quien tenía complejo de celador de reclusorio, porque era obvio que disfrutaba su papel de custodio al infundir pavor a los alumnos por cualquier motivo.
Sin embargo, como eran mis pininos en el periodismo y ya con cierto número de lectores a la semana, porque mediante papel carbón podía sacar dos copias más de mis hojas informativas, preferí no buscar problemas con el dictador, y fui demasiado cuidadoso para no despertar su ira. No faltaron las copias de mi publicación por parte de algunos compañeros que, después de todo, no tuvieron el mismo éxito. El Pollo circuló rampante hasta el final del ciclo escolar, y me dotó de una celebridad inusitada al grado de que toda la secundaria me conocía por ese mote.
Ese año obtuve el permiso de mis padres para ir a una excursión escolar hasta el Istmo de Tehuantepec, en el viaje conocí a Noemí, mi primera novia, quien entonces iba en tercero de secundaria, sólo que debido a su parecido con la actriz Judy Geeson que había protagonizado el papel de Pamela Dare en el filme To sir, whit loveAl maestro con cariño, una película que causó revuelo entre los adolescentes de esa época—, los ladillas de mis amigos suplieron mi apodo de Pollo por el de Sidney, en alusión al actor de color Sidney Poitier, por aquello del romance entre una muchacha rubia con alguien moreno como yo.
La vida a los quince años transcurrió para mi siempre rodeado de compañeros de la escuela con quienes compartí muchas e interesantes vivencias, como Juan, un dilecto amigo que tenía en su casa de la Avenida Hidalgo en Gómez Palacio un laboratorio donde continuaba los experimentos que en la clase de Química quedaban truncos, y por cuya naturaleza con talante de un Einstein redivivo congregó a varios de quienes poseían alguna cualidad para determinado oficio. El Cerebro era un buen matemático, pero mejor pintor; mientras que el Chino destacaba por su capacidad para diseñar estructuras; en tanto que yo escribía y contaba a los demás lo que me parecía importante que se supiera. Juan tenía en su casa un enorme estanque con docenas de sapos que capturábamos de una gran pileta en la escuela, los que eran sacrificados seguramente por vándalos que incursionaban en la noche al brincarse la reja, al golpearlos con algún madero como si fueran pelotas de beisbol.
Recuerdo que yo tenía en casa un hormigario en un garrafón de vidrio, donde observaba la vida de las hormigas en su intrincado laberinto subterráneo, y cuando no escribía o leía, en mi cuarto continuaba con el armado de una gran maqueta en la que levantaba una ciudad con gente y automóviles a escala. Y como me gustaba declamar, los profesores que sí me tenían en buena estima solían invitarme a participar en uno que otro festival escolar. Cuando no a  cantar, como me lo pedía el profesor Rafael Ramírez, titular de la clase de Canto, quien apenas comenzaba a correr la hora cerraba la puerta del salón y se ponía a escucharme. La primera vez que canté en clase mis compañeros se la pasaron riendo, pero al terminar el profesor les advirtió que mejor dejaran de reírse y se pusieran a escucharme porque algún día tendrían qué pagar por verme. Recuerdo que al final de ciclo escolar el profesor Ramírez murió en un accidente automovilístico en la Comarca Lagunera, la noticia conmocionó al alumnado debido a que por su bonhomía era muy querido.
También nos interesamos por la cohetería y buscamos la manera de construir proyectiles y petardos, o imprimíamos mini volantes con textos subversivos como por ejemplo Echeverría asesino de estudiantes. 2 de Octubre. 10 de Junio, los cuales tirábamos por la ventanilla de un autobús por las calles más transitadas, en un tiempo donde en México escenarios como el de la novela 1984, de George Orwell, eran una realidad por el totalitario presidencialismo que se vivía, y pululaban por todas partes agentes encubiertos del régimen. Prácticamente no hubo día en que no hiciéramos algo como leer poesía o escribirla, o irnos de excursión varios días a algún paraje duranguense. Nos faltaba tiempo para desplegar nuestras aventuras de adolescentes.
Hasta que la desgracia llegó una mañana a casa de mi amigo Juan, quien al preparar algún compuesto químico en la licuadora, ésta explotó y debieron amputarle el brazo izquierdo. Sin embargo, rápidamente se sobrepuso a la circunstancia y apoyado sobre todo por su familia, se postuló para presidente de la sociedad de alumnos de la escuela secundaria y me pidió que en caso de ganar editara un periódico. Gracias a su celebridad en la escuela ganó de calle la elección, el director no tuvo ni cómo influir en la misma a pesar de que pidió al mayoritario grupo de profesores incondicionales suyos que buscaran la forma de encauzar las simpatías del alumnado hacia la planilla oficial.
Fueron tres números del periódico La Verdad —en alusión al soviético Pravda— los que pudimos publicar. En el tercero de la serie (abril de 1970) el director de la secundaria simplemente explotó. La mañana de un lunes, día en que se rendían honores a la bandera, aunque después él acostumbraba endilgarle un discurso al alumnado acerca del tema que fuera, dependiendo de su estado de ánimo, comenzó a hablar de un deplorable panfleto que circulaba por la escuela, en el que se ponía en duda la honorabilidad de quienes tenían a su cargo la administración de la cooperativa —la tienda que proveía de gaseosas, cafés, sándwiches y demás golosinas a la comunidad—, periodicucho que no servía ni para limpiarse la cola, según dijo por el micrófono. Claro que estallé en risa como toda la escuela, porque advertí que habíamos acertado en el blanco.
Así que como afectamos sus intereses al ventilar las irregularidades en la cooperativa de consumo, el director instrumentó con los más allegados de los profesores un plan para impedir que al concluir la secundaria continuáramos en la Preparatoria de la escuela. A mi me reprobó en el examen final de Español a quien apodábamos el Che, porque como entonces mis apuntes de las diversas materias los escribía con letra de molde y con versales y versalitas, argumentó que las mayúsculas como no debían acentuarse supuestamente utilizaba ese recurso como ardid para disimular mi desconocimiento de las reglas ortográficas, cuando se trataba de una de mis materias favoritas y en la que había tenido muy buen promedio durante el año. Me dio donde más de dolía, así que me mandaron a examen extraordinario. La otra materia en la que me reprobaron fue en la de Inglés, y si a eso le agrego que el director me acusó del desfalco de la Cooperativa, es fácil de imaginar el lío que se armó y en el que debió intervenir mi familia, incluida mi prima Irene, esposa del tío Elías, quien pagó el adeudo para que me dejaran en paz.
Lo irónico del asunto es que años más tarde y, seguramente, por un asunto de sindicalismo convenenciero, el tipo fue designado por decreto el mejor mentor de Coahuila por el magisterio.
Así que desde mis primeras publicaciones pude saber cómo reaccionaban esos individuos con funciones públicas, quienes obnubilados por suponer seguramente falsa grandeza con apenas mísera dosis de poder terrenal, solían cobrar venganza de lo que en su trastocado entendimiento consideraban como una afrenta el que sus acciones fueran cuestionadas en un medio impreso —y por unos adolescentes—, a fin de proteger sus intereses y complejos.
Aun cuando la hija del director de la Secundaria Pastor Roaix, de cuyo nombre de pila no puedo acordarme, fue quien impartió la clase de Literatura en tercero de secundaria, y con el mismo talante y modo despótico de la siniestra doña Lambra en Los siete infantes de Lara, porque parecía guardar rencor y odio como doña Urraca, madre de don Sancho, rey de León, en El conde Fernán González, libertador de Castilla, más bien daba la impresión que sus pretensiones consistían en provocar la animadversión del alumnado por la literatura, sobre todo al exigir como requisito aprobatorio del año escolar la memorización de un capítulo de El Quijote, pude separar de ese vivificante ejercicio de interpretación de textos la figura de esa profesora y leer todo lo que estuvo a mi alcance.
Los dos siguientes años colaboré en otras publicaciones estudiantiles durante mi estancia en la Preparatoria Pedro de Gante, donde conocí a Ramón Salas Montoya, quien editaba una publicación periódica llamada El Gomezpalatino, a la que después le cambió el nombre por La Crónica, y por supuesto que también le escribí artículos. Recuerdo que un día el presidente de la sociedad de alumnos me advirtió que iba a proceder legalmente en mi contra por difamación de honor, a causa de que lo había catalogado en un artículo como el «ínclito» Susano, tal cual se llamaba. Así de grave era ya la incultura de algunos en aquella época. Mientras que el párroco de la iglesia de Guadalupe en Gómez Palacio, de apellido Mireles, a la que pertenecía la Preparatoria, de plano excomulgó a un grupo de alumnos por haber declarado una huelga en la escuela, entre los que yo me encontraba.
Leía, escribía, declamaba en festivales escolares y escuchaba música de Los Beatles con amigos como Gerardo Zarzoza y Jorge Villalobos, y por esos años junto con otros fraternos más integramos un club de excursionismo, por lo que nos fuimos a la Sierra de Durango, al Cañón de Fernández, a la Zona del Silencio y a cuanta región tuviera algo de intrigante en aquel majestuoso desierto norteño.
Me gustaba pasar por la ciudad de Durango porque así podía detenerme unos días para quedarme en casa de mi prima Adriana, en el barrio de Analco, y conversar todo el tiempo con ella ya fuera en aquel amplio zaguán que mi tía Cuca tenía adornado con llamativas macetas de las que se erguían majestuosos helechos y otras plantas, hasta que la noche iba enmudeciendo conforme en la calle de Juan E. García se hacía más hondo el silencio y debíamos irnos a dormir. Pero en cuanto amanecía nos íbamos en bicicleta al Cerro de los Remedios y retomábamos el hilo de la conversación, porque desde entonces ella ha sido excelente conversadora, me cautivó con su dicción, siempre entusiasta y optimista, prudente y sabia, consentidora y al mismo tiempo reprensora. Sólo ella podía reconvenirme por el riesgo de tener alguna desatención al devenir existencial, hasta que quizá se aburrió de hacerlo.
En una ocasión me fui con un grupo de alumnos del Instituto 18 de Marzo a Monterrey a presenciar una carrera de autos en el autódromo de esa ciudad, debido a que el automovilismo era una de mis aficiones, y fui testigo de la muerte de un piloto norteamericano al que después vi pasar frente a mi con el rostro desfigurado y los ojos cubiertos de sangre. En ese viaje conocí esa malquerencia que algunos regios tienen por los laguneros, cuando tuvimos que repeler una agresión contra el autobús en el que viajábamos y del cual colgaba una manta que señalaba el lugar de procedencia, en pleno centro de la ciudad y sin que la policía interviniera.
En 1972 publiqué otro periódico más, El Liberal, en compañía de mi amigo Manuel Arratia —de quien hace poco mi primo Fernando Escalera me dijo que había muerto—, con quien un año después contendí por la dirigencia de la Federación de Estudiantes. Como la tecnología no estaba tan avanzada como en la actualidad, uno debía sociabilizar con el mayor número posible de congéneres, las relaciones humanas eran fundamentales para quien tenía objetivos claros acerca de su comunidad.
De la Pedro de Gante pasé al Instituto 18 de Marzo con el propósito de concluir mi instrucción preparatoria, y fue ahí, en abril de mil novecientos setenta y tres, cuando me anoté en la lista de los que participarían en un viaje de estudios al sureste del país. El gobernador Alejandro Páez Urquidi acababa de regalarle un autobús a la escuela, como parte del sentimiento de culpa que el presidente Luis Echeverría tenía con los estudiantes por los trágicos acontecimientos del Jueves de Corpus casi dos años antes, así que como los integrantes de la Sociedad de Alumnos eran mis compañeros de salón, la primera excursión fue para nosotros.
Al pasar por la Ciudad de México me metí a una librería del centro y, por fin, compré la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Fue un ejemplar de la edición especial de Monte Ávila Editores de 1972, de acuerdo con las bases del Premio Internacional de Novela «Rómulo Gallegos», otorgado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, según se indica en una página antes de las dedicatorias. La portada del libro era muy llamativa, con el nombre del autor en un tipo de letra demasiado modernista para la época, encima del recuadro con base azul turquesa sobre el que se puso el rostro del escritor con los ojos cerrados sobre fondo blanco, cuyas cejas y bigote sombreados contenían la letra manuscrita en color rojo, como el título de la obra colocado debajo.
Desde ese momento, cuando el coronel Aureliano Buendía se encontraba frente al pelotón de fusilamiento y habría de recordar la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo, cada frase me fue ensanchando la imaginación. Fue como si a cada página que doblaba para continuar con la lectura, mis pies comenzaran a levitar tímidamente, como joven ave alcatraz que al intentar su primer vuelo primero se prueba durante algún tiempo con el fuerte viento a la orilla del risco, pero sin atreverse a despegar del suelo. Hasta que por fin la obra acabó por transportarme a los parajes selváticos que solamente había visto en las películas, al pasar sobre mares incógnitos y territorios deshabitados —sin necesidad de abandonar el autobús— y llegar a Macondo para ver sus calles con plantíos repletos de plátano y malanga, yuca y ñame, ahuayama y berenjena, como la huerta que cuidaba Úrsula Iguarán; en medio de la sierra impenetrable, del otro lado de donde se encontraba la antigua ciudad de Ríohacha en la que el pirata Drake cazaba caimanes a cañonazos. El lugar donde al cabo de veintiséis meses claudicó José Arcadio Buendía en la búsqueda de una salida al mar y con hombres, mujeres y niños fundó Macondo para no tener qué regresar, por entre pantanos cubiertos de una eterna nata vegetal y el vasto universo de la ciénaga grande que se confundía al occidente con una extensión acuática sin horizontes.
Cuando traspusimos la frontera entre Tabasco y Chiapas nos alistamos para visitar la zona arqueológica de Palenque, no atendí la información que dio el profesor que iba como responsable del viaje de estudios porque la novela me tenía cautivado, así que cuando el autobús detuvo su marcha en el estacionamiento rodeado de enormes cortinas de árboles, no tuve más opción que cerrar el libro, descendí con mis compañeros y caminamos por donde nos indicó alguien. Me parece que eran como las dos de la tarde, nos adentramos por un camino de terracería que se abría paso por entre la espesa vegetación, tan densa que en lo alto las copas de los árboles se juntaban, por lo que teníamos la impresión de que caminábamos dentro de un profundo, oscuro y verdoso túnel, en el que se escuchaban los gorjeos de las aves. Fue la primera vez que me invadió la sensación de incursionar en la selva, y sentí, como José Arcadio Buendía al rehuir el regreso de donde finalmente fundó Macondo, que por aquel camino yo también iba me dirigía hacia el pasado, como efectivamente caminaba hacia la época preshispánica.
Minutos después, y tras de avanzar sobre una pequeña curva, la espesa cortina de árboles se descorrió frente a nosotros dejando ver la majestuosidad arquitectónica de la pirámide del Castillo de Palenque. Fue ahí donde dos maravillas de las bellas artes acabaron por impactarme, por un lado el prodigio literario de García Márquez y, por otro, la fascinadora arquitectura de los mayas. Si la imaginación de José Arcadio Buendía iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, la abrupta selva chiapaneca me permitió comprender más fácilmente el escenario sobre el que discurrieron los personajes de Macondo.
Enmudecí por un buen rato, a unas horas de haber comenzado la lectura de Cien años de soledad pude decir que había tocado al mismísimo realismo mágico en aquella deslumbrante selva cuyo verdor se me enterraba en los ojos y me masajeaba el espíritu aventurero de mis diecinueve años, en una etapa en la que definitivamente lo único que no podía entender era la soledad, por la prolífica compañía de muchos y muy buenos amigos. El calor era insoportable, si bien uno estaba acostumbrado a las temperaturas altas, de cuarenta o más grados centígrados en el desierto norteño, la selva parecía temazcal porque nos hacía sudar copiosamente, lo que me dio idea de cómo debía ser la vida en Macondo.
Por eso fue que el paso hacia la inmortalidad de Gabriel García Márquez el jueves diecisiete de abril del año en curso, a las dos de la tarde, conmocionó al mundo. Quizás esa perturbación fue de mayor intensidad a la causada en 1967 cuando el escritor sorprendió a millones de lectores de los más disímbolos países con la publicación de Cien años de soledad, a través de una narrativa que evidenció el realismo mágico como un género literario del que se volvió su principal exponente.
Su partida causó honda tristeza a los millones de lectores que en sus obras encontramos, de alguna forma, una especie de sensación liberadora a través de deslumbrantes historias como recogidas de sucesivos Macondos, cuya prosa García Márquez enriqueció con la portentosa imaginación del escritor que se nutrió del periodismo para formar legiones de seres conscientes de su identidad como hispanohablantes con un destino común.
Estoy convencido de que García Márquez está a la altura de Miguel de Cervantes Saavedra, y por esa contundente razón me congratulo de haber vivido en esta época, pero sobre todo por haber formado parte del primer millón de lectores que leyó Cien años de soledad, y que el insigne escritor me haya abierto los ojos a través de sus magistrales historias plasmadas de realismo mágico.