martes, 21 de octubre de 2014

«Crónicas de un lago y una ciudad» en la revista Nosotros

Texto leído en la presentación del libro Crónicas de un lago y una ciudad, de Jaime Noyola Rocha, en el DIF Municipal de Valle de Chalco, México, el 14 de diciembre de 2012.

En la presidencia de la mesa el arqueólogo Jaime Noyola y la señora Luz Barrón.
Fotografías Lorenzo Palacios
Jaime Noyola Rocha es un escritor empedernido que torció por la crónica para beneplácito de ávidos lectores que buscan dar sustento y cauce a su identidad cultural. Sobre todo de acuciosos lectores de lo que ahora es el boyante y venturoso municipio 122 de Valle de Chalco Solidaridad —con 18 años de vida institucional—, porque además de la compilación e investigación para elaborar la correspondiente monografía que elaboró nuestro prolífico autor en 1999 —página 32 de la revista Nosotros número 20, «Valle de Chalco de plácemes con su Monografía Municipal»—,también se ha dedicado a recopilar cuentos, mitos y leyendas, lo que si no ha hecho para crispar al más templado lector, sí ha contribuido de significativa manera a nutrir la vena discursiva de quienes pueblan tan ancestral lugar.
Porque según refiere el conspicuo cronista del acontecer municipal en Crónicas de un lago y una ciudad, Hernán Cortés se quedó pasmado cuando pasó por Xico en 1520, describiéndola como la ciudad más hermosa, aunque pequeña, de las que hasta ese momento había visto —y suponemos que ya había visto bastante puesto que venía desde las costas del Golfo de México con rumbo a Tenochtitlan—, con sus casas y torres bien labradas y «toda armada sobre el agua».
Imposible no recrear en la imaginación cómo fue la vida en el Lago de Chalco antes de que fuera desecado hace más de una centuria, si —de nueva cuenta— Cortés describió huertas labradas con cañas, detrás de las cuales había arboledas y hierbas olorosas, y «dentro del agua mucho pescado y muchas aves, así como lavancos y zarzetas y otros géneros de aves de agua, tantas que muchas veces casi cubren el agua»… Por lo que Jaime Noyola ya se preguntaba en marzo de 2000: ¿Qué se podía hacer para restaurar parte del ecosistema lacustre, en aras de la mejoría ambiental, la biodiversidad y el desarrollo económico de los posesionarios de las áreas baldías?
El primer artículo de Jaime que en mayo de 1999 llegó a mis manos para ser publicado al siguiente mes en la revista Nosotros –número 17, correspondiente a junio– fue titulado como «Xico, vicisitudes históricas de un nombre que se niega a morir» –el cual no fue incluido en el libro que hoy presentamos–, y que entonces me pareció de gran interés, por lo que decidimos poner en la portada una antigua fotografía del siglo 19 del hermoso edificio de la hacienda de Xico, la cual había sido publicada en la Gaceta Municipal de Valle de Chalco de junio de 1996. Artículo en el que el arqueólogo Noyola Rocha refiere que Xico o Xicco fue mencionado en los siglos XVI y XVII por los cronistas indígenas Ixtlilxóchitl y Chimalpahin; el primero al recoger la tradición oral que ubicaba a dicho lugar desde el siglo X después de Cristo, y el segundo al recoger varios acontecimientos históricos ocurridos entre los siglos XIII y XV –también después de Cristo–.
El texto de Jaime Noyola fue muy comentado por los lectores de la revista Nosotros, sobe todo quienes viven en delegaciones como Tláhuac, Xochimilco y Milpa Alta, debido a encontrarse en una región donde las limitaciones territoriales pasan a segundo término. Así fue posible para muchos saber que Cortés construyó en Xico una casa de campo y una capilla dedicada a su hijo Martín, y como el rey Carlos V le había conferido en julio de 1529 el título de Marqués del Valle de Oaxaca, hoy en día se conoce al Cerro de Xico como Cerro del Marqués.
Fue así como alrededor de la casa de campo de Cortés se formó un pequeño pueblo denominado San Martín Xico, como apunta Jaime Noyola en su texto, en el que retrata que en 1980 el empresario Íñigo Noriega compró el Rancho de Xico, y para octubre de 1985 ya lo había desecado con la anuencia de Porfirio Díaz.
En agosto de 2001 otra colaboración del arqueólogo Noyola para la revista Nosotros, «El Valle de Chalco imaginario», me llamó de sobremanera la atención debido a que el antiguo Xico, además de ser un lugar histórico que ya había sido alcanzado por la mancha urbana —lo cual podía constatarse desde la autopista a Puebla o por la carretera que va de Tláhuac a Chalco—, era un sitio donde confluían migrantes tanto de la geografía nacional como centroamericana, porque cada familia traía junto con sus pertenencias en la maleta y los sabores de su recetario gastronómico de origen, las narraciones de sus ancestros con respecto a pasajes que en ocasiones rayaban en lo sobrenatural.
Si bien es cierto que a través de los siglos los hombres han preferido construir sus ciudades al pie de grandes cerros —o montañas— desde las cuales puedan regodearse contemplándolas, también es cierto que toda urbe que se precie de serla debe haber sido provista por sus oradores del caudal de cuentos y leyendas que contribuyen a fomentar la comunicación entre quienes integran, y de manera cotidiana, perfilan a su comunidad.
¿Qué pueblo no tiene entre sus leyendas un jinete sin cabeza montado en corcel negro, una llorona de lúgubre aspecto o un perro acechante a mitad de la noche con el hocico espumeante?
Creencias asociadas a la historia del hombre cuyas representaciones han tenido también una connotación religiosa, por aquello de que un alma en pena es porque busca una misa para su descanso eterno. Historias al fin, que no por sueltas deben quedar dispersas, y que concurrieron en Valle de Chalco traídas con esa diversidad cltural de sus pobladores, para revitalizar su convivencia con amenas tertulias entre vecinos, amigos y familiares, y ser registradas por un arqueólogo que hurga también en el imaginario colectivo con el propósito de dejar testimonio de la mitología vallechalquense tanto a propios como invitados.
Un artículo más de Jaime Noyola publicado en la revista Nosotros y que no fue incluido en el libro Crónicas de un lago y una ciudad –desconozco si forma parte de otra antología–, fue el titulado «Los mil y un guisos de la cocina vallechalquense», en el que describió con su característico estilo la diversidad de una cocina accidentalmente formada con los aportes de inmigrantes de todo el país.
Previo a la presentación de los libros editados durante la administración del edil
Luis Enrique Martínez Ventura se realizó ceremonia prehispánica
Y es que las tradiciones se mezclan en Valle de Chalco, por lo que es posible encontrar desayunos con atoles de masa de maíz, arroz con leche y champurrados, acompañados de tamales, bien sean estos de hoja de maíz, o oaxaqueños y veracruzanos con hoja de plátano, con gran variedad de guisos que incluye el caldo blanco con retazo de res, la pancita, el pozole en el estilo de su preferencia, el caldo tlalpeño, el chilate, el caldo de camarón y el de pescado. Sin olvidar la barbacoa ni las carnitas, el puerco con guaje o los guisos con salsa de xoconostle, la cochinita pibil y el pipián, entre muchos otros.
Con esto busco mostrar que las colaboraciones del arqueólogo en Nosotros no fueron todas las que aparecen incluidas en el volumen que ahora presentamos, sino que su prolífica labor de cronista municipal es mucho más de lo que uno podría suponer. Cual incansable investigador y recopilador de testimonios orales y patrimoniales que es, y como queda plasmado en el más reciente libro.
Nadie mejor que él para combinar el papel de servidor público con el de investigador y cronista. Porque como colaborador en las dos administraciones de Luis Enrique Martínez Ventura como presidente municipal, planeó las acciones que debía cumplir, ciertamente, pero ejecutadas y supervisadas por él mismo con ese rigor de científico social que tiene, y que aunado a su bonhomía, afabilidad y nobleza de carácter, derivado de su origen norteño, los pobladores le abrieron las puertas para facilitarle su trabajo.
Es así como ha plasmado en su obra escrita los orígenes sociales y ha con tribuido a la conformación de la identidad municipal de los vachechalquenses.
Como cronista municipal deja significativos resultados, como es el número de libros que fueron publicados, además de que ha sembrado la semilla de la escritura y la investigación en potenciales nuevos cronistas.
Por todo eso y, sobre todo, por la presentación de Crónicas de un lago y una ciudad, muchas felicidades Jaime, y muchas felicidades a los habitantes de este dinámico municipio.

lunes, 20 de octubre de 2014

Transformación de las fiestas tradicionales

Texto leído en el Tercer Encuentro de Cronistas de Milpa Alta, «Entre bosques, milpas y chinampas», el sábado cuatro de mayo de 2013, en el ex Convento de San Pedro Atocpan.
Sergio Rojas y enseguida el cronista anfitrión de San Pedro Atocpan, profesor
Saúl Ríos Flores. Fotografía Hugo Pineda (Grupo Cuitlahuac--Ticic)
Aun cuando nos encontramos en el siglo veintiuno y la era del Internet con la Revolución Industrial ha transformado las relaciones sociales, la delegación Tláhuac mantiene aún su fisonomía rural, a pesar de que ya se le considera totalmente urbana, como por ejemplo la cataloga Valentín Ibarra (en su texto «Delegación Tláhuac», en Gustavo Garza, coordinador, La ciudad de México en el fin del segundo milenio, México, El Colegio de México), y sus siete pueblos tradicionales preservan todavía un poco de la originalidad que de unos años a la fecha se les confiere en el discurso político en boga de los entes gubernativos del Distrito Federal.
Pueblos originarios en los que la Iglesia Católica, para lograr una conversión pacífica, sustituyó muchas de las tradiciones y fiestas religiosas indígenas. Fiestas que se celebraban en cada mes, y cuya mayoría coincide con las que se siguen realizando, sobre todo en los pueblos que ya existían a la llegada de los españoles, por lo que la mayoría coincide con las que se siguen realizando en los ahora llamados pueblos originarios, término que según me dijo el anterior delegado de Milpa Alta, él había inventado.
Y solamente con pretensiones de ponerme a la altura de quienes sí desempeñan con creces el oficio de investigar los pormenores del pasado, desde la visión del cronista o, de manera más acuciosa, del historiador, me referiré a tres de esas fiestas que los españoles aprovecharon para perpetuar su religión. Una es la denominada Atlacahualo o Quiauitleoa, que al decir de Esteban Chavarría se traduce como «dejan las aguas» o «se van las aguas».
Su correspondencia con el calendario gregoriano (del dos al 21 de febrero), consiste en que el primer día de este mes, cada 52 años, se realizaba la ceremonia de la renovación del fuego o encendido del fuego nuevo, y en los años ordinarios el primer día se realizaba una fiesta en honor del dios de la lluvia, Tlaloc, y de su hermana Chalchiutlicue.
Esta fiesta es la que se sigue realizando en Santiago Zapotitlán, llamado así porque los frailes antepusieron nombres de santos al original del pueblo. Así también antepusieron el día de la Candelaria, que se celebra precisamente el dos de febrero, fecha de la presentación de Jesús al templo y la bendición de las candelas y de las semillas. Después cambiaron la festividad al cuatro de febrero, cuando se festeja el día del Señor de la Misericordia, que no coincide con el Cristo en el altar de la iglesia de Zapotitlán, como tampoco coincide la fecha, ya que no aparece en el santoral del calendario de Galván. Y finalmente con San Felipe de Jesús que se celebra el cinco de febrero, pero que tampoco coincide con el Cristo (hasta antes de los años treinta en que se demolió la iglesia antigua, sí existía San Felipe de Jesús el santo joven, y sí se festejaba en esa fecha).
Luego tenemos la uey tecutli, «gran fiesta de señores» (22 de junio al 11 de julio), fiesta que se hacía en Cuitlahuac en honor de la diosa Xilonen, de xilotl, mazorca tierna, y nenetl, niña; ocho días se bailaba y en el último que corresponde al 29 de junio, se daba de comer a quien quisiera, chiampinolli, chilatolli, elotes y tamales.
 De acuerdo con Esteban Chavarría, al atardecer iniciaba el baile con hombres y mujeres ricamente vestidos, que tomados de las manos o de la cintura hacían rítmicas evoluciones. Actualmente la fiesta se sigue haciendo en honor de San Pedro Apóstol.
Otra más es la fiesta de Tlaxochimaco, «Ofrenda de flores» (del 12 al 31 de julio). Fiesta en honor de Huitzilopochtli al que le ofrecían gran cantidad y variedad de flores. En todas las casas se preparaba mole con guajolote, venado o tepezcuintle acompañado con tamales de maíz, frijol y agua de chía o pulque para los adultos. Huitzilopochtli fue sustituido por Santiago Matamoros, en Santiago Zapotitlán.
Sin embargo, conforme la incontrolable expansión de la mancha urbana que en la delegación Tláhuac comenzó a desbordarse (a partir de la década de los años cincuenta) por sobre la Sierra de Santa Catarina y el suelo de conservación, así como por la zona chinampera y tierras ejidales, estas fiestas también fueron deformándose en cuanto a su organización y celebración.
En San Pedro Tláhuac, por ejemplo, a partir de la gestión de José Díaz como delegado, los denominados «comisionados de barrios y colonias» conformaron lo que en la actualidad es una asociación que medra con la tradición de las festividades patronales. Se trata de poco más de cuarenta individuos que durante el año se la pasan cobrando cuotas a los habitantes de los barrios y colonias, las cuales podríamos catalogar como de cobros por «derecho de piso», igual a como lo hacen las bandas de sicarios en buena parte del territorio nacional, y más recientemente en Chalco y municipios metropolitanos del estado de México, sin ninguna representatividad jurídica y, mucho menos, sin reportar al fisco lo que obtienen al año.
¿Por qué digo esto? Porque la tradición de las festividades patronales en la mayoría de los pueblos de la delegación Tláhuac, se ha corrompido debido al contubernio de las autoridades que solapan, consienten y utilizan como carne de cañón de sus intereses políticos. No puede ser posible que estos sujetos que se autodenominan como «comisionados» (y a los que reiteradamente califico como «comisiogánsters») sean los dueños de los panteones de los pueblos de San Pedro Tláhuac, San Francisco Tlaltenco y Santiago Zapotitlán, los que deciden quién sí y quién no puede ser sepultado, conforme a la comprobación que deben hacer los correspondientes familiares del difunto, de los cupones que ellos expiden.
Cupones que solamente les sirven como pretexto para cobrar hasta 25 o 30 mil pesos a quienes quieren sepultar en el camposanto del pueblo a su familiar y no lograron comprobar que han cotizado a la bolsa de los «comisiogánsters».
Medran con las cuotas que literalmente obtienen mediante la coerción y el chantaje, porque al final de cuentas la que termina pagando la festividad de que se trate es la administración delegacional. Por si no fuera suficiente, en la Feria de San Pedro Tláhuac, la cual está próxima, la delegación se encarga de montar los stands, de pagar los grupos musicales y de secuestrar literalmente el centro de la población por prácticamente veinte o más días (a diferencia de los tres o cuatro días que antaño tenían de duración dichas festividades). Mientras que los «comisiogánsters» cobran muy caro el precio por metro cuadrado a quien quiera poner un negocio ahí. Además, a los dueños de los llamados juegos mecánicos les cobran de 400 a 600 mil pesos por permitirles que se instalen en las calles del centro.
Se suponía, porque al menos así se había establecido en el pasado, que las ganancias obtenidas por la comisión organizadora de las festividades patronales, irían a parar a la parroquia de San Pedro Tláhuac para diversas restauraciones. Pero tiene años que las instalaciones de la iglesia no han recibido ninguna manita de gato. Entonces, ¿a dónde van a parar las ganancias?
Efectivamente, piensen mal y acertarán…
Son pues estos dizque «comisionados» de barrios y colonias, los verdaderos dueños de los pueblos, para lo cual argumentan falazmente que han sido «elegidos» por la voluntad popular. En realidad, se trata de mafias de logreros oportunistas que al más puro estilo de una secta oscurantista, entre ellos determinan quién puede agregárseles o ser excluido. Operan con toda impunidad y disponen de los espacios públicos a su arbitrio, para conseguir dinero de hasta debajo de las piedras si pueden.
Por todo lo anterior es que las tradiciones en la mayoría de los pueblos de la delegación Tláhuac ya no son lo que fueron. Con la expansión de la mancha urbana, el arribismo político de las autoridades delegacionales y la paulatina pérdida de valores sociales, las comunidades han sido secuestradas por este tipo de «comsiogánsters», quienes literalmente han establecido una especie de «sicariatos» en los que aquellos medran con la tradición y el sufrimiento de dolientes y vecinos, debido a que por más de veinte días el centro de San Pedro Tláhuac, además de ser intransitable, no sólo se convierte en la cantina más grande del Distrito Federal, sino en el sanitario público más patético de la llamada originalidad.
Otro caso que exhibe la ingobernabilidad en la delegación Tláhuac es el de las festividades con motivo de los carnavales en San Francisco Tlaltenco, donde los líderes de cada comparsa reciben anualmente una cantidad de dinero por parte de la delegación, con el pretexto de fomentar las tradiciones. Sin embargo, de mucha fama es el desquiciamiento vial que estos ocasionan durante más de dos meses (sábados, domingos y lunes) sobre la Avenida Tláhuac, ante la exasperante complicidad de la autoridad delegacional.
Carnavales en los que, según dicen los propios organizadores, «si no hay un muerto no tuvo éxito», debido a la inveterada costumbre de algunos de los que se visten de charros por disparar al aire armas de fuego, lo que ha ocasionado docenas de muertos las últimas dos décadas. Independientemente de que los líderes de las comparsas aprovechan la ocasión para abrir sus tiendas de disfraces y justificar con facturas alteradas (por supuesto) las cantidades que les entrega la delegación.
Esto es, pues, a grandes rasgos, el panorama actual de las distorsionadas festividades en la delegación Tláhuac, donde la autoridad aprovecha la situación para tener en los «comsiogánsters» aplaudidores de planta. Muchas gracias.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Primer libro publicado por la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña

Texto leído en la presentación del libro Cuautzapotitlan, entre los árboles de Zapote, el viernes 26 de septiembre de 2014 en el Centro Cultural Zapotitlán.
Óleo de Esteban Chavarría Salas
Hace algunos años nos dimos a la tarea de formalizar la serie de apoyos que para cuestiones culturales, significadas en proyectos y acciones que —de manera individual o de agrupaciones le presentaban diversos creadores o promotores de las tradiciones de los pueblos de la región— destinaba el señor Alejandro Durán Raña, destacado personaje de la comunidad de la delegación Tláhuac, mediante el proyecto que significó la conformación de la Fundación que lleva su nombre.
Al menos la historia de los últimos 40 años de Tláhuac registra la incansable y perseverante labor de este hombre que con espíritu samaritano ha dejado su huella en el patronato de la entonces Feria Regional de San Pedro Tláhuac, con constantes obras de restauración y conservación del patrimonio arquitectónico y artístico del ex convento y la parroquia, lo que en el lapso en que fungió como presidente del comité organizador colocó a Tláhuac en la geografía nacional por la calidad de espectáculos y contenidos familiares con que contó la festividad, mucho antes de que por la degradación política y la depauperación de los asuntos de gobernanza en la Ciudad de México, nuestra delegación se volviera sinónimo de nota roja en los medios de comunicación.
Sin embargo, lejos del oportunismo político que ha caracterizado a muchos advenedizos, que para saciar sus apetencias se inventan sus propias fundaciones a fin de encubrir su piel de depredadores sociales, la presencia de Alejandro Durán en la delegación se ha distinguido por su labor altruista y su significativo liderazgo de gran convocatoria, y como fehaciente testimonio está su huella en el Centro de Rehabilitación y Terapia de San Juan Ixtayopan, o en la Casa Hogar de las Niñas de Tláhuac, noble institución de la que fue cofundador y dirige desde hace un cuarto de siglo; a la par de que por su actitud emprendedora ha revitalizado el sector turístico de la delegación con la apertura de fuentes de empleo, a través de diversas empresas, y con su entusiasta participación y liderazgo ha dado definitivo impulso a la más mexicana de las tradiciones que es la charrería, sin pasar por alto una de sus más excelsas virtudes significada en la de ser egregio hacedor de amigos. Y es así como todo esto apenas es una parte de lo dio sustento a la idea de integrar esta Fundación.
Sergio Rojas, Alejandro Durán, Esteban Chavarría y Sofía Ruiz Morales
Fotografías de Hugo Pineda (Grupo Cultural Cuitlahuac-Ticic)
Y por lo que corresponde a la obra que hoy presentamos, constituye el primer volumen con el que la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña da inicio a la conformación de su fondo editorial, cuyo objetivo primordial, además de apoyar el trabajo de investigación y quehacer educativo de quienes se dedican al escudriñamiento y difusión de aspectos históricos o concernientes a las costumbres y tradiciones de sus comunidades, tiene como objetivo poner a disposición de ávidos lectores los elementos que permitan sopesar y valorar sustentos históricos y actuales que delinean la identidad cultural.
En ella, Esteban Chavarría Salas, ingeniero por la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque con gran vocación por las humanidades y, en especial, por su interés en la historia de su población natal, Zapotitlán, se refiere a su querido pueblo que aquí ha estado desde hace 575 años, algo que la historia de México pocas veces menciona y cuando lo hace es de una manera imprecisa, vaga o incorrecta, como apunta en la introducción.
De ahí que durante más de 50 años haya indagado en diversas fuentes para encontrar el origen de Zapotitlán, del significado de su nombre, de su gente, de sus construcciones, de sus fiestas, leyendas, costumbres, lenguajes, dichos, refranes y comidas.
En primera fila el cronista de Tláhuac José Eduardo López Bosch, quien formula una
pregunta al autor del libro; flanqueado por el historiador Baruc Martínez Díaz y la
perodista Marlene Arenas
Pero también, percatarse de la incomprensión de los mexicanos en general por el lenguaje náhuatl y la corrupción de su manejo. Por lo que en el primer capítulo del libro, Esteban Chavarría ofrece su versión de cómo y cuándo nació México. Se refiere a sus mares, montañas y volcanes, respetando y buscando el significado correcto de sus nombres en nahuas, para facilitar tanto en niños como adultos, la comprensión de su lengua a fin de crear en su mente la maravillosa historia de nuestro país, lo mismo que a nosotros los adultos.
Posteriormente se refiere brevemente a las migraciones de los grupos que antecedieron al pueblo de Cuautzapotitlan, hasta llegar al antes y después de su fundación.
Lleva al lector por lo que llama mundo precuauh-temocniano, el tributo que pagaron como pueblo, y describe el paisaje y la estructura social que supone existió en ese tiempo. Llega a la época de la Colonia de la que resalta el hecho de que, lejos de lamentarnos y vernos como una raza derrotada, nos convertimos en una raza conquistadora por la sencilla razón de que mantuvimos nuestra cultura náhuatl y aprendimos, mejoramos y exportamos una nueva.
Vista general del público que llenó el auditorio del Centro Cultural Zapotitlán
En esa figurativa navegación a través de las páginas del libro, por los colosales lagos del altiplano central de entonces, a través de la narrativa matizada por ese estilo literario que se acerca más a la novela que a la historia academicista, cual pertinaz trajinero que a cada brazada nos descubre una nueva historia, Esteban aborda el siglo de la Independencia haciendo notar que para Zapotitlán ese suceso no cambió en nada la pobre situación que vivían. Al contrario, se perdió gran parte de las tierras con las Leyes de Reforma y la confiscación de bienes comunales.
Y con el vigor que lo caracteriza, con esa lucidez que parece apoyarse en la testarudez que templó su carácter desde sus días como universitario cuando empezó a incursionar en la política y había que defender la identidad nacional, el autor relata a continuación la época de la dictadura y la consiguiente Revolución, donde pobladores de Zapotitlán participaron resueltos en la línea de fuego del zapatismo contra huertistas y carrancistas, y sobre todo el día en que Emiliano Zapata derrotó a los federales, el 25 de julio de 1914.
Finalmente, describe la vida cotidiana con sus pausados cambios, porque desde entonces la cotidianidad en la región de Tláhuac ha sido parsimoniosa. Da cuenta del ferrocarril, de la desecación del lago, la energía eléctrica, el automóvil, el ejido, la nueva iglesia, la primera escuela, el campo deportivo, los equipos de futbol, el carnaval, las comparsas, los personajes distinguidos (supongo que se refiere a los insignes y más conocidos); pero sobre todo, se atreve a enumerar las virtudes y los errores de los zapotecos. Aborda también la pérdida de la identidad de los habitantes como pueblo provinciano, el adiós a la agricultura, y la explosión de la mancha urbana con la llegada del Sistema de Transporte Colectivo Metro.
Al término de la presentación del libro Cuautzapotitlan, entre los árboles de zapote
Concluye con el diagnóstico de lo que deben hacer para corregir algunas equivocaciones, a fin de poder sobrevivir con la nueva situación a la que los enfrenta el Metro con su llegada.
Esta es, en resumidas cuentas, la descripción que Esteban Chavarría hace de su pueblo y de sus alrededores; y para concluir me voy a permitir dar lectura a un breve pasaje del libro, que se refiere al diálogo que sostienen Itzcoatl y Tlacaellel, con respecto a la magnificencia del Valle de Anahuac:
Los pueblos ya se sentían libres y se opusieron a dar lo que consideraban propio, razón por la que los tenochca tuvieron que conseguir todo por la fuerza. Al final de cuentas no tenían otra cosa más que eso, ¡su fuerza! Además, los residuos de odio de algunos pueblos de alta ascendencia tepaneca se hicieron manifiestos sobremanera, como fue el caso específico de Coyohuacan, Xochimilco, Mizquic, Chalco y Cuitlahuac, los cuales hubieron de ser sometidos por la fuerza de las armas.
El gran tlatoani –«el que habla»–, Itzcoatl, se puso de pie y dirigiéndose al pleno les dijo:
–Señores, agradezco su participación, sobre todo a Cuauhtlatoa («Águila que habla») de Tlatelolco, de Netzahualcoyotl («Coyote que ayuna») de Tezcoco, sobrino mío, hijo de mi querida hermana, y a mis sobrinos Tlacaellel y Motecuzoma Ilhuicamina, hijos de mi hermano Huitzilihuitl, y en general a todos ustedes consejeros de nuestra ciudad, la gran Tenochtitlan...
Y continuó.
–Mañana Tlacaellel y  Motecuzoma van a toda la región de Cuitlahuac, Mizquic y Chalco, a realizar una inspección del terreno de esa zona para proceder a su conquista, ya que necesitamos de materiales que esa región tiene. Una vez que retornen nos reuniremos nuevamente aquí para analizar  la estrategia  a seguir. Por hoy es todo.
–Tlazocamati (Gracias).
–Ixquica moztla (Hasta mañana).
Itzcoatl, Netzahualcoyotl y Cuauhtlatoa se quedaron platicando, en tanto que Tlacaellel y Motecuzoma se retiraron haciendo planes para el día siguiente.
–Hermano, en la biblioteca de nuestro tatli (padre) Huitzilihuitl (colibrí) hay un plano que muestra todo el Anahuac, ahí podemos ir conociendo un poco del terreno que pisaremos antes de ir a dormirnos.
–Bien, Tlacaellel («hombre noble»).
Llegando a casa sacaron el plano de amate y tras de observarlo con atención Tlacaellel le dijo a Motecuzoma («el del ceño fruncido»).
–Mira Ilhuicamina («flechador del cielo»), estos son los pueblos del Anahuac que están cerca de nosotros, aquí está Azcapotzalco, Zompanco, Tecamac, Tlatelolco, Coyohuacan, Huitzilopochco, Iztacalco, Iztapalapan, Culhuacan, Xochimilco, Cuitlahuac, Mizquic, Chalco y, mas allá, Cuaunahuac.
–¡Que  grande es el Anahuac hermano!
–¡Grande y bonito!
–Tlacaellel, así como veo haremos el viaje en acalli («canoa») con un contingente de tres divisiones, llevando a un Caballero Águila, uno Leopardo y uno Flecha al mando de cada una.
–Sí, hermano, y antes de llegar a este punto anclaremos los acallis para irnos por tierra, pues de acuerdo con los informes de Xocuauhtli («águila florida»), a quien mandamos a inspeccionar, nos dice que desde estos cerros se domina todo el lugar, ¿que opinas?...
–Como tú digas, pero ya tengo sueño hermano, hasta mañana.
Ixquica moztla icnitl (Hasta mañana, hermano).
Por lo demás no me queda más que felicitar a nuestro amigo Esteban por éste su primer libro como autor, y por significar también el primer libro que publica la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña. El regocijo, pues, es doble, y Zapotitlán ve enriquecido el acervo de obras que sobre esta ancestral población han sido escritos.
Muchas gracias.

martes, 29 de julio de 2014

San Francisco Culhuacán


Culhuacán, «lugar de colhuas», es uno de los pueblos de origen prehispánico más antiguos de la Ciudad de México. Fue un antiguo señorío que se encontraba en la punta occidental de la península donde hacían frontera Iztapalapa y Coyoacán. Fuentes mexicas y texcocanas dicen que fue fundado por los toltecas, los que la convirtieron en su primera capital; sin embargo, Chimalpahin (Las ocho relaciones y el memorial de Colhuacan, CNCA 1998) y las investigaciones arqueológicas posteriores, ponen de manifiesto que el asentamiento ya existía antes de la llegada de los toltecas al Valle de México.
Colhuacan es un topónimo de origen náhuatl que ha sido objeto de varias interpretaciones. Laurette Séjourné sugería que Colhuacan significa «En la montaña curva», y relaciona este topónimo con el Cerro de la Estrella, en cuya falda se encuentra el asentamiento. De hecho, para Séjourné la ciudad y la montaña compartían el mismo nombre en la época precolombina.
Plano de Culhuacan en 1580.
http://culhuacaneneltiempo.bloges.org/5
Cecilio Robelo relaciona el topónimo con los colhuas, una de las tribus nahuas, y dice que el topónimo original debió ser Teocolhuacan «Colhuacan el Viejo», «Lugar de los colhuas», que también aparece mencionado en la Crónica Mexicáyotl de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Montemayor y colaboradores dicen que el topónimo deriva de Coltzin «Coltzin, dios torcido»; —hua «posesivo» y —can «locativo». Así, se traduciría como «Lugar de los que adoran a Coltzin». Coltzin era el dios patrón de los colhuas, por lo que el topónimo también se traduce como «Lugar de los colhuas».
Al decir de Patricia Ramírez Kuri, en «Culhuacán, Iztapalapa y Coyoacán» (Pueblos urbanos. Identidad, ciudadanía y territorio en la ciudad de México, UNAM-Porrúa), Culhuacán fue fundado desde tiempos ancestrales, «alrededor de cinco siglos antes de la era cristiana por migrantes del norte del país al Valle de México» que antecedieron a los aztecas.
Fue fundado al final del período Clásico de Mesoamérica, como resultado de la dispersión demográfica que sufrió Teotihuacan en la época de su declive. Sus habitantes eran portadores de la cultura de la gran metrópoli, y esa era una de las causas de su gran prestigio. La legitimación de los tlatoanis de México-Tenochtitlan se debió a su relación con el linaje gobernante de Colhuacan.
Los colhuas conformaron un señorío que tuvo importante papel en los primeros años de los aztecas en el Valle de México; de hecho, las investigaciones arqueológicas en los alrededores de lo que fue la ciudad de Culhuacan prehispánica, indican una serie de asentamientos desde el periodo clásico, con una enorme influencia de Teotihuacan.
Según Chimalpain, el grupo fundador se asienta en el año 670 d. C., dominando supuestamente a las seis ciudades más importantes de la región: Xochimilco, Cuitlahuac, Mizquic, Coyohuacan, Ocuillan y Malinalco. Aunque para Juan Evangelista Vanegas Pérez («Arqueología de El Tanque de Culhuacán Iztapalapa: un intento de ordenamiento de los datos para la historia prehispánica de Culhuacán»), «en el espacio local de Culhuacán se han encontrado restos culturales (fundamentalmente cerámicos) que permiten establecer de manera general una ocupación humana evidenciada al menos desde el período Preclásico Medio, 100 a 500 A.C.»
Charles Gibson (Los aztecas bajo el dominio español, Siglo xxi) refiere que en el período posclásico que abarca seis siglos antes de la llegada de los españoles, se habla de «una nueva inmigración de los pueblos tolteca, chichimeca, otomí y azteca», y de que «en una serie de cambios de poderes las comunidades de Xaltocan, Culhuacán y Azcapotzalco ascendieron y cayeron como centros de autoridad».
En ese contexto, apunta Ramírez Kuri, es que Culhuacán en el siglo vii adquiere mayor desarrollo y visibilidad en el contexto de ciudades prehispánicas a raíz de la llegada de los toltecas procedentes de Tula en el año 670, «quienes —según anota Agustín Rojas Vargas en su libro La educación en Culhuacán a través del tiempo (uacm, gdf-sederec 2008)— lo fundaron como la primera ciudad del Valle de México». En el siglo xi Culhuacán se había constituido en señorío independiente, hegemónico en la región, donde Mixcoatl, gran jefe y reconocido guerrero, fundó la primera capital tolteca, y a partir de entonces como centro ceremonial, religioso, cultural, político y social, teniendo como referente principal el Cerro de la Estrella (Huizachtepetl), y que aparece en el glifo como un cerro «encorvado».
Es pues el legendario pueblo de Culhuacán el de mayor ascendencia teotihuacana que creció en los márgenes del Lago de Texcoco. En 1347 es invadido por los mexicas, por lo que se transformó en un pueblo tributario, proveedor de productos agrícolas, los cuales eran transportados a través de la red de canales, calzadas y acueductos a la ciudad de Tenochtitlan. Situación que prevaleció hasta la conquista en 1521, cuando ya bajo el dominio español estos toman la región como personal recompensa. Y luego de que Moctezuma Xocoyotzin, penúltimo huey tlatoani mexica, mandara a Culhuacán a descansar entre placenteros paisajes naturales a los burócratas y soldados viejos que habían estado a su servicio, en agradecimiento a sus años de trabajo.
A partir de ahí el tezontle y piedra extraído de las canteras de Culhuacán, los cuales eran transportados a Tenochtitlan como tributo, fue sustituido por el labrado de piedra volcánica para abastecer a la capital en el período Colonial que comprende tres siglos. Viene el proceso de organización territorial a la par del de la evangelización, por lo que el pueblo se divide en 18 barrios, con nombre de un santo católico antepuesto al topónimo.
En el siglo xix y debido a recurrentes modificaciones de las divisiones político-territoriales de la Ciudad de México, Culhuacán pasa a formar parte de Coyoacán.
Comparsa Charros de San Francisco Culhuacán
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Ramírez Kuri refiere en su texto que en las tres primeras décadas del siglo xx y paralelo a la continua reubicación de la población, el núcleo central de la Ciudad de México registra un aumento notable de 344 mil habitantes en 1900 a un millón 029 mil en 1930. «De acuerdo con las referencias históricas de la Ciudad de México, en Coyoacán e Iztapalapa, desde 1900 se localiza un cúmulo de pueblos que, con marcadas variaciones registraba 21,510 habitantes incluyendo las respectivas cabeceras. En el caso de Coyoacán, los nueve pueblos existentes tenían una población de 3,904 habitantes que incluyendo la villa en el Centro Histórico (cabecera con 1,607 habitantes) ascendían a 5,511 habitantes».
Barrio Santa Ana del pueblo de San Francisco Culhuacán
culhuacaneneltiempo.bloges.org
En 1900 el 20 por ciento de esa población, dice, se concentraba en Culhuacán, uno de los nueve pueblos ubicado en el oriente, donde habitaban 799 personas. «Para 1921, esta población había descendido casi a la mitad, y representaba sólo el 10 por ciento del total de habitantes de los pueblos (3,882 habitantes)», decremento que Ramírez Kuri considera asociado al reacomodo que impulsó la Revolución Mexicana, y que se recupera hasta los años 30 cuando se registran 1,059 habitantes en el pueblo de Culhuacán, equivalente a la quinta parte de la población de los pueblos de la delegación.
A principios del siglo xx Culhuacán formaba parte de la región agrícola que se extendía por toda la franja sur de la Ciudad de México, gracias a su chinampería, de la que se obtenía maíz y frijol, entre otros cultivos.
Ex Convento de Culhuacán en 1950
Para 1950 la población se había casi duplicado porque había mil 983 habitantes, equivalente a 16 por ciento de la población total de los pueblos de Coyoacán (12 mil 452 personas). En 1970 San Francisco Culhuacán había alcanzado una población de 17 mil 909 habitantes y los ocho pueblos restantes de la delegación (La Candelaria, Los Reyes, San Pablo Tepetlapa, Santa Úrsula Coapa, San Mateo Churubusco y San Lucas) registraban 56 mil 254 habitantes. Pueblos que conurban a la delegación Coyoacán en 1970 de acuerdo con los lineamientos de la Ley Orgánica del Departamento del Distrito Federal; y donde además existen 11 barrios reconocidos, cuatro de ellos integran el pueblo de San Francisco Culhuacán: San Juan, San Francisco, Santa Ana y La Magdalena.
En el período post revolucionario (los años 20), anota Ramírez Kuri, se dota al pueblo de tierras ejidales pertenecientes a la Hacienda de San Antonio Coapa —propiedad de la señora María Escandón de Buch—, y en 1929 «al constituirse las delegaciones políticas del Distrito Federal y sus nuevas delimitaciones geográficas que conservan hasta la actualidad, una porción del territorio del pueblo de Culhuacán es incorporada a la Delegación Iztapalapa y la otra, de menor escala a la Delegación Coyoacán».
Estanque del ex Convento de Culhuacán
Así que en el contexto de la Reforma Agraria, los culhuacanenses demandaron al gobierno la restitución de las tierras que previamente habían tomado las haciendas, y cuyos títulos de propiedad les habían sido otorgados desde la época Colonial; sin embargo, la demanda no procedió por carecer de comprobación legal.
En los años 40 el pueblo de San Francisco Culhuacán comenzó a verse afectado por el acelerado proceso de urbanización e industrialización, por lo que los cultivos de temporal en las chinampas pronto comenzarían a desaparecer, los conflictos por la tierra resurgen con las primeras expropiaciones para la expansión de la estructura vial, y se agudizan en las décadas de los 50, 60 y 70, con la expansión de la mancha urbana.
No tardaron en aparecer en el pueblo grandes desarrollos habitacionales con la correspondiente infraestructura vial, y en las tierras expropiadas al ejido surgieron colonias populares. Porque San Francisco Culhuacán tenía asentamientos irregulares en tierras ejidales, y colonias como la del Mirador, iniciaron con 400 viviendas familiares. Fue entonces cuando los ejidatarios decidieron que con las indemnizaciones recibidas integrarían un fondo para la creación de zonas urbanas ejidales como «beneficio último de la revolución», para que les fueran otorgados lotes y casas.
Como paulatinamente muchos ejidatarios se vieron imposibilitados de comercializar sus productos agrícolas, y debido a que el cultivo de maíz en sus reducidas parcelas ya no les alcanzaba para mantener a sus familias, comenzaron a buscar otro tipo de empleos en la ciudad. Se ocuparon entonces como albañiles y carpinteros o como técnicos en compañías de teléfonos y de comunicación.
La mancha urbana fue implacable en su crecimiento, y en tres décadas —1970 a 1990— en donde antes los ejidatarios cultivaban maíz y alfalfa para alimentar al ganado, los involucrados en la industria de la construcción sembraron fraccionamientos, unidades habitacionales, centros comerciales, deportivos y recreativos. La estructura vial creció y actualmente delimita colonias, unidades habitacionales y asentamientos surgidos el siglo pasado.
Así, la Calzada Taxqueña cruza horizontalmente el pueblo de San Francisco hasta entroncar con la Avenida Tláhuac. Pero es en esta vialidad donde en 2006 fue construido un puente vehicular que le dio mayor fluidez a la zona. El Eje 3 Oriente pasa por Culhuacán y divide a San Antonio, y la ampliación de la infraestructura urbana tiene su significativa ampliación con la conclusión y puesta en marcha de la línea 12 del Metro, una de cuyas estaciones tiene el nombre de Culhuacán y, otra más, se localiza en San Andrés Tomatlán.
San Francisco tiene dos calles principales, 5 de Mayo y Ejido; esta última cambia de nombre a Rosa María Sequeira al entroncar con la Avenida de los Apaches que colinda con las unidades habitacionales y la Escuela Naval Militar. Otras dos calles significativas son la Miguel Hidalgo, que proviene de la Calzada Taxqueña, y la de Santa Ana que conduce a la plazuela y la parroquia. Aunque debido al incremento de la población y con la llegada de nuevos habitantes el pueblo ha visto crecer sus índices de asaltos, robo de autopartes y drogadicción. Independientemente de las riñas que protagonizan bandas de jóvenes de la localidad, quienes ante la demanda de vivienda de los inmigrantes se han quedado sin espacios para la diversión y esparcimiento.
Festividades
Las fiestas patronales, dice Ramírez Kuri, «condensan el esfuerzo de la comunidad por preservar y reproducir el sentido de ser pueblo y las tradiciones que se representan periódicamente en el espacio público». La fiesta más importante en Culhuacán es la de la Santísima Trinidad, en la que se rinde culto al Señor del Calvario y se realiza entre mayo y junio con la participación de los 11 barrios. Se lleva a cabo una procesión desde la capilla del Calvario, ubicada en Calle 16 de Septiembre (entre las calles Morelos e Iturbide), hasta el parque Culhuacán, acompañada por una banda de música. En la entrada de la capilla se coloca una portada, elaborada con productos de la tierra como semillas y flores, la cual correspondió poner no hace mucho a la mayordomía de San Francisco; mientras que en la Plaza Leona Vicario bailan las comparsas y se encienden los castillos con pirotecnia.
«La fiesta comienza y termina diariamente con música, comida y castillos, las misas se celebran al mediodía», apunta Ramírez Kuri. «El domingo es el primer día, abren en la mañana con la banda y los mariachis para darle las mañanitas al Señor del Calvario, y recibir a los barrios de Coyoacán: San Francisco, San Juan, La Magdalena y Santa Ana», señala.
El templo de San Francisco, ubicado en el barrio del mismo nombre, en Coyoacán,
alrededor de 1930. Fue planeado como capilla abierta en el siglo XVI, pero sólo fue
hasta el siglo XVIII cuando adquirió su aspecto actual (Fotografía INAH)
Según refieren algunos pobladores, hace 400 años los canteros de Culhuacán al realizar sus labores escucharon el llanto de un niño, por lo que alarmados comenzaron a buscar el origen del sollozo, percatándose que provenía del interior de una cueva. Una vez que la abrieron y entraron en ella, quedaron sorprendidos por la aparición de la imagen un Cristo negro (Señor del Calvario), que se encontraba al final de la cueva acompañado de dos ángeles, por lo que de inmediato comunicaron al cura y demás pobladores la milagrosa aparición, lo que originó la construcción de una pequeña capilla en el interior de la cueva para veneración de la imagen.
Además de la festividad de la Santísima Trinidad que se festeja en los meses de mayo y junio en la parroquia del Calvario y la Plaza Leona Vicario, el 24 de junio es la fiesta del Barrio San Juan, el 22 de julio la del Barrio La Magdalena, el 26 de julio la del Barrio de Santa Ana y el cuatro de octubre la festividad del Barrio de San Francisco.
Finalmente, los pobladores del Barrio de San Francisco organizan el carnaval desde hace 25 años —según refieren los organizadores en el blog «http://san-francisco-culhuacan-lym.blogspot.mx/»—, para recordar «cuando los romanos andaban en busca de Jesús». Refieren también que lo tradicional es que los hombres se disfracen con vestimenta de mujer, «blusas, faldas, medias y zapatillas».
En cuanto a la fecha del carnaval apuntan que no tiene una determinada, «depende cuándo caiga Semana Santa, y esto se festeja el domingo después del Miércoles de Ceniza». Participan en el carnaval alrededor de cien personas y es organizado por la agrupación Juniors.
A pesar del precipitado proceso de urbanización que ha vivido Coyoacán, tanto en su zona Centro como en los Pedregales y los Culhuacanes, aún se conservan barrios y pueblos tradicionales como San Francisco Culhuacán, con su cultura fragmentada, pero con la voluntad de sus pobladores por preservar sus tradiciones, como última resistencia a los cambios modernizadores. No olvidemos que el pueblo de Culhuacán fue el más importante en el Valle de México de la época prehispánica, y en él convergieron el pasado colonial y el actual, de plena urbanización. Por eso incursionar en los Culhuacanes es como adentrarse en la tradición y la identidad de sus habitantes.

miércoles, 23 de julio de 2014

Los Reyes Hueytlilac

Los Reyes, antes Hueytlilac (voz náhuatl que significa «en las grandes aguas negras»), es una de las comunidades más antiguas de Coyoacán. Sus orígenes se remontan al periodo preclásico del 2,400 al 200 a.C., con los primeros asentamientos de núcleos poblacionales en Cuicuilco y Copilco, en una angosta faja definida por las aguas del Lago de Texcoco y el Pedregal.
Iglesia de Los Reyes, en Coyoacán
Con la llegada de los españoles, Coyoacán se convirtió en importante centro de población, y la zona de los pueblos en lugar de ineludible paso para el tránsito hacia la zona sur de la región.
Los habitantes de esa zona llamada Quiahuac («lugar que tiene agua de lluvia») rechazaban la dominación española, por lo que tras de varios enfrentamientos debieron migrar hacia Ocuela y Huitzilac.
Luego de que las aguas disminuyeron en el lago, éste quedó como zona pantanosa; sin embargo, a mediados del siglo xix, con la construcción de canales y drenes, las tierras pudieron ser paulatinamente cultivables, por lo que se establecieron en los alrededores considerable número de ranchos, como el de los Padres Camilos, cuya área de influencia incluía al pueblo de La Candelaria y al de Los Reyes. Otro pueblo que en la orilla del lago compartía tales características era San Francisco Culhuacán.
Como otros pueblos mesoamericanos, los habitantes de Los Reyes basaron su alimentación en los cultivos del maíz, la calabaza y el frijol, además de quelites como lengua de vaca, quintoniles y verdolagas. También tenían a su disposición chilacayote, jitomate, tomate, chayote, epazote, chile, nopal, flor de calabaza, hongos, y huitlacoche; frutales como membrillo, tejocote, capulín, zapote, guayaba, aguacate, así como una gran diversidad de flores.
En las zanjas, en la cantera y en pequeños lagos, se pescaba el ajolote, el acocil, y la carpa, y se recolectaba la huevera de mosco (ahuautle). Se cazaba tlacuache, cacomixtle, paloma, zorrillo, pato, liebre, cincuate, cascabel y tortolita; de los magueyes  se extraía el gusano. Para el cuidado de los cultivos se diseñaron técnicas hidráulicas avanzadas, además, Los Reyes se destacaba por ser una importante zona chinampera, y por el cultivo de flores y la confección de artesanías hechas con ellas como actividad económica preponderante.
Una calle del pueblo de Los Reyes
A fines del siglo xix el pueblo de Los Reyes así como los de La Candelaria y San Francisco Culhuacán comenzaron la disputa de las tierras, debido a que los campesinos presentaban distintos títulos de propiedad que atestiguaban sus derechos sobre las tierras. El conflicto fue determinante para marcar la participación de los pueblos en la gesta revolucionaria al lado de Emiliano Zapata, los que una vez triunfantes convirtieron la mayoría de las áreas circundantes en tierras ejidales.
En la década de los veinte dichos pobladores vendían en La Merced los susodichos productos que cultivaban, además dio inicio la explotación de las canteras del Pedregal de Monserrat.
Por ahí pasaban quienes se dirigían hacia Tlalpan y Xochimilco, y como la actual Calle Francisco Sosa y la Colonia del Carmen, también eran zonas de quintas y casas de fin de semana de los habitantes de la Ciudad de México.
Cuando el cinco de octubre de 1934 es promulgado el decreto presidencial que definió el área centro de Coyoacán como Zona Típica y Tradicional, el pueblo de Los Reyes quedó fuera de la zona considerada como histórica, aun cuando sus antecedentes ameritaban que se le hubiera incluido. Sin embargo, como no fue así, vino el auge de las construcciones en la zona y fueron edificados condominios y unidades habitacionales, con lo que la población se duplicó.
Celebración del Señor de La Misericordia
La venta de las áreas cultivables continuó con el transcurso de los años para dar paso a la construcción de fraccionamientos, donde habrían de instalarse los nuevos núcleos habitacionales, por lo que el carácter rural de esos pueblos comenzó a transformarse al ocasionarse el desplazamiento de las áreas de cultivo y la incorporación de los pobladores a la actividad productiva urbana.
Tras de la creación de las zonas habitacionales de Xotepingo y Ciudad Jardín y las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Pacífico, varios de los espacios ocupados por los pueblos fueron vendidos o expropiados por causas de utilidad pública o permutados.
En este proceso se vio envuelto el pueblo de Los Reyes, como otros más de Coyoacán, y en la década de los cuarenta se dio el incontenible fenómeno del aumento de la población. Durante la siguiente década se instala la Universidad Nacional Autónoma de México en la Ciudad Universitaria, y se incrementan las construcciones y la depredación de muchos de sus valores naturales y urbanísticos.
En la década de los cincuenta, por el incontenible avance de la mancha urbana, fue ocupada el área norte de Coyoacán, con lo que comenzó a instalarse importante número de establecimientos industriales, situación que contribuyó a la transformación de los pueblos al surgir barriadas de trabajadores, y por acuerdo entre comuneros y colonos o avecindados, comenzó un lento y en ocasiones conflictivo crecimiento de los pueblos hacia la zona del Pedregal.
El crecimiento poblacional continuó en aumento en la década de los sesenta, sobre todo en la zona de los Pedregales, que fue ocupada en su totalidad por invasiones sucesivas, provocando un crecimiento no planificado en la zona oriente de Coyoacán.
En los años 70 y 80 aparecieron las unidades habitacionales y rápidamente expandieron su territorio hasta colindar con Iztapalapa y el Canal Nacional, por lo que en la actualidad, con la urbanización de fraccionamientos y conjuntos habitacionales se observa la totalidad de su suelo ocupado.
La actividad inmobiliaria se aposentó en dichos pueblos a causa de la gran demanda de vivienda por parte de quienes, procedentes de otras partes del territorio nacional o, incluso, de la misma ciudad, querían vivir en el Distrito Federal, pero sin que el lugar que iban a escoger como nueva residencia perdiera las características de los pueblos de provincia. Debido a eso fueron demolidas las antiguas viviendas y con ello se desplazó a sus originales habitantes, lo que también modificó las costumbres hasta el punto que en algún pueblo el fenómeno se ha vuelto irreversible.
Aún así, en la mayoría de los pueblos perdura un gran respeto por sus tradiciones, los habitantes celebran puntualmente sus festividades, conservándose leyendas, tradiciones y organizaciones que, como sucede con las de mayordomos, son uno de los principales baluartes de la conservación de la figura del pueblo como tal, así como de su estructura sociocultural.
Festividades
Celebración de muertos en Los Reyes. Fotografía: Laura Corona
Los pobladores de Los Reyes han tenido especial fervor para preservar sus ritos y tradiciones, así como para celebrar las fiestas religiosas, y los santos patronos del lugar no podrían ser otros que los tres Reyes Magos, por lo que cada seis de enero se les festeja con una comida que es preparada para todos los habitantes del pueblo.
Lo tradicional es el mole, el arroz y los tamales que se hacen tanto para los asistentes a las fiestas como para las ofrendas que se les dan a los Reyes Magos. Con el sistema de la mayordomía, una familia cuida la imagen religiosa durante todo el año y el día de la fiesta prepara la comida para todos los asistentes.
Fiesta de los Reyes Magos el seis de enero, santos patronos del pueblo de Los Reyes.
Fotografía Consejo Nacional para la Cultura y las Artes
Antiguamente el mole y las tortillas se hacían en el metate y varias mujeres o molenderas se encargaban de su preparación, pero conforme transcurrieron los años, los molinos y la masa de maíz preparada sustituyeron a los utensilios tradicionales, lo que significó una ayuda para quienes debían andar a la brega toda la noche a fin de poder saldar el compromiso. Además, a la festividad se le agregaron otros sabrosos platillos de la cocina mexicana, declarada por cierto Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, como la barbacoa, las carnitas y el chicharrón en salsa verde. Sin embargo, para los habitantes de Los Reyes, el platillo emblemático sigue siendo el mole, las mayordomías tienen total vigencia y sentido, y la preparación de los alimentos para la fiesta debe ser colectiva.
Portada de flores de la iglesia de Los Reyes
Además de la fiesta a los Reyes Magos, existen otras celebraciones religiosas importantes, como el recibimiento al Señor de las Misericordias, que se lleva a cabo el primer domingo de septiembre. En el siglo xx la imagen del Señor de La Misericordia suplantó a los Santos Reyes Magos y se transformó en una imagen regional venerada por la mayor parte de los pueblos, barrios y algunas colonias de Coyoacán y ciertas comunidades de Álvaro Obregón y Benito Juárez.
En Los Reyes, el recibimiento del Señor de las Misericordias es, actualmente, la fiesta más grande del año. Igual que para los Reyes Magos, funcionan las mayordomías y los alimentos se preparan entre vecinos siguiendo ciertas reglas. Por ejemplo, la tradición dice que cuando se preparan tamales la persona que comienza a hacerlos es la que debe de terminar; que nadie más debe de tocar la preparación o la vaporera porque, si lo hacen, los tamales quedan «pintos» (la cocción no es pareja); y que para arreglarlos se debe aventar un puño de semillas de chile a la lumbre y gritarles groserías a los tamales.
El Señor de La Misericordia
Celebración del Señor de La Misericordia. Fotografía tomada en 2008
El Señor de La Misericordia, como lo escribe Ana María Castro, cronista de pueblos y barrios de Coyoacán, es la imagen más venerada de Coyoacán y delegaciones limítrofes como Álvaro Obregón y Benito Juárez. Al respecto, la cronista apunta en su artículo «¿Quién es el Señor de La Misericordia» (www.cronistasdf.org.mx) que más allá de ser una devoción católica es un convicción social. «Su imagen en bulto no sólo representa el santo protector de la mayoría de los hogares coyoacanenses; no sólo es el ‘Chaparrito’ que ‘escucha’ pacientemente las peticiones especiales de sus afligidos devotos o que parece sonreír ante las manifestaciones de agradecimiento de los fervorosos fieles que recibieron el ‘milagro’ esperado. El Señor de La Misericordia es, ante todo, el gran aglutinador que logra hacer no sólo de la mayor parte del territorio coyoacanense sino, más aún, de algunos  pueblos de otras jurisdicciones vecinas, una especie de Santuario la mayor parte del año».
La venerada imagen. Fotografía El Félix
El Señor de la Misericordia realiza una serie de visitas durante siete meses del año a pueblos, barrios y colonias donde los devotos celebran a su «Santo», apunta Ana María Castro, quien refiere también la visita que le hace la gente de Zapotitlán, Tláhuac (sus antiguos dueños), a su casa de Los Reyes, Coyoacán, así como la festividad de la «Octava», mediante la cual «el Señor convoca miles y miles de voluntades, de afanes, de convicciones y, en cierta medida, de sacrificios económicos, pues en cada ceremonia, por demás fastuosa, se invierte una gran cantidad de recursos monetarios. Sin embargo, todo pareciera ser poco: año con año los responsables de la organización de los ‘recibimientos’ y ‘entregas’ de la imagen –cuyo origen de su llegada a Coyoacán es por demás legendario–, se empeñan por superar el esfuerzo realizado el año anterior. Nada es suficiente y, mucho menos, excesivo para venerar y agradecer a Jesús, en su advocación de Señor de La Misericordia, el amor, la protección y los favores recibidos por él desde los antiquísimos tiempos –tan antiguos que se pierden en la memoria aún de la gente de más edad de Coyoacán– en que por iniciativa de un pueblo asolado por una de las últimas pestes de cólera que tuvo lugar en la ciudad capital durante el siglo xix, el ‘Chaparrito’ salió de la parroquia del pueblo de Los Reyes, jurisdicción coyoacanense, para recorrer el territorio afectado, bendecir y brindar consuelo a los miles de infectados y a los deudos de los que no lograron sobrevivir a tamaña calamidad».
La cronista recuerda que más tarde, la presencia del Señor de La Misericordia volvió a ser requerida «en la terrible época en que la ausencia de lluvias sumió en el hambre y la desesperación no sólo a la gente que se alimentaba con los productos del campo, sino que vivía de su venta e intercambio. Nuevamente el Santo Patrono, en el imaginario religioso popular, ‘escuchó’ las sentidas plegarias y regaló el agua necesaria para la obtención de las magníficas cosechas que dieron fama a la mayoría de los poblados coyoacanenses por su riqueza en manantiales, ojos de agua y producción hortícola y floricultora». Posteriormente, los recorridos se volvieron una «bella y longeva tradición», por lo que las visitas «dejaron de tener un carácter meramente religioso para volverse el crisol donde se fragua una gran y sólida red social;  el pretexto para hacer desaparecer –por momentos– las fronteras jurisdiccionales; el motivo para saldar viejas culpas; la obligación de agradecer los dones recibidos; la oportunidad para compartir con propios y extraños el pan y la sal; el objeto de alabanzas, música y bailes; la inspiración de los artesanos cuyo oficio centenario se traduce en hermosas y espectaculares portadas, andas, tapetes y pirotecnia de colores mil, (arte que logra conjugar antiguas tradiciones de origen prehispánico, con costumbres provenientes de Europa)… en fin, la catarsis que invita a los congregantes a la búsqueda de una mejor forma de vida: espiritual y materialmente significativa; religiosa y festiva; solidaria y participativa».
Patrimonio material
Para mayor referencia
El pueblo de Los Reyes se encuentra ubicado al suroeste de la delegación Coyoacán, colinda al sur con el Pedregal de Santo Domingo de los Reyes, al norte con la Colonia El Rosedal, al oriente con el pueblo de La Candelaria, al poniente con el Barrio del Niño Jesús. Su acceso principal es por las avenidas Real de los Reyes, Miguel Ángel de Quevedo y Las Torres.
Su patrimonio inmaterial lo constituye una casa-habitación que data del siglo xix y se localiza en Calle Las Flores número 64 esquina con Los Reyes.
Otra edificación más es el Templo de los Santos Reyes, colorida iglesia del siglo xvi y que se encuentra en la Plazuela de Los Reyes, a la que se puede llegar por la Calle de Real (entre la Avenida Pacífico y el Eje 10 Sur). La iglesia fue antigua y al parecer, de la original sólo quedó una de las torres. Ahí se celebran varias fiestas, la más notable es la del Señor de la Misericordia en el mes de septiembre, pero la gente le tiene especial cariño a la de los Tres Reyitos, en enero.
Asimismo, la Quinta de Los Reyes, casa-habitación del siglo xx, ubicada en Calle Real de Los Reyes número 187 esquina con Plazuela de Los Reyes.
En tanto que el Manantial Xochiacatl, del siglo xix, se encuentra en Real de Reyes número 304.