domingo, 6 de octubre de 2013

La nahuala de la Selene

Quién sabe de cuántos temas no hablábamos en las tertulias del Treceño, la popular cantina de la Colonia Guerrero —de la cual ahora es propietario Raúl Moyssen—, allá por la década de los ochenta cuando ahí convergíamos numerosos amigos, colegas y rivales del dominó, de todas las tendencias, corrientes y profesiones, porque entonces no había otro abrevadero más democrático en la ciudad para refrescar el gaznate mientras Juanito el mesero lo consentía a uno con la exquisita botana. Tan democrática cantina ubicada en la Guerrero que un día asaltaron en el baño a Ángel Ocampo, otro de los fraternos asiduos al lugar, que también salía de la oficina a las tres de la tarde los viernes para ya no regresar.
Fueron los años en que recorrimos las cantinas del centro —con el célebre Seminario por delante, famosa por su reloj cuyas manecillas giraban al revés y donde Zapata, el jovial mesero, nos atendía hasta después de la hora de cerrar—, debido a que un servidor trabajaba en la Subsecretaría de Cultura cuyo titular era Martín Reyes Vayssade —último subsecretario por cierto, antes de la creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes—, en la oficina de Divulgación Cultural que encabezaba mi amigo Alfredo Mustieles.
Precisamente en torno a nuestra mesa del Treceño y luego de sucesivas y prolongadas veladas, las anécdotas, peripecias y acontecimientos que hasta la fecha teníamos acumuladas en la vida, habían contribuido a consumir cigarrillos y rones mientras afuera el mundo seguía inflexible su curso y el inexorable reloj nos marcaba el tiempo sin necesidad de atisbar por la puerta para ver cómo se diluían las sombras con la noche.
Fue precisamente en una noche de octubre de 1987 cuando Juanito recogió el dominó con lo que aceptamos sin chistar que era tiempo de emprender la retirada, un amigo de Rafael Luviano se ofreció a llevarme en su coche debido a que también vivía por el rumbo de Tláhuac, afuera nos despedimos siete o más veces de mano y palmada en la espalda hasta que finalmente abordamos los vehículos y emprendimos todos juntos el correspondiente camino a casa.
El trayecto fue rápido a esa hora de la madrugada, Calzada de Tlalpan, Avenida Taxqueña y al topar con pared vuelta a la derecha para tomar Avenida Tláhuac, que entonces todavía muchos le llamaban Calzada México—Tulyehualco, y a las tres de la mañana estábamos en el cruce de Montes Cárpatos y Océano de las Tempestades, justo donde se encuentra todavía una lechería de Liconsa. Aquí me bajo, dije, y aquel que no, que cómo me iba a dejar ahí. Sólo voy a caminar un par de cuadras, insistí, además la colonia es muy tranquila. No te preocupes, comenté. En este pueblo no hay ladrones, parafrasee el título de una película y él sólo me respondió con un allá tú. Nos despedimos y enfilé sobre Montes Cárpatos rumbo hacia el Eje 10. Entonces esa calle sólo era la única que estaba pavimentada.
Comenzaba a refrescar, el cielo estaba limpio y la luna de octubre resplandecía como suele hacerlo en ese mes, así que la iluminación era suficiente, entonces no había muchos árboles que oscurecieran la calle. Respiré profundo y continué mi trayecto hacia el Cerro de Guadalupe en medio del silencio más reconfortante para la imaginación, recuerdo que ni un solo perro sintió mis pasos sobre el asfalto. Prácticamente no había nubecillas en el cielo, por lo que el escenario sugería montar de inmediato algún episodio de lúgubre invención. Pero no tuve tiempo ni de moldear los personajes porque al fondo de la calle, cerca del Eje 10, divisé que venían tres personas.
Había de por medio unas cuatro cuadras entre aquellas figuras cuyo sombreado contorno lo marcaba el fulgor de la luna y yo, así que conforme se aceraron pude distinguir que se trataba de dos niños y una mujer, por lo que no le di importancia a su presencia en la ya no tan desolada calle y continué ensimismado en mis pensamientos. Sólo que al momento de llegar a la mitad de la última cuadra que me faltaba para doblar hacia la izquierda en Mar de la Serenidad, me sobresalté al ver que una señora y sus dos pequeños hijos estaban a diez metros de mi.
Al momento en que cruzaron por mi derecha los miré con la discreción que uno puede tener a las tres y pico de la madrugada en una calle donde el silencio era tan denso que podía fracturarse con la respiración, saludé cual inveterada costumbre de la gente de pueblo y mientras respondía vi a la señora de diminuto tamaño con la cabeza cubierta por un rebozo y descalza y los niños de talla aún más pequeña que lo habitual, si acaso de unos cuatro y cinco años de edad. No pude verle el rostro a la mujer por culpa de esos claroscuros que se forman con la luz neón de aquellos arbotantes de antaño, por lo que al quedar fuera del ángulo de mi rabillo del ojo derecho me preparé para llegar a la calle donde vivía dispuesto a concluir la jornada de un viernes más con los amigos.
Sin embargo, no había avanzado ni dos pasos cuando la señora me detuvo con su tenue vocecilla y me dijo «oiga, joven, ¿dónde está la lechería de la Conasupo?»
Voltee hacia ella y muy comedido me acerqué los dos o tres pasos que nos separaban, diciéndole que siguiera sobre la calle e indicándole con la mano la dirección en la que se encontraba la lechería. Pero cuando estuve a un metro de distancia de ella y debido a la luz del arbotante que no lograba ocultar su rebozo, por fin pude entrever la mitad de su espeluznante rostro en el ángulo que me permitía mi posición, porque la señora no medía más de metro y medio de alto.
No sé en qué momento terminé de explicarle a aquella señora que siguiera derecho, lo que sí sentí fue un estremecimiento seguramente enviado por alguno de mis instintos como señal de advertencia para que botara del cuerpo la confianza que hasta hace unos segundos tenía, y esa parte de su cara que quedó iluminada fue un semblante moreno y grotesco, porque tenía los dientes desalineados y tan burdos que los de su mandíbula superior quedaban fuera de su ancha boca, los pómulos exageradamente salidos sobre los que podían verse ralos vellos que escondían aún más sus ojos, como agazapados en oquedades sombrías, aunque de ellos salían tenues destellos de tétrica fosforescencia.
En segundos quedé pasmado por ver aquel rostro, enmudecí, sabía que estaba fuera de toda lógica que una señora con dos escuincles que por cierto no me quitaban la mirada de encima, estuviera a las tres y pico de la mañana en medio de una calle de colonia de pueblo buscando una lechería de la Conasupo, pero sobre todo que anduviera muy quitada de la pena sin morral ni cubeta en mano para poner los dos o tres litros de leche que debía adquirir. Y como el pánico aún no me invadía tuve tiempo de preguntarme también de dónde venía esa mujer con los chamacos, si entonces ni gente había pasando el Eje 10. Además de que la vestimenta de la señora no correspondía con las prendas de vestir que usaba la gente del pueblo.
Sentí que mi cuerpo estaba helado, con seguridad fue porque en cierto momento de la explicación que le daba bajé la vista y vi que sus pies descalzos de igual forma eran de descomunal tamaño en proporción a la talla de la mujer, deformes y con dedos saltones y uñas como afiladas apuntando hacia el suelo. Además de que los niños también iban descalzos y desabrigados. De no haber sido espectros de leyenda entonces encajaban muy bien en el rubro de lo que años más tarde los sociólogos del régimen dieron en llamar como mexicanos de pobreza extrema. Al menos el resplandor de la luna y la luz de un arbotante me permitieron ver todo eso.
Poco antes de comenzar a sentir que me venía un estremecimiento del cuerpo aquella señora simplemente dijo «gracias» y reanudó junto con los niños su camino, no esperé a verla partir por supuesto, di la media vuelta y comencé a caminar un poco más aprisa de como lo hago habitualmente. Sólo que a los diez u once pasos mi curiosidad me hizo voltear a ver si la mujer había continuado derecho sobre Montes Cárpatos, y ¡cuál no sería mi sorpresa por no encontrarla en ningún resquicio de la calle! Me planté en el centro de la arteria para tener mejor perspectiva por si habían decidido caminar por la banqueta, aunque ya desde entonces eso no se podía hacer, ni en Tlaltenco ni en todo Tláhuac.
Después de pensarlo dos veces me regresé a la siguiente bocacalle, en Mar de la Crisis, donde después fue abierta una tortillería que aún funciona; miré de un lado a otro y ¡nada! Simplemente la mujer y los niños se habían volatizado, de plano. Fue hasta entonces cuando comencé a sentir una sensación de escalofrío, caminé a casa, me metí en la cama y tardé bastante tiempo en dormirme, en el acostumbrado ejercicio de regresar una y otra vez la película en mi mente acerca de lo que me había sucedido. Sólo hasta entonces los nervios comenzaron a alterarme.
Aún así los siguientes cuatro o cinco días me levanté temprano, lo más cercano a la hora en que las señoras iban a la lechería a formarse, para ver si encontraba a aquella mujer en la fila, pero nunca me topé con nada parecido. Fue algo extraño lo que me sucedió aquel día de octubre de hace veintiséis años, aunque el encuentro con la extraña mujer se significó por ser el primero de otros casos de los que también he sido testigo, aunque no el único por fortuna. Como el repentino surgimiento de una nube blanca en forma de hongo que hace cuatro años vimos a la media noche junto con dos vecinos de la cuadra.
Lo anterior vino a colación por ser octubre y, sobre todo, a casi un mes de las festividades de día de muertos, por lo que decidí llamar a la mujer la nahuala de la Selene, aunque también le hubiese quedado el nombre de la tlatlacatecolo de la colonia, por aquello de que para los nahuas eso significaba hombre—búho debido a que solamente se aparecía por las noches. Tal cual se me presentó aquella señora en una calle de esa colonia de Tlaltenco con la cara cubierta por un rebozo, el que quién sabe por qué motivo, causa o circunstancia, decidió no correrlo más allá de lo que el fulgor de la luna y la luz de una farola le descubrieron cuando no pude eludir el pararme frente a ella. Porque quizás siga vagando por ahí ante otros que deambulan entre la noche, a pesar de que el Metro finalmente llegó a Tláhuac y con él han llegado otro tipo de peligrosos individuos dispuestos a interceptar transeúntes para robarles su teléfono celular y demás pertenencias de valor, cuando no privarlos de la vida misma.