miércoles, 17 de julio de 2013

De la Tierra a la Luna en un beso

Seis de la mañana del jueves 17 de julio de 1969, la astronave Apolo 11 se encuentra a 223 mil 500 kilómetros de la Tierra, su velocidad ha ido disminuyendo y ahora se desplaza a unos mil 554 metros por segundo. Dos minutos más tarde despierta la tripulación luego de un descanso de nueve horas. Son momentos culminantes de un acontecimiento que pasará a los anales de la humanidad.
Atrás había quedado la hazaña de Charles Lindbergh, con su vuelo sin escalas entre Nueva York y París, y todavía mucho más atrás la odisea del genovés Cristóbal Colón.
Nueve horas antes del lanzamiento el presidente Nixon había expresado a los tres astronautas desde la Casa Blanca: «Llevan con ustedes un sentimiento de buena voluntad en esta aventura, la más grande que haya emprendido el hombre». La conversación había sido por teléfono, porque Nixon prefirió asistir al Estadio Robert F. Kennedy en Washington a presenciar el encuentro de beisbol entre los Senadores y los Tigres de Detroit, en lugar de ir a Cabo Kennedy, Florida, a presenciar el lanzamiento.
Despegue del Saturno
A las diez de la mañana con veintidós minutos de aquel 17 de julio se encienden los cohetes para corregir por segunda vez el rumbo. La humanidad entera no perdía detalle. En Castelgandolfo el Papa PauloVI dijo estar «admirado por los primeros astronautas que pondrán el pie en el pálido satélite de la Tierra».
En Londres, el director del Observatorio Radioastronómico aseguró haber quedado «embelesado» al contemplar el lanzamiento por televisión. «Es el comienzo de una fase enteramente nueva en el mundo a lo que no se le puede ver el fin, con enormes posibilidades para el bien o para el mal», dijo.
Mientras la sonda soviética Luna 15, lanzada hacia la Luna cuatro días antes, estaba a punto de posarse sobre la superficie lunar, aunque sin tripulantes a bordo, y los expertos de la NASA (National Aeronautics and Space Administration) detectaban «tormentas de granizo» en el satélite de la Tierra; aunque en realidad se trataba de micrometeoritos o polvo espacial de roca o metal, y los salvadoreños capturaban a los primeros 250 prisioneros hondureños de la llamada «Guerra del Futbol».
¿Quién será, en un futuro no lejano, el Cristóbal Colón de algún planeta?, había escrito el poeta Amado Nervo en octubre de 1917… ¿Quién logrará, con máquina potente, sondar el océano del éter, y llevarnos de la mano allí donde llegaron solamente los osados ensueños del poeta?... Y la profecía de Julio Verne plasmada en De la Terre à la Lune, novela científica y satírica del estereotipo estadounidense publicada en el Journal des débats politiques et littéraires entre septiembre y, por cierto, también en un mes de octubre, pero de 1865, para describir los problemas que debían enfrentar quienes pretendieran atravesar el espacio para posarse, comenzaba a hacerse realidad.
Armstrong, Collins y Aldrin
Arriba, en la inmensidad del espacio, el comandante de la misión Neil Armstrong, de 38 años; Eldwin E. Aldrin Jr, de 39 años y piloto del Módulo Lunar (Eagle), y Michael Collins, de 38 años y piloto del Módulo de Mando (Columbia) acaparaban la atención de todo el mundo.
Ralph Abernathy, líder negro que se encontraba en Cabo Kennedy a la hora del lanzamiento, acompañado por varios de sus correligionarios para protestar por los gastos de los miles de millones de dólares empleados en la conquista del espacio en lugar de utilizarlos en la guerra contra la pobreza, olvidó que hubiese tantos seres padeciendo hambre en el mundo al escuchar el atronador rugido de los cohetes Saturno V y presenciar el impresionante espectáculo de la cauda de fuego y humo de la nave Apolo 11.
Gracias al uso de los satélites de telecomunicaciones, la mañana del 16 de julio de 1969 pudo ver el lanzamiento de la astronave alrededor de 528 millones de personas en el mundo. Los directivos de la ABC estadounidense, la cual facilitó la información conjunta hacia el exterior, calculó que 100 millones de personas habían presenciado el suceso en estados Unidos y Canadá; 300 millones en Europa, 50 millones en Japón, 10 millones en México, 18 millones en Centro y Sudamérica y 50 millones más en Asia y Australia.
Aún así, millones de Latinoamericanos se sintieron defraudados aquel 16 de julio al fracasar los planes tan anunciados de transmitir en vivo por televisión el lanzamiento del Apolo 11. Entel, la compañía nacional argentina de comunicaciones, dio a entender que el fracaso se debió a que América Latina había sido dejada de lado para favorecer a Europa y Estados Unidos por Consat (Comunicación por Satélite) y la NASA.
En México, la Secretaría de Educación Pública suspendió las «labores lectivas» el lunes 21 de julio para que niños y jóvenes (entonces cursaba el segundo grado de secundaria en la Comarca Lagunera) no perdiéramos detalle del alunizaje, recordemos que Armostrong y Buzz Aldrin esperaron seis horas y media para pisar la Luna, lo cual hizo el primero cuando pronunció la célebre frase de «Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad».
Collins en la superficie lunar
El entonces vicepresidente estadounidense Spiro Agnew declaró a los reporteros que Estados Unidos «debería tomar la determinación de poner un hombre en Marte para fines del siglo». Al mismo tiempo, el reverendo Abernathy encabezó una marcha de 300 manifestantes en la que manifestó su felicidad «porque vayamos a la Luna… Pero me sentiría aún más dichoso si hubiéramos aprendido a vivir aquí en la Tierra».
Justo el día del lanzamiento de la Apolo 11, los Estados Unidos efectuaron dos pruebas nucleares subterráneas en el polígono de Nevada, con fuerza aproximada de veinte a 200 kilotoneladas. Aún faltaban casi cuatro años para que concluyera la guerra en Vietnam, pero un día como hoy hace 20 años (cuarenta y cuatro años para ser más precisos debido a que hasta hoy pude publicar el presente texto), el hombre comenzaba la exploración del universo con el primer envío de una nave tripulada al espacio.
Aquel verano de 1969 fui a una excursión de la escuela cuya ruta comprendió visitas a ciudades como Guadalajara, el Distrito Federal, Oaxaca con las majestuosas zonas arqueológicas de Mitla y Monte Albán; Juchitán en el Istmo de Tehuantepec, Coatzacoalcos y Veracruz. Así que para cuando Armstrong pisó la superficie lunar, tuve la impresión frente a la pantalla del televisor de haber estado días antes en el satélite de la Tierra debido a la ignición que experimenté tras de descubrir cómo un primer beso a mi primer novia (de quien en la escuela se decía que le daba un aire a Judy Geeson) tuvo igual o más fuerza que cinco motores F1 y otros cinco J2 con todo y su consumo de 15 toneladas de combustible por segundo que pusieron al Saturno en órbita.

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