miércoles, 24 de julio de 2013

El Barrio de La Conchita en Coyoacán

La fascinación por Coyoacán pervive desde la época prehispánica, a la que se llegaba por entre los tulares y carrizales del lago. Bernal Díaz del Castillo dice que al comenzar el siglo XVI había unas seis mil casas construidas mitad en tierra y mitad en agua y adoratorios en forma de torres. Según las Relaciones de Domingo de San Antón Muñoz Chimalpahin, hacia 1332 un grupo de la gente de Chalco, inducido por el sacerdote Quetzalcanauhtli, emigró a Coyoacán para fundarlo.
Al consumarse la conquista española en 1521, Hernán Cortés y su hueste se establecieron ahí mientras se limpiaba de cadáveres y escombros Tenochtitlan, así que durante su estancia en Coyoacán, el conquistador aprovechó el tiempo para fundar el primer Ayuntamiento de la nueva ciudad, repartió los solares en torno de la Plaza Mayor y se dio tiempo para cotejar a la Malintzin.
La Villa de Coyoacán era alcaldía mayor de la Nueva España y se le reconocía como uno de los sitios más amenos y fértiles, poblado desde entonces por casas de campo, con jardines y huertas, que producían muchas frutas que eran llevadas en gran cantidad a la Ciudad de México. Perteneció a los bienes del Marquesado del Valle de Oaxaca, al cual pagaban tributos y constituían la alcaldía los pueblos de San Ángel, San Agustín de las Cuevas, Tacubaya, Chapultepec y los Remedios.
Las frondosas arboledas
En aquella época la población se desarrolló a lo largo de un camino que iba de Churubusco a Chimalistac, sobre el cual confluían otras vías diagonales, una desde Mixcoac y otra desde Tenochtitlan, que se desprendía de la calzada de Iztapalapa. En aquella época Coyoacán estaba cercado por frondosas arboledas y amenos huertos, así como con profusos y cristalinos riachuelos que partían del manantial de los Padres Camilos, con sus concurridos lavaderos de ropa, donde proliferaban los ahuehuetes.
La antigua México—Tecnochtitlan se proveía del agua dulce de los manantiales coyoacanenses, luego de que Ahuizotl se había apoderado de los de Acuecuechco en 1503.
Así que si Coyoacán representa un lugar emblemático de la Ciudad de México, el Barrio de La Conchita con su anchurosa plaza y su capilla —la más antigua del rumbo y no falta quienes aseguran que es el primer edificio cristiano de México—, es de igual forma uno de los más representativos de la antigua Coyohuacan (del náhuatl coyotl, coyote; hua, partícula que indica posesión, y can, locativo, nombre que significa «lugar de quienes tienen o veneran coyotes»).
El Centro de Coyoacán era La Conchita
En recientes excavaciones al interior y exterior de la Capilla de la Inmaculada Concepción, arqueólogos del INAH encontraron construcciones prehispánicas que datan cuando menos del año 600 d.C., y permiten señalar que Coyoacán tuvo un centro —plaza principal— anterior al mexica bajo lo que hoy conocemos como el templo de La Conchita, aunque al decir del arqueólogo Juan Cervantes Rosado, se desconoce aún cuál era el grupo étnico que poblaba la zona.
En entrevista con el diario Crónica, uno de los coordinadores del proyecto de rescate explicó que en la época mexica el centro de Coyoacán estaba en lo que hoy es la iglesia de San Juan Bautista, y de ahí se extendía a los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, con los vestigios  descubiertos, los cuales son anteriores a la época tolteca, es posible decir que el centro de estos pobladores tempranos estaba en La Conchita y se extendía hacia el oriente, hasta lo que hoy es el Barrio de San Lucas.
Los vestigios encontrados pertenecen a la llamada fase Coyotlatelco —anteriores a la ocupación tolteca—  y son tres plataformas que fueron construidas en el periodo que siguió al colapso de Teotihuacán. Los arqueólogos no pudieron identificar si fueron parte de casas o  templos, debido a que una de éstas fue destruida por la iglesia y solamente apareció una parte; de otra sólo encontraron una esquina que va a la Calle Fernández Leal, y la tercera se encuentra cortada atrás de la sacristía.
Lo que sí aseguró el arqueólogo Cervantes Rosado, es que en los alrededores de  La Conchita puede haber construcciones de la época tolteca. Las excavaciones en tienen al menos dos metros de profundidad y han aparecido los vestigios de la ocupación —aunque sin determinar la filiación étnica de esos pobladores tempranos—, como cerámica, alrededor del año 600 d.C.
Ahí hubo fue mucha migración, como lo vemos en la estancia tolteca y luego mexica, y en esta última el lugar estaba poblado por tepanecas que tenían nexos con los otomíes, manifestó el especialista en su entrevista con Crónica.
Sitio preferido como lugar de descanso
Los medios de transporte permitieron que se propagara el gusto por acudir a lugares de descanso, desde finales del siglo XIX las familias ricas adquirieron casas para los fines de semana en villas como San Ángel a las que comenzaba a llegarse fácilmente por tranvías tirados por mulas y después por los eléctricos, y fue así como el turismo de fin de semana comenzó a descubrir el particular encanto de los barrios coyoacanenses.
Aunque como apunta Francisco Sosa en su obra Bosquejo histórico de Coyoacán, Tlalpan, San Ángel, Mixcoac y Tacubaya eran asiento de residencias veraniegas de las familias ricas de México, «y no era fácil que Coyoacán recobrase sino muy lentamente su perdido esplendor». Pero estaba a punto de alcanzarlo, sobre todo a partir de la paz porfiriana en 1877, cuando la metrópoli mexicana comenzaba a expandirse como consecuencia natural del progreso «cada día más notorio de las poblaciones de los alrededores», como apunta Francisco Sosa, en referencia a Tlalpan, San Ángel y Mixcoac, «rivales de Coyoacán».
Acerca de esas tres villas rivales, asienta que eran consideradas como sitios de recreo que «prosperan, pero no bastan ya a contener la población flotante, en los calurosos días del verano, por lo cual, en los dos últimos años (su obra fue publicada en 1890), Coyoacán se ha visto notablemente favorecido por numerosas familias (...) muchas de las cuales han permanecido en la villa enamoradas (...) de su amenidad, de la dulzura de su clima y de la vida verdaderamente patriarcal que en ella se disfruta. Porque es de advertir, que entre las ventajas que Coyoacán ofrece a las familias inmigrantes, no es la menos apreciable la de que el lujo aún no ha sentado sus reales en la villa».
Un barrio de prosapia
Se denomina barrio al caserío que se asienta y expande como subdivisión de una ciudad, es como un pequeño poblado agregado a ella, pero población independiente que por regla general tiene iglesia propia, con su correspondiente santo patrono, la placita o jardín, sin muchas pretensiones por supuesto, y sus infaltables fiestas. Con el transcurso del tiempo Coyoacán creció y el Barrio de la Conchita, asentado sobre una extensión de 50 hectáreas, quedó delimitado por la Avenida Miguel Ángel de Quevedo y las calles de San Francisco, Higuera y Vallarta, como supervivencia de un antiguo calpuli prehispánico.
Lo cierto es que el pintoresco Barrio de la Conchita, además de ser uno de los más antiguos de la Ciudad de México, es un sitio agradable para caminarlo, como lo es todo el tradicional Coyoacán, con sus casonas de añosas paredes que le impregnan ese ambiente provinciano que lo distingue, y que ha sido lugar de residencia de artistas, escritores, pintores y músicos.
No en balde Claude Bataillon y Hélene Riviere D’Arc refirieron en su obra La ciudad de México (SepSetentas Diana, 1979), que los del sur son «los barrios más agradables climáticamente, además de que gozan de sitios topográficamente pintorescos y de una mayor tranquilidad, lejos de los populosos barrios industriales», aun cuando el Valle de México no es ya la «región más transparente del aire» debido a que «ha perdido la pureza del medio climático que se mantuvo hasta el comienzo de los años cuarenta».
Para los capitalinos de otras zonas de la Ciudad, su cercanía con Coyoacán les permite la posibilidad de adentrarse en la historia del lugar con sólo emprender un recorrido que incluya el Centro Histórico y sus alrededores, y caminar por la Calle de Higuera rumbo al aledaño Barrio de la Conchita al tiempo que observa las múltiples y antiguas construcciones. Como para motivarlo a recrear aquel intrigante pasado, al ver la Casa de la Orden de los Camilos, la Casa Colorada, la Casa Municipal que se encuentran dentro del perímetro del Barrio de la Conchita, sin faltar el Jardín Frida Kahlo.
La Plaza de La Conchita
Sobre la empedrada Calle de Higuera se localiza la singular Plaza de la Conchita, la cual resalta con mucho a la vista del espectador, porque parece que los árboles quisieran esconder celosamente entre sus hojas centenario secreto. Algunos dicen que la capilla es el primer edificio cristiano de México, como quiera que sea se encuentra ubicada muy cerca de donde brotaban los manantiales, y de esos, como muchos otros que hubo en la Colonia por diversos puntos de la Ciudad, ya no queda ni huella.
Alrededor de la Plaza de la Conchita se encuentran además varias cafeterías, donde el visitante podrá reflexionar y deleitarse con la sensación de encontrarse por un instante en otra época, como por ejemplo en los siglos virreinales cuando Coyoacán fue asiento de huertas, conventos, haciendas y obrajes.
Y es que el Barrio de la Conchita es como una ventana por donde se puede atisbar el pasado, con sus seductoras leyendas de casas en las que espantan y deambulan aparecidos, con calles donde por las noches transitan figuras fantasmales, aunque el grafiti en las paredes de pronto le ocasione un abrupto regreso al presente al más imaginativo de los andantes.
Sitios de interés
Frente a la célebre y arbolada Plaza se encuentra la Casa Colorada, aunque la voz popular la reconoce simplemente como la Casa de doña Marina o de la Malinche, construida en el siglo XVI, de gruesos muros pintados de rojo y grandes ventanales con barrotes de forja, donde se asegura que vivieron un año Hernán Cortés y su intérprete y compañera tabasqueña. También hay versiones de que la casona sirvió como campamento militar del conquistador.
La Casa Colorada, por su tipo virreinal, es sin duda la construcción más antigua de Coyoacán, se encuentra ubicada entre las calles Vallarta e Higuera, y se considera que las paredes más gruesas corresponden a las de la estructura original, que era de un piso.
Con el tiempo le fue agregado a la casona una segunda planta, pero en la actualidad no se le pueden hacer modificaciones sin la autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia debido a que es un monumento colonial.
Sin embargo, algunos historiadores refieren que el edificio virreinal no fue habitado por Cortés y la Malinche, ni tampoco fue campamento militar, por lo que es errónea la atribución popular que se hace de dicho recinto, ya que se trató de un obraje y de cárcel local hacia el siglo XVIII.
Actualmente la Casa Colorada es una vivienda particular, por lo que si el caminante desea visitarla lo mejor es que no llame a la puerta. Sus moradores son los pintores mexicanos Rina Lazo y Arturo García Bustos, quienes están convencidos de que esa es una de las viviendas históricas más importantes de México.
En la Plaza también se encuentra la churrigueresca, pero bella capilla del Barrio de la Conchita, edificada desde la época Colonial en honor a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, donde al igual que en los demás barrios coyoacanenses el día del santo patrono, el ocho de diciembre, se celebra fastuosa fiesta, pletórica de ceremonias religiosas, procesiones, música, danzas, juegos mecánicos y fuegos pirotécnicos, sin faltar la tradicional vendimia.
Al respecto, Salvador Novo en su obra Historia y leyenda de Coyoacán (Colección Sepan Cuantos, Editorial Porrúa, 1999) dice que terminada la parroquia en 1582 dedicada a San Juan Bautista, «se erigen capillas en los pueblos y barrios coyohuaques», pero la Capilla de la Conchita «queda sola, aislada al centro de la plaza en que estuvo el teocalli, como única realización del deseo que Cortés expresó en su testamento, de fundar en ese sitio un convento de monjas».
La plaza y la parroquia son, desde octubre de 1934, zona típica y pintoresca, y desde el 19 de diciembre de 1990 zona histórica por decreto federal.
Como es de suponerse, la fiesta patronal del barrio ha sufrido diversas transformaciones en los últimos años debido a la llegada de nuevos vecinos y, sobre todo, al cierre de una fábrica de papel, cuyos dueños se significaron durante varias décadas por ser principales promotores y patrocinadores de la fiesta.
La verbena popular se desarrolla en torno a la capilla, colmada de entusiastas lugareños y asiduos visitantes provenientes de diversas partes de la Ciudad de México.
Conocida por su tranquilidad y arbolada plaza, además de sus historias y leyendas que de ella se cuentan, la construcción barroca corresponde al siglo XVIII. La capilla se encuentra cerrada la mayor parte del año, por lo que sus puertas solamente son abiertas para misas dominicales, bodas y, en especial, para la fiesta patronal.
El edificio original fue mandado construir por el propio Cortés, quien eligió ese sitio porque muy cerca brotaban manantiales que, como ya anotamos líneas antes, abastecieron a la ciudad de Tenochtitlan.
En el Barrio de la Conchita también se encuentra la que fue residencia de los Padres Camilos, orden religiosa fundada por Camilo Lelis, construida en el siglo XVII, la cual destaca por su portal elaborado de piedra negra y que es uno de los restaurantes de fama y tradición del rumbo.
El actual inmueble, de uso comercial conocido como «El ex Convento», fue una de las doce fincas de descanso de la Congregación de los Padres Camilos, orden religiosa que llegó a nuestro país en 1775. En ese sitio los frailes cultivaron toda clase de hortalizas, así como árboles frutales y flores, para lo cual aprovecharon las bondades del clima y su suelo, sumamente fértil debido a que había agua en abundancia que manaba del manantial denominado «Ojo de los Camilos» o «Momoluco».
La vieja casona conserva la mayoría de sus detalles arquitectónicos originales. El zaguán es una muestra singular de los trabajos de los artífices de 1900. Como datos curioso se cuenta que en el crucero formado antiguamente por las calles de Huzquiltenco y Ferrocarril, allá por en año de 1868, era camino obligado del tren que unía a la Ciudad de México con el antiguo pueblo de Coyoacán.
Asimismo, dentro del pintoresco Barrio de La Conchita se localiza la llamada Hacienda de Cortés, antigua casona de estilo colonial mexicano que, se dice, fue parte de las caballerizas del conquistador español. La historia de la casa en el siglo pasado se remonta a los años veinte, cuando fue habitada por el notable pintor Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl. Años más tarde vivió en ella el actor Tito Guizar (Allá en el Rancho Grande). Posteriormente la habitó el poeta yucateco Antonio Medisbolio, autor de varias canciones mexicanas.
En 1934 la casa fue adquirida por el señor Rubén Mejía Salcedo, mexicano ejemplar quien para evocar aquel pasado colonial de México y honrar la memoria del que fuera el fundador de nuestra gran nación, bautizó la casa con el nombre de Quinta Hernán Cortés.
En aquel tiempo, estando el señor Mejía en plena obra de reconstrucción, descubrió un túnel que comunica la casa con otras construcciones de la época, dentro del cual estaba, entre varios y valiosos ídolos, el sello de Cuauhpopoca, huey tlatoani de Coyoacán, además de una vasija que contenía un esqueleto, probablemente de alguno de los tepanecas que habitaron esa región.
La Quinta de Hernán Cortés abrió sus puertas en 1993 convertida en un centro cultural y gastronómico.
Historia, tradición y cultura es sinónimo de Coyoacán, sitio preferido por los capitalinos y turistas porque ahí encuentran de todo como en botica, desde museos para todos los gustos hasta sitios con la mejor oferta gastronómica, así como pintorescas cantinas. Con paseos que integran los peculiares rasgos arquitectónicos de las construcciones de la zona con agradables áreas verdes, donde es posible encontrar anticuarios y galerías de arte.
Y como es área protegida por decreto desde 1934, las restricciones con respecto a usos y destinos del suelo, densidad de construcción y altura de los edificios, garantiza que Coyoacán y sus barrios como el de la Conchita se preserven como están para disfrute y admiración de las generaciones venideras. Así que la Conchita espera con sus páginas abiertas de la historia a quien guste ir a dar un paseo por sus calles y áreas verdes, con la intención de remontarse al pasado, al menos por unos instantes.

miércoles, 17 de julio de 2013

De la Tierra a la Luna en un beso

Seis de la mañana del jueves 17 de julio de 1969, la astronave Apolo 11 se encuentra a 223 mil 500 kilómetros de la Tierra, su velocidad ha ido disminuyendo y ahora se desplaza a unos mil 554 metros por segundo. Dos minutos más tarde despierta la tripulación luego de un descanso de nueve horas. Son momentos culminantes de un acontecimiento que pasará a los anales de la humanidad.
Atrás había quedado la hazaña de Charles Lindbergh, con su vuelo sin escalas entre Nueva York y París, y todavía mucho más atrás la odisea del genovés Cristóbal Colón.
Nueve horas antes del lanzamiento el presidente Nixon había expresado a los tres astronautas desde la Casa Blanca: «Llevan con ustedes un sentimiento de buena voluntad en esta aventura, la más grande que haya emprendido el hombre». La conversación había sido por teléfono, porque Nixon prefirió asistir al Estadio Robert F. Kennedy en Washington a presenciar el encuentro de beisbol entre los Senadores y los Tigres de Detroit, en lugar de ir a Cabo Kennedy, Florida, a presenciar el lanzamiento.
Despegue del Saturno
A las diez de la mañana con veintidós minutos de aquel 17 de julio se encienden los cohetes para corregir por segunda vez el rumbo. La humanidad entera no perdía detalle. En Castelgandolfo el Papa PauloVI dijo estar «admirado por los primeros astronautas que pondrán el pie en el pálido satélite de la Tierra».
En Londres, el director del Observatorio Radioastronómico aseguró haber quedado «embelesado» al contemplar el lanzamiento por televisión. «Es el comienzo de una fase enteramente nueva en el mundo a lo que no se le puede ver el fin, con enormes posibilidades para el bien o para el mal», dijo.
Mientras la sonda soviética Luna 15, lanzada hacia la Luna cuatro días antes, estaba a punto de posarse sobre la superficie lunar, aunque sin tripulantes a bordo, y los expertos de la NASA (National Aeronautics and Space Administration) detectaban «tormentas de granizo» en el satélite de la Tierra; aunque en realidad se trataba de micrometeoritos o polvo espacial de roca o metal, y los salvadoreños capturaban a los primeros 250 prisioneros hondureños de la llamada «Guerra del Futbol».
¿Quién será, en un futuro no lejano, el Cristóbal Colón de algún planeta?, había escrito el poeta Amado Nervo en octubre de 1917… ¿Quién logrará, con máquina potente, sondar el océano del éter, y llevarnos de la mano allí donde llegaron solamente los osados ensueños del poeta?... Y la profecía de Julio Verne plasmada en De la Terre à la Lune, novela científica y satírica del estereotipo estadounidense publicada en el Journal des débats politiques et littéraires entre septiembre y, por cierto, también en un mes de octubre, pero de 1865, para describir los problemas que debían enfrentar quienes pretendieran atravesar el espacio para posarse, comenzaba a hacerse realidad.
Armstrong, Collins y Aldrin
Arriba, en la inmensidad del espacio, el comandante de la misión Neil Armstrong, de 38 años; Eldwin E. Aldrin Jr, de 39 años y piloto del Módulo Lunar (Eagle), y Michael Collins, de 38 años y piloto del Módulo de Mando (Columbia) acaparaban la atención de todo el mundo.
Ralph Abernathy, líder negro que se encontraba en Cabo Kennedy a la hora del lanzamiento, acompañado por varios de sus correligionarios para protestar por los gastos de los miles de millones de dólares empleados en la conquista del espacio en lugar de utilizarlos en la guerra contra la pobreza, olvidó que hubiese tantos seres padeciendo hambre en el mundo al escuchar el atronador rugido de los cohetes Saturno V y presenciar el impresionante espectáculo de la cauda de fuego y humo de la nave Apolo 11.
Gracias al uso de los satélites de telecomunicaciones, la mañana del 16 de julio de 1969 pudo ver el lanzamiento de la astronave alrededor de 528 millones de personas en el mundo. Los directivos de la ABC estadounidense, la cual facilitó la información conjunta hacia el exterior, calculó que 100 millones de personas habían presenciado el suceso en estados Unidos y Canadá; 300 millones en Europa, 50 millones en Japón, 10 millones en México, 18 millones en Centro y Sudamérica y 50 millones más en Asia y Australia.
Aún así, millones de Latinoamericanos se sintieron defraudados aquel 16 de julio al fracasar los planes tan anunciados de transmitir en vivo por televisión el lanzamiento del Apolo 11. Entel, la compañía nacional argentina de comunicaciones, dio a entender que el fracaso se debió a que América Latina había sido dejada de lado para favorecer a Europa y Estados Unidos por Consat (Comunicación por Satélite) y la NASA.
En México, la Secretaría de Educación Pública suspendió las «labores lectivas» el lunes 21 de julio para que niños y jóvenes (entonces cursaba el segundo grado de secundaria en la Comarca Lagunera) no perdiéramos detalle del alunizaje, recordemos que Armostrong y Buzz Aldrin esperaron seis horas y media para pisar la Luna, lo cual hizo el primero cuando pronunció la célebre frase de «Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad».
Collins en la superficie lunar
El entonces vicepresidente estadounidense Spiro Agnew declaró a los reporteros que Estados Unidos «debería tomar la determinación de poner un hombre en Marte para fines del siglo». Al mismo tiempo, el reverendo Abernathy encabezó una marcha de 300 manifestantes en la que manifestó su felicidad «porque vayamos a la Luna… Pero me sentiría aún más dichoso si hubiéramos aprendido a vivir aquí en la Tierra».
Justo el día del lanzamiento de la Apolo 11, los Estados Unidos efectuaron dos pruebas nucleares subterráneas en el polígono de Nevada, con fuerza aproximada de veinte a 200 kilotoneladas. Aún faltaban casi cuatro años para que concluyera la guerra en Vietnam, pero un día como hoy hace 20 años (cuarenta y cuatro años para ser más precisos debido a que hasta hoy pude publicar el presente texto), el hombre comenzaba la exploración del universo con el primer envío de una nave tripulada al espacio.
Aquel verano de 1969 fui a una excursión de la escuela cuya ruta comprendió visitas a ciudades como Guadalajara, el Distrito Federal, Oaxaca con las majestuosas zonas arqueológicas de Mitla y Monte Albán; Juchitán en el Istmo de Tehuantepec, Coatzacoalcos y Veracruz. Así que para cuando Armstrong pisó la superficie lunar, tuve la impresión frente a la pantalla del televisor de haber estado días antes en el satélite de la Tierra debido a la ignición que experimenté tras de descubrir cómo un primer beso a mi primer novia (de quien en la escuela se decía que le daba un aire a Judy Geeson) tuvo igual o más fuerza que cinco motores F1 y otros cinco J2 con todo y su consumo de 15 toneladas de combustible por segundo que pusieron al Saturno en órbita.