viernes, 26 de abril de 2013

Santiago Zapotitlán

Semana Santa en Zapotitlán. Fotografías de Sergio Rojas

Santiago Zapotitlán, al decir de Cecilio Robelo, cuyo nombre traducido como abreviación de cuautzapotl, que significa árbol de zapote, y tlan, lugar o de entre, es «entre los árboles de zapote», uno de los siete pueblos prehispánicos de la delegación Tláhuac, fue un pequeño asentamiento ubicado en las faldas del cerro llamado Xaltepec, a la orilla de la calzada que a la vez cumplía las funciones de dique para controlar las inundaciones en Tenochtitlan, pero no despertó el interés en los cronistas de la conquista como Cuitláhuac y Mixquic.
José Esteban Chavarría Salas, cronista oriundo de Santiago Zapotitlán, dice que el pueblo fue fundado hace unos 575 años, y que ha sido uno bien ubicado estratégica y geográficamente, porque su topografía le permitía disfrutar del lago sin temor a las inundaciones, debido a la protección que le daba encontrarse en una colina de casi 50 metros de altura. «Se encontraba sobre una gran planicie rica para la agricultura, además sus grandes yacimientos de arena, grava, tepetate, tezontle piedra y madera, lo hacían el gran proveedor de la gran Tenochtitlan y de los pueblos que lo necesitaran», describe.
Zapotitlán estaba asentado en una larga colina de aproximadamente dos kilómetros de larga que le permitía a sus pobladores una gran visibilidad en el lago, así como una gran riqueza lacustre. Según describe el investigador, estaba dividido en dos grandes barrios, uno era el de Tlapcopa, que significa naciente, y otro el de Ciuatlampa, que significa poniente. Sus terrenos de cultivo eran planos y de gran riqueza productiva, y abarcaban desde la colindancia con Tetlalpa, que quiere decir «terreno con tierra y piedra», hasta el poniente, donde estaba el canal que por el lado norte conectaba con el lago salado de Tetzcoco. En resumen, se trataba de aproximadamente unos 50 kilómetros cuadrados de alta producción,  un gran terreno que incluso antes de la erupción del volcán Xitle y hasta el año 200 a.C., ocupaba el gran señorío de Techichco, que significa «en las tetas de piedra», en alusión a que los cerros Xaltepetl y Yehualiucan asemejan los pechos de una mujer.
Para el mes de noviembre de 1519 Cuautzapotitlan tendría unos cuatro mil habitantes, los que de acuerdo con Chavarría Salas, «su gran capacidad de trabajo, así como sus recursos materiales y agrícolas le habían convertido en un auténtico pilar en el desarrollo de Tenoch». Porque, explica, «contaba con el mejor maíz de la región y calabaza, chile y frijol de la mejor calidad, en lo referente a materiales se enviaba a Tenochtitlan gran cantidad de tezontle, piedra, arena y madera, además de cumplir con el correspondiente tributo». Porque la contribución de Zapotitlán, en comparación con cualquier otro pueblo, fue muy superior.
El colaborador de la revista Nosotros comenta que la historia «pocas veces» se refiere a su querido pueblo, «y cuando lo hace es de manera imprecisa, vaga o incorrecta», por lo que sostiene que quien no sabe cómo se llama, qué significan su nombre y apellidos, de dónde viene y cuál es la esencia de su pueblo, «será toda la vida una persona que estará predispuesta a aceptar lo que de él digan».
Durante una plática con el ingeniero Chavarría Salas, y de quien próximamente será publicado un libro por la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña, cuyo título es precisamente el de Cuautzapotilán, asegura que el nombre original del pueblo le fue puesto por Tlacaelel, «y se consolidó como uno que también tuvo qué cumplir con sus obligaciones, como todo asentamiento importante, razón por la cual tenía asignado un tributo que debía de pagar y que consistía cada seis meses en 400 maxtatl  (ceñidor y calzón); 400 huipilli y cueitl (blusa y falda); mil 200 quachtli (mantas grandes); 400 quachtli (mantas con labor en las orillas) y 400 quachtli (mantas con labor en la cara)».
Asimismo, «cada año debía incluir en el tributo tres trajes de guerrero de gala, tres escudos de gala, un traje de guerrero Águila con escudo, un traje de guerrero Tigre con escudo, un traje de guerrero Flecha con escudo, 20 trajes de guerrero normales de color rojo, 20 escudos rojos normales, 20 trajes de guerrero normales de color café, 20 escudos cafés normales, 20 trajes de guerrero normales de color azul, 20 escudos azules normales, tres cuescomates de frijol desvainado, tres cuescomates de maíz desgranado, tres cuescomates de chía, tres cuescomates de huautli (amaranto)».
«El tributo, como vemos, no resultaba tan gravoso como lo hicieron sentir posteriormente los invasores españoles, utilizándolo como pretexto para liberar a los pueblos de la explotación tenochca, y más que eso, para crear divisiones volteando a muchos pueblos a su favor con mentiras y falsas promesas», explica. Los pueblos tributarios del imperio tenochca eran 372 y estaban clasificados en función de su ubicación geográfica, más que nada por sus características climáticas que era de lo que dependía su tipo de tributo.
«Hacía 85 años que el pueblo se había fundado y ya estaba gobernando la séptima generación con Cuautliyolqui como Tecutli, el pueblo contaba con un ejercito de dos mil elementos y su apoyo al señorío tenochca era leal y total, pues en el pueblo corría sangre 100 por ciento mexica», apunta.
En cuanto a cómo era el pueblo en aquella época, señala que en la plaza principal se contaba con una pirámide de cuatro cuerpos con cuatro escalinatas de 13 escalones cada uno, que en total sumaban 52; asimismo, cada lado de la pirámide era de 52 pasos  y en la parte superior estaba el adoratorio a sus dioses principales, Huitzilopochtli y Tlaloc, el teocalli, ubicado en la parte del Sol naciente. Por la parte norte, hacia el Mictlan, estaba el tecalli o Casa del Señor, que era de menor tamaño, pero de igual calidad en cuanto a sus materiales se refiere, finamente acabados en tezontle rojo con uniones rejoneadas. También era de cuatro cuerpos con cuatro escalinatas, pero con un total de 20 escalones que guardaban el significado de la unidad, representado por el hombre con 20 dedos. A un lado, entre el teocalli y el tecali, se encontraba el cementerio, tenía el nombre de tlatataco. En la parte del poniente, al otro lado de la plaza, se encontraba el tlachco, o juego de pelota, de tamaño reglamentario; mientras que en el centro de la explanada, que era de 52 pasos cada lado, cotidianamente se realizaba el tianquiztli. El tecalli en su antesala contaba con su tzompantli o sala de trofeos en donde estaban ubicadas las cabezas de piedra labradas de cada uno de los guerreros famosos que habían sido derrotado en combate.
«Al lado poniente del tlachco o juego de pelota, se ubicaba de norte a sur la hilera de casas que recibía el nombre de calmecatl, el lugar en donde se educaban los hijos de Cuautzapotitlan. Y finalmente, a todo lo largo del lado sur de la explanada, se podía una impresionante hilera de acallis amarradas en miles de estacas. Se trataba del embarcadero del pueblo más importante en ese momento del imperio tenochca. Después se encontraba la explanada que llevaba el nombre de teopanixpa, que significa ante dios; y la parte posterior del teocalli se llamaba teopancuitlapa, que significa en la tierra donde excrementa dios».
José Eduardo López Bosch, cronista de la delegación Tláhuac, dice que Zapotitlán «ha mantenido su apellido náhuatl a pesar de las embestidas de la conquista, cuyos misioneros lo bautizaron con el nombre del apóstol, que también les permitió darle nombre al calpulli mayor, en donde se levantó sobre el teocalli un templo en su honor desde el siglo xvi y que ha sido modernizado y reconstruido, hasta que en 1933 fue declarado como monumento colonial» (revista Nosotros, número 24, enero de 2000).
El cronista, también colaborador de la revista Nosotros, reseña en el artículo referido que «hasta mediados del siglo pasado, el avance del poblado fue muy limitado, logrando a fines de los años 30 que se cristalizaran algunas conquistas de la Revolución, entre las que destacan mejores comunicaciones, aún en las zonas lacustres, el establecimiento de algunos servicios urbanos, una escuela y un campo deportivo, además de existir reparto agrario entre sus habitantes; pero también demográficamente fueron creciendo, lo que incrementó su mancha urbana que en un principio sólo era de dos barrios, desde su origen, y que los misioneros transformaron a estos calpulli en asentamientos irregulares que advocaron al apóstol Santiago y a la Señora Santa Ana, los que fueron creciendo hacia el exterior, por algunos inmigrantes que formaron la Colonia de la Inmaculada Concepción (La Conchita)».
Iglesia del pueblo
El templo de Santiago Zapotitlán se encuentra en la Plaza Juárez esquina con Allende y Aquiles Serdán. En el lado izquierdo de la nave se encuentra una escultura, talla en madera, de Santiago, del siglo xviii de autor anónimo, de 2.20 metros de alto por 1.60 de ancho. Dice el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Muebles del Instituto Nacional de Antropología e Historia que la escultura lleva una capa bordada con hilo de oro y en la mano una cruz de plata. También de ese lado se localiza  una pintura, óleo sobre tela, de la Virgen con el Señor San Joaquín del siglo xvii.
Mientras que en el altar mayor se encuentra una escultura (talla en madera) de Cristo en la Cruz del siglo xviii; asimismo, del lado derecho de la nave se encuentra otra escultura, también talla en madera, de Jesús en su entrada a Jerusalén, correspondiente a los siglos entre xviii y xix.
Fiestas de Zapotitlán
De vuelta con Chavarría Salas, Cuautzapotitlan se encontraba entre los pueblos circundantes de Tenochtitlan y la mayoría de las fiestas que se celebraban cada mes coincidía con las que se siguen realizando, sobre todo en los pueblos que ya existían a la llegada de los españoles. Algunas de estas fiestas, dice, era la del Atlacahualo o Quiauitleoa, «dejan las aguas» o «se van las aguas»; su correspondencia con el calendario gregoriano es del dos al 21 de febrero, porque el primer día de ese mes, cada 52 años, se realizaba la ceremonia de la renovación del fuego o encendido del fuego nuevo, y en los años ordinarios el primer día se realizaba una fiesta en honor del dios de la lluvia Tlaloc y de su hermana Chalchiutlicue.
Dicha fiesta es la que se sigue realizando en Santiago Zapotitlán, «sólo que los frailes le trataron de anteponer santos —indica el investigador—; primero le antepusieron el día de la Candelaria que se celebra el dos de febrero, fecha de la presentación de Jesús al templo, y la bendición de las candelas y de las semillas; después la cambiaron al cuatro de febrero, cuando se festeja el día del Señor de la Misericordia, que no coincide con el Cristo que está en el altar, como tampoco coincide la fecha, ya que no aparece en el santoral del calendario de Galván. Y finalmente con San Felipe de Jesús, que se celebra el cinco de febrero, pero que tampoco coincide con el Cristo». Sin embargo, apunta que hasta antes de los años 30 en que fue demolida la iglesia antigua, sí existía San Felipe de Jesús, el santo joven, y sí se festejaba en esa fecha.
Al respecto, señala que el Cristo que se encuentra en el altar de la iglesia de Zapotitlán no es Jesús, «pues no tiene corona de espinas, y no es San Felipe, pues al santo joven lo crucificaron con sus ropas de fraile en las costas de Japón».
En cuanto a la fiesta de Tlaxochimaco, «ofrenda de flores», esta se celebra del 12 al 31 de julio. Era la fiesta en honor de Huitzilopochtli al que le ofrecían gran cantidad y variedad de flores. «En todas las casas se preparaba mole con guajolote, venado o tepezcuintle acompañado con tamales de maíz, frijol y agua de chía o pulque para los adultos. Huitzilopochtli fue sustituido por Santiago Matamoros, de ahí los santos patronos en muchos de los pueblos, como el de nosotros: Santiago Zapotitlan», indica.
Por lo que corresponde a la fiesta de Zapotitlán, Alberto Barranco Lozano («Señor Santiago Zapotitlán vuelve a cabalgar entre luces y música», revista Nosotros, número 13, diciembre de 1998), resume en su primer párrafo lo que representa esa festividad: «Y Señor Santiago Zapotitlán, rodeado de puritito fierro, se llenó a olor a pólvora y música; los zapatos, los cabellos, las blusas, los ojos, los aretes, las pestañas, el cinturón, las manos, los labios… También de polvo festivo se impregnaron sus súbditos, junto con los evangélicos de pacotilla y los ateos por la gracia de Dios. Todos, toditos, todititos brincaron, bailaron, danzaron, rechiflaron, aplaudieron a ritmo de banda, de cumbia, de bolero, de cha cha chá, rock, blues, de cachetito, de a brinquito, quebradita, paso triple, juntito a su pior es nada. La noche se quedó con nosotros. Noche del 24 de julio al dos de agosto. Noche de soles pirotécnicos. Noches de disfrutar. Noches de todo un año. Días de borrachera, con pólvora y música».
Zapotitlán es el pueblo que más ha visto transformado su entorno debido a la construcción de unidades habitacionales. Al final del siglo pasado, los entonces jóvenes del Grupo Expresión Cultural Zapotitlán, Filiberto Valdés, Vicente Valdés de la Rosa, Nancy Huerta y Arturo Venegas, comentaron a la revista Nosotros lo siguiente: «Hasta 1995 lo que veíamos en la plaza de Zapotitlán eran grandes castillos que gracias a eso se ha dado a conocer el pueblo», pero eso no era todo el patrimonio cultural, porque se habían dado a la tarea de rescatar danzas como la de las pastoras, las aztecas y la de los vaqueritos.
La danza de los vaqueritos se desarrollaba en una hacienda y surgió en honor a los santos patronos, para darle gracias a Dios por las buenas cosechas. El relato se basa en un torito con el que van jugando e intervienen varios personajes. Se van haciendo alabanzas y al final pasan varios actores y al último del torito van sacando monedas y dulces que se avientan al público, y en señal de júbilo de que terminó la danza y de que hubieron buenas cosechas, de que todo se repartió equitativamente.
En cuanto a la danza de las pastoras deben ser niñas en edad de la primera comunión, de doce años para abajo, niñas puras que dan alabanza a Dios y a la Virgen. Lo de la pastora viene de la pastorela, un poco del juego entre el bien y el mal.
La danza de las aztecas es muy diferente a la de los concheros. «En 1948 se hizo partícipe en las fiestas patronales de Santiago Zapotitlán el grupo de las Aztecas —describen los del Grupo Expresión Cultural en Nosotros, número 8, septiembre de 1997—. Este grupo es formado por niños y niñas de cinco a 12 años. Su finalidad, al igual que otros grupos, era llevar mañanitas a la iglesia en la madrugada de días de fiesta. Su vestimenta constaba tanto para los niños como para las niñas de blusa hasta la cadera, de falda larga de brocado raso o terciopelo en estampado de colores».
Además, otra festividad en el pueblo es el tradicional carnaval de Zapotitlán que se celebra el Domingo de Ramos, cuando los participantes desfilan con caritas de seda y sarapes de colores. «Hay dos comparsas, el Club Santiago Zapotitlán Charros y el Club Raíces Caporales, que le han dado realce al carnaval», refirieron los del Grupo Expresión Cultural.
Otra conmemoración es la representación del Viacrucis en Semana Santa, cuando las calles del pueblo sirven de majestuoso marco para dar mayor dramatismo a la crucifixión de Cristo, la cual concluía antes en un predio donde actualmente se encuentra la Unidad Habitacional Juan de Dios Peza, por lo que en la actualidad el «Gólgota» ha sido recorrido hasta un predio en San Francisco Tlaltenco debido a la expansión de la mancha urbana.
En opinión de Vicente Valdés de la Rosa expresada a la revista Nosotros en 1997, las unidades habitacionales habían influido en la transformación de Zapotitlán, pero no positivamente. «La situación es vista como algo anormal y se pierden tradiciones que ya no se rescatan fácilmente. Lo de los castillos ya nada más es pura fama. El pueblo ya no sale a disfrutar sus tradiciones, sino que se queda en su casa por miedo a la demás gente. La tranquilidad se pierde con tanto vandalismo. Antes salían, andaban en la plaza por la noche, pero ahora ya no, vienen muchos pandilleros. Y es que también hay mucha gente que rechaza a Zapotitlán o al pueblo por falta de educación, porque tienen una cultura distinta o su cultura es la de una televisora».
Acerca del Zapotitlán de otro tiempo, la señora Guadalupe Chavarría Mendoza refiere lo siguiente: «Zapotitlán era muy bonito. Defendimos nuestros ejidos porque aquí viven nuestros hijos, gracias a Dios… Me acuerdo del tren venía de Amecameca, de Morelos, aquí en la curva de Tlaltenco, luego entraba a Zapotitlán, a la estación de los Alcanfores. Ahí trabajaba en la estación don Chanito, y don Bartolo Montes era su peón consentido. Pero cuando yo tenía doce años quitaron la vía, según dicen porque era un contrato que tenían los del ferrocarril con una compañía que no recuerdo su nombre, de cincuenta años. Cuando se cumplieron los cincuenta años levantaron la vía. Pero aquí por Chalco pasa la vía para Morelos… Sí nos llegamos a subir al tren para ir a pasear a Amecameca, o ir a México, el tren hacía como dos horas y media de aquí hasta el centro. Era muy bonito Zapotitlán. Pero todo cambia, todo se acaba. Había el pozo de agua, íbamos a lavar en el acalote, en el ojito de agua a Tulyehualco cuando ya no hubo el acalote…»
Los nuevos tiempos alcanzaron a Zapotitlán. La tradición ha adquirido otros tintes y las ferias del pueblo son sitios de alto riesgo para quienes las visitan, debido a la proliferación de grupos de jóvenes, pero además, de delincuentes que han sentado sus reales en las festividades mucho antes de que llegara la línea 12 del Metro.
Sin embargo, la historia del pueblo dice que se trata de un lugar donde sus pobladores sabrán superar las adversidades que les pueda presentar la modernidad, así como los problemas que le ha representado la expansión de la mancha urbana. Ahora es muy fácil llegar a Zapotitlán en media hora desde el centro, atrás quedaron las dos horas y media que se hacía en el tren de finales del siglo xix y principios del xx, es un pueblo donde la tradición continúa y se revitaliza a pesar de quienes buscan ponerle piedras en el camino a la población originaria que es la heredera de un rico pasado histórico.

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