domingo, 6 de octubre de 2013

La nahuala de la Selene

Quién sabe de cuántos temas no hablábamos en las tertulias del Treceño, la popular cantina de la Colonia Guerrero —de la cual ahora es propietario Raúl Moyssen—, allá por la década de los ochenta cuando ahí convergíamos numerosos amigos, colegas y rivales del dominó, de todas las tendencias, corrientes y profesiones, porque entonces no había otro abrevadero más democrático en la ciudad para refrescar el gaznate mientras Juanito el mesero lo consentía a uno con la exquisita botana. Tan democrática cantina ubicada en la Guerrero que un día asaltaron en el baño a Ángel Ocampo, otro de los fraternos asiduos al lugar, que también salía de la oficina a las tres de la tarde los viernes para ya no regresar.
Fueron los años en que recorrimos las cantinas del centro —con el célebre Seminario por delante, famosa por su reloj cuyas manecillas giraban al revés y donde Zapata, el jovial mesero, nos atendía hasta después de la hora de cerrar—, debido a que un servidor trabajaba en la Subsecretaría de Cultura cuyo titular era Martín Reyes Vayssade —último subsecretario por cierto, antes de la creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes—, en la oficina de Divulgación Cultural que encabezaba mi amigo Alfredo Mustieles.
Precisamente en torno a nuestra mesa del Treceño y luego de sucesivas y prolongadas veladas, las anécdotas, peripecias y acontecimientos que hasta la fecha teníamos acumuladas en la vida, habían contribuido a consumir cigarrillos y rones mientras afuera el mundo seguía inflexible su curso y el inexorable reloj nos marcaba el tiempo sin necesidad de atisbar por la puerta para ver cómo se diluían las sombras con la noche.
Fue precisamente en una noche de octubre de 1987 cuando Juanito recogió el dominó con lo que aceptamos sin chistar que era tiempo de emprender la retirada, un amigo de Rafael Luviano se ofreció a llevarme en su coche debido a que también vivía por el rumbo de Tláhuac, afuera nos despedimos siete o más veces de mano y palmada en la espalda hasta que finalmente abordamos los vehículos y emprendimos todos juntos el correspondiente camino a casa.
El trayecto fue rápido a esa hora de la madrugada, Calzada de Tlalpan, Avenida Taxqueña y al topar con pared vuelta a la derecha para tomar Avenida Tláhuac, que entonces todavía muchos le llamaban Calzada México—Tulyehualco, y a las tres de la mañana estábamos en el cruce de Montes Cárpatos y Océano de las Tempestades, justo donde se encuentra todavía una lechería de Liconsa. Aquí me bajo, dije, y aquel que no, que cómo me iba a dejar ahí. Sólo voy a caminar un par de cuadras, insistí, además la colonia es muy tranquila. No te preocupes, comenté. En este pueblo no hay ladrones, parafrasee el título de una película y él sólo me respondió con un allá tú. Nos despedimos y enfilé sobre Montes Cárpatos rumbo hacia el Eje 10. Entonces esa calle sólo era la única que estaba pavimentada.
Comenzaba a refrescar, el cielo estaba limpio y la luna de octubre resplandecía como suele hacerlo en ese mes, así que la iluminación era suficiente, entonces no había muchos árboles que oscurecieran la calle. Respiré profundo y continué mi trayecto hacia el Cerro de Guadalupe en medio del silencio más reconfortante para la imaginación, recuerdo que ni un solo perro sintió mis pasos sobre el asfalto. Prácticamente no había nubecillas en el cielo, por lo que el escenario sugería montar de inmediato algún episodio de lúgubre invención. Pero no tuve tiempo ni de moldear los personajes porque al fondo de la calle, cerca del Eje 10, divisé que venían tres personas.
Había de por medio unas cuatro cuadras entre aquellas figuras cuyo sombreado contorno lo marcaba el fulgor de la luna y yo, así que conforme se aceraron pude distinguir que se trataba de dos niños y una mujer, por lo que no le di importancia a su presencia en la ya no tan desolada calle y continué ensimismado en mis pensamientos. Sólo que al momento de llegar a la mitad de la última cuadra que me faltaba para doblar hacia la izquierda en Mar de la Serenidad, me sobresalté al ver que una señora y sus dos pequeños hijos estaban a diez metros de mi.
Al momento en que cruzaron por mi derecha los miré con la discreción que uno puede tener a las tres y pico de la madrugada en una calle donde el silencio era tan denso que podía fracturarse con la respiración, saludé cual inveterada costumbre de la gente de pueblo y mientras respondía vi a la señora de diminuto tamaño con la cabeza cubierta por un rebozo y descalza y los niños de talla aún más pequeña que lo habitual, si acaso de unos cuatro y cinco años de edad. No pude verle el rostro a la mujer por culpa de esos claroscuros que se forman con la luz neón de aquellos arbotantes de antaño, por lo que al quedar fuera del ángulo de mi rabillo del ojo derecho me preparé para llegar a la calle donde vivía dispuesto a concluir la jornada de un viernes más con los amigos.
Sin embargo, no había avanzado ni dos pasos cuando la señora me detuvo con su tenue vocecilla y me dijo «oiga, joven, ¿dónde está la lechería de la Conasupo?»
Voltee hacia ella y muy comedido me acerqué los dos o tres pasos que nos separaban, diciéndole que siguiera sobre la calle e indicándole con la mano la dirección en la que se encontraba la lechería. Pero cuando estuve a un metro de distancia de ella y debido a la luz del arbotante que no lograba ocultar su rebozo, por fin pude entrever la mitad de su espeluznante rostro en el ángulo que me permitía mi posición, porque la señora no medía más de metro y medio de alto.
No sé en qué momento terminé de explicarle a aquella señora que siguiera derecho, lo que sí sentí fue un estremecimiento seguramente enviado por alguno de mis instintos como señal de advertencia para que botara del cuerpo la confianza que hasta hace unos segundos tenía, y esa parte de su cara que quedó iluminada fue un semblante moreno y grotesco, porque tenía los dientes desalineados y tan burdos que los de su mandíbula superior quedaban fuera de su ancha boca, los pómulos exageradamente salidos sobre los que podían verse ralos vellos que escondían aún más sus ojos, como agazapados en oquedades sombrías, aunque de ellos salían tenues destellos de tétrica fosforescencia.
En segundos quedé pasmado por ver aquel rostro, enmudecí, sabía que estaba fuera de toda lógica que una señora con dos escuincles que por cierto no me quitaban la mirada de encima, estuviera a las tres y pico de la mañana en medio de una calle de colonia de pueblo buscando una lechería de la Conasupo, pero sobre todo que anduviera muy quitada de la pena sin morral ni cubeta en mano para poner los dos o tres litros de leche que debía adquirir. Y como el pánico aún no me invadía tuve tiempo de preguntarme también de dónde venía esa mujer con los chamacos, si entonces ni gente había pasando el Eje 10. Además de que la vestimenta de la señora no correspondía con las prendas de vestir que usaba la gente del pueblo.
Sentí que mi cuerpo estaba helado, con seguridad fue porque en cierto momento de la explicación que le daba bajé la vista y vi que sus pies descalzos de igual forma eran de descomunal tamaño en proporción a la talla de la mujer, deformes y con dedos saltones y uñas como afiladas apuntando hacia el suelo. Además de que los niños también iban descalzos y desabrigados. De no haber sido espectros de leyenda entonces encajaban muy bien en el rubro de lo que años más tarde los sociólogos del régimen dieron en llamar como mexicanos de pobreza extrema. Al menos el resplandor de la luna y la luz de un arbotante me permitieron ver todo eso.
Poco antes de comenzar a sentir que me venía un estremecimiento del cuerpo aquella señora simplemente dijo «gracias» y reanudó junto con los niños su camino, no esperé a verla partir por supuesto, di la media vuelta y comencé a caminar un poco más aprisa de como lo hago habitualmente. Sólo que a los diez u once pasos mi curiosidad me hizo voltear a ver si la mujer había continuado derecho sobre Montes Cárpatos, y ¡cuál no sería mi sorpresa por no encontrarla en ningún resquicio de la calle! Me planté en el centro de la arteria para tener mejor perspectiva por si habían decidido caminar por la banqueta, aunque ya desde entonces eso no se podía hacer, ni en Tlaltenco ni en todo Tláhuac.
Después de pensarlo dos veces me regresé a la siguiente bocacalle, en Mar de la Crisis, donde después fue abierta una tortillería que aún funciona; miré de un lado a otro y ¡nada! Simplemente la mujer y los niños se habían volatizado, de plano. Fue hasta entonces cuando comencé a sentir una sensación de escalofrío, caminé a casa, me metí en la cama y tardé bastante tiempo en dormirme, en el acostumbrado ejercicio de regresar una y otra vez la película en mi mente acerca de lo que me había sucedido. Sólo hasta entonces los nervios comenzaron a alterarme.
Aún así los siguientes cuatro o cinco días me levanté temprano, lo más cercano a la hora en que las señoras iban a la lechería a formarse, para ver si encontraba a aquella mujer en la fila, pero nunca me topé con nada parecido. Fue algo extraño lo que me sucedió aquel día de octubre de hace veintiséis años, aunque el encuentro con la extraña mujer se significó por ser el primero de otros casos de los que también he sido testigo, aunque no el único por fortuna. Como el repentino surgimiento de una nube blanca en forma de hongo que hace cuatro años vimos a la media noche junto con dos vecinos de la cuadra.
Lo anterior vino a colación por ser octubre y, sobre todo, a casi un mes de las festividades de día de muertos, por lo que decidí llamar a la mujer la nahuala de la Selene, aunque también le hubiese quedado el nombre de la tlatlacatecolo de la colonia, por aquello de que para los nahuas eso significaba hombre—búho debido a que solamente se aparecía por las noches. Tal cual se me presentó aquella señora en una calle de esa colonia de Tlaltenco con la cara cubierta por un rebozo, el que quién sabe por qué motivo, causa o circunstancia, decidió no correrlo más allá de lo que el fulgor de la luna y la luz de una farola le descubrieron cuando no pude eludir el pararme frente a ella. Porque quizás siga vagando por ahí ante otros que deambulan entre la noche, a pesar de que el Metro finalmente llegó a Tláhuac y con él han llegado otro tipo de peligrosos individuos dispuestos a interceptar transeúntes para robarles su teléfono celular y demás pertenencias de valor, cuando no privarlos de la vida misma.

miércoles, 24 de julio de 2013

El Barrio de La Conchita en Coyoacán

La fascinación por Coyoacán pervive desde la época prehispánica, a la que se llegaba por entre los tulares y carrizales del lago. Bernal Díaz del Castillo dice que al comenzar el siglo XVI había unas seis mil casas construidas mitad en tierra y mitad en agua y adoratorios en forma de torres. Según las Relaciones de Domingo de San Antón Muñoz Chimalpahin, hacia 1332 un grupo de la gente de Chalco, inducido por el sacerdote Quetzalcanauhtli, emigró a Coyoacán para fundarlo.
Al consumarse la conquista española en 1521, Hernán Cortés y su hueste se establecieron ahí mientras se limpiaba de cadáveres y escombros Tenochtitlan, así que durante su estancia en Coyoacán, el conquistador aprovechó el tiempo para fundar el primer Ayuntamiento de la nueva ciudad, repartió los solares en torno de la Plaza Mayor y se dio tiempo para cotejar a la Malintzin.
La Villa de Coyoacán era alcaldía mayor de la Nueva España y se le reconocía como uno de los sitios más amenos y fértiles, poblado desde entonces por casas de campo, con jardines y huertas, que producían muchas frutas que eran llevadas en gran cantidad a la Ciudad de México. Perteneció a los bienes del Marquesado del Valle de Oaxaca, al cual pagaban tributos y constituían la alcaldía los pueblos de San Ángel, San Agustín de las Cuevas, Tacubaya, Chapultepec y los Remedios.
Las frondosas arboledas
En aquella época la población se desarrolló a lo largo de un camino que iba de Churubusco a Chimalistac, sobre el cual confluían otras vías diagonales, una desde Mixcoac y otra desde Tenochtitlan, que se desprendía de la calzada de Iztapalapa. En aquella época Coyoacán estaba cercado por frondosas arboledas y amenos huertos, así como con profusos y cristalinos riachuelos que partían del manantial de los Padres Camilos, con sus concurridos lavaderos de ropa, donde proliferaban los ahuehuetes.
La antigua México—Tecnochtitlan se proveía del agua dulce de los manantiales coyoacanenses, luego de que Ahuizotl se había apoderado de los de Acuecuechco en 1503.
Así que si Coyoacán representa un lugar emblemático de la Ciudad de México, el Barrio de La Conchita con su anchurosa plaza y su capilla —la más antigua del rumbo y no falta quienes aseguran que es el primer edificio cristiano de México—, es de igual forma uno de los más representativos de la antigua Coyohuacan (del náhuatl coyotl, coyote; hua, partícula que indica posesión, y can, locativo, nombre que significa «lugar de quienes tienen o veneran coyotes»).
El Centro de Coyoacán era La Conchita
En recientes excavaciones al interior y exterior de la Capilla de la Inmaculada Concepción, arqueólogos del INAH encontraron construcciones prehispánicas que datan cuando menos del año 600 d.C., y permiten señalar que Coyoacán tuvo un centro —plaza principal— anterior al mexica bajo lo que hoy conocemos como el templo de La Conchita, aunque al decir del arqueólogo Juan Cervantes Rosado, se desconoce aún cuál era el grupo étnico que poblaba la zona.
En entrevista con el diario Crónica, uno de los coordinadores del proyecto de rescate explicó que en la época mexica el centro de Coyoacán estaba en lo que hoy es la iglesia de San Juan Bautista, y de ahí se extendía a los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, con los vestigios  descubiertos, los cuales son anteriores a la época tolteca, es posible decir que el centro de estos pobladores tempranos estaba en La Conchita y se extendía hacia el oriente, hasta lo que hoy es el Barrio de San Lucas.
Los vestigios encontrados pertenecen a la llamada fase Coyotlatelco —anteriores a la ocupación tolteca—  y son tres plataformas que fueron construidas en el periodo que siguió al colapso de Teotihuacán. Los arqueólogos no pudieron identificar si fueron parte de casas o  templos, debido a que una de éstas fue destruida por la iglesia y solamente apareció una parte; de otra sólo encontraron una esquina que va a la Calle Fernández Leal, y la tercera se encuentra cortada atrás de la sacristía.
Lo que sí aseguró el arqueólogo Cervantes Rosado, es que en los alrededores de  La Conchita puede haber construcciones de la época tolteca. Las excavaciones en tienen al menos dos metros de profundidad y han aparecido los vestigios de la ocupación —aunque sin determinar la filiación étnica de esos pobladores tempranos—, como cerámica, alrededor del año 600 d.C.
Ahí hubo fue mucha migración, como lo vemos en la estancia tolteca y luego mexica, y en esta última el lugar estaba poblado por tepanecas que tenían nexos con los otomíes, manifestó el especialista en su entrevista con Crónica.
Sitio preferido como lugar de descanso
Los medios de transporte permitieron que se propagara el gusto por acudir a lugares de descanso, desde finales del siglo XIX las familias ricas adquirieron casas para los fines de semana en villas como San Ángel a las que comenzaba a llegarse fácilmente por tranvías tirados por mulas y después por los eléctricos, y fue así como el turismo de fin de semana comenzó a descubrir el particular encanto de los barrios coyoacanenses.
Aunque como apunta Francisco Sosa en su obra Bosquejo histórico de Coyoacán, Tlalpan, San Ángel, Mixcoac y Tacubaya eran asiento de residencias veraniegas de las familias ricas de México, «y no era fácil que Coyoacán recobrase sino muy lentamente su perdido esplendor». Pero estaba a punto de alcanzarlo, sobre todo a partir de la paz porfiriana en 1877, cuando la metrópoli mexicana comenzaba a expandirse como consecuencia natural del progreso «cada día más notorio de las poblaciones de los alrededores», como apunta Francisco Sosa, en referencia a Tlalpan, San Ángel y Mixcoac, «rivales de Coyoacán».
Acerca de esas tres villas rivales, asienta que eran consideradas como sitios de recreo que «prosperan, pero no bastan ya a contener la población flotante, en los calurosos días del verano, por lo cual, en los dos últimos años (su obra fue publicada en 1890), Coyoacán se ha visto notablemente favorecido por numerosas familias (...) muchas de las cuales han permanecido en la villa enamoradas (...) de su amenidad, de la dulzura de su clima y de la vida verdaderamente patriarcal que en ella se disfruta. Porque es de advertir, que entre las ventajas que Coyoacán ofrece a las familias inmigrantes, no es la menos apreciable la de que el lujo aún no ha sentado sus reales en la villa».
Un barrio de prosapia
Se denomina barrio al caserío que se asienta y expande como subdivisión de una ciudad, es como un pequeño poblado agregado a ella, pero población independiente que por regla general tiene iglesia propia, con su correspondiente santo patrono, la placita o jardín, sin muchas pretensiones por supuesto, y sus infaltables fiestas. Con el transcurso del tiempo Coyoacán creció y el Barrio de la Conchita, asentado sobre una extensión de 50 hectáreas, quedó delimitado por la Avenida Miguel Ángel de Quevedo y las calles de San Francisco, Higuera y Vallarta, como supervivencia de un antiguo calpuli prehispánico.
Lo cierto es que el pintoresco Barrio de la Conchita, además de ser uno de los más antiguos de la Ciudad de México, es un sitio agradable para caminarlo, como lo es todo el tradicional Coyoacán, con sus casonas de añosas paredes que le impregnan ese ambiente provinciano que lo distingue, y que ha sido lugar de residencia de artistas, escritores, pintores y músicos.
No en balde Claude Bataillon y Hélene Riviere D’Arc refirieron en su obra La ciudad de México (SepSetentas Diana, 1979), que los del sur son «los barrios más agradables climáticamente, además de que gozan de sitios topográficamente pintorescos y de una mayor tranquilidad, lejos de los populosos barrios industriales», aun cuando el Valle de México no es ya la «región más transparente del aire» debido a que «ha perdido la pureza del medio climático que se mantuvo hasta el comienzo de los años cuarenta».
Para los capitalinos de otras zonas de la Ciudad, su cercanía con Coyoacán les permite la posibilidad de adentrarse en la historia del lugar con sólo emprender un recorrido que incluya el Centro Histórico y sus alrededores, y caminar por la Calle de Higuera rumbo al aledaño Barrio de la Conchita al tiempo que observa las múltiples y antiguas construcciones. Como para motivarlo a recrear aquel intrigante pasado, al ver la Casa de la Orden de los Camilos, la Casa Colorada, la Casa Municipal que se encuentran dentro del perímetro del Barrio de la Conchita, sin faltar el Jardín Frida Kahlo.
La Plaza de La Conchita
Sobre la empedrada Calle de Higuera se localiza la singular Plaza de la Conchita, la cual resalta con mucho a la vista del espectador, porque parece que los árboles quisieran esconder celosamente entre sus hojas centenario secreto. Algunos dicen que la capilla es el primer edificio cristiano de México, como quiera que sea se encuentra ubicada muy cerca de donde brotaban los manantiales, y de esos, como muchos otros que hubo en la Colonia por diversos puntos de la Ciudad, ya no queda ni huella.
Alrededor de la Plaza de la Conchita se encuentran además varias cafeterías, donde el visitante podrá reflexionar y deleitarse con la sensación de encontrarse por un instante en otra época, como por ejemplo en los siglos virreinales cuando Coyoacán fue asiento de huertas, conventos, haciendas y obrajes.
Y es que el Barrio de la Conchita es como una ventana por donde se puede atisbar el pasado, con sus seductoras leyendas de casas en las que espantan y deambulan aparecidos, con calles donde por las noches transitan figuras fantasmales, aunque el grafiti en las paredes de pronto le ocasione un abrupto regreso al presente al más imaginativo de los andantes.
Sitios de interés
Frente a la célebre y arbolada Plaza se encuentra la Casa Colorada, aunque la voz popular la reconoce simplemente como la Casa de doña Marina o de la Malinche, construida en el siglo XVI, de gruesos muros pintados de rojo y grandes ventanales con barrotes de forja, donde se asegura que vivieron un año Hernán Cortés y su intérprete y compañera tabasqueña. También hay versiones de que la casona sirvió como campamento militar del conquistador.
La Casa Colorada, por su tipo virreinal, es sin duda la construcción más antigua de Coyoacán, se encuentra ubicada entre las calles Vallarta e Higuera, y se considera que las paredes más gruesas corresponden a las de la estructura original, que era de un piso.
Con el tiempo le fue agregado a la casona una segunda planta, pero en la actualidad no se le pueden hacer modificaciones sin la autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia debido a que es un monumento colonial.
Sin embargo, algunos historiadores refieren que el edificio virreinal no fue habitado por Cortés y la Malinche, ni tampoco fue campamento militar, por lo que es errónea la atribución popular que se hace de dicho recinto, ya que se trató de un obraje y de cárcel local hacia el siglo XVIII.
Actualmente la Casa Colorada es una vivienda particular, por lo que si el caminante desea visitarla lo mejor es que no llame a la puerta. Sus moradores son los pintores mexicanos Rina Lazo y Arturo García Bustos, quienes están convencidos de que esa es una de las viviendas históricas más importantes de México.
En la Plaza también se encuentra la churrigueresca, pero bella capilla del Barrio de la Conchita, edificada desde la época Colonial en honor a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, donde al igual que en los demás barrios coyoacanenses el día del santo patrono, el ocho de diciembre, se celebra fastuosa fiesta, pletórica de ceremonias religiosas, procesiones, música, danzas, juegos mecánicos y fuegos pirotécnicos, sin faltar la tradicional vendimia.
Al respecto, Salvador Novo en su obra Historia y leyenda de Coyoacán (Colección Sepan Cuantos, Editorial Porrúa, 1999) dice que terminada la parroquia en 1582 dedicada a San Juan Bautista, «se erigen capillas en los pueblos y barrios coyohuaques», pero la Capilla de la Conchita «queda sola, aislada al centro de la plaza en que estuvo el teocalli, como única realización del deseo que Cortés expresó en su testamento, de fundar en ese sitio un convento de monjas».
La plaza y la parroquia son, desde octubre de 1934, zona típica y pintoresca, y desde el 19 de diciembre de 1990 zona histórica por decreto federal.
Como es de suponerse, la fiesta patronal del barrio ha sufrido diversas transformaciones en los últimos años debido a la llegada de nuevos vecinos y, sobre todo, al cierre de una fábrica de papel, cuyos dueños se significaron durante varias décadas por ser principales promotores y patrocinadores de la fiesta.
La verbena popular se desarrolla en torno a la capilla, colmada de entusiastas lugareños y asiduos visitantes provenientes de diversas partes de la Ciudad de México.
Conocida por su tranquilidad y arbolada plaza, además de sus historias y leyendas que de ella se cuentan, la construcción barroca corresponde al siglo XVIII. La capilla se encuentra cerrada la mayor parte del año, por lo que sus puertas solamente son abiertas para misas dominicales, bodas y, en especial, para la fiesta patronal.
El edificio original fue mandado construir por el propio Cortés, quien eligió ese sitio porque muy cerca brotaban manantiales que, como ya anotamos líneas antes, abastecieron a la ciudad de Tenochtitlan.
En el Barrio de la Conchita también se encuentra la que fue residencia de los Padres Camilos, orden religiosa fundada por Camilo Lelis, construida en el siglo XVII, la cual destaca por su portal elaborado de piedra negra y que es uno de los restaurantes de fama y tradición del rumbo.
El actual inmueble, de uso comercial conocido como «El ex Convento», fue una de las doce fincas de descanso de la Congregación de los Padres Camilos, orden religiosa que llegó a nuestro país en 1775. En ese sitio los frailes cultivaron toda clase de hortalizas, así como árboles frutales y flores, para lo cual aprovecharon las bondades del clima y su suelo, sumamente fértil debido a que había agua en abundancia que manaba del manantial denominado «Ojo de los Camilos» o «Momoluco».
La vieja casona conserva la mayoría de sus detalles arquitectónicos originales. El zaguán es una muestra singular de los trabajos de los artífices de 1900. Como datos curioso se cuenta que en el crucero formado antiguamente por las calles de Huzquiltenco y Ferrocarril, allá por en año de 1868, era camino obligado del tren que unía a la Ciudad de México con el antiguo pueblo de Coyoacán.
Asimismo, dentro del pintoresco Barrio de La Conchita se localiza la llamada Hacienda de Cortés, antigua casona de estilo colonial mexicano que, se dice, fue parte de las caballerizas del conquistador español. La historia de la casa en el siglo pasado se remonta a los años veinte, cuando fue habitada por el notable pintor Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl. Años más tarde vivió en ella el actor Tito Guizar (Allá en el Rancho Grande). Posteriormente la habitó el poeta yucateco Antonio Medisbolio, autor de varias canciones mexicanas.
En 1934 la casa fue adquirida por el señor Rubén Mejía Salcedo, mexicano ejemplar quien para evocar aquel pasado colonial de México y honrar la memoria del que fuera el fundador de nuestra gran nación, bautizó la casa con el nombre de Quinta Hernán Cortés.
En aquel tiempo, estando el señor Mejía en plena obra de reconstrucción, descubrió un túnel que comunica la casa con otras construcciones de la época, dentro del cual estaba, entre varios y valiosos ídolos, el sello de Cuauhpopoca, huey tlatoani de Coyoacán, además de una vasija que contenía un esqueleto, probablemente de alguno de los tepanecas que habitaron esa región.
La Quinta de Hernán Cortés abrió sus puertas en 1993 convertida en un centro cultural y gastronómico.
Historia, tradición y cultura es sinónimo de Coyoacán, sitio preferido por los capitalinos y turistas porque ahí encuentran de todo como en botica, desde museos para todos los gustos hasta sitios con la mejor oferta gastronómica, así como pintorescas cantinas. Con paseos que integran los peculiares rasgos arquitectónicos de las construcciones de la zona con agradables áreas verdes, donde es posible encontrar anticuarios y galerías de arte.
Y como es área protegida por decreto desde 1934, las restricciones con respecto a usos y destinos del suelo, densidad de construcción y altura de los edificios, garantiza que Coyoacán y sus barrios como el de la Conchita se preserven como están para disfrute y admiración de las generaciones venideras. Así que la Conchita espera con sus páginas abiertas de la historia a quien guste ir a dar un paseo por sus calles y áreas verdes, con la intención de remontarse al pasado, al menos por unos instantes.

miércoles, 17 de julio de 2013

De la Tierra a la Luna en un beso

Seis de la mañana del jueves 17 de julio de 1969, la astronave Apolo 11 se encuentra a 223 mil 500 kilómetros de la Tierra, su velocidad ha ido disminuyendo y ahora se desplaza a unos mil 554 metros por segundo. Dos minutos más tarde despierta la tripulación luego de un descanso de nueve horas. Son momentos culminantes de un acontecimiento que pasará a los anales de la humanidad.
Atrás había quedado la hazaña de Charles Lindbergh, con su vuelo sin escalas entre Nueva York y París, y todavía mucho más atrás la odisea del genovés Cristóbal Colón.
Nueve horas antes del lanzamiento el presidente Nixon había expresado a los tres astronautas desde la Casa Blanca: «Llevan con ustedes un sentimiento de buena voluntad en esta aventura, la más grande que haya emprendido el hombre». La conversación había sido por teléfono, porque Nixon prefirió asistir al Estadio Robert F. Kennedy en Washington a presenciar el encuentro de beisbol entre los Senadores y los Tigres de Detroit, en lugar de ir a Cabo Kennedy, Florida, a presenciar el lanzamiento.
Despegue del Saturno
A las diez de la mañana con veintidós minutos de aquel 17 de julio se encienden los cohetes para corregir por segunda vez el rumbo. La humanidad entera no perdía detalle. En Castelgandolfo el Papa PauloVI dijo estar «admirado por los primeros astronautas que pondrán el pie en el pálido satélite de la Tierra».
En Londres, el director del Observatorio Radioastronómico aseguró haber quedado «embelesado» al contemplar el lanzamiento por televisión. «Es el comienzo de una fase enteramente nueva en el mundo a lo que no se le puede ver el fin, con enormes posibilidades para el bien o para el mal», dijo.
Mientras la sonda soviética Luna 15, lanzada hacia la Luna cuatro días antes, estaba a punto de posarse sobre la superficie lunar, aunque sin tripulantes a bordo, y los expertos de la NASA (National Aeronautics and Space Administration) detectaban «tormentas de granizo» en el satélite de la Tierra; aunque en realidad se trataba de micrometeoritos o polvo espacial de roca o metal, y los salvadoreños capturaban a los primeros 250 prisioneros hondureños de la llamada «Guerra del Futbol».
¿Quién será, en un futuro no lejano, el Cristóbal Colón de algún planeta?, había escrito el poeta Amado Nervo en octubre de 1917… ¿Quién logrará, con máquina potente, sondar el océano del éter, y llevarnos de la mano allí donde llegaron solamente los osados ensueños del poeta?... Y la profecía de Julio Verne plasmada en De la Terre à la Lune, novela científica y satírica del estereotipo estadounidense publicada en el Journal des débats politiques et littéraires entre septiembre y, por cierto, también en un mes de octubre, pero de 1865, para describir los problemas que debían enfrentar quienes pretendieran atravesar el espacio para posarse, comenzaba a hacerse realidad.
Armstrong, Collins y Aldrin
Arriba, en la inmensidad del espacio, el comandante de la misión Neil Armstrong, de 38 años; Eldwin E. Aldrin Jr, de 39 años y piloto del Módulo Lunar (Eagle), y Michael Collins, de 38 años y piloto del Módulo de Mando (Columbia) acaparaban la atención de todo el mundo.
Ralph Abernathy, líder negro que se encontraba en Cabo Kennedy a la hora del lanzamiento, acompañado por varios de sus correligionarios para protestar por los gastos de los miles de millones de dólares empleados en la conquista del espacio en lugar de utilizarlos en la guerra contra la pobreza, olvidó que hubiese tantos seres padeciendo hambre en el mundo al escuchar el atronador rugido de los cohetes Saturno V y presenciar el impresionante espectáculo de la cauda de fuego y humo de la nave Apolo 11.
Gracias al uso de los satélites de telecomunicaciones, la mañana del 16 de julio de 1969 pudo ver el lanzamiento de la astronave alrededor de 528 millones de personas en el mundo. Los directivos de la ABC estadounidense, la cual facilitó la información conjunta hacia el exterior, calculó que 100 millones de personas habían presenciado el suceso en estados Unidos y Canadá; 300 millones en Europa, 50 millones en Japón, 10 millones en México, 18 millones en Centro y Sudamérica y 50 millones más en Asia y Australia.
Aún así, millones de Latinoamericanos se sintieron defraudados aquel 16 de julio al fracasar los planes tan anunciados de transmitir en vivo por televisión el lanzamiento del Apolo 11. Entel, la compañía nacional argentina de comunicaciones, dio a entender que el fracaso se debió a que América Latina había sido dejada de lado para favorecer a Europa y Estados Unidos por Consat (Comunicación por Satélite) y la NASA.
En México, la Secretaría de Educación Pública suspendió las «labores lectivas» el lunes 21 de julio para que niños y jóvenes (entonces cursaba el segundo grado de secundaria en la Comarca Lagunera) no perdiéramos detalle del alunizaje, recordemos que Armostrong y Buzz Aldrin esperaron seis horas y media para pisar la Luna, lo cual hizo el primero cuando pronunció la célebre frase de «Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad».
Collins en la superficie lunar
El entonces vicepresidente estadounidense Spiro Agnew declaró a los reporteros que Estados Unidos «debería tomar la determinación de poner un hombre en Marte para fines del siglo». Al mismo tiempo, el reverendo Abernathy encabezó una marcha de 300 manifestantes en la que manifestó su felicidad «porque vayamos a la Luna… Pero me sentiría aún más dichoso si hubiéramos aprendido a vivir aquí en la Tierra».
Justo el día del lanzamiento de la Apolo 11, los Estados Unidos efectuaron dos pruebas nucleares subterráneas en el polígono de Nevada, con fuerza aproximada de veinte a 200 kilotoneladas. Aún faltaban casi cuatro años para que concluyera la guerra en Vietnam, pero un día como hoy hace 20 años (cuarenta y cuatro años para ser más precisos debido a que hasta hoy pude publicar el presente texto), el hombre comenzaba la exploración del universo con el primer envío de una nave tripulada al espacio.
Aquel verano de 1969 fui a una excursión de la escuela cuya ruta comprendió visitas a ciudades como Guadalajara, el Distrito Federal, Oaxaca con las majestuosas zonas arqueológicas de Mitla y Monte Albán; Juchitán en el Istmo de Tehuantepec, Coatzacoalcos y Veracruz. Así que para cuando Armstrong pisó la superficie lunar, tuve la impresión frente a la pantalla del televisor de haber estado días antes en el satélite de la Tierra debido a la ignición que experimenté tras de descubrir cómo un primer beso a mi primer novia (de quien en la escuela se decía que le daba un aire a Judy Geeson) tuvo igual o más fuerza que cinco motores F1 y otros cinco J2 con todo y su consumo de 15 toneladas de combustible por segundo que pusieron al Saturno en órbita.

martes, 30 de abril de 2013

Tláhuac, la delegación

Los tiempos del hacendado Íñigo Noriega que despojó de sus tierras a campesinos de Tláhuac para expandir su latifundio, de su compadre Juan Martínez e, incluso, del cura cacique Domingo López (que tenía convertido el claustro de la parroquia de San Pedro en troje particular, además de que poseía grandes extensiones de tierra y maltrataba a los peones), forman parte de la historia de la delegación Tláhuac, en donde pareciera que además de los tradicionales sólo esporádicamente aparecían algunos otros inversionistas que se atrevían a concretar sus proyectos, gracias a los cuales la escenografía urbana apenas si experimentó algunos cambios. Sin embargo, luego de más de cuarenta años de aparente inmovilización y mientras las demás poblaciones de delegaciones circunvecinas tuvieron considerables transformaciones, como Xochimilco y Tláhuac, y en el estado de México Valle de Chalco e Ixtapaluca se desarrollaron con vertiginoso ritmo, de unos años a la fecha por fin comenzaron a notarse significativos cambios en el territorio de la delegación Tláhuac.
Integrada por siete pueblos de origen prehispánico: San Pedro Tláhuac, San Andrés Mixquic, San Nicolás Tetelco, San Juan Ixtayopan, Santa Catarina Yecahuizotl, Santiago Zapotitlán y San Francisco Tlaltenco, y dividida en las Coordinaciones Territoriales de Tláhuac, Mixquic, Tlaltenco, Zapotitlán, Zapotitla, Los Olivos, La Nopalera, Del Mar, Miguel Hidalgo, Santa Catarina, Tetelco, Ixtayopan y Agrícola Metropolitana, la delegación Tláhuac cuenta con 360 mil 265 habitantes (175 mil 210 hombres y 185 mil 055 mujeres), según el Censo 2010 del INEGI, lo que significa el 4.1 por ciento de la población total del Distrito Federal (8 millones 851 mil 080 habitantes).
Colonias de la delegación
Una de las colonias más grandes de la delegación Tláhuac es la Selene, la cual se encuentra dividida en dos secciones y una ampliación, y está ubicada en Tlaltenco, la cual se asienta sobre tierras que fueron ejidales. Su nombre se debe a que en ese entonces Neil Amstrong había dado en representación de la humanidad su pequeño paso en la Luna, de ahí que sus calles tengan nombres de la superficie del satélite natural de la Tierra como Mar de la Tranquilidad, Mar de la Serenidad, Mar de la Fecundidad o Mar de los Vapores. Sobre la Calle Estanislao Ramírez se encuentra el Centro Nacional de Actualización Docente de la Secretaría de Educación Pública, el cual fue inaugurado por el presidente Ernesto Zedillo a finales de 1996. El Instituto Tecnológico, inaugurado por el presidente Felipe Calderón en 2012, y el Centro de Estudios Tecnológicos e Industriales (Cetis 1) con 40 años de preparar técnicos para las industrias de la zona. El terreno del Cetis fue donado por los ejidatarios de Tlaltenco, quienes entonces pidieron que en retribución las autoridades educativas le pusieran el nombre de Matilde Galicia Rioja, según refiere el director del plantel, Rodolfo Juárez Jiménez.
La Colonia Zapotitla lleva ese nombre porque se deriva de Zapotitlán. Carlos Justo Sierra apunta en su obra Tláhuac (Departamento del Distrito Federal, delegación Tláhuac, 1986), que el cuatro de marzo de 1981 comenzaron a llegar a dicho lugar «personas provenientes del llamado ‘Campamento 2 de Octubre’, entonces ubicado entre La Viga y el Eje 3 en Ixtapalapa», traídos por las propias autoridades del Departamento del Distrito Federal, al haberlos desalojado de los terrenos que estaban bajo torres de corriente de alta tensión.
El antecedente de dicha acción se remonta a cinco meses atrás, cuando un grupo de pobladores de San Pedro Tláhuac que se oponían a la instalación en el Lago de los Reyes de un centro vacacional para trabajadores del Departamento del Distrito Federal, aprovecharon la visita que hacía a la cabecera delegacional el Regente de la Ciudad, Carlos Hank González, a quien interceptaron cuando se trasladaba de regreso en un autobús a su oficina en el centro. Luego que descendió del autobús el Regente, el grupo de iracundos vecinos le manifestó que la comunidad no quería ninguna obra en la zona chinampera. Tras de escucharlos con atención el Regente les dijo: «Está bien, me doy por enterado de su malestar, no tengan ningún pendiente, aquí no se va a construir ningún centro vacacional». Seis meses después el regente decidió que el lugar a donde debían ir las mil familias desalojadas del Campamento 2 de Octubre era precisamente la delegación Tláhuac.
Entonces nadie de la comunidad tlahuaquense mostró indignación por el masivo arribo de gente de fuera, lo que se volvió una constante en Tláhuac por aquello de que cada vez que los diversos grupos de pobladores que habían hecho de la oposición vecinal a proyectos de inversión pública o privada una industria, como sucede hasta la fecha aunque ya en menor proporción, salían a frustrar cualquier intento de transformación social, por aquello de que con cualquier obra cabía la posibilidad de la apertura de fuentes de trabajo para la gente de la región.
«En el año de 1982 —cita Justo Sierra—, secuestraron algunos vecinos al general Felipe Astorga Ochoa, entonces delegado político, por espacio de unas seis horas, y fue dejado en libertad hasta que firmó un documento solucionando el hacinamiento de personas». En las inmediaciones de Zapotitla y el Cerro de Jaltepec también se localiza la Colonia La Estación, en alusión a la que se encuentra en ruinas y que formaba parte del Ferrocarril México—San Rafael Atlixco.
Por su parte, la Coordinación de Los Olivos comprende la colonia del mismo nombre (bautizada así por la familia Zapata Tamez), Las Arboledas, La Turba y Ampliación Los Olivos, ubicadas en terrenos que fueron propiedad de Francisco Cabrera, por lo que incluso surgió una colonia denominada Granjas Cabrera, debido a que allá por la década de los años cincuenta del siglo pasado, en el lugar abundaban las granjas. El doctor Cabrera tuvo fuertes disputas con un señor de apellido Mora, quien finalmente asesinó a aquel, por lo que antes de huir a España vendió la propiedad a una señora de apellido Soberón.
La Nopalera, colonia que de igual forma se estableció en los años cincuenta, también se encuentra sobre terrenos que pertenecieron a la ex Hacienda de San Nicolás Tolentino, donde estuvieron establecidas granjas porcinas y gallineros. El nombre se le quedó debido a que cuando algún pasajero quería descender del autobús que cubría la ruta México—Tulyehualco, simplemente decía al chofer «bajo en la nopalera», por aquello de que el lugar verdeaba de cactáceas.
En tanto que la Colonia del Mar es más reciente, si así se le puede llamar, debido a que surgió a principios de los setenta en terrenos salitrosos que pertenecieron al ejido del Tequesquite. Su nombre se debe a que en su inicio, por condición de ser un asentamiento irregular, en época de lluvias aquello se inundaba al grado de que había construcciones a las que sus moradores no podían entrar ni salir. Era tanto el salitre que en los bordes del agua en la tierra daba la impresión de ser arena, de ahí que a sus calles le fueron asignadas nombres de cetáceos como Delfín, crustáceos como CamarónJaiba y Cangrejo; así como TiburónBarracudaBagreTintorera y Pescado.
Otros pobladores que fueron desplazados hacia Tláhuac fueron los que habitaron la Colonia Agrícola Metropolitana (por sus iniciales de Consejo Agrarista Mexicano que lideró Humberto Serrano). En un principio, encabezados por su líder Enrique Romero, se aposentaron de unos terrenos próximos a la Calzada Taxqueña, pero después el Departamento del Distrito Federal los reubicó en la delegación Tláhuac en terrenos propiedad de un señor de apellido Prieto.
En tanto que la Colonia Miguel Hidalgo surgió a principios de los cincuenta en propiedades que fueron de la señora Juana Cavazos viuda de Zapata, y en terrenos que pertenecieron al ejido de Zapotitlán. La festividad más importante tiene lugar durante las Fiestas Patrias.
La línea 12 del Metro
Luego de la serie de despojos y expropiaciones y la represión de ejidatarios de San Francisco Tlaltenco por parte de la administración capitalina, porque aquellos defendieron hasta con la cárcel sus tierras, igual a como lo había hecho Porfirio Díaz con los campesinos de Tláhuac cuando estos pretendieron defenderlas de la voracidad de Íñigo Noriega a principios del siglo veinte —acontecimientos que también forman parte de la historia—, la línea 12 del Metro que va de Tláhuac a Mixcoac comenzó a funcionar, aun cuando no estaba terminada del todo, el 30 de octubre de 2012.
La demanda estimada es superior a los 367 mil pasajeros diarios en día laborable, con lo cual la línea 12 pasará a ocupar el cuarto lugar de la Red de Metro, misma que podrá alcanzar los 450 mil con el ordenamiento del transporte colectivo y la redistribución de viajes locales y regionales, según estimaciones oficiales.
Visión a futuro
Globos aerostáticos en la Ciénaga de Tláhuac
En opinión del empresario Alejandro Durán Raña, dirigente de la organización Empresarios Unidos de Tláhuac, a la delegación le hacen falta nuevas y amplias vialidades que la comuniquen con otras partes de la Zona Metropolitana del Valle de México. «Debe abrirse la delegación a más industria y comercio para que nuestros hijos y nietos ya no tengan que salir a trabajar a otras partes del Distrito Federal o de las entidades mexiquenses. Tláhuac debe dejar de ser ciudad dormitorio, y eso solamente lo vamos a conseguir si se abren aquí nuevas fuentes de empleo», señaló.
Sobre todo, indicó, «porque con la llegada del Metro vamos a tener una explosión demográfica en aproximadamente diez años, de ahí la necesidad de ir construyendo ya nuevas vialidades y de ir propiciando fuentes de empleo, porque de lo contrario la inseguridad pública que nos espera va a ser de grandes magnitudes».
Para documentar el recuento
El primer hotel en Tláhuac fue el Siesta del Sur, ubicado en Avenida Tláhuac y Calle Cocodrilo en la Colonia Los Olivos, catalogado como de cuatro estrellas, además de que tuvo el primer elevador que hubo en la delegación. «La planta principal del hotel tiene una especial decoración. Alejandro Durán (empresario cabeza visible del grupo de inversionistas propietarios del mismo) decidió colocar siete bellos vitrales, cada uno contiene una imagen representativa de Tláhuac. Ahí está la Capilla de la Soledad de San Juan Ixtayopan, la iglesia de San Francisco Tlaltenco y el Arco de piedra que se encuentra sobre Avenida Tláhuac, la Fuente de las Ollas en Los Olivos, la iglesia de Santiago Zapotitlán, la zona chinampera y la iglesia de Santa Catarina Yecahuizotl» (revista Nosotros, número 1, febrero de 1997. El moderno edificio de cinco niveles fue inaugurado en 1996, por lo que paulatinamente el escenario urbano de esa zona comenzó a cambiar a principios de 1997, cuando de igual forma abrió sus puertas el Centro Comercial Wal Mart con el conjunto de salas cinematográficas y el restaurante Vips, que aunque por su ubicación corresponde a la delegación Iztapalapa, fue también el primero que brindó sus servicios a los habitantes de la delegación Tláhuac.
Otra significativa empresa que comenzó a operar en Zapotitlán el 31 de julio de 1941 fue Central de Industrias, SA, mejor conocida como CISA, con la producción de butacas para cines, triciclos y bicicletas. Cuando la empresa requirió de mayor espacio cambió sus instalaciones a la entonces Calzada México—Tulyehualco 6732 (hoy Avenida Tláhuac) el 13 de octubre de 1969, con sus mil 200 trabajadores, en un terreno de 48 mil 582 metros cuadrados, «constituyéndose como motor del desarrollo y en fuente de empleo permanente para quienes viven en la región» (Nosotros, número 13, diciembre de 1998). Posteriormente, ante la inminente globalización de la economía amplió su mercado a la industria automotriz y cambió su nombre por el de Lear Corporation.
Empresas de gran importancia son Día, ubicada en Zapotitlán, donde se elabora materia prima para las más connotadas pizzerías de la Zona Metropolitana, y que pertenece al Consorcio Alcea. Asimismo, la empresa Multifor, dedicada a la fabricación de aceites y lubricantes, en la Colonia Los Olivos. Otra más es la empresa Productos para Aves y Animales, localizada detrás de la empresa Foca, también en Los Olivos. Una más es la denominada Sintoking, localizada en la Calle Ana Bolena en la Colonia Miguel Hidalgo. Y en la Colonia Selene se encuentra ICA-Pret, del consorcio Ingenieros Civiles Asociados, dedicada a la fabricación de monumentales ballenas para las grandes obras viales de la Ciudad, la cual ha dado empleo a cientos de habitantes de la delegación Tláhuac.
Institución de Asistencia Privada de significativa importancia en la delegación es la Casa Hogar de las Niñas de Tláhuac, que se encuentra en Avenida Piraña número 5 en la Colonia del Mar, con 23 años de labor ininterrumpida de atención y servicio a pequeñas desamparadas o de familias de escasos recursos. Fue fundada en 1990.
Museos en la delegación
El Museo Regional Comunitario de Cuitlahuac se encuentra en la Carretera Tláuac—Chalco. Al decir de Jesús Galindo Ortega, presidente de la Alianza de los Barrios Ticic, Teopancalco, Atenchincalca y Teopancalco, AC, el museo proyecta el destino común de los tlahuaquenses basado en el acervo cultural que les legaron sus ancestros. Responde a la inquietud de la comunidad por crear y tener un espacio cultural permanente para el mismo pueblo y público visitante. Fue concebido como un espacio participativo, cuya premisa es conjugar las preocupaciones espirituales de los habitantes para ofrecer la oportunidad de reconocerse en su patrimonio cultural.
Paisaje chinampero. Óleo sobre tela de Fidel Arroyo
Mientras que el Museo Regional Tláhuac, que originalmente fue sede del Comunitario como así había sido convenido por la entonces delegada con la comunidad (quien después reculó), se localiza en el edificio donde anteriormente se encontraba el Registro Civil de la delegación.
En tanto que el Museo Andrés Quintana Roo de San Andrés Mixquic contiene colecciones arqueológicas donadas por la doctora Socorro Bernal Roque, vecina y originaria de esa población. Resguarda alrededor de 280 piezas arqueológicas, principalmente de barro y piedra, producto de hallazgos en la región, pertenecientes a las culturas tolteca y teotihuacana, de la que destacan un Chac Mool, vestigios de un teotlachtli (aro de juego de pelota), sellos de barro y de piedra, una serpiente cilíndrica, un tzompantli (altar donde se ensartaban las cabezas todavía sangrantes de los sacrificados para honrar a los dioses), una culebra anudada y otra de cinto y un calendario que fue ahuecado para transformarlo en pila bautismal, entre otras piezas. Cuenta con biblioteca y centro de computación. Se localiza en Avenida Independencia sin número.
El Museo Tomás Medina Villarruel en San Juan Ixtayopan se ubica en Calle Sur del Comercio sin número. Lleva ese nombre debido a que el señor Tomas Medina Villarruel (21 de diciembre de 1938—3 de noviembre de 2008) originario del lugar, gustaba de coleccionar piezas arqueológicas de la región, por lo que al final decidió donar su acervo, alrededor de 850 piezas, en 1984. Pero no fue sino hasta 1998 cuando fue creado el Museo Comunitario de San Juan Ixtayopan, al que el 20 de febrero de 2003.
Casas de Cultura
El Centro Cultural Faro Tláhuac se encuentra en Avenida La Turba sin número, en el Bosque Tláhuac, y es un lugar para las expresiones culturales y artísticas del suroriente de la Ciudad de México. Forma parte de la red de Fábricas de Artes y Oficios y hace posible el desarrollo de movimientos culturales desde las periferias de la gran urbe. El Faro Tláhuac abrió sus puertas el 26 de mayo de 2006, y entre sus instalaciones se encuentra el teatro, salas de exposiciones, un auditorio, la biblioteca y aulas para talleres, conferencias, cine, teatro, exposiciones de artes plásticas, presentaciones de libros, conciertos, torneos de ajedrez y festivales.
La Casa de la Cultura Rosario Castellanos se localiza en Calle Sonido 13 esquina con Avenida Tláhuac, Colonia Santa Cecilia Tláhuac (CP 13010). Fue fundada en marzo de 1989. La finca, edificada en un predio de aproximadamente 600 metros cuadrados, lleva el nombre de la escritora Rosario Castellanos porque el entonces delegado era oriundo de Chiapas. Una parte de la casa fue destinada para la biblioteca. Cada año y con motivo de su aniversario, ahí se lleva a cabo un interesante programa de actividades.
Ixtayopan, tierra de pelotaris
No puede pasar desapercibido el esplendor y gloria que le han dado al deporte en la delegación Tláhuac los pelotaris de San Juan Ixtayopan, donde cada año se lleva a cabo el Torneo de la Amistad entre México y España, lo que constituye un acontecimiento que acapara la atención de los pobladores, pero también de otras partes de la Zona Metropolitana, debido a la superlativa calidad de los pelotaris, cuyas confrontaciones en el frontón de la localidad bien podrían ser comparadas con las de un torneo de tenis como el Roland Garros en Francia. Torneo de la Amistad que es posible gracias al entusiasmo de ixtayopenses como Antonio Medina Aguirre, presidente también de la Escuela de Pelota Vasca Ixtayopan Kirol (que en vasco significa deporte) y con 13 años consecutivos al frente del comité organizador (sin contar los dos años en que el torneo tuvo que ser suspendido), Luis Fernando Medina Garcés, Antonio Medina Díaz, Oscar Garcés Díaz, Marcos Medina Ríos, Aniceto Jiménez Caldera, Felipe Tapia de la O, Ángel Rodríguez Garcés, Ariel Tapia Medina y Fernando Medina Ríos (ex campeón nacional), entre muchos otros.
La afición ixtayopense durante el Campeonato Mundial de Pelota Vasca
En el Torneo de la Amistad intervienen pelotaris como tres de los más recientes medallistas olímpicos, como Pedro Olivos el «GC», Javier Marín y Javier Vera; Orlando Tapia Medina «Jacobo», Jorge Alcántara el «Cocol», Luis Fernando Garcés y Orlando Díaz Balleza el «Niño Nike». Y mención aparte merece el internacional pelotari de San Juan Ixtayopan Fernando Medina Ríos el «Momo», único jugador mexicano que llegó al profesionalismo en España donde jugó cinco años y fue campeón del mundo con la cuadra del equipo Arcegarce de la Península Ibérica.
El poderoso conjunto de pelotaris de San Juan Ixtayopan
San Juan Ixtayopan, donde algunos dicen que los niños nacen con una pelota de frontón bajo el brazo, fue una de las sedes del Campeonato Mundial que se celebró en nuestro país en 2006, cuando el frontón de la localidad estrenó un tablero electrónico que fue donado por la Fundación Cultural Alejandro Durán Raña.
Lienzo Charro de la Colonia San José
En la historia contemporánea de la delegación no puede ser ignorada la tradición del deporte nacional por excelencia con la Asociación Charros Unidos de Tláhuac, que con el empresario Alejandro Durán como presidente comenzaron a construir el lienzo charro en 1972, mismo que inauguró el presidente José López Portillo en 1980, gracias al apoyo de delegados como Alberto Alvarado Arámburo (para muchos el mejor delegado que ha tenido Tláhuac en su historia desde que existe esa figura) y Felipe Astorga Ochoa.
Bosque Tláhuac
Donde alguna vez fue un gran predio de 58 hectáreas al que fueron a parar los escombros de los edificios derrumbados por los sismos de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, ahora es el Bosque Tláhuac, un lugar con espacios recreativos, deportivos, culturales y de esparcimiento para la comunidad. Quizás a eso se debió que el lago se haya secado, lo que hasta la fecha (abril de 2013) no ha podido ser remediado. Ahí se localiza la Alberca Olímpica Bicentenario de la Revolución, la controvertida Pista de Hielo Mujeres Ilustres, la confortable Sala de Artes Centenario de la Revolución con capacidad para poco más de 300 personas y el Edificio de aulas y Talleres Francisco Aquino, donde se imparten clases de música  y cuyos alumnos integran la Orquesta Sinfónica Juvenil Teocuicani.
Este es el Tláhuac del siglo veintiuno, al que parece que por fin la modernidad ha llegado, y de la que sus habitantes esperan que respete tanto la identidad cultural de las diversas comunidades que conforman la delegación como la gran reserva de suelo de conservación, la cual custodian los pobladores originarios para la sobrevivencia tanto propia como de aquellos con los que conviven en la Zona Metropolitana del Valle de México.