sábado, 13 de octubre de 2012

Kid Azteca, un púgil que está en la historia



Aquella tarde de domingo del año de 1937 no fue como cualquiera para un grupo de muchachos que llegó hasta la arena de box de Nuevo Laredo, Tamaulipas. No tenían dinero para pagar su respectivo boleto de entrada, pero, en cambio, aguardaban el momento preciso para colarse al interior del recinto, confundidos entre la multitud que se agolpaba frente a las taquillas y la puerta principal.

Repentinamente, entre aquel barullo se escuchó una voz que decía:

       ¡Falta un preliminar! ¡Falta un preliminar!

Los muchachos entonces comenzaron a animar al más alto del grupo.

       ¡Órale Luis, éntrale tú!

Y Luis, sorprendido, alcanzó a defenderse.

       ¡Pero ¿por qué yo?!

       ¡Tú mero porque vienes de la Ciudad de México! –Le respondieron sus amigos.

El aludido, un mocetón de veinticuatro años, pudo todavía repetir su cuestionamiento a los amigos, pero ya nadie le hizo caso, cuando menos pensó se vio dentro del vestidor con un tipo robusto que le calzaba los guantes, al tiempo que le decía tranquilo muchachos, al cabo que nomás son cuatro rounds.

Minutos después, el espigado boxeador diestro escuchaba en el cuadrilátero la característica presentación que suelen hacer los anunciadores oficiales.

– ¡Pelearáááááááááán cuatro raunds!... ¡De la Ciudad de México, Luis Villanuevaaaaaaaaaa!

Desde el momento mismo en que se escuchó la campana para dar inicio al combate, el bisoño boxeador comenzó a fajarse con su adversario, animado por el público que no dejaba de gritarle cosas como ¡Tú le das chino! ¡Vámos chino! Luis arremetió contra su rival con desbordado ánimo; sin embargo, el apoyo que le brindaba el público de la arena no fue suficiente para aquel chino, como le había apodado la gente, porque al final del combate los jueces dieron como ganador a su adversario por decisión unánime. Cosas de la mafia del box.

El mote de «Chino» se lo impuso la gente debido a los párpados de aquel muchacho rollizo que, por su peculiar conformación, lo hacían parecer como oriundo del Lejano Oriente. Eso les pareció y así lo etiquetaron.

Así lucía Kid Azteca en marzo de 1999

Con dos semanas de estancia en la ciudad de Nuevo Laredo, el «Chino» Villanueva se hizo de amigos y el promotor local lo contrató para otra pelea a cuatro rounds. Para esta ocasión, el incipiente púgil tuvo tiempo de realizar un poco de acondicionamiento físico.

La noche de la función boxística el animador oficial lo presentó como el Kid Chino, así nada más, sin tomarle parecer a Luis, sólo porque así se le ocurrió al promotor, y ahora sí ganó la pelea.

El destino le tenía deparadas varias sorpresas.

A los pocos días llegó de San Antonio, Texas, Julio Montes, conocido promotor de la región, quien le ofreció una pelea en aquella ciudad de Texas.

–Pero allí vas a tener que pelear a diez raunds, ¿okey?... ¡Oh, sí!, otra cosa, ya no te llamarás Kid Chino, desde ahora eres el Kid Azteca, ¿okey?

Fue así como Luis Villanueva, nacido en el barrio bravo de Tepito el veintiuno de junio de 1913, ganó su primera pelea en tierras estadounidenses contra un americanito, según dice, y entonces comenzó su leyenda.

A sesenta y dos años de distancia de su primera pelea (1999), con su pausada y ronca voz, previa llamada telefónica para concertar una cita con él, me recibe en su pequeña pero confortable y pulcra oficina, localizada en la Calle de Perú, a unos pasos de la legendaria Arena Coliseo, donde guarda sus más preciados trofeos, reconocimientos y fotografías recopilados en su trayectoria como pugilista.

Dice que no se considera una leyenda del boxeo mexicano.

–Entre muchos y muy buenos boxeadores que ha habido quien sabe quién podría ser leyenda.

Muy pulcro y esmerado, con impecable traje azul marino y una bien ajustada corbata rosa con discretos detalles rojos, Kid Azteca continúa su conversación mientras Carlitos, su entrañable amigo que sigue fungiendo como su representante –Carlos Montes–, escucha con atención.

¿Buenos boxeadores como quiénes?, preguntamos.

Pero Kid Azteca de momento solamente recuerda dos nombres, los de Rodolfo Ramírez y Julio César Chávez...

–A mi me tienen en un lugarcito y agradezco esa atención –dice con modestia uno de los más significativos boxeadores que ha pisado los cuadriláteros mexicanos mucho antes de que la televisión se apropiara del manejo publicitario del espectáculo boxístico.

¿Y cómo era la vida de un boxeador en su época?

–Si se quería ser figura había que cuidarse mucho porque se ganaba poco dinero, así que no había tiempo para divertirse. Por esa razón el boxeo de antaño era un poco más brusco, el boxeador ponía todo su empeño en triunfar. Yo comencé como peso ligero, pero enseguida subí a peso welter y ahí me quedé, en los sesenta y ocho kilos. Mis inicios en el box fueron en Nuevo Laredo, pero después decidí venir a la Ciudad de México a cuajar.

Protagonista de la quizá primera época de oro del boxeo mexicano, a sus ochenta y seis años de edad a Luis Villanueva no se le ve menguada su salud, luce fuerte y lúcido, como si los golpes que recibió en el llamado deporte de Fistiana no hubieran dejado merma alguna.

Sin embargo, decimos, como que ya no surge tanto boxeador en Tepito, ahora el barrio bravo es más conocido por otras cosas no necesariamente buenas...

–Pareciera que hoy los chamacos con aspiraciones han olvidado al box como medio de subsistencia, quizá porque con la fayuca obtienen el suficiente dinero para comer y hasta para las chelas del fin de semana. ¡Quién sabe qué pasa con la chamacada, con aquellos que les gustaba pelear! Por eso este espectáculo está muy triste, porque ya no tenemos figuras ni ídolos. Ninguno le llega al público, que es el que paga por divertirse... pero, además, yo también estoy apesadumbrado porque no veo figuras.

¿Por falta de apoyos, de estímulos, de motivación, de qué?, preguntamos.

–No sé. Porque entrenadores hay, lo que pasa es que aquellos que apenas están formándose creen que con tres o cuatro peleas ya son figuras y no se preparan bien, se descuidan y no llegan a donde debieran. Apenas llevan medio camino y ahí se quedan, rápidamente se hacen viejones, porque el tiempo pasa rápido y cuando menos piensan ya están acabaditos. Les gusta la cerveza, el pulquito, pero hay que prohibirse todas esas cosas.

Después de todo, vale la pena por lo que les pagan...

–El boxeador actual se descuida por la razón de que gana mucho dinero, y ya ve usted que el dinero es medio raro, transforma a los hombres, pero en especial a los boxeadores.

Ni en la concurridas delegaciones que van a los Juegos Olímpicos se ven boxeadores de Tepito, y uno como aficionado piensa que esa es en parte la razón del fracaso. Sin embargo, Kid Azteca tiene su punto de vista.

–Fracasan porque no van bien preparados, se descuidan, se desvelan, llevan una mala vida, no entrenan como es debido, como debe entrenar un boxeador. Por eso es que si se van no llegan a la final.

¿Cuál es la clave para que en su vejez usted lograra conservarse en óptimas condiciones?

–Yo traté de cuidarme al máximo. Llegué a pelear alrededor de veinticinco años, que son muy largos, y tuve muchas peleas, tanto aquí en México como en el extranjero. Peleé en Houston, Dallas, Los Angeles, Buenos Aires, La Habana. Siempre me cuidé, entrené y procuré divertirme lo menos posible. Por eso es que la suerte y el destino me tienen todavía aquí. Tuve la gran fortuna de que tanto moquete no me lastimara.

En la pequeña y confortable oficina de una vecindad como de las que integran el popular barrio de Tepito, en la que guarda sus más preciados trofeos, Kid Azteca rememora también sus momentos de gloria boxística.

–Fui campeón de la República durante diecisiete años. Le gané el campeonato al Chato David Velasco en la plaza de toros El Toreo. Ese fue mi momento más grande, y me retiré invicto como campeón.

Kid Azteca reconoce que perdió algunas peleas.

–Sí, pero pocas. Cada vez que perdía me ponía muy triste, aunque eso me motivaba para entrenar más fuerte.

Una vez finalizada la plática con Kid Azteca en su sala-museo u oficina particular, salimos a la calle a caminar, acompañados por Carlitos Montes.

Aún había sol, la primavera estaba en su apogeo y no había nubarrones en el cielo, solamente el saludo cordial de la gente que de inmediato reconocía a su ídolo, un tipo tierno y afable, sin duda alguna leyenda del boxeo mexicano, aquel de antes de los organismos que controlan mercachifles del espectáculo. Un hombre íntegro que jamás descuidó su persona.

Tras de que me permitiera tomarle unas fotografías, le pregunto por último a las puertas del estacionamiento donde había dejado mi automóvil.

¿Y qué espera Kid Azteca a su edad?

–Ver nuevas figuras como las hubo en el pasado, para que la gente regrese a la Arena Coliseo. Por lo demás, quiero seguir caminando, viviendo, y tener para los frijolitos.

Tres años más tarde, Kid Azteca murió el dieciseis de marzo de 2002, a los ochenta y nueve años de edad.