martes, 17 de julio de 2012

Cuando menos hay luz en El Paraíso


Tan alejado se encuentra de la voluntad oficial y del interés de la administración delegacional en Tláhuac, que para alcanzar «El Paraíso», un asentamiento irregular de los muchos que proliferan en la reserva territorial del Distrito Federal, hay que hacerlo a través de una colonia de la delegación Iztapalapa. El camino al Paraíso comienza en el pueblo de Santa Catarina Yecahuizotl, según me enseñó mi amigo y colega Alfredo Hernández.
Si uno va por el Eje 10 Sur en dirección hacia la autopista México-Puebla, a la altura de la vía del tren que ya quedó fuera de servicio por culpa de la modernidad y que antiguamente corría hacia poblaciones del estado de México y Morelos, se debe doblar a la izquierda, por una calle larga, enmarcada –como es habitual en el escenario urbano de cualquier población mexicana– por basura que sale disparada de las ventanillas de autobuses o automóviles, desechada por displicentes viajeros que no tienen ningún respeto al lugar donde viven.
En enero pasado, el sábado 21 para ser más preciso, mi buen amigo Jesús Quintero me invitó a una función de lucha libre que había organizado en el Paraíso, sólo por el gusto de llevar a los habitantes del asentamiento un poco de diversión y esparcimiento. Cabe aclarar que la de ese sábado era ya la segunda función que presentaba en el sitio –la primera se llevó a cabo en julio de 2011– donde, por lo visto, los pobladores tienen proyectado habilitar ahí, algún día, un vistoso jardín. Por lo pronto, sólo es un terregoso lote baldío que ni mandado hacer está para montar una arena con cuadrilátero, tribunas portátiles y la correspondiente sillería de ringside.
Como así lo hicieron los voluntariosos muchachos del Colectivo que en Tláhuac dirige Chucho y que tiene por nombre el de Unidad y Renovación, cuya misión es, además de los objetivos políticos que como agrupación profesional tiene a nivel nacional y cuyos asuntos están a cargo de Armando, hermano de Jesús, la de ofrecer a los habitantes de pueblos, barrios, colonias y unidades habitacionales de la delegación una serie de actividades que van desde lo deportivo y cultural hasta diversos servicios asistenciales con profesionales de la medicina y otras disciplinas.
Algo así como hacerle la chamba a quienes se ostentan como autoridades locales, pero que están más ocupados y preocupados en ver la forma de conseguir más dinero a costa de imponer multas, clausurar negocios e inventar nuevos métodos de extorsión y chantaje de ciudadanos honestos.
Por lo pronto, los habitantes del asentamiento irregular comenzaron a llegar al Paraíso hace más de quince años, y hasta la fecha no cuentan con agua ni drenaje, aunque sí disponen de electricidad en sus casas. Hace algunos años tuvieron qué cooperar a fin de completar los 40 mil pesos que la Compañía de Luz y Fuerza les pidió a cambio de instalar un transformador, el cual pusieron a la orilla de la colonia de Iztapalapa con la que colindan, porque como tenían la etiqueta de asentamiento irregular los trabajadores de la ya extinta empresa se rehusaron a colocarlo en el centro del caserío, por lo que desde ahí los vecinos tendieron la maraña de cables que cruza por las calles sin pavimentar. Hasta el momento ningún vecino paga luz, y nada indica que los de la Comisión Federal de Electricidad tengan intenciones de instalarles sus nuevos medidores.
Porque justo donde termina la delegación Iztapalapa y empieza la de Tláhuac, es decir, la Colonia El Paraíso, termina el asfalto. Cuando se traspone la línea divisoria entre una y otra demarcación comienza la terracería y las calles cambian de nombre. Los pobladores eligieron ponerles aquellos que se refirieran al Jardín del Edén, donde Dios coloca a Adán tras de crearlo. Después de todo, la posibilidad para ellos de contar con una casa fue como si de pronto se hubieran asentado en un paraíso.
Sólo que en lugar de llegar a un locus amoenus, lo único que se asocia con ese cielo que en algunas religiones aguarda a los que son buenos, se arrepienten de sus pecados y son elegidos, fue que debíamos enfilar por la terregosa calle de Adán y llegar a la esquina con Serpiente, para encontrar la arena con una entusiasta multitud, compuesta en su mayoría por delirantes chiquitines.
Como refiere la canción que la Sonora Santanera instauró como el himno de la lucha libre mexicana, la arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción y, en efecto, la estridente melodía podía escucharse dos cuadras a la redonda. La gente llegó de todas partes, donde hace 14 años se establecieron los primeros pobladores en el paraje Amecoxtla Acualaxtla (que al decir del historiador Baruc Martínez Díaz debería ser Acualaxtla Mecoxtla, de Ahcualachtla, «el lugar donde abunda la semilla que no es buena», y lo que parece que originalmente es Mecochtla, «donde abunda cierto tipo de maguey», aunque si es Mexochtla sería: «en donde los linderos son los magueyes»).
Tan olvidado está El Paraíso del delegado de Tláhuac que El Paraíso es una colonia libre de propaganda política. No hay lonas ni carteles. Lo que causa inevitable envidia, porque fuera de ahí las calles, postes y paredes están tapizadas de basura visual, en la mayoría de las veces con patéticos rostros de simuladores dispuestos a apuñalar a traición el interés popular por salvaguardar los propios y el de su pandilla partidista.
A ritmo de El Santo, el Cavernario, Bluedemon y el Bulldog, se apareció mi amigo pasado el mediodía, fue recibido por vecinos del lugar con una lluvia de aplausos cual muestra de afecto y agradecimiento por ser el único que sin estar en la nómina delegacional ni del gobierno capitalino, los había tomado en cuenta para incluirlos en los recorridos itinerantes que organiza, además de ciclos de cine, conferencias, talleres de lectura y demás actividades culturales. Por eso fue que hasta le brindaron una porra cuando la gente se sentía enardecida sin cesar, donde de las poco más de 300 personas que atiborraron el lugar el 80 por ciento fueron niños que no rebasaban los 12 años de edad, así como mujeres.
Después llegaron los rudos, pero no los de Participación Ciudadana de la delegación que durante una semana enchincharon a don David Ramírez, fundador de la colonia, para que no permitiera que Jesús Quintero pusiera un pie en El Paraíso porque, según la paranoica directora de esa oficina, se trataba de un acto de campaña política.
Fue el Psicótico el que echó a andar el leperómetro en la arena al gritar por el sonido local; ¡Arriba los rudos bola de indios! Y no se la acabó con las mentadas de madre del respetable público.
Tras del célebre anuncio del ¡lucharán a dos caídas de tres sin límite de tiempo!, rudos y técnicos se metieron la wilson, la nelson, la quebradora y el tirabuzón, llaves con que los luchadores supuestamente se inmovilizan; se quitaron el candado, se picaron los ojos, se jalaron los pelos y hasta se arrimaron el camarón, para deleite del versado público infantil, de cuyo segmento en la tribuna, primera en llenarse quizá debido a la emoción que da acudir a un espectáculo masivo, se escuchó el grito de ¡Pinche rudo te suda la verruga!
A los rudos les llovieron los ¡culeeeeeros! cuando el Sepulcro Junior provocó nuevamente a la gente al decir por el sonido local: «A mi me dijeron que aquí en Ecatepec (sic) había mujeres bonitas, yo sólo veo pura vieja gorda y bigotona». Fue entonces cuando alguien le reviró: «¡Es que viste a tu tiznada madre!».
El primero en la sección de ring side fue obviamente Jesús, flanqueado por Doribel Ortiz Velázquez, presidenta del Comité Ciudadano; Jovita Hernández, integrante del Comité, y don David Ramírez, a quien en la colonia lo apodan el «destroyer» por sus 150 kilos de peso, cuya bonhomía y versatilidad lo llevó a cumplir las funciones de réferi.
En un momento de la función el Colectivo le entregó un reconocimiento a don David debido a su lucha social en favor de los vecinos de la Colonia El Paraíso, donde el padrón electoral está conformado por 600 personas, las cuales llegaron aquí de diversos lugares del Valle de México, principalmente, como de Ecatepec, el municipio al que se había referido uno de los enmascarados sin ningún rubor por el desconocimiento de la geografía metropolitana.
El Paraíso limita con otro asentamiento irregular de la delegación Tláhuac, el de La Poblanita, donde sus habitantes tampoco cuentan con agua ni drenaje, incluso ni luz. Son uno de esos casos de gente que en la ciudad con equidad, como refiere en sus slogans políticos el alcalde, todavía vive en tinieblas en pleno siglo veintiuno.
En un momento de la función, Doribel Ortiz invitó a quien quisiera ir a su casa a hacer de las aguas, ocasión que nos permitió platicar con ella. Por principio de cuentas expresó la esperanza que tienen los habitantes de El Paraíso de que su condición de asentamiento irregular pronto termine. Según refirió, personal del gobierno capitalino ha comenzado a tomar el nivel topográfico de la colonia. Por lo pronto, el agua siguen recibiéndola por medio de pipas, así que ahí no se desperdicia ni una sola gota.
La colonia está conformada por unas diez manzanas. Cada casa, cuya construcción está debidamente cimentada y en su gran mayoría fueron construidas con tabiques de concreto sin revestir –prácticamente no hay viviendas levantadas con otro material–, algunas con segundos niveles inconclusos o las varillas apuntando al cielo en espera de mejores tiempos para continuar la ampliación, tienen dispuestos sobre la calle –donde las banquetas no existen–, a ras de piso, tinacos de todos tamaños, desde pequeños, de seiscientos litros, hasta de dos mil quinientos litros y un metro con sesenta centímetros de altura o más, a fin de que los piperos los llenen cada semana que pasan por ahí.
En El Paraíso no se desperdicia ni una sola gota de agua. A eso se debe que en las letrinas, habilitadas afuera de las moradas debido a que aún no cuentan con drenaje, es posible ver más de una docena de cubetas con agua que previamente fue utilizada para el aseo personal o de la casa, y que después sirve para echarla al inodoro.
Cuando la función de lucha libre terminó la gente agradeció a Jesús que sin ser funcionario de la delegación visitara la colonia para ver qué se les ofrecía, a fin de atender sus requerimientos.
Lo más significativo de la jornada fue sin lugar a dudas haber visto las caras sonrientes de los niños, quienes se acercaron con Jesús a pedirle que la próxima ocasión que fuera por ahí les llevara regalos y juguetes.
Seguramente muchos de esos niños jamás olvidarán las funciones de lucha libre en su colonia, precisamente porque en El Paraíso ellos aprenden a diario a zafarse de las llaves con las que diversas circunstancias buscan inmovilizarlos en el cuadrilátero de la vida.
Sobre el cuadrilatero de la arena en El Paraíso