sábado, 2 de junio de 2012

Terremote-Tlaltenco, al sur oriente del Distrito Federal

Recreación de Terremote-Tlaltenco en un libro de la doctora Serra Puche
En abril de mil novecientos setenta y ocho el arqueólogo Jaime Litvak King (qepd), entonces director del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, me llamó por teléfono a mi oficina en la Gaceta UNAM para invitarme a que visitara la zona conocida como Terremote Tlaltenco, al sur oriente del Distrito Federal, donde la arqueóloga Mari Carmen Serra Puche realizaba excavaciones con un grupo de trabajo compuesto por ayudantes y alumnos, en lo que al parecer había sido una aldea de pescadores en la ribera del lago.
La delegación Tláhuac era para mi desconocida, no recuerdo haber escuchado hablar de ella antes de 1978, y como en la Gaceta estábamos para dar cuenta de todas las actividades que realizaban los universitarios, inmediatamente acepté trasladarme hasta el denominado Terremote Tlaltenco, donde los arqueólogos habían encontrado indicios de asentamientos humanos del período Formativo Medio, como eran canastos, cuerdas y vasijas.
Al día siguiente de la invitación del doctor Litvak, éste envió por Nachito Romo, fotógrafo a quien le pedí que me acompañara, y quien esto escribe, en mi carácter de jefe de Información en la Dirección General del mismo nombre. Partimos una mañana de la Torre de Rectoría hacia el oriente de la ciudad. Fue la primera ocasión en que recorrí la entonces Calzada México-Tulyehualco. Pero donde escuché nombrar a Tláhuac fue en unas instalaciones que servían para el diseño y corrección de estilo de la Gaceta en Calle Cerro de Tres Marías, en la Colonia Campestre Churubusco, y que tenía arrendada la empresa contratada (Lito Offset Sánchez) por la UNAM para la realización del conjunto de tareas de redacción y fotografía, donde una vez que los originales fotomecánicos estaban terminados, lo que sucedía por lo regular a las dos o tres de la mañana si no había nada extraordinario, eran llevados por un propio a la población de Zapotitlán, en Colonia La Conchita específicamente, donde se encontraba la imprenta, lo que quedaba ya dentro de la delegación Tláhuac.
Fue la primera vez que me adentré en el sur oriente del Distrito Federal, aunque días después volvería a recorrer la Calzada México–Tulyehualco debido a que también en Zapotitlán la Universidad tenía (y aún tiene) unas instalaciones de la Facultad de Medicina Veterinaria, el Centro de Enseñanza, Investigación y Extensión en Producción Avícola, y el director Juan Garza Ramos también pidió que se le hiciera un reportaje a dicho centro.
Apenas en enero de ese año había entrado a trabajar a la Dirección General de Información, luego de haber terminado mis estudios de Periodismo y Ciencias de la Comunicación Colectiva en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde por cierto me encargaba de la elaboración del Boletín Informativo en el Departamento de Comunicación cuyo titular era Leopoldo Borrás Sánchez.
El trayecto me pareció largo y tedioso, como seguramente debió serlo para quien entonces visitaba por primera vez la delegación Tláhuac, debido a que se trataba de una avenida muy amplia, ciertamente, pero en cuyo asfalto sólo cabían cuatro angostos carriles por donde transitaban autobuses de pasajeros conocidos en forma desdeñosa como chimecos, además de tráileres, camiones de carga, carromatos y los inefables peseros, antecedente de las combis y los armatostes llamados microbuses que años después aparecerían en el abigarrado escenario metropolitano.
Cuando Nacho Romo y yo escuchamos al chofer decir que finalmente habíamos llegado, me llamó la atención el célebre arco de piedra de Tlaltenco, el cual es uno de los referentes de esa población; ahí dimos vuelta hacia la derecha y nos adentramos como un kilómetro por un camino de terracería, hasta que dejamos de ver las casas ubicadas del otro lado de la carretera, en lo que ahora es la Colonia Ojo de Agua, y donde se localizan por cierto las oficinas de la revista Nosotros que desde 1997 dirijo. Sobre el horizonte sólo había tierras ejidales, sin ninguna siembra ni campesino a la vista, por lo que a lo lejos distinguimos a un grupo de personas que se movían de un lado a otro.
Una vez que descendimos del vehículo estiramos las piernas y observé la vasta extensión de tierra sin construcciones, me pareció que por primera vez le había visto el fin a la inmensa ciudad. Nos llevaron hasta donde se encontraba la arqueóloga quien de inmediato comenzó a hablarnos de lo que se trataba.
Terremote-Tlaltenco era un asentamiento arqueológico ubicado al sur de la Cuenca de México, en el antiguo lago de Chalco-Xochimilco. La época de mayor ocupación pertenece cronológicamente al Formativo Superior; sin embargo, Mari Carmen encontró indicios de que ese asentamiento dio inicio durante el Formativo Temprano (que va de 1500 al 600 aC).
Desde lo alto de un montículo donde observábamos trabajar a una docena de ayudantes de la arqueóloga, ella refirió a la aldea igualitaria y autosuficiente que al llegar al Formativo Superior adquirió mayor complejidad social.
Estábamos parados sobre lo que había sido un islote artificial que fue creciendo a medida que sus moradores requerían de mayor espacio. Las crecidas del lago daban lugar a que se fueran superponiendo capas de tules, encima de las cuales los pobladores del lugar echaban lodo apisonado sucesivamente, de lo que se podía inferir un sistema constructivo similar al de las chinampas.

La arqueóloga Mari Carmen Serra Puche con el reportero
El islote constaba de diecisiete montículos-habitación que no rebasaban los dos metros de altura. Uno de los montículos era una plataforma más alta, justo en la que nos encontrábamos, la cual tenía características constructivas diferentes, considerándose entonces como una estructura arquitectónica de carácter civil, por lo que dicho asentamiento la arqueóloga lo consideraba como un centro local ubicado entre dos centros ceremoniales importantes: Tlapacoya al este y Cuicuilco al oeste.
Mari Carmen Serra comentó que el medio ambiente lacustre proporcionaba gran cantidad de recursos, aprovechados por ese centro local, como peces, patos e insectos, y la gran variedad de los bosques de las orillas proporcionaban madera, venados, conejos y otros animales. Asimismo, mediante el transporte acuático se daba intercambio de productos con las aldeas de los alrededores.
Unos días antes la arqueóloga y su equipo de trabajo habían hallado una serie de utensilios de piedra y partes de una construcción de doscientos ochenta metros cuadrados. Lo que se sumó al hallazgo de toda una capa de apisonado de aproximadamente un metro de espesor, la cual fue echada sobre un relleno de piedras que, a su vez, cubrían una estructura cuadrada con talud de piedras.
Por las condiciones húmedas del terreno, debido a que esa zona de Terremote-Tlaltenco estuvo inundada desde su construcción doscientos años antes de nuestra era, hasta el año de mil novecientos cuarenta y cinco aproximadamente, se habían conservado muestras de madera y restos de objetos textiles, fondos de canastos y cuerdas.
La especialista, de acuerdo con la libreta de apuntes que un día encontré en un rincón de mi biblioteca, comentó que hacía veinte años en Terremote-Tlaltenco había sido localizado un embarcadero con restos de madera y partes sujetas con nudos, donde seguramente las canoas descargaban productos agrícolas y de comercio.
Uno de los motivos fundamentales de su proyecto, según me explicó, era el de inferir, a través del estudio de los restos arqueológicos, el modo de vida de los habitantes del lugar en el Formativo Superior, de significativa importancia en el desarrollo mesoamericano debido a que al final del mismo surgió el centro político más importante de la Cuenca de México: Teotihuacan.
En aquel abril del setenta y ocho Mari Carmen Serra y su equipo de trabajo buscaban identificar el tipo de economía básica y el de organización social que prevalecía en ese período y el por qué de su cambio.
Luego de esa primera visita a Tlaltenco diez años después ya vivía en la Colonia Selene de esa población y en mil novecientos noventa y ocho fueron inauguradas las oficinas de la revista Nosotros muy cerca de lo que fue conocido como Terremote-Tlaltenco. Porque en dos mil nueve un voraz alcalde expropio buena parte del ejido del lugar para imponer la construcción de una línea del Metro.
El texto final del artículo publicado en la Gaceta UNAM (Cuarta Época, Volumen II, número 30 del 24 de abril de 1978), tras de la mutilación correspondiente que solían hacer los escrupulosos correctores de estilo del área a cargo de mi amigo Genaro García, a continuación lo reproduzco:
Excavaciones en la delegación de Tláhuac
Islotes artificiales construidos 200 años antes de nuestra era en el antiguo Lago de Chalco-Xochimilco
Importantes estudios arqueológicos, que ha producido trascendentales descubrimientos, se efectúan en lo que fue el antiguo Lago de Chalco-Xochimilco, bajo la supervisión de la arqueóloga Mari Carmen Serra, quien trabaja en un islote artificial, que se cree fue abandonado unos doscientos años antes de nuestra era.
La arqueóloga del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, señaló que existen indicios de que los asentamientos humanos en esa región, específicamente en el pueblo de Terremote Tlaltenco, se remontan al período Formativo Medio, y que su auge se acrecienta durante el Formativo Superior.
En la actualidad, continuó la investigadora, se lleva a cabo la segunda etapa de excavación y exploración, en este islote que consta de 17 montículos-habitación, mismos que no rebasan los dos metros de altura. Uno de los montículos estudiados, agregó, es una plataforma más alta que las demás, y presenta características constructivas diferentes, en donde se descubrió una serie de piedras y partes de una construcción que mide 280 metros.
Este asentamiento, dice Mari Carmen Serra, lo hemos definido como un centro local ubicado entre dos centros ceremoniales importantes: Tlapacoya y Cuicuilco. Asimismo, se ha localizado una capa de apisonado de aproximadamente un metro de espesor, echada sobre un relleno de piedras, que a su vez, cubrían una estructura cuadrada con un talud de piedras.
«A pesar de las condiciones húmedas del terreno –apuntó la investigadora–, que estuvo inundado desde su abandono, hace 200 años antes de nuesta era, hasta 1945; se han conservado muestras de madera, y restos de objetos textiles, fondos de canastos, cuerdas y vasijas. Por otra parte, se realizan intensos estudios en la orilla norte de esta plataforma, la cual se supone se trataba de un embarcadero. Aquí se han hallado restos de madera y partes sujetas con nudos, a donde seguramente llegaban las canoas con sus productos agrícolas y de comercio».
«El medio ambiente lacustre –señaló– proporcionaba gran cantidad de recursos, como patos, insectos y peces, los cuales eran aprovechados por este centro local; además de la gran variedad de bosques en las orillas que les facilitaban madera, venados, conejos y otros animales».
«Uno de los motivos fundamentales de estas excavaciones –añade– es inferir a través del estudio de los restos arqueológicos, el modo de vida durante este período importante en el desarrollo mesoamericano, ya que al final del mismo, surge el centro ceremonial más importante en la cuenca de México: Teotihuacan».
La arqueóloga Mari Carmen Serra concluyó hablando sobre los estudios y problemas teóricos que se plantean en la región, como el cambio de una sociedad estratificada, la identificación de un tipo de economía básica y el conocimiento de la organización social que prevalecía durante este período, y el porqué de sus cambios; que arrojarán más luz sobre las condiciones de vida de esos antiguos moradores de México.
Sin embargo, la implacable mancha urbana terminó por alcanzar esa región de la delegación Tláhuac, donde los ejidatarios todavía libran lo que quizás sea la última de sus batallas por la defensa de sus tierras.
Diez años después de aquel reportaje con la arqueóloga Serra Puche, el Instituto de Investigaciones Antropológicas, del cual era entonces ella la directora, publicó su libro Los recursos lacustres de la Cuenca de México durante el Formativo, en el que da cuenta de los hallazgos arqueológicos que denotaron una explotación de los recursos lacustres como modo de vida cotidiano, desde la construcción del islote hasta la recolección y fabricación de implementos; y hace hincapié en el uso, explotación y transformación de recursos lacustres como medio de subsistencia.

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