lunes, 28 de mayo de 2012

Orquídea de Casa Blanca


Cuando me enteré del fatal accidente de aviación que le costó la vida al hijo de John F. Kennedy, John John, como según le decían, aquel dieciséis de julio de mil novecientos noventa y nueve, vino a mi memoria el día en que conocí a su famosa madre Jacqueline, la viuda del presidente asesinado en Dallas diez años antes, aunque ya para entonces la mujer había cedido al acoso del magnate griego Aristóteles Onassis, con quien se había casado en octubre de mil novecientos sesenta y ocho.
Tulum, Quintana Roo, en el verano de 1973
Fue en el verano de mil novecientos setenta y tres en la zona arqueológica de Tulum, Quintana Roo, a donde habíamos llegado en lo que entonces solía llamarse viaje de estudios, numeroso grupo de preparatorianos del Instituto 18 de Marzo de Gómez Palacio, en la Comarca Lagunera.
No teníamos ni 10 minutos en la ciudad amurallada y aún no salíamos de nuestro embelasamiento a causa del fascinante contraste entre las construcciones arqueológicas y el paisaje, enmarcadas por el esplendoroso Mar Caribe, cuando por sobre el lugar comenzó a sobrevolar un avión de la Fuerza Aérea Mexicana color verde, que por el modelo del aparato uno podía suponer que había participado en la última fase de la batalla de Luzón (Filipinas) en mil novecientos cuarenta y cinco, como parte del mítico Escuadrón 201.
Sólo observaba la majestuosa ciudad
Inmediatamente nos preguntamos qué hacía esa pieza de exposición con alas en aquel lugar, en primer lugar, porque con el estruendo del motor destrozaba la apacibilidad y armonía del sitio al impedirnos escuchar cómo rompían las olas en los riscos, y en segundo término porque debido al gran parecido de la aeronave con la del eximio aviador lagunero Francisco Sarabia, cuyo Conquistador del Cielo, como bautizó a su Gee-Bee, se encontraba en exhibición permanente en su museo-monumento a la entrada de Ciudad Lerdo, nos hacía seguirlo en sus parábolas sobre el espacio de aquella fabulosa ciudad maya.
No tardamos mucho en descubrir cuál era el motivo de que aquel piloto sobrevolara a muy baja altura la aeronave. En la zona arqueológica debía encontrarse algún personaje de renombre porque en el lugar había varios individuos que por su corpulencia no podían ocultar la pinta de guardaespaldas, por más que anduvieran camuflados con guayabera yucateca, obvio, y pantalones holgados, para hacerse pasar como inofensivos turistas. Seguramente custodiaban a alguna celebridad, pero, ¿a quién?
Sólo fue cosa de escudriñar el lugar, y fijar la mirada en el edificio conocido como El Castillo, el más importante de la zona arqueológica, cuya majestuosa construcción se veía rematada por un templo con dos columnas de serpientes de silueta. Ahí se encontraba una figura esbelta, vestida con blusa y pantalón blanco, con una pañoleta en su cabeza y unos grandes anteojos que le cubrían la mitad del rostro. Acompañaban a la enigmática mujer un par de adolescentes y un tercer hombre de esos corpulentos que trataban de pasar desapercibidos. Entonces no había mucha gente en el sitio arqueológico, al menos no como se encuentra uno ahora.
Rápidamente me acerqué y quise identificar el rostro de la mujer detrás de las grandes gafas oscuras, que por lo demás no se justificaban debido a que la mañana era nublada, así que debía de tratarse de alguien que buscaba ocultar su identidad. Tras de escudriñar por un minuto su figura comprobé que se trataba de la célebre viuda de John F. Kennedy, preparé mi cámara Kodak Retina de 35 milímetros fabricada en Alemania en mil novecientos sesenta y tantos, y me puse a tomar fotografías tanto de Jacqueline como de las chamacas con mucha discreción, no fueran a molestarse y azuzaran en mi contra al guarura (palabra, por cierto, que tal vez proviene del idioma tarahuamara, wa’rura, que significa grande).
¡Cómo iba a privarme de fotografiar aquella mujer marcada por la tragedia! Aunque faltaba su hijo, el niño aquel que a los tres años, durante los funerales de su padre, se había soltado de la mano de Jaqueline para dirigirse hasta donde se encontraba el ataúd ante el cual hizo un saludo marcial en señal de despedida, aquel veinticinco de noviembre de mil novecientos sesenta y tres, mientras el cortejo fúnebre pasaba frente a una iglesia en Washington, y cuya icónica imagen, que marcó uno de los episodios más significativos de la política estadounidense, fue captada por el fotógrafo Stan Stearns, fallecido el pasado viernes dos de marzo de cáncer en un hospicio en Harwood, MD.
A Jacqueline Bouvier Kennedy la acompañaba su hija Caroline y una amiga de esta, las cuales se veían alegres y risueñas, contentas de encontrarse en tierra maya.
Mientras tanto, mis amigos de la prepa ya habían detectado también quién se encontraba en el lugar, por lo que observaban a la distancia mis movimientos para fotografiar a las Kennedy. Jacqueline dejaba que el impetuoso viento del Caribe se regodeara precipitándose sobre su delgada figura, como jugando con su holgada ropa, parecía que quería pegársela al cuerpo, y por momentos hasta llevársela con él hacia las alturas. Soplaba con fuerza aquella mañana.
Orquídea de Casa Blanca
La pañoleta roja que traía Jacqueline ocultaba su cabellera y con ello mantenía imperturbable su pose como de diva inmaculada de la historia norteamericana, con uno de los rostros más fotografiados y exhibidos en las portadas de diarios y revistas como Life.
Caroline Kennedy y su amiga
Luego de constatar que mi presencia parecía no importarles, me paré entonces frente a Caroline y su amiga y les tomé una fotografía. El rostro de asombro y admiración que tenían en su semblante, quizás por haber descubierto aquella majestuosa ciudad maya, se diluyó en sonrisas, como si les avergonzara que un incipiente paparazi las fotografiara, permanecieron sentadas al costado derecho del Castillo sin dejar de observar el imponente paisaje.
Después de todo la ex primera dama sabía lo que era lidiar con los fotógrafos de publicaciones sensacionalistas, debido a que su luna de miel con Onassis en el lujoso yate del griego, el Christina, y en la isla de Skorpios, había sido captada un par de años antes con potentes lentes.
Sergio Rojas, Alfredo Dipp, Jacquie, Héctor Sánchez Ortiz, Federico Sánchez Galindo y
Rafael Díaz Hurtado
En cierto momento de la sesión fotográfica le pedí a Jacqueline que me permitiera tomarme una fotografía con ella, de inmediato se acercó el guarura a pedirme cortesmente que no importunara a la señora, pero cuál fue mi sorpresa que ella le dijo que me dejara y que, por el contrario, él mismo tomara la fotografía. Le di mi cámara y Jacquie dibujó una sonrisa en su rostro; sin embargo, como el guardaespalda no estaba muy familiarizado con la tecnología tuve qué separarme de la señora de Onassis para explicarle cómo tenía que afocar y dónde oprimir el obturador.
Cuando me dispuse a regresar con Jacquie ya se habían acercado mis amigos y se encontraban listos para salir en la foto. El guarura pudo captar la imagen y me regresó mi cámara, nos despedimos de mano de la celebridad y le agradecí el detalle que había tenido para con nosotros.
Luego del encuentro Jacqueline decidió retirarse de Tulum, bajó las escaleras del Castillo acompañada de su hija y la otra adolescente y se encaminaron hacia el precario estacionamiento de la zona arqueológica. Mi olfato periodístico me llevó a seguirla hasta que abandonó el sitio, una vez afuera y con la confianza adquirida le pedí que sonriera y sin mayor problema me dedicó una de sus encantadoras sonrisas para que volviera a fotografiarla. Sobra decir que aquella mujer de cuarenta y cuatro años de edad me había cautivado a mis diecinueve. Era la mítica señora de las cuatro décadas que con su glamour iba por el mundo cautivando románticos y noveleros.
La última fotografía que le tomé a Jacquie aquel verano
A nuestro regreso a la Comarca Lagunera y en particular a la preparatoria, puse las fotografías en una vitrina que había mandado hacer al inicio del ciclo escolar para que cumpliera las funciones de periódico mural. Ahí vio las imágenes nuestra querida y admirada profesora Alejandra Haces Gil de Shoot, quien de inmediato me pidió que le prestara la fotografía en la que nos encontrábamos con Jacquie para publicarla en El Siglo de Torreón, y así lo hizo.
Fue un viaje inolvidable porque recorrimos todo lo que ahora para efectos del turismo ha sido bautizado como Ruta Maya, y que prácticamente ya es inaccesible para muchos compatriotas por los altos precios por pagar en hospedaje y demás servicios. Entonces no había la impresionante infraestructura de ahora, y uno podía subir por dentro y por fuera a las pirámides, como en el Palacio de Palenque, donde se encuentra la tumba de Pakal.
En esa ocasión no iba con ella su hijo John John, como erróneamente supuse muchos años, no sé por qué. El que años después, cuando piloteaba un avión monomotor Piper Saratoga en un vuelo de Nueva Jersey a la isla de Martha’s Vineyard, desapareció el sábado diecisiete de julio de mil novecientos noventa y ocho, junto con su esposa Carolyn Bessette y la hermana mayor de esta, Lauren Bessette.
Jacqueline por su parte, la ex primera dama de los Estados Unidos, murió de cáncer en Nueva York a los sesenta y ocho años de edad.
Finalmente, Caroline vive felizmente casada y tiene tres hijos. Quiso ser embajadora de los Estados Unidos en El vaticano en el año dos mil nueve, pero extraoficialmente fue vetada en ese Estado por sus puntos de vista acerca del aborto y la investigación con células madre.