jueves, 29 de noviembre de 2012

Asqueles, la invasión hormiga




Se ven por todas partes, a cualquier hora del día y de la noche, a la luz de una bombilla que ilumine con profusión su espacio, no detienen su actividad recolectora, mientras utilizan sus antenas para oler, degustar y tocar. Aunque no necesitan de la luz para continuar con su afanoso trajín, después de todo su visión es escasa, quizás solamente sea alguna especie de cansancio o adormecimiento lo que las hace recluirse en sus nidos.
Algunas son de tamaño microscópico, otras diminutas, las menos es posible distinguirlas a tres o más metros de distancia, parecen los soldados de la colonia. Por su inconmensurable número al desplazarse sobre alguna superficie dibujan largas y serpenteantes filas, arriba, en el techo de una casa; a media altura o sobre el piso, en ocasiones parece como si uno estuviera adentro de una gran esfera con miles de arterias expuestas a la intemperie y las viera moverse a velocidad vertiginosa, para asombro y exasperación de quien las ha visto desmembrar el cuerpo de una sometida avispa, sorprendida tal vez cuando se detuvo a inspeccionar sus curiosos nidos colgantes hechos con barro, o del inmovilizado chapulín que se atolondró en el zacate. Ni qué decir de las horripilantes cucarachas o los hediondos pinacates, a los que aterrorizan persiguiéndolos cual sanguinarias hordas hasta darles alcance más bien por cansancio, para proceder de inmediato a seccionarles patas, alas y abdomen con superlativa habilidad. Destreza que seguramente envidiaron en su momento y fueron fuente de inspiración de Jack el Destripador, Andrei Chikatilo el Carnicero de Rostov o Winnie Judd la Asesina del baúl.
Son las hormigas, esos insectos que el hombre ha admirado por su dedicación al trabajo, que hasta les ha dedicado fábulas y cuentos, como la de la hormiga y la cigarra o la hormiga y el elefante, a la que representa como trabajadora, previsora e inteligente; sin faltar, por supuesto, las consabidas películas de dibujos animados como la de Bichos y Antz, donde son mostradas como heroínas de la naturaleza.
Lo cierto es que finalmente llegó el día en que debía cumplirse la predicción de Byron Haskin cuando filmó Marabunta al principio de la década de los cincuenta, cuya historia trata de cómo una multitud de hormigas en la selva sudamericana arrasa con lo que encuentra a su paso, incluida la plantación de café del testarudo terrateniente interpretado por el actor Charlton Heston. Y es que al menos en la población de Nazas, en el estado de Durango, justo 60 años después de que fue filmada (1953), millones de esos insectos, que no necesariamente son rojas, sino negras y pequeñas, las que en la Comarca Lagunera se les conoce como asqueles, un nahuatlismo porque asquel en lengua nahuatl significa hormiga pequeña, se han establecido definitivamente en los domicilios de los humanos, bodegas y oficinas, y en general por toda la tierra cultivable de la región, convirtiéndose en una plaga para la agricultura, particularmente para los productores de la nuez pecanera.
Como quien dice, se transformaron en compactos ejércitos invasores para disputarle sus espacios a cualquier otro ser viviente, sobre todo donde los humanos conviven y desarrollan sus actividades. Ellas no tienen la culpa de que el hombre sea el depredador principal de la naturaleza y donde quiera que se encuentre contamine su entorno con basura. Y si desparrama sobre la mesa y el piso migajas de alimentos, sobre todo de aquellos que contienen azúcar, a los asqueles les resulta atractivo acudir en tropel a triturarlo en diminutos pedazos a fin de llevarlos a sus nidos. Sin importar que al ser detectados por un humano, en represalia los barra con una escoba mojada en una cubeta que contiene agua y cloro.
Para ellas no hay rincón al que no puedan llegar. Suben por las patas de una mesa sin importar de qué material estén estas construidas, igual da si es madera o reluciente aluminio, no importa si es resbaladizo, los asqueles podrán sortear incluso alguna cubierta de plástico sobre la superficie para llegar hasta la charola que contiene frutas, dulces en almíbar, nueces garapiñadas, jamoncillos, cajeta de membrillo y demás comestibles, por sólo mencionar una parte de la larga lista de productos que parecen gustarles. Porque es tanta su osadía de himenóptero que si encuentran la rendija adecuada se introducen hasta el interior de un refrigerador para rapiñar con mermeladas y nueces sin cáscara. Nada las detiene, ni el frío por lo visto.
Recorren las distancias necesarias luego de que las exploradoras subieron por los muros para escudriñar cada milímetro de su territorio y reportaron la existencia de productos comestibles que llevar a su madriguera. Son insaciables. Será solamente a eso que se parecen a la mayoría de los políticos, no en lo trabajadoras, sino en la insaciabilidad de aquellos que los hace parecer dañina plaga humana.
Durante el verano, los asqueles suben hasta lo más alto de los árboles en busca de frutos o, también, residuos de comida que puedan quedar cerca de los nidos de aves, incluso de los ennegrecidos chanates que son como roedores con alas. Cuando nacen los polluelos, los depredadores insectos van a tratar de comérselos ante la impotencia de los padres por desterrarlas del lecho y proteger a sus crías, por lo que mejor prefieren emprender el vuelo ante la desesperación de los pichones, que si están con las suficientes fuerzas para hacerlo prefieren lanzarse al vacío, aunque no siempre mueren en la caída, por lo que abajo otras hormigas acudirán a rematarlos.
En los nogales tanto hormigas rojas como asqueles negros suben hasta lo más alto de las ramas, algunos árboles viejos de nuez criolla pueden alcanzar una altura de treinta y cinco metros, van en busca de los frutos defectuosos en los que puedan penetrar con el fin de extraer la almendra. Por eso cuando descubren que un vareador anda golpeando las ramas de los árboles para tirar al suelo las nueces, los asqueles se introducen por entre las ropas del que consideran un intruso en su territorio, comienzan a hostigarlo con sus molestos piquetes que de cualquier forma contienen algo de veneno, dejándole varias ronchas en la piel.
A finales del pasado mes de octubre un vareador subió en la mañana por el tronco de un árbol de nogal no muy alto, de la variedad conocida como Maja, dispuesto a iniciar su jornada de trabajo con el golpeo sistemático de las ramas para quitarle las grandes nueces, pero se encontró con que conforme ascendía el sol y se incrementaba la temperatura, una colonia de asqueles comenzó a salir de debajo de la corteza de la gruesa rama en la que se encontraba a horcajadas, por lo que rápidamente alguien de abajo lo proveyó de un envase del mortífero aerosol H24, el cual roció sobre aquella apertura que debía tener más de medio metro de extensión.
A continuación brotaron miles de diminutas hormigas, las que aturdidas por el veneno comenzaron a caer al suelo, aunque otras ni eso pudieron hacer, quedaron muertas en su colonia, adheridas a la oquedad del tronco, simulando en su apilamiento involuntario una gruesa espuma de insectos negros y rojizos. Al último pudo salir la hormiga reina, más grande que los machos y las obreras, como de un centímetro de largo debido a la especie de larva blancuzca en la parte posterior de su cuerpo, la cual también quedó muerta junto a obreras y guerreras, cualidades por cierto que ya se juntan en un solo individuo. Ver la cantidad de insectos que tenía la colonia dentro del árbol fue asombroso espectáculo, porque el nogal debió soportar quién sabe cuánto tiempo la incómoda presencia de esa plaga.
Con seguridad esto sería un paraíso para cualquier oso hormiguero, el problema es que con tanto depredador humano nadie podría garantizarles su supervivencia.
Para quien camina por entre la hierba o el llano debe hacerlo sin dejar de mirar continuamente al suelo, porque debe haber un hormiguero de asqueles cada tres o cuatro pasos. No son ya aquellas hormigas rojas cuyos nidos se caracterizaban por estar adornados con cientos de pequeñas piedritas colocadas alrededor de la entrada principal y que no siempre sustraían del subsuelo al cavar sus galerías. Ahora los nidos son montones de tierra que de tan fina se convierte en arena, con múltiples entradas, sobre los cuales no crece ninguna planta. Los hormigueros son fácilmente identificables y hay qué darles la vuelta, porque cuando los insectos sienten que un humano está cerca, salen dispuestos a emprender un furioso ataque y en la embestida más de tres pueden aferrarse a los zapatos del intruso y subir por sus piernas hasta clavarle sus aguijones.
Los asqueles y demás hormigas negras se han vuelto un problema para quienes trabajan en la recolección de la nuez, porque en un fruto ligeramente resquebrajado por el impacto con el suelo puede tener adentro como cien insectos que trabajan en la trituración de la almendra, por lo que al sentir que son levantadas por una mano humana reaccionan con rapidez y en cuestión de segundos clavan sus aguijones si antes no se deshizo de la nuez. Las furiosas hormigas le disputan al hombre los frutos de la tierra, al menos en esa región norteña la invasión ya dio inicio.
Porque cuando no encuentran comida por ninguna parte, es posible verlas desplazarse por los cordones o alambres que sirven de tendederos en los que se pone a secar la ropa al sol, para llegar a las prendas con tela de algodón y roerlas hasta perforarlas. También pueden entrar a los clósets y roperos en busca no solamente de más prendas de vestir, sino de sábanas y colchas.
La situación es tan difícil que la gente debe gastar en adquirir unas bolsitas que contienen el mortífero veneno que al menos sirve para controlarlas y evitar que el número de los hormigueros continúe en aumento, se trata de unos 100 gramos de granitos en color azul los cuales deben ser depositados justo en la entrada de los nidos. El sebo azucarado que contiene el veneno les resulta tan atractivo a los asqueles porque en cuestión de minutos logran meter todos los granos a los nidos, y cuando los granos entran en contacto con la humedad del subsuelo estos comienzan a despedir un gas que mata de manera fulminante a los insectos. Cada bolsita cuesta cinco pesos y es posible adquirirlas en cualquier farmacia veterinaria, no falta quienes compran veinte o más bolsitas.
Sin embargo, al siguiente día es probable que aparezcan cerca de los agujeros de los nidos varias manchas negruzcas, se trata de los cadáveres de los insectos que por cientos o tal vez miles de ellos –imposible ponerse a contar cuántos, y no por carecer de la virtud de la paciencia, sino por el riesgo de ser sorprendido por un contraataque de estas–, fueron apilados por los asqueles que al momento de la dispersión de los letales gases se encontraban lejos del hormiguero.
Si con ese recuento de bajas expuesto a la vista de los humanos las hormigas pretenden enviar el mensaje de que las madrigueras continúan en operación, con nuevos y mejores escuadrones dispuestos a proseguir la disputa por los territorios, sólo ellas lo saben, por lo pronto no habrá qué menospreciarlas. Al menos esa impresión es la que dejan entre quienes durante el día deben andar con tiento por el campo, a fin de fijarse en lo que toman entre sus manos antes de echarlo a la bolsa, o de lo que van a llevarse a la boca porque hasta un vaso con agua dulcificada que dejaron sobre la mesa puede contener docenas de asqueles flotando, o incluso antes de conciliar el sueño escudriñar de un lado a otro la cama porque en lugar de ácaros bien podrían ser otros los que esperen al humano para clavarle sus punzantes aguijones.

sábado, 13 de octubre de 2012

Kid Azteca, un púgil que está en la historia



Aquella tarde de domingo del año de 1937 no fue como cualquiera para un grupo de muchachos que llegó hasta la arena de box de Nuevo Laredo, Tamaulipas. No tenían dinero para pagar su respectivo boleto de entrada, pero, en cambio, aguardaban el momento preciso para colarse al interior del recinto, confundidos entre la multitud que se agolpaba frente a las taquillas y la puerta principal.

Repentinamente, entre aquel barullo se escuchó una voz que decía:

       ¡Falta un preliminar! ¡Falta un preliminar!

Los muchachos entonces comenzaron a animar al más alto del grupo.

       ¡Órale Luis, éntrale tú!

Y Luis, sorprendido, alcanzó a defenderse.

       ¡Pero ¿por qué yo?!

       ¡Tú mero porque vienes de la Ciudad de México! –Le respondieron sus amigos.

El aludido, un mocetón de veinticuatro años, pudo todavía repetir su cuestionamiento a los amigos, pero ya nadie le hizo caso, cuando menos pensó se vio dentro del vestidor con un tipo robusto que le calzaba los guantes, al tiempo que le decía tranquilo muchachos, al cabo que nomás son cuatro rounds.

Minutos después, el espigado boxeador diestro escuchaba en el cuadrilátero la característica presentación que suelen hacer los anunciadores oficiales.

– ¡Pelearáááááááááán cuatro raunds!... ¡De la Ciudad de México, Luis Villanuevaaaaaaaaaa!

Desde el momento mismo en que se escuchó la campana para dar inicio al combate, el bisoño boxeador comenzó a fajarse con su adversario, animado por el público que no dejaba de gritarle cosas como ¡Tú le das chino! ¡Vámos chino! Luis arremetió contra su rival con desbordado ánimo; sin embargo, el apoyo que le brindaba el público de la arena no fue suficiente para aquel chino, como le había apodado la gente, porque al final del combate los jueces dieron como ganador a su adversario por decisión unánime. Cosas de la mafia del box.

El mote de «Chino» se lo impuso la gente debido a los párpados de aquel muchacho rollizo que, por su peculiar conformación, lo hacían parecer como oriundo del Lejano Oriente. Eso les pareció y así lo etiquetaron.

Así lucía Kid Azteca en marzo de 1999

Con dos semanas de estancia en la ciudad de Nuevo Laredo, el «Chino» Villanueva se hizo de amigos y el promotor local lo contrató para otra pelea a cuatro rounds. Para esta ocasión, el incipiente púgil tuvo tiempo de realizar un poco de acondicionamiento físico.

La noche de la función boxística el animador oficial lo presentó como el Kid Chino, así nada más, sin tomarle parecer a Luis, sólo porque así se le ocurrió al promotor, y ahora sí ganó la pelea.

El destino le tenía deparadas varias sorpresas.

A los pocos días llegó de San Antonio, Texas, Julio Montes, conocido promotor de la región, quien le ofreció una pelea en aquella ciudad de Texas.

–Pero allí vas a tener que pelear a diez raunds, ¿okey?... ¡Oh, sí!, otra cosa, ya no te llamarás Kid Chino, desde ahora eres el Kid Azteca, ¿okey?

Fue así como Luis Villanueva, nacido en el barrio bravo de Tepito el veintiuno de junio de 1913, ganó su primera pelea en tierras estadounidenses contra un americanito, según dice, y entonces comenzó su leyenda.

A sesenta y dos años de distancia de su primera pelea (1999), con su pausada y ronca voz, previa llamada telefónica para concertar una cita con él, me recibe en su pequeña pero confortable y pulcra oficina, localizada en la Calle de Perú, a unos pasos de la legendaria Arena Coliseo, donde guarda sus más preciados trofeos, reconocimientos y fotografías recopilados en su trayectoria como pugilista.

Dice que no se considera una leyenda del boxeo mexicano.

–Entre muchos y muy buenos boxeadores que ha habido quien sabe quién podría ser leyenda.

Muy pulcro y esmerado, con impecable traje azul marino y una bien ajustada corbata rosa con discretos detalles rojos, Kid Azteca continúa su conversación mientras Carlitos, su entrañable amigo que sigue fungiendo como su representante –Carlos Montes–, escucha con atención.

¿Buenos boxeadores como quiénes?, preguntamos.

Pero Kid Azteca de momento solamente recuerda dos nombres, los de Rodolfo Ramírez y Julio César Chávez...

–A mi me tienen en un lugarcito y agradezco esa atención –dice con modestia uno de los más significativos boxeadores que ha pisado los cuadriláteros mexicanos mucho antes de que la televisión se apropiara del manejo publicitario del espectáculo boxístico.

¿Y cómo era la vida de un boxeador en su época?

–Si se quería ser figura había que cuidarse mucho porque se ganaba poco dinero, así que no había tiempo para divertirse. Por esa razón el boxeo de antaño era un poco más brusco, el boxeador ponía todo su empeño en triunfar. Yo comencé como peso ligero, pero enseguida subí a peso welter y ahí me quedé, en los sesenta y ocho kilos. Mis inicios en el box fueron en Nuevo Laredo, pero después decidí venir a la Ciudad de México a cuajar.

Protagonista de la quizá primera época de oro del boxeo mexicano, a sus ochenta y seis años de edad a Luis Villanueva no se le ve menguada su salud, luce fuerte y lúcido, como si los golpes que recibió en el llamado deporte de Fistiana no hubieran dejado merma alguna.

Sin embargo, decimos, como que ya no surge tanto boxeador en Tepito, ahora el barrio bravo es más conocido por otras cosas no necesariamente buenas...

–Pareciera que hoy los chamacos con aspiraciones han olvidado al box como medio de subsistencia, quizá porque con la fayuca obtienen el suficiente dinero para comer y hasta para las chelas del fin de semana. ¡Quién sabe qué pasa con la chamacada, con aquellos que les gustaba pelear! Por eso este espectáculo está muy triste, porque ya no tenemos figuras ni ídolos. Ninguno le llega al público, que es el que paga por divertirse... pero, además, yo también estoy apesadumbrado porque no veo figuras.

¿Por falta de apoyos, de estímulos, de motivación, de qué?, preguntamos.

–No sé. Porque entrenadores hay, lo que pasa es que aquellos que apenas están formándose creen que con tres o cuatro peleas ya son figuras y no se preparan bien, se descuidan y no llegan a donde debieran. Apenas llevan medio camino y ahí se quedan, rápidamente se hacen viejones, porque el tiempo pasa rápido y cuando menos piensan ya están acabaditos. Les gusta la cerveza, el pulquito, pero hay que prohibirse todas esas cosas.

Después de todo, vale la pena por lo que les pagan...

–El boxeador actual se descuida por la razón de que gana mucho dinero, y ya ve usted que el dinero es medio raro, transforma a los hombres, pero en especial a los boxeadores.

Ni en la concurridas delegaciones que van a los Juegos Olímpicos se ven boxeadores de Tepito, y uno como aficionado piensa que esa es en parte la razón del fracaso. Sin embargo, Kid Azteca tiene su punto de vista.

–Fracasan porque no van bien preparados, se descuidan, se desvelan, llevan una mala vida, no entrenan como es debido, como debe entrenar un boxeador. Por eso es que si se van no llegan a la final.

¿Cuál es la clave para que en su vejez usted lograra conservarse en óptimas condiciones?

–Yo traté de cuidarme al máximo. Llegué a pelear alrededor de veinticinco años, que son muy largos, y tuve muchas peleas, tanto aquí en México como en el extranjero. Peleé en Houston, Dallas, Los Angeles, Buenos Aires, La Habana. Siempre me cuidé, entrené y procuré divertirme lo menos posible. Por eso es que la suerte y el destino me tienen todavía aquí. Tuve la gran fortuna de que tanto moquete no me lastimara.

En la pequeña y confortable oficina de una vecindad como de las que integran el popular barrio de Tepito, en la que guarda sus más preciados trofeos, Kid Azteca rememora también sus momentos de gloria boxística.

–Fui campeón de la República durante diecisiete años. Le gané el campeonato al Chato David Velasco en la plaza de toros El Toreo. Ese fue mi momento más grande, y me retiré invicto como campeón.

Kid Azteca reconoce que perdió algunas peleas.

–Sí, pero pocas. Cada vez que perdía me ponía muy triste, aunque eso me motivaba para entrenar más fuerte.

Una vez finalizada la plática con Kid Azteca en su sala-museo u oficina particular, salimos a la calle a caminar, acompañados por Carlitos Montes.

Aún había sol, la primavera estaba en su apogeo y no había nubarrones en el cielo, solamente el saludo cordial de la gente que de inmediato reconocía a su ídolo, un tipo tierno y afable, sin duda alguna leyenda del boxeo mexicano, aquel de antes de los organismos que controlan mercachifles del espectáculo. Un hombre íntegro que jamás descuidó su persona.

Tras de que me permitiera tomarle unas fotografías, le pregunto por último a las puertas del estacionamiento donde había dejado mi automóvil.

¿Y qué espera Kid Azteca a su edad?

–Ver nuevas figuras como las hubo en el pasado, para que la gente regrese a la Arena Coliseo. Por lo demás, quiero seguir caminando, viviendo, y tener para los frijolitos.

Tres años más tarde, Kid Azteca murió el dieciseis de marzo de 2002, a los ochenta y nueve años de edad.