viernes, 10 de junio de 2011

Nazas, la magia sin necesidad de decreto


Nazas es un pueblo bucólico y pintoresco del norteño estado de Durango que está como predestinado a no tener más de 15 mil habitantes el  resto de sus días. Tuvo cinco mil prácticamente desde que fue construida la carretera 49 a principios de la década de los años sesenta del siglo pasado, según el identificador de la oficina de comunicaciones y obras públicas colocado a la entrada del pueblo. Porque con ese indicador se quedaron conformes los habitantes del pueblo hasta mediados de los años ochenta, cuando fue instalado el nuevo letrero con la cifra actualizada, después pareció como que ya no hubo incremento en los índices de natalidad, será por la sensación de que el pueblo ya no necesita más gente a pesar de las ampliaciones que los presidentes municipales han hecho del feudo legal del casco urbano. Más bien lo que crece y rápidamente es el panteón, ubicado a la entrada del pueblo como quien viene de La Flor, a un costado de donde hace algunos años hubo una pista de aterrizaje de avionetas y que viene a colación por el símil de que de igual forma en un camposanto deberemos aterrizar los humanos al final de nuestra bitácora de vuelo.
Se trata de una población cuyas paredes añosas de adobe transpiran historia, a pesar de que la Revolución no registró ahí significativas batallas. Sin embargo, las ha habido en otras etapas de la historia. En mayo de mil ochocientos sesenta se libró fiero combate en la hacienda de La Flor entre conservadores y liberales. En esa época Nazas ya era población importante porque tenía buen número de habitantes cuando el país aún estaba desolado, por ahí cruzaba el camino a Santa Fe, principal vía de comunicación entre el norte y la Ciudad de México hasta que los yanquis se apropiaron de más de la mitad del territorio y años después el gobierno de Porfirio Díaz tendió la vía del tren, la cual ya solamente llegó a Paso del Norte.
El trazo de la vía férrea no benefició a Nazas porque quedó a cuarenta kilómetros de distancia, justo donde se localiza la población de Pedriceña, perteneciente al municipio de Cuencamé. Tampoco podemos decir que por esa situación Nazas quedó a cuarenta kilómetros del progreso debido a que Pedriceña nunca dejó de ser ese caserío disperso en medio del desierto con todo y tren, siempre pareció desolado, con mucha calle ancha aunque sin gente, pero eso sí, célebre entre los viajeros por las sabrosas gorditas de harina y maíz cocidas en comal a fuego de leña de mezquite y que eran vendidas junto con quesos y asaderos a los pasajeros del tren y a quienes se desplazaban por la carretera en automóvil o en autobús de los Corsarios. Por lo pronto, en Pedriceña continúan desmoronándose las paredes de sus viejas casonas, como igual sucede en Nazas, a causa del implacable paso de los años y a la irrefrenable migración de quienes las abandonaron porque decidieron irse más al norte en busca del sueño americano.
Tan rústica población se encuentra en medio del majestuoso desierto duranguense, es un oasis porque se halla en un gran valle rodeado por cerros multiformes. El más próximo a la ciudad es el Cerro de la Cruz, un promontorio de no mucha altura, apenas la necesaria para que desde ahí propios y extraños admiren las casonas de adobe de la parte típica de la ciudad, casi ocultas en buena parte del año por los frondosos nogales y demás árboles que enmarcan su ambiente provinciano, así como el paradisíaco escenario que una vez fue erigido como Misión, a donde llegó el capitán Antón Martín Zapata al frente de un grupo de aproximadamente veinte personas en el año de mil quinientos noventa y ocho.
En el grupo procedente del Real de Minas de San Antonio de Cuencamé, además del jesuita fray Agustín de Espinosa, la mayoría eran españoles con apenas unos cuantos indígenas, suficientes para establecer la que denominaron como Misión de Cinco Señores. El propósito del asentamiento fue para constituir un punto estratégico entre los presidios de Pasaje y San Pedro del Gallo, que sirviera de resguardo a las diligencias acosadas por bandoleros y guerreros nativos.
Por eso quizá cuando se observa a la población desde la cima del Cerro de la Cruz, es posible tener la sensación de ver un enorme museo disperso en una hondonada, eso sí, de construcciones austeras, altas las más viejas y con amplios ventanales y grandes patios, con sus propias historias y leyendas de muertos y aparecidos.
Es un pueblo de animosos colores acentuados por la aridez del desierto, oasis alargado por el serpenteante cruce del Río Nazas, cuyo origen se encuentra en la conjunción del Río Palomas y el Río Santiago, y se nutre de los ríos Tepehuanes, el de Ramos y del Oro, apenas arriba de la Presa El Palmito, de donde parten los osados remeros que cada año participan en la regata que tres días después concluye en Ciudad Lerdo, en la Comarca Lagunera.
Nazas es lugar donde los aromas de los frutos en sus huertas y el del orégano de sus cerros, aunado al que emana de los cocedores de barro en las casas, le imprimen la magia que no se da por decreto. Nazas es mágico porque desde que su tierra recibe el cordón umbilical de sus hijos comienza a suministrarle a estos fuerte dosis de nostalgia a través del aire que respiran, del agua que beben y del escenario que a diario admiran, para que cuando los que decidan irse en busca de mejores horizontes, sistemáticamente regresen cuando menos una vez al año a reconocer los orígenes que los catapultaron al mundo. Porque invariablemente se regresa, si no en vida, sí amortajado o en cenizas.
Aun cuando la era de la Internet ha incorporado a sus jóvenes a las redes del ciberespacio, el antiguo cauce del río de historias al que nutrían los más viejos de la comarca no ha perdido su corriente de anécdotas y leyendas que lo caracterizaba, sobre todo por la tarde, previo a la puesta del Sol, una vez apaciguado el ardiente hastío. Las cantinas del pueblo son como esas oquedades de las cañadas que lo circundan dispersas por la Sierra del Rosario, desde cuyas rocolas fluyen las notas musicales de bandas duranguenses para acompañar la rutina. Historias y anécdotas que nutren la vida de sus pobladores, acostumbrados a sobrellevar una vida sin más sobresaltos que la incertidumbre económica, la que olvidan al menos mientras juegan una partida de póker o dominó en el depósito de cerveza de Rodolfo Soto.
Aquí al tiempo los moradores de Nazas parecen medirlo por sus hábitos, motivo suficiente para que nadie voltee a ver el viejo reloj de la iglesia de Nuestra Señora Santa Ana que tiene quién sabe cuántos años descompuesto, tantos que las nuevas generaciones ni siquiera recuerdan haberlo visto funcionar nunca.
Al bajar el Sol conforme avanza la tarde todos aquellos engrillados a su sino saben que llegó la hora de jugar billar o sentarse a ver telenovelas, porque no hay nada mejor que seguir los chismes de vecindad por el canal de las estrellas con una cerveza bien fría, aunque los cantineros engrosen la cuenta que muchos de los asiduos parroquianos tienen con ellos, de ahí que sea muy común ver las cartulinas pegadas con cinta adhesiva a las paredes de las cantinas con la lista de nombres que no han pasado a pagar sus cuentas pendientes desde hace uno o dos meses, para escarnio de la raza malhora y carrillenta*, y que es como el equivalente al buró de crédito de los deudores porque aparece con rotulador que Fulanito de tal debe doscientos treinta pesos, que Menganito de tal doscientos diez, que Perenganito de tal ciento y pico, y así hasta completar la veintena.
Cuando le pregunté al cantinero de una fonda que se encuentra a un costado de la carretera a Rodeo y que en la azotea tiene como seña una destartalada carretilla como para figurar que ahí se coloca a los borrachos que se quedan dormidos, por qué entonces si les llegaban a deber tanto dinero por concepto de cerveza le seguían fiando a la gente, me respondió que si no lo hacían así habría días en que no iban a vender nada.
Conforme las sombras se ensanchan el cielo duranguense se vuelve más azul. No hay cielo más escarpado que el de Nazas con sus blancas nubes, aunque llueva poco y la falta de viento las deje quietas por buen rato sobre el horizonte para disfrute y regodeo de un paisaje que reconforta el espíritu de quienes están acostumbrados a convivir con la naturaleza y respetarla. Es un lugar de estremecimientos acompasados al ritmo de las risas de sus moradores que fluyen frescas y espontáneas por las calles, jurisdicción donde las aguas del río bañan los fértiles campos con árboles que nutren con sus frutos el espíritu de seres pertinaces, siempre dispuestos a poner su mejor semblante ante el peor de los escenarios.
El menú natural en verano lo componen membrillos aderezados con limón, sal y chile piquín para templar el ánimo por lo agridulce cuya sensación se equipara con la vida, o procesados en deliciosos ates que solos o rebanados y mordisqueados junto con buen queso son todo un manjar... Higos que estimulan los sentidos y revitalizan las ansias por alcanzar el paraíso celestial, como besos sibilinos, pero sobre todo cuando se degusta la exquisita mermelada untada en un trozo de pan de trigo. Esos higos que tanto han menospreciado los naceños... Y ni qué decir de los duraznos priscos, melocotones o en almíbar, tan sugestivos y dulces que se muerden con predilección hasta quedarnos con la áspera semilla desnuda entre los dientes, o las globosas granadas que se parten de maduras como para facilitar su desmenuzamiento y posterior degustación. Sin embargo, el principal fruto y por lo que se considera un paraíso, es por la nuez del nogal pecanero.
Nazas es famoso por las grandes cantidades de nuez que aquí se producen al año. Nadie sabe cuántas nueces, kilos o toneladas se llevan los inefables coyotes para consumo nacional, ni siquiera se tiene una idea por aproximación en la presidencia municipal, tampoco se tiene el dato formal de cuántas hectáreas están dedicadas a la producción de nuez ni cuál es el número de nogales. Baste con saber que es el fruto más preciado y por el cual se reactiva la economía del pueblo durante los meses de agosto, septiembre y octubre de cada dos años, si tomamos en cuenta que la sabia naturaleza determina que un año es de abundante producción y otro de raquíticos dividendos.
Las abruptas tonalidades del cielo de Nazas al caer la tarde durante la mayor parte del año se asemejan por momentos a una visión apocalíptica, el abigarramiento de tonos y formas sobre el horizonte sorprenden al más impío, pareciera que aquí vinieron a inspirarse los artistas que tantas veces recrearon el fin del mundo sobre estampas religiosas. La escenografía celestial es portentosa y se acentúa conforme se dispersan las sombras sobre esos cerros multiformes que seguramente nunca vio Gabriel Figueroa.
Es lugar de remanso que incita a la imaginación, donde el regodeo por sensaciones y vivencias perpetúa el grato sabor de boca luego de amenas tertulias con fraternales amigos. Caminar entre sus calles, las medianas o estrechas, debe hacerse muy temprano o entrada la tarde, nunca en verano y al mediodía, para poder echar un vistazo con toda calma al pasado.
En el terreno de las figuraciones Nazas sigue siendo aquella misión entre los presidios existenciales de nuestras ansias y que contienen avalanchas de recuerdos y resguardan torrentes de nostalgia por esa magia cautivadora que no se da por decreto en alguna oficina de turismo. Y en el campo de lo real y cierto es el pueblo que pacientemente ha esperado durante siglos la llegada de generaciones de hijos pródigos que quieran y se propongan compartirlo con el resto de paisanos, primero, y después con quienes posean espíritu aventurero y el atractivo de su presente los seduzca y atraiga para que permita a quienes se distingan por su iniciativa desarrollar proyectos que hagan trascender a Nazas en la historia moderna.
Como quiera que sea esperemos que lo que deba suceder ocurra pronto, que un día surjan por ahí algunos líderes naturales que se preocupen por desarrollar proyectos que hagan posible el retener en el pueblo lo más valioso que son sus jóvenes, porque al no tener expectativas de vida en su terruño querido terminan como las nueces, yéndose a otros lugares.
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·          Carrilla es un término utilizado por la gente de varias poblaciones del norte para significar burla o escarnio. Me echó carrilla (Se burló de mí). Raza carrillenta (Grupo de guasones) Es bien carrillento (Es bien fastidioso).
Escrito en abril de 2011. Nazas, Durango.

4 comentarios:

  1. A que correo le puedo enviar el documento donde se comprueba que Doroteo Arango si estuvo preso en Nazas en 1901, me lo compartio un amigo y me acorde de su articulo http://cronicariodesergiorojas.blogspot.mx/p/noticias-desde-nazas.html mi correo es fcojgarciaa@Hotmail.com saludos

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  2. Muchas gracias Sr. García Arratia, puede enviármelo al correo: serantrova@gmail.com, o también a: revistanosotrosmx@yahoo.com.mx
    Le agradezco nuevamente su interés por el tema, y disculpe que no haya respondido pronto, pero estábamos precisamente en Nazas con la cosecha de la nuez. Reciba fraternal abrazo.

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  3. Con ganas de conocer Nazas. Gracias a su excelente cronica.¿ Escribio alguna sobre Torreon?
    Todas sus cronicas son excelentes.
    Saludos cordiales.

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    1. Muchas gracias señor Huerta, por sus palabras, y no, las de Torreón las tengo pendientes. Espero poder escribirlas más adelante. Con mis cordiales saludos.

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