sábado, 4 de septiembre de 2010

Peor que la selva

Revista NOSOTROS | Número 121 | Febrero de 2009

Como la mayoría de los adolescentes, Ricardo también tuvo prisa por adelantar la película de su vida, aunque desde muy pequeño se cuidó de no desperdiciar mucha cinta de celuloide, quizá porque a partir de los seis años la vida se le reveló con severidad y lo hizo sorber amargas lágrimas destiladas por el incipiente dolor, gotas que surcaron su tierna faz y lo predispusieron contra los golpes bajos que a veces suele pillarnos el destino.
 
Ricardo Uziel Blanco Pérez fue el cuarto hijo del matrimonio conformado por María de los Ángeles Pérez Ortega y Juan Carlos Blanco Cortés. Cuando cumplió los seis años y entró al primer año de primaria en una escuela de Tulyehualco su hermano Carlos rondaba los 13, Aldo los nueve y Milton los siete, integraban una familia muy unida donde el amor facilitaba la comunicación, tanto que ni siquiera tenían tiempo de empotrarse frente al televisor por las tardes, la unión fraternal los había inmunizado contra cualquier adversidad.
 
María de los Ángeles, originaria de la Colonia San José en Tláhuac, se casó a los 18 años con la ilusión de formar una familia igual a la que ella había tenido con sus padres, es decir, una donde todo fuese paz y armonía, y las carencias e incertidumbres se subsanaran con el poder del amor fraternal de sus miembros, después de todo había sido una niña consentida para quien la vida no tenía por qué cobrarle ninguna factura, y sabedora de que su futuro marido provenía de una familia disfuncional, aún así el cariño por él hizo que creyera la promesa febril que cualquier pretendiente en campaña acostumbra proferir: «Quiero tener hijos contigo y ser un buen padre, como yo nunca lo tuve».
 
En Tulyehualco, la tierra de Juan Carlos, el matrimonio fincó su inicial residencia. Antes de entrar al kinder Ricardo ya sabía leer, sumar y restar. Con el paso de los años Carlos, Aldo, Milton y Ricardo se aficionaron al basquetbol y se inscribieron en el Club Stellers, por lo que todas las tardes iban a la cancha del deportivo a jugar sus partidos en las respectivas categorías, siempre bajo la mirada supervisora de su madre, dispuesta a motivarlos con desaforados gritos de aliento, mientras que su esposo se quedaba atendiendo la tienda de abarrotes «Juanita» en el centro de la población.
 
Y sí, los cuatro hermanos crecieron rodeados del cariño y resguardo de sus padres, con piñatas y regalos en los cumpleaños, Navidad y Reyes, y frecuentemente se iban con ellos de paseo por la Ciudad. Como quien dice, disfrutaron su infancia a plenitud.
 
Al igual que sus hermanos, Ricardo concluyó su primaria en el turno matutino de la vieja Escuela Enrique C. Rebsamen, donde obtuvo promedio de 10 en sus calificaciones durante los primeros tres años. Desde el primer año Ricardo se distinguió por ser un niño voluntarioso y acomedido, por lo que rápidamente se granjeó el afecto de su profesora, Elizabeth, de quien se volvió prácticamente su asistente debido a que le ayudaba a repartir las hojas de exámenes o recogía las tareas y hacía las demás labores propias del oficio. Lo cierto es que la profesora Elizabeth fue su primer amor, aunque nunca se animó a decírselo.
 
Cuando salía de la Rebsamen iba a casa y comía, descansaba un rato, hacía la tarea y a las cuatro de la tarde se dirigía con sus hermanos y su madre a la duela del deportivo, ahí donde los mundialmente famosos frontonistas de Tulyehualco juegan la modalidad del Trinquete.
 
Sin embargo, la relación entre sus padres se fue resquebrajando debido a que Juan Carlos se había vuelto adicto al alcohol, por lo que no pasó mucho tiempo para que ambos decidieran terminar de tajo con su unión. Y Ricardo, que era el consentido de su padre, debido a ser el más pequeño, resintió de inmediato aquella separación.
 
La vida entonces comenzó a agriarle el carácter, se volvió hosco con su madre porque la culpó a ella de la partida de su padre y su actitud ante el estudio, otrora tenaz y perseverante, se tornó indiferente y apática. Ante el brusco cambio de personalidad del niño, María de los Ángeles comenzó a hablar con el director de la escuela con el fin de encontrar una solución al conflicto interno que sufría Ricardo. En ese momento cursaba el quinto año de primaria y comenzó a atenderlo una especialista de la Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular (USAER), pero luego de que esta persona platicó con Ricardo, lo único que se le ocurrió fue recomendarle a un psicólogo de Milpa Alta.
 
En una ocasión en que la depresión lo obligó a salir de su casa porque no podía contener más el llanto, Ricardo se encontró una perrita a la que decidió adoptar, pese a que su madre le tenía fobia a ese tipo de mascotas. «¡Llévate al animal a la calle!», dijo la señora. Pero cuando el niño le respondió: «¿Te imaginas Mari? Ella ha de estar sintiendo lo mismo que yo porque también la abandonó su papá», a la mujer se le hizo un nudo en la garganta y no tuvo más remedio que aceptar a la perrita. Ricardo la bautizó con el nombre de «Quiquiribú». Fue su compañera de baile y a últimas fechas le decía «la güera».
 
Un día su madre tomó la decisión de buscar urgentemente el apoyo espiritual que ella y sus hijos requerían para enfrentar el dolor de la separación del esposo y padre. Esa ayuda la encontraron en un templo cristiano de la Colonia San José. Paulatinamente, María de los Ángeles y sus hijos comenzaron a paliar las fases depresivas tras de escuchar la palabra divina en voces disímbolas, y Ricardo puso todo el empeño posible para ser liberado de sus tribulaciones. Una tarde los pastores organizaron un concurso para ver qué niño retenía en la memoria y lo pronunciaba mejor, algún versículo de La Biblia, Ricardo ganó y como premio se lo llevaron al centro de diversiones Six Flags allá por el Ajusco.
 
Sin que su madre supiera, Ricardo asumió como suya la tarea de platicar con los niños que se cruzaban en su camino para hablarles de la palabra de Dios, y junto con el hijo del pastor visitaba otras casas del rumbo, principalmente aquellos hogares con hijos disfuncionales, ambos se habían fijado la idea de ayudar a los demás a liberarse de sus conflictos emocionales.
La ayuda que Ricardo recibió en el templo cristiano fue muy importante para que alcanzara a librar la primaria, obtuvo su certificado y a los 12 años de edad decidió entrar a la Secundaria 46, en el turno vespertino. Conforme transcurrió el tiempo se le olvidó que de niño quería ser arquitecto, aunque cuando su papá tuvo la tienda de abarrotes «Juanita» soñó con ser comerciante. Poco a poco y quién sabe por qué, se le fue metiendo el gusanito del boxeo, y un día le dijo a su mamá: «Mari, voy a ser boxeador». Su madre no pudo responderle nada de momento porque la angustia le comprimió la garganta. Aunque horas después le dijo: «Mira hijo, tú estás guapo, ve tu cara, cuídala. La primera paliza que te den me va a doler mucho. Deja eso para otros».
 
Nunca estuvo conforme con estudiar en el turno vespertino de la 46, no le gustó el horario, de ningún modo se halló, por lo que fue con Magnolia, una líder vecinal, para que lo ayudara con sus influencias a conseguir el cambio al turno matutino, pero entonces volvió a descontrolarse, su reloj biológico se trabó. Aún así no quiso regresar al vespertino, la justificación fue que quería seguir visitando el templo cristiano por las tardes. Los retrasos se volvieron frecuentes, perdió varias clases y al final del ciclo escolar reprobó cinco materias; sin embargo, a las primeras de cambio logró aprobarlas en el período de exámenes extraordinarios. «Era muy inteligente», presumía su madre.
 
Sólo que al momento de entrar a segundo de secundaria no se paró en el templo como supuestamente era su intención, eso sí, por las tardes siguió visitando la escuela para platicar con los niños que habían sido sus compañeros. Por la mañana comenzó a tener problemas en clase, con los profesores y personal administrativo, protestaba ante lo que llegaba a considerar como injusticias, y debido a su rebeldía aquellos pedagogos acabaron por etiquetarlo. «¡Ah, sí, Ricardo es un alumno problemático porque sus padres están separados!», repetían como loritos.
 
Todo lo que hediese a autoridad fue rechazado por el chamaco. En cierta ocasión por un problema con otro niño, los papás de éste fueron a la escuela y le dijeron al director que el de la culpa era Ricardo porque no tenía padres, el papá para entonces ya se había ido a Canadá de bracero y la mamá tenía qué irse a trabajar.
 
Después de varios problemas suscitados en la 46 por otros más que eran hijos disfuncionales, el director de la escuela tuvo la brillante idea de crear un grupo con todos ellos, según él, porque iban a recibir un trato especial con sicólogos y toda la cosa, pero al final no fue así.
 
En tercero de secundaria una sicóloga habló con Ricardo y entonces sí funcionó la terapia, «se puso las pilas», según recuerda su mamá, pero ya era tarde, faltaban dos períodos (de cinco) para que terminara el ciclo escolar. Había reprobado tres períodos, así que fue muy difícil que se recuperara en dos, por lo que aunado a la rebeldía que lo caracterizaba el director decidió expulsarlo. María de los Ángeles le dijo al director: «Haga lo que tenga qué hacer», entonces Ricardo reflexionó y pidió perdón, se quedó en la escuela.
 
Posteriormente, presentó el examen para ingresar a una escuela de educación media superior, aunque con el asterisco clásico que ponen en la documentación los del CENEVAL y que significa que el aspirante aún no tiene su certificado de secundaria. Luego de numerosas vueltas y trámites burocráticos, los de la SEP le dijeron que se presentara en el Colegio de Bachilleres de la Unidad Vicente Guerrero. Eso iba a hacer el lunes 12 de enero.
 
Todo estaba listo para que comenzara una nueva etapa en el bachillerato, por lo que el pasado siete de enero, en el disfrute de sus últimos días de vacaciones, se la pasó toda la mañana con sus abuelos (don Ildefonso Pérez, «Ponchito» como le dice la gente, y doña Angelina Ortega), en la casa de San José, a donde fueron a buscarlo unos amigos de los que al señor le disgustó su apariencia. «Deja esas amistades, hijo», le dijo a su nieto. «Si ellos tienen problemas de drogadicción tú no tienes nada qué ver ahí, tienes qué escoger mejor a tus amigos».
 
Ya por la tarde Ponchito y su señora fueron a dejar a su nieto a la calle de Bugambilias en la Colonia Tierra y Libertad donde vivía. En cuanto se fueron sus abuelos el chamaco le dijo a su mamá que iba a salir. «Quédate Ricardo», le suplicó su mamá como si presintiera algo. «No puedo, Mari, voy a entrenar». Era su primer día de entrenamiento como aspirante a boxeador en un lugar de la Colonia San José que funciona como gimnasio. «Además, Sergio tiene un problema y cuando salga voy a ir a verlo a la 46», le dijo a su mamá.
 
Así lo hizo, al salir de su entrenamiento todavía su abuelo lo alcanzó a divisar cerca del deportivo a las ocho y media de la noche, iba presuroso a enfrentar su cita con el destino. En la Secundaria 46 se encontró con Sergio y otro conocido minutos antes de que fueran abiertas las puertas de la escuela, ahí sobre la Calle Sonido Trece, donde pulula ese habitual grupito de vagos que como en todas las secundarias, principalmente a la salida del turno vespertino, en la oscuridad de la noche simula platicar, jugar con patinetas o patear una pelota, como si esperaran la salida de algún familiar, pero que en realidad sólo están a la espera de algún incauto alumno o de los que ya cayeron en las garras de la drogadicción, mientras los policías también fingen custodiar la salida de los educandos y hasta estacionan a media calle sus flamantes camionetas pick up con las torretas encendidas, aunque verdad sea dicha nomás se están haciendo pendejos.
 
Cuando el reloj marcó las nueve de la noche con quince minutos, más o menos, Ricardo y sus acompañantes ya habían sido ubicados por una de esas pandillas que de un tiempo a la fecha han proliferado por la zona, uno de esos pelafustanes retó a golpes a Ricardo, pero como éste ya se había vuelto un experto en los moquetes callejeros por su rebeldía innata, ni a melón le supo el malandrín. Fue entonces cuando la bola de cobardes que acompañaban al vencido se le echó encima a Ricardo tundiéndolo a golpes y, cual perros tránsfugas del Centro Antirrábico, lo tiraron al suelo pateándolo hasta que se cansaron, mientras que sus supuestos amigos permanecían estupefactos del miedo.
 
Todavía cuando los canallas se fueron, Ricardo alcanzó a incorporarse, respiró hondo con el propósito de paliar la rabia que sentía, pero fue entonces cuando se desplomó para siempre, tenía los pulmones cocidos a patadas. Había muerto un chamaco que a sus quince años quería librar una batalla contra la degradación de los valores humanos y la confusión que viven muchos adolescentes de su edad, razón suficiente para que su muerte no mereciera la atención de los medios de comunicación, a no ser que su familia se prestara al manejo sensacionalista de la información.
 
Hasta la fecha, su muerte para la autoridad sólo fue registrada para las estadísticas. Es la norma cada vez más aceptada entre quienes convivimos en una ciudad donde el comportamiento de los humanos aterroriza a los nobles animales de la selva.