sábado, 4 de septiembre de 2010

Peor que la selva

Revista NOSOTROS | Número 121 | Febrero de 2009

Como la mayoría de los adolescentes, Ricardo también tuvo prisa por adelantar la película de su vida, aunque desde muy pequeño se cuidó de no desperdiciar mucha cinta de celuloide, quizá porque a partir de los seis años la vida se le reveló con severidad y lo hizo sorber amargas lágrimas destiladas por el incipiente dolor, gotas que surcaron su tierna faz y lo predispusieron contra los golpes bajos que a veces suele pillarnos el destino.
 
Ricardo Uziel Blanco Pérez fue el cuarto hijo del matrimonio conformado por María de los Ángeles Pérez Ortega y Juan Carlos Blanco Cortés. Cuando cumplió los seis años y entró al primer año de primaria en una escuela de Tulyehualco su hermano Carlos rondaba los 13, Aldo los nueve y Milton los siete, integraban una familia muy unida donde el amor facilitaba la comunicación, tanto que ni siquiera tenían tiempo de empotrarse frente al televisor por las tardes, la unión fraternal los había inmunizado contra cualquier adversidad.
 
María de los Ángeles, originaria de la Colonia San José en Tláhuac, se casó a los 18 años con la ilusión de formar una familia igual a la que ella había tenido con sus padres, es decir, una donde todo fuese paz y armonía, y las carencias e incertidumbres se subsanaran con el poder del amor fraternal de sus miembros, después de todo había sido una niña consentida para quien la vida no tenía por qué cobrarle ninguna factura, y sabedora de que su futuro marido provenía de una familia disfuncional, aún así el cariño por él hizo que creyera la promesa febril que cualquier pretendiente en campaña acostumbra proferir: «Quiero tener hijos contigo y ser un buen padre, como yo nunca lo tuve».
 
En Tulyehualco, la tierra de Juan Carlos, el matrimonio fincó su inicial residencia. Antes de entrar al kinder Ricardo ya sabía leer, sumar y restar. Con el paso de los años Carlos, Aldo, Milton y Ricardo se aficionaron al basquetbol y se inscribieron en el Club Stellers, por lo que todas las tardes iban a la cancha del deportivo a jugar sus partidos en las respectivas categorías, siempre bajo la mirada supervisora de su madre, dispuesta a motivarlos con desaforados gritos de aliento, mientras que su esposo se quedaba atendiendo la tienda de abarrotes «Juanita» en el centro de la población.
 
Y sí, los cuatro hermanos crecieron rodeados del cariño y resguardo de sus padres, con piñatas y regalos en los cumpleaños, Navidad y Reyes, y frecuentemente se iban con ellos de paseo por la Ciudad. Como quien dice, disfrutaron su infancia a plenitud.
 
Al igual que sus hermanos, Ricardo concluyó su primaria en el turno matutino de la vieja Escuela Enrique C. Rebsamen, donde obtuvo promedio de 10 en sus calificaciones durante los primeros tres años. Desde el primer año Ricardo se distinguió por ser un niño voluntarioso y acomedido, por lo que rápidamente se granjeó el afecto de su profesora, Elizabeth, de quien se volvió prácticamente su asistente debido a que le ayudaba a repartir las hojas de exámenes o recogía las tareas y hacía las demás labores propias del oficio. Lo cierto es que la profesora Elizabeth fue su primer amor, aunque nunca se animó a decírselo.
 
Cuando salía de la Rebsamen iba a casa y comía, descansaba un rato, hacía la tarea y a las cuatro de la tarde se dirigía con sus hermanos y su madre a la duela del deportivo, ahí donde los mundialmente famosos frontonistas de Tulyehualco juegan la modalidad del Trinquete.
 
Sin embargo, la relación entre sus padres se fue resquebrajando debido a que Juan Carlos se había vuelto adicto al alcohol, por lo que no pasó mucho tiempo para que ambos decidieran terminar de tajo con su unión. Y Ricardo, que era el consentido de su padre, debido a ser el más pequeño, resintió de inmediato aquella separación.
 
La vida entonces comenzó a agriarle el carácter, se volvió hosco con su madre porque la culpó a ella de la partida de su padre y su actitud ante el estudio, otrora tenaz y perseverante, se tornó indiferente y apática. Ante el brusco cambio de personalidad del niño, María de los Ángeles comenzó a hablar con el director de la escuela con el fin de encontrar una solución al conflicto interno que sufría Ricardo. En ese momento cursaba el quinto año de primaria y comenzó a atenderlo una especialista de la Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular (USAER), pero luego de que esta persona platicó con Ricardo, lo único que se le ocurrió fue recomendarle a un psicólogo de Milpa Alta.
 
En una ocasión en que la depresión lo obligó a salir de su casa porque no podía contener más el llanto, Ricardo se encontró una perrita a la que decidió adoptar, pese a que su madre le tenía fobia a ese tipo de mascotas. «¡Llévate al animal a la calle!», dijo la señora. Pero cuando el niño le respondió: «¿Te imaginas Mari? Ella ha de estar sintiendo lo mismo que yo porque también la abandonó su papá», a la mujer se le hizo un nudo en la garganta y no tuvo más remedio que aceptar a la perrita. Ricardo la bautizó con el nombre de «Quiquiribú». Fue su compañera de baile y a últimas fechas le decía «la güera».
 
Un día su madre tomó la decisión de buscar urgentemente el apoyo espiritual que ella y sus hijos requerían para enfrentar el dolor de la separación del esposo y padre. Esa ayuda la encontraron en un templo cristiano de la Colonia San José. Paulatinamente, María de los Ángeles y sus hijos comenzaron a paliar las fases depresivas tras de escuchar la palabra divina en voces disímbolas, y Ricardo puso todo el empeño posible para ser liberado de sus tribulaciones. Una tarde los pastores organizaron un concurso para ver qué niño retenía en la memoria y lo pronunciaba mejor, algún versículo de La Biblia, Ricardo ganó y como premio se lo llevaron al centro de diversiones Six Flags allá por el Ajusco.
 
Sin que su madre supiera, Ricardo asumió como suya la tarea de platicar con los niños que se cruzaban en su camino para hablarles de la palabra de Dios, y junto con el hijo del pastor visitaba otras casas del rumbo, principalmente aquellos hogares con hijos disfuncionales, ambos se habían fijado la idea de ayudar a los demás a liberarse de sus conflictos emocionales.
La ayuda que Ricardo recibió en el templo cristiano fue muy importante para que alcanzara a librar la primaria, obtuvo su certificado y a los 12 años de edad decidió entrar a la Secundaria 46, en el turno vespertino. Conforme transcurrió el tiempo se le olvidó que de niño quería ser arquitecto, aunque cuando su papá tuvo la tienda de abarrotes «Juanita» soñó con ser comerciante. Poco a poco y quién sabe por qué, se le fue metiendo el gusanito del boxeo, y un día le dijo a su mamá: «Mari, voy a ser boxeador». Su madre no pudo responderle nada de momento porque la angustia le comprimió la garganta. Aunque horas después le dijo: «Mira hijo, tú estás guapo, ve tu cara, cuídala. La primera paliza que te den me va a doler mucho. Deja eso para otros».
 
Nunca estuvo conforme con estudiar en el turno vespertino de la 46, no le gustó el horario, de ningún modo se halló, por lo que fue con Magnolia, una líder vecinal, para que lo ayudara con sus influencias a conseguir el cambio al turno matutino, pero entonces volvió a descontrolarse, su reloj biológico se trabó. Aún así no quiso regresar al vespertino, la justificación fue que quería seguir visitando el templo cristiano por las tardes. Los retrasos se volvieron frecuentes, perdió varias clases y al final del ciclo escolar reprobó cinco materias; sin embargo, a las primeras de cambio logró aprobarlas en el período de exámenes extraordinarios. «Era muy inteligente», presumía su madre.
 
Sólo que al momento de entrar a segundo de secundaria no se paró en el templo como supuestamente era su intención, eso sí, por las tardes siguió visitando la escuela para platicar con los niños que habían sido sus compañeros. Por la mañana comenzó a tener problemas en clase, con los profesores y personal administrativo, protestaba ante lo que llegaba a considerar como injusticias, y debido a su rebeldía aquellos pedagogos acabaron por etiquetarlo. «¡Ah, sí, Ricardo es un alumno problemático porque sus padres están separados!», repetían como loritos.
 
Todo lo que hediese a autoridad fue rechazado por el chamaco. En cierta ocasión por un problema con otro niño, los papás de éste fueron a la escuela y le dijeron al director que el de la culpa era Ricardo porque no tenía padres, el papá para entonces ya se había ido a Canadá de bracero y la mamá tenía qué irse a trabajar.
 
Después de varios problemas suscitados en la 46 por otros más que eran hijos disfuncionales, el director de la escuela tuvo la brillante idea de crear un grupo con todos ellos, según él, porque iban a recibir un trato especial con sicólogos y toda la cosa, pero al final no fue así.
 
En tercero de secundaria una sicóloga habló con Ricardo y entonces sí funcionó la terapia, «se puso las pilas», según recuerda su mamá, pero ya era tarde, faltaban dos períodos (de cinco) para que terminara el ciclo escolar. Había reprobado tres períodos, así que fue muy difícil que se recuperara en dos, por lo que aunado a la rebeldía que lo caracterizaba el director decidió expulsarlo. María de los Ángeles le dijo al director: «Haga lo que tenga qué hacer», entonces Ricardo reflexionó y pidió perdón, se quedó en la escuela.
 
Posteriormente, presentó el examen para ingresar a una escuela de educación media superior, aunque con el asterisco clásico que ponen en la documentación los del CENEVAL y que significa que el aspirante aún no tiene su certificado de secundaria. Luego de numerosas vueltas y trámites burocráticos, los de la SEP le dijeron que se presentara en el Colegio de Bachilleres de la Unidad Vicente Guerrero. Eso iba a hacer el lunes 12 de enero.
 
Todo estaba listo para que comenzara una nueva etapa en el bachillerato, por lo que el pasado siete de enero, en el disfrute de sus últimos días de vacaciones, se la pasó toda la mañana con sus abuelos (don Ildefonso Pérez, «Ponchito» como le dice la gente, y doña Angelina Ortega), en la casa de San José, a donde fueron a buscarlo unos amigos de los que al señor le disgustó su apariencia. «Deja esas amistades, hijo», le dijo a su nieto. «Si ellos tienen problemas de drogadicción tú no tienes nada qué ver ahí, tienes qué escoger mejor a tus amigos».
 
Ya por la tarde Ponchito y su señora fueron a dejar a su nieto a la calle de Bugambilias en la Colonia Tierra y Libertad donde vivía. En cuanto se fueron sus abuelos el chamaco le dijo a su mamá que iba a salir. «Quédate Ricardo», le suplicó su mamá como si presintiera algo. «No puedo, Mari, voy a entrenar». Era su primer día de entrenamiento como aspirante a boxeador en un lugar de la Colonia San José que funciona como gimnasio. «Además, Sergio tiene un problema y cuando salga voy a ir a verlo a la 46», le dijo a su mamá.
 
Así lo hizo, al salir de su entrenamiento todavía su abuelo lo alcanzó a divisar cerca del deportivo a las ocho y media de la noche, iba presuroso a enfrentar su cita con el destino. En la Secundaria 46 se encontró con Sergio y otro conocido minutos antes de que fueran abiertas las puertas de la escuela, ahí sobre la Calle Sonido Trece, donde pulula ese habitual grupito de vagos que como en todas las secundarias, principalmente a la salida del turno vespertino, en la oscuridad de la noche simula platicar, jugar con patinetas o patear una pelota, como si esperaran la salida de algún familiar, pero que en realidad sólo están a la espera de algún incauto alumno o de los que ya cayeron en las garras de la drogadicción, mientras los policías también fingen custodiar la salida de los educandos y hasta estacionan a media calle sus flamantes camionetas pick up con las torretas encendidas, aunque verdad sea dicha nomás se están haciendo pendejos.
 
Cuando el reloj marcó las nueve de la noche con quince minutos, más o menos, Ricardo y sus acompañantes ya habían sido ubicados por una de esas pandillas que de un tiempo a la fecha han proliferado por la zona, uno de esos pelafustanes retó a golpes a Ricardo, pero como éste ya se había vuelto un experto en los moquetes callejeros por su rebeldía innata, ni a melón le supo el malandrín. Fue entonces cuando la bola de cobardes que acompañaban al vencido se le echó encima a Ricardo tundiéndolo a golpes y, cual perros tránsfugas del Centro Antirrábico, lo tiraron al suelo pateándolo hasta que se cansaron, mientras que sus supuestos amigos permanecían estupefactos del miedo.
 
Todavía cuando los canallas se fueron, Ricardo alcanzó a incorporarse, respiró hondo con el propósito de paliar la rabia que sentía, pero fue entonces cuando se desplomó para siempre, tenía los pulmones cocidos a patadas. Había muerto un chamaco que a sus quince años quería librar una batalla contra la degradación de los valores humanos y la confusión que viven muchos adolescentes de su edad, razón suficiente para que su muerte no mereciera la atención de los medios de comunicación, a no ser que su familia se prestara al manejo sensacionalista de la información.
 
Hasta la fecha, su muerte para la autoridad sólo fue registrada para las estadísticas. Es la norma cada vez más aceptada entre quienes convivimos en una ciudad donde el comportamiento de los humanos aterroriza a los nobles animales de la selva.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Al maestro... ¿Con cariño?

Publicado en NOSOTROS | Número 125, junio de 2009


Cuando Sergio tenía 38 años de transitar por este mundo tan profano (como quien lleva un lunar y cual ave de paso) en los intríngulis del amor, una noche de junio de 2004 conoció a Pamela, una joven de 17 años. Él ya llevaba 21 de haberse convertido en un bohemio de cepa, trovador de veras, que componía sus propias canciones y las cantaba en público porque alquilaba sus servicios como romántico de la música popular en bares, salones de fiestas o veladas particulares y antros de alcurnia. Se la topó en una tocada, entre cables, sintonizadores, altavoces y micrófonos, porque ella también era cantante, hacía dúo con un tecladista, pese a que aún no cumplía la mayoría de edad.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la UAM Xochimilco, Sergio Mundo decidió no ejercer la carrera en salas de redacción ni oficinas de comunicación social de dependencias públicas. Incursionó en la docencia como mentor de chavos soliviantados, sin nostalgias musicales ni neuralgias ideológicas en escuelas como la Secundaria Técnica 116 de Santa Cecilia, donde impartió clase de Español, y posteriormente, en 1994, en el Cecyt Diódoro Antúnez Echegaray de Tecómitl como profesor del área de Humanidades.
Sergio acababa de enviudar y decidió sacar el clavo de su aflicción con otro declarándole su amor a Pamela, la chica aceptó y al mes se fueron a vivir juntos, como es de suponerse, contra la voluntad de los padres de ella, Alejandro y Carmen. Más bien el profesor la llevó a vivir a su casa en San Juan Ixtayopan, donde retozaron a sus anchas y anduvieron por los recovecos de sus sinuosas geografías en noches de arrumacos y plenilunio, al son de la letra de Cuarenta y veinte con José José en la cantada.
Con el transcurso de los días, Sergio convenció a Pamela de que se inscribiera en el Cecyt del Instituto Politécnico Nacional, para que ahí continuara sus estudios de primer año de bachillerato y así estuviesen juntos todo el día.
Ante la petición de mano que les hizo a Alejandro y Carmen de su hija, estos no aceptaron que Pamela se casara con él hasta que, según estipularon, los dos se conocieran mejor. Luego de refunfuños y desaires, los suegros acabaron por aceptar al ladrón que había desvalijado de su amor a su adorada hija y, resignados a su sino, lo invitaron a pasar la Nochebuena en casa.
Pamela fue aceptada como alumna del Cecyt, a pesar de no haber aprobado en su momento el examen de admisión, y Sergio Mundo fungió, además de consorte, como profesor en la materia de Lengua y Comunicación, ante el reconcomio del cuerpo docente y la concupiscencia  de los alumnos.
Pero un día comenzaron los problemas en la escuela. A oídos del director Ángel Arturo llegó el rumor de que algunos alumnos tramaban un movimiento para correr a la profesora Evelyne, porque esta señora era déspota con ellos, y debido quizá a un recelo personal o resentimiento otoñal, aquel inmediatamente culpó del complot a Sergio Mundo. Entonces al ver que Ángel Arturo comenzó a acosarlo laboralmente, fue a levantar una denuncia contra el ingeniero bioquímico por «abuso de autoridad».
Con las cartas sobre la mesa, el director amenazó con correrlo de la escuela si seguía azuzando la revuelta académica contra su querida amiga, la profesora de Etimologías Griegas, muy dada a reprobar alumnos. «Si no le paras te voy a correr, cabrón», le dijo un día a Sergio Mundo. «Si Evelyne se va, tú también te vas de la escuela».
El cinco de noviembre de 2004  el atribulado profesor le envió un oficio a Miguel Blancas Silva, secretario general de la delegación sindical, y le mandó copia a Juan Gerardo Ramírez Martínez, secretario de trabajo y conflictos, solicitándole que revisaran el caso de las amenazas vertidas en su contra por el director, pero estos, como Salinas de Gortari a los perredistas en su sexenio, «ni lo vieron ni lo escucharon».
Apenas llegó enero del 2005, el ensoberbecido director mandó llamar a su oficina a los padres de Pamela. «¿Para qué nos requerirá éste?» Se preguntaron intrigados Alejandro y Carmen, y no tardaron en saberlo. El director les entregó un escrito con información acerca de que Sergio Mundo era un degenerado que llegaba borracho a sus clases, que se la pasaba acosando a las alumnas y que, incluso, andaba con una profesora.
Aún no salían de su azoro los atribulados padres cuando el director mandó traer a dos alumnas a su oficina, y estas, cual acto de recitación en festival de día de las madres, afirmaron que el profesor era un sátiro que se la pasaba manoseándolas e invitándolas a un hotel.
«¿Qué futuro le depara a Pamela con ese degenerado?» Cuestionó el impoluto director a los padres de la chamaca, y acto seguido los incitó para que denunciaran jurídicamente a Sergio Mundo. «¡Órale, yo los apoyo!», remató. «Les ofrezco 30 mil pesos para que sufraguen los gastos de un abogado»; sin embargo, en ese momento aquellos lo único que querían era reponerse de tanto sobresalto.
Por lo pronto, el veneno de la duda comenzó a surtirles efecto y a los pocos días regresaron con el director dispuestos a firmar la trama que por escrito éste les había mostrado, con la advertencia de que se la tenían qué memorizar para no tener errores en el futuro. Lo que Ángel Arturo no les dio fueron los 30 mil pesos con que supuestamente los iba a apoyar para los gastos del abogado. Pero eso ya no importó, Carmen y Alejandro estaban heridos, indignados en su honor como padres y «cegados por la palabra de una autoridad institucional de la jerarquía del director, aunado al testimonio de dos alumnas», como más tarde reconocería por escrito la mamá de Pamela.

El 10 de marzo el matrimonio fue a la Fiscalía central a levantar una averiguación previa contra Sergio Mundo por rapto, abuso, estupro y corrupción de menores, lo que obligó al profesor a ampararse jurídicamente. Una vez que tuvieron la averiguación previa en sus manos, fueron con el director a entregársela y éste de inmediato maquinó otra acta administrativa para retirarle al profesor la tarjeta de control de asistencias, a sabiendas de que el objeto de su inquina no se encontraba ese día en la escuela porque desde el ocho de marzo había solicitado por escrito el permiso correspondiente para acudir a las oficinas centrales a recibir una licencia sin goce de sueldo.
«No podré asistir al plantel –había asentado en su petición– para aclarar los asuntos relacionados con el acta administrativa que de manera cobarde, infame y manipulada se pretende efectuar en mi contra; debido a que ese día mi presencia es requerida en la Sección 10 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación para que se me haga entrega de mi licencia por un año sin goce de sueldo que transcurre a partir del día 15 de marzo del año en curso».
En el oficio dirigido a Carlos Antonio Pérez, las razones por las que solicitaba la licencia fueron «por motivos de salud, economía, estabilidad emocional y desempeño profesional (derivada del ambiente hostil y sin sentido académico que actualmente, de manera lamentable, prevalece en nuestra escuela, en donde las trampas, mentiras, panfletos, amenazas, relacionadas con una averiguación previa por abuso de autoridad que actualmente enfrenta el director del plantel, se han visto significativamente afectadas)».
Posteriormente, cuando se dio curso legal a la denuncia, el ministerio público determinó que no había delito qué perseguir, que no había ejercicio de la acción penal en contra del profesor debido a que Pamela se encontraba «por su propia voluntad con él», dado que lo amaba y él la trataba bien, ni había sido violada ni presionada psicológicamente. Incluso hasta Pamela dijo que si por tanto argüende la iban a recluir en un albergue, cuando saliera de ahí por ser mayor de edad se iba a ir otra vez con él. Carmen y Alejandro firmaron de conformidad la resolución  del juez.
Al salir del juzgado Alejandro le dijo a su esposa: «¿Sabes qué? Ya no quiero saber más de este problema, a mí se me hace que el pinche director nomás está difamando a Sergio y sólo nos calentó la cabeza por sus propios intereses».
Parecía que todo volvería a la normalidad, el profesor continuó con la impartición de sus clases en el Cecyt y Pamela como alumna, pero un día de abril, cuando Sergio Mundo fue con la profesora María Elena, jefa del Departamento de Materias Humanísticas, a solicitarle que le diera los exámenes del segundo departamental de sus grupos, los 2101, 2103 y 2106, de la asignatura de Comunicación Oral y Escrita para su evaluación, cuya fecha de aplicación sería el 21 de abril, ésta se los negó arguyendo que «la academia los iba a calificar». «Pues entonces notifíquemelo por escrito», le pidió aquel, pero María Elena le advirtió que ni así se los iba a proporcionar. Sergio Mundo regresó con los profesores Rogelio Medina y Francisco Suárez Alvarado para que fungieran como testigos y nuevamente María Elena se volvió a negar a entregarle los exámenes.
Lo anterior se lo notificó por escrito a Erasmo Palafox, subdirector académico del Cecyt, y la misiva fue firmada por los testigos. Pidió respuesta fundamentada y no se la dieron. El caso se lo hizo saber a Raúl Júnior Sandoval Gómez, director de Educación Media Superior del Politécnico el 13 de mayo de 2005, en oficio que firmó y atestiguó la profesora Rosalía Crespo Chiapa en su calidad de miembro del comité delegacional del sindicato.
Más tarde, el 13 de septiembre, el profesor León Cantero, con cámara de video en mano, cual remedo de Oscar Cadena, aquel ciudadano in fraganti de la televisión mexicana de los años ochenta, acompañado del subdirector académico, José Alfredo Reyes, lo sacaron del aula, lo corrieron delante de los desconcertados alumnos entre los que se encontraba Pamela. Sergio se fue a su casa, a donde llegó minutos después Pamela sin poder contener el llanto. «¿Por qué te hicieron eso? », le preguntó ella. «Pues por tus papás», le respondió aquel.
Al comenzar 2006 Sergio continuó presentándose en audiencias con nuevas pruebas y testigos en el Tribunal Federal de Conciliación y Arbitraje para definir su situación laboral en el Cecyt de Tecómitl, mientras que en febrero Pamela dio a luz a una niña en el Hospital de Milpa Alta. Tanto sobresalto cambió paulatinamente la relación entre los enamorados, el vendaval de acontecimientos torció el rumbo de sus destinos, ni Sergio Mundo supo cuándo concluyó el antes y en qué momento comenzó el después. Las ausencias de Pamela por las noches se hicieron más frecuentes en casa de ambos.
El nueve de agosto tres judiciales llegaron a casa de Sergio con la educación y delicadeza que caracteriza a buena parte de esta ralea de policías, que hasta parecen miembros de la noble y fina Academia de la Lengua (pero la guasona de Alvarado, Veracruz), y sin ninguna orden de aprehensión lo jalaron del brazo cuando abrió la puerta, lo tundieron a golpes con saña sin importarles que el hombre apenas rebasara el metro con sesenta y cinco de altura y pesara 65 kilogramos, después lo esposaron y cual costal de huesos lo subieron a la patrulla (igualita a las que uno ve por la calle con algún pelafustán de estos cachondeándose a supuesta dama o igual, haciéndola de transporte escolar o de vínculo familiar los fines de semana), y para su sorpresa ahí estaban, en el asiento de adelante, Pamela y su bendita suegra.
Ni siquiera pudo mentárselas porque apenas lo tiraron sobre el piso del estrecho asiento trasero de la patrulla, los dos policías restantes lo siguieron golpeando y diciéndole que se lo iba a llevar la chingada, y cuando lo presentaron en la Fiscalía de Tláhuac los rudos judiciales declararon que el profe era el mismito demonio porque cual Jackie Chan holliwoodense se les había aventado a los madrazos luego de que le encontraron una grapa de cocaína en la bolsa de su chamarra (polvo que le habían sembrado durante el forcejeo) con las consiguientes mentadas de madre; es más, le dijeron al ministerio público que el interfecto todavía tuvo tiempo de presionar sicológicamente a Pamela. Como quien dice, estos judas sabían de actuación dramática y de psicología.
En el ministerio público los judas todavía le dieron sus ganchos al hígado y le espetaron nuevas amenazas, y lo típico en estos casos, lo mantuvieron incomunicado. El médico legista, por su parte, lo hizo que se desnudara y después aseguró en su reporte que Sergio Mundo iba en estado de ebriedad, y las lesiones que este llevaba como tatuajes en su cuerpo jamás fueron observadas por aquel galeno cegatón.
A la hora de sufrir ese infierno tan temido, se apareció en la Fiscalía el abogado de Mundo y logró sacarlo libre bajo caución por el supuesto delito de violencia familiar, el caso fue turnado al Centro de Atención Contra Violencia Familiar (Cavi), pero Pamela ya nunca se presentó a ratificar nada. Sin embargo, él sí estuvo ahí con su abogado y consiguió que una vecina fuese al ministerio público a atestiguar la vandálica actitud de los judas.
Sobra decir que el profesor levantó la denuncia correspondiente contra los judiciales, pero hasta la fecha estos no han sido consignados a pesar de que ya intervinieron en el asunto funcionarios de la Visitaduría y auxiliares del Procurador, los que dijeron que resultaba inverosímil que Sergio Mundo, supuestamente ebrio y esposado como estaba les hubiese partido su mandarina en gajos a los judas.
«Estamos averiguando por qué los judiciales se prestaron a golpearlo», le dijeron a Sergio Mundo, quien aún sigue pensando que algún día se va a hacer justicia.
Y en lo que corresponde a la resolución del acta administrativa del IPN, las largas al asunto han estado a la orden del día, ya se ha postergado por más de cuatro años, más lo que se acumule esta semana, porque el juez decidió posponer su veredicto para el 17 de septiembre de 2009. Falta que ratifiquen su declaración los testigos del Politécnico, José Reyes y Javier López, porque parece que a estos se los tragó la tierra después de que andaban muy giritos fastidiándole la existencia a Sergio Mundo, a pesar de que ya les ha girado orden de presentación en diversas ocasiones. Resulta que Reyes Segura se la pasa cambiando continuamente de dirección, y López Zamorano ni picha, ni cacha ni deja batear.
El que también se hizo como el tío Lolo desde el principio es Enrique Villa Rivera, director general del IPN, cuya prolongada gestión por fin termina el próximo mes de diciembre. ¿Será por esta razón que tanto se ha postergado el asunto?
A sus 43 años de edad, Sergio Mundo ha sobrevivido de sus presentaciones artísticas. Creé en la justicia y mantiene la fe en que pronto podrá regresar a impartir sus clases, obviamente que ya no en el Cecyt de Tecómitl, porque ahí siguen los que un día le minaron su salud, economía, estabilidad emocional y desempeño profesional; pero en otra escuela, quizá. Al final de cuentas, sabe que «las gentes demasiado buenas... resultan ser más terribles» de lo que una vez supuso el compositor Álvaro Carrillo cuando escribió la letra de su canción Como un lunar.