miércoles, 4 de enero de 2017

Pulquería La Mangana, abrevadero de prosapia en San Pedro Tláhuac

Aquí cada quien mide el tamaño de su libertad, de su lealtad y cariño a la tierra, a la ancestral tradición de tomarse un tarro de pulque porque, al final de cuentas, la bebida de los dioses resulta más saludable que tomarse unas botellas de cerveza.
Publicado en el número 118 de la revista NOSOTROS
Septiembre de 2008
La Mangana, además de fungir como abrevadero de prosapia, también ha sido lugar
para la presentación de algunos números de la revista Nosotros
La pulquería La Mangana, en San Pedro Tláhuac, es el último reducto de lo que fue la región más transparente del aire chinampero, donde ilusos y soñadores que buscan escapar de los estragos del cambio climático y de la proclividad de algunos por los negocios, pasan a formar parte de la tradición mexicana de empinar el codo con la bebida de los dioses, aunque sólo sea por un par de horas o hasta que el cuerpo o el bolsillo aguante, mientras los parroquianos toman lugar en aquella abigarrada coreografía de castañas y espejos lacerados por el tiempo, donde una mesa de billar permanece como obtuso campo de batalla por si algunos desean probar en ella quién es el más chucha cuerera del rumbo.
Donde a falta de rústicos paisajes pintados sobre la pared, arcaicas fotografías, como una de la década de los 40, permanecen colgadas para reafirmar la alcurnia del abrevadero de prosapia, donde por las tardes sabios populares y bohemios nostálgicos, o simples parroquianos, se sientan plácidamente en pandeadas sillas para dirimir en torno a desvencijadas mesas los álgidos temas que calan hondo en la sociedad, como el tiradero de basura que quieren imponernos en la Sierra de Santa Catarina. Porque aquí también cada quien mide el tamalo de su libertad, y ante la prohibición de fumar estipulada por una de esas leyes que suelen aprobar los diputados, las mentadas de madre en honor de quienes la aprobaron saturan el ambiente.
Cada cliente se sienta en su rincón favorito, bien en el del escuadrón de la muerte, donde se arrellanan los teporochos que se sienten inmortales, o en el de los solitarios, reservado para los que no les gusta perder el tiempo, a lo que vinieron… y ¡salud!, chupando que es gerundio; o igual, en el de los pájaros caídos, aquellos a los que el tiempo les perdona ya todo, como permanecer impávidos cuando se escuchan las notas del himno nacional. Cada quien. Aunque eso de que el pulque es chamaquero y levanta espíritus chocarreros es cierto, mil veces mejor el pulque que el viagra.
Ricardo Paredes, propietario de La Mangana, con Manuel Garcés Jiménez, presidente
del Consejo de la Crónica de Milpa Alta, y el periodista Armando Ramírez
Quien sabe por qué aún prevalece en algunos la creencia de que en las pulquerías el ambiente es hostil, que los parroquianos que conforman la asidua clientela son violentos y que por eso el pulque los transforma en energúmenos, aunque para sorpresa de los detractores de la tradición mexicana, cada vez son más los jóvenes que prefieren ir a la pulquería a pasar un rato en la amena compañía de los amigos. Como sucede en La Mangana, la pulquería de mayor tradición en Tláhuac, donde también la tecnología ha causado estragos y ya no se respira aquel aroma a aserrín combinado con el del pulque.
Pero La Mangana se resiste a morir, por eso su dueño, Ricardo Paredes Granados, se esmera en ofrecer el mejor servicio, la mayor higiene y excelente ambiente, para eso la dotó de una rocola con discos compactos y los éxitos del momento, música para todos los gustos. Porque hay que sobrevivir y, sobre todo, perpetuar la tradición. «La autoridad nunca ha protegido a las pulquerías porque estas no les dejan dinero como las cervecerías o el vino», dice con un dejo de rencor, y por si fuera poco, «ya nos chingaron con la ley que prohíbe fumar a la clientela en lugares cerrados», remata.
Y es que un domingo de estos al mediodía fuimos a sentarnos frenta a la barra de La Mangana, donde Ricardo prepara un pulque de clamato delicioso, la especialidad de la casa.
Concurrencia de generaciones diversas en La Mangana, donde su dueño decidió hacer
una pausa a fines de 2016, para rentar el lugar y solventar algunos gastos
Ricardo es descendiente de la familia de Faustino Chimalpopoca, el célebre nahuatlato, catedrático propietario de Idioma Mexicano en la Nacional y Pontificia Universidad y socio honorario de la Sociedad de Geografía y Estadística, que murió en 1877. Relata con orgullo que Estanislao Ramírez Ruiz (1887-1962), ilustre tlahuaquense, destacado catedrático del Instituto Politécnico Nacional y fundador de la carrera de Ingeniería Química en la UNAM, y el profesor Narciso Ramos Galicia, cuyo nombre lleva la primera escuela primaria que abrió sus puertas en Tláhuac, fueron primos hermanos de su abuelita. También habla del doctor Juan Palomo, fundador de la Secundaria 47, y de que su papá, don Ricardo, es el último de la dinastía de los Chimalpopoca.
Mientras platico con Ricardo, al lugar ingresa un grupo de jóvenes que pide curados de jitomate, avena y fresa, y que tras de pagar cada litro a 15 pesos, se retira con sus garrafas seguramente a casa de alguno de ellos a pasarla bien un buen rato o ver por la televisión el partido de futbol. Luego llegan otros y se ponen a jugar billar, pero la gente no deja de refrendar su gusto por la tradición… A pesar de los que en Tláhuac han caído como delegados, me dice Ricardo, parece que sólo quieren el puesto para ver qué se llevan.
Cosa de ver cómo en la delegación (tanto en Tláhuac como en las demás) se dan permisos para que particulares den inicio con alguna obra o abran establecimientos comerciales y, cuando ya van a la mitad o el negocio marcha viento en popa, inmediatamente aparecen los inspectores de la oficina del Jurídico para clausurar con sendos papeles engomados. ¿Por qué? Para sacarle más dinero al dueño, indudablemente.
Un lugar donde departir, compartir y brindar con el exquisito pulque
Pero de regreso con Ricardo, éste se niega a cerrar las puertas de La Mangana, no es para menos, la pulquería abrió sus puertas en el año de 1927 por iniciativa de su bisabuelo José Paredes, el que un día se subió al tren en su natal Hidalgo, donde tenía magueyales y se dedicaba a raspar las pencas, porque estaba decidido a probar fortuna en otro lado. Traía sus tinajas repletas de pulque entre costales de maíz y frijol y rollos de telas, y el destino, o más bien el ferrocarril de San Rafael Atlixco, lo trajo hasta San Pedro Tláhuac, donde se bajó en la rústica estación. Rápidamente don José buscó un lugar para vender el preciado elixir de los dioses aztecas, y lo encontró afuera de la vieja casona de piedra que aún se localiza frente a lo que ahora son las instalaciones de un colegio; ahí habilitó un tejar a donde iban a refrescarse el gaznate los asoleados jornaleros del campo.
Pero, ¿de dónde le viene el nombre de La Mangana?, le pregunto a Ricardo. Resulta que su bisabuelo José siempre cargaba un lazo cuando andaba a caballo y le gustaba ir jugando con él, porque le gustaba el jaripeo y todas esas suertes de la charrería, así que se le quedó el apodo de el «Manganas». Casi nadie lo conocía por su nombre, simplemente por el «Manganas».
Tiempo después de que se instaló formalmente afuera de la casona de piedra, contrató a Salvador Mendoza como jicarero, un espigado chamaco de 18 abriles oriundo de Tláhuac, que comenzó lavando jícaras y jarros de barro, que en aquel entonces era en lo que se servía el pulque, según recuerda Ricardo, quien orgulloso refiere que La Mangana es el negocio más antiguo de Tláhuac, como también lo fueron la botica de su tío Juan Palomo y la tienda de abarrotes de otro tío suyo, Benjamín Martínez Morelos, establecimientos que ya no existen; sin embargo, le dan moptivo para acordarse cómo era el Tláhuac de aquel entonces, cuando había un gran tianguis que se ubicaba a un costado de donde ahora se encuentra el mercado de Tláhuac.
En el lugar de los del Escuadrón de la Muerte en La Mangana
Del anecdotario familiar Ricardo cuenta que una hermana de su bisabuelo José fue la primera mujer torera del rumbo. «Yo digo que fue del mundo», expone orgulloso, «y ella daba exhibiciones en un predio del que dispuso el profesor Jesús Palacios Martínez, presidente de la Asociación de Charros de Tláhuac, mientras mi bisabuelo aprovechaba la ocasión para ir a vender pulque. Negocio redondo».
Las tierras de su bisabuelo en Hidalgo fueron vendidas conforme el negocio de la pulquería fue prosperando en Tláhuac donde, dice Ricardo, sus familiares compraron una casa bonita, la cual ya tampoco existe, porque justo ahí fue construido el edificio donde se encuentra la sucursal de Banamex.
Cuando su bisabuelo José falleció, su hijo Rodolfo Paredes se hizo cargo del negocio, heredó La Mangana en 1950. Un día lo dijo muy claro mi bisabuelo: «Cuando yo me muera esa pulquería va a ser para mi hijo Rodolfo», y así fue. Después de todo a Rodolfo siempre le había fascinado el pulque, «y todos sus hermanos se despacharon con la cuchara grande», según platica el actual dueño de la pulquería.
El dueño de La Mangana (a la izquierda) espera mejores tiempos para que el pulque
recobre sus viejas glorias en Tláhuac
«Mi abuelo era un hombre muy noble –refiere Ricardo–, se quitaba la camisa para dársela a la gente. En tanto que mi abuela, Ignacia Palomo, ella fue todo lo contrario, fue una mujer de mucho carácter, siempre sacó la cara por La Mangana».
Fue cuando después el doctor Juan Palomo les rentó un local enfrente de donde se encontraba el primer teléfono que hubo en Tláhuac, a donde iba la gente cuando se quería comunicar con el centro de la ciudad. Se apersonaban con Lolita, a la que le decían: «Comuníqueme a este número». Ahí permaneció La Mangana como 30 años, enfrente de los talleres de la Osterizer.
Sin embargo, don Rodolfo siempre quiso cerrar La Mangana, traspasarla, venderla, deshacerse de ella, sobre todo en la época cuando una institución bancaria le quiso rentar el local. «Eso no hubiese sido justo, porque la primer generación (de una familia) se chinga para tener dinero, la segunda generación hace florecer el negocio y la tercera termina por ponerle en su madre al negocio», relata Ricardo.
Poco después don Rodolfo murió de cirrosis a los 50 años, «tomaba mucho», refiere.
Vino entonces un hijo de don José, el primer Ricardo de la dinastía, fue él quien compró los terrenos donde actualmente se encuentra La Mangana, para que ahí diera comienzo una nueva época; fue en la calle de San Rafael Atlixco número 7045, en el Barrio de San Juan, lo que significó el cuarto sitio donde La Mangana ha permanecido en la tradición popular de Tláhuac y en la historia de las pulquerías del altiplano.
«En esos días había en Tláhuac varias pulquerías: La Tertulia, El Fuerte de Guadalupe, La Reina, La Primavera, La Reina Xochitl, La Manganita y El Gran Teocalli, estas dos últimas eran de mi papá Ricardo», recuerda.
También ha sido foro para el canto de bellas damas como Lupita Galicia, sobre todo
después de que el servicio incluyó un karaoke. Fotografía Sergio Rojas
Luego de otro pulque de clamato surgen las anécdotas: «En los años setenta hubo un jicarero al que le decían ‘el Cielo’, él trabajaba en la pulquería El Gran Teocalli, que en náhuatl quiere decir ‘la casa de los dioses’, y que se encontraba atrás del restaurante Playa Bruja en la Colonia San José. Tiempo después, ‘el Cielo’ le dijo a mi papá, oiga don Ricardo, me gusta esta propiedad, véndamela, Resulta que ‘el Cielo’ se había enamorado de una señora que tenía dinero, fue una profesora que acabó comprándole la pulquería. Años después la señora lo convirtió en cristiano al ‘Cielo’ y su pulquería pasó a ser un local de Alcohólicos Anónimos», comenta.
«No siempre la fortuna le sonrió a mi papá, una vez perdió una pulquería en la baraja, la pulquería estaba en Tlalnepantla». Otra anécdota de triste memoria que ocurrió en La Mangana fue cuando allá por los años sesenta, un borracho provocó a un jicarero que apodaban el «Neris» y venía precedido de ser fiero valedor de la Candelaria de los Patos. «Un borracho lo estuvo provoque y provoque hasta que, de plano, le vació el pulque en el cuerpo, fue entonces cuando el ‘Neris’ no aguantó más y lo mató enterrándole una daga y por eso clausuraron La Mangana un año. Claro, fue un caso excepcional porque, ¿quién no tiene un borracho de mala tomada en la familia? Ahora sí que aquella familia que esté limpia de borrachos… ¡Pues que invite el primer pulque en La Mangana!», dice con sarcasmo.
En una ocasión y por presión de algunas personas, hubo pretensiones de clausurar La Mangana, pero don Juan Palomo recabó 500 firmas de gente del pueblo para que el establecimiento continuara incólume.
Ricardo cuenta que él tuvo una pulquería, La Inspiración, en Zapotitlán, sobre la Calle Guillermo Prieto, «pero uno que fue presidente de la Junta de Vecinos, Manuel Martínez, me la echó por tierra. Yo tenía permiso para operar con mi pulquería, pero un abogado conocido como ‘Moguer’, que para mayores referencias era ciego, hizo que me desistiera del amparo, me convenció y ahí fue donde me fregaron, después de que le había dado mucho dinero para que me consiguiera la licencia. Por esos días él iba a ser Oficial Mayor de la Cámara de Diputados y se casó con la hija de Manuel Martínez».
«Ese tal Moguer llegó por los años 85–86 por acá y estuvo seis años en Tláhuac como subdirector Jurídico y de Gobierno, es de lo peorcito que hemos tenido aquí en Tláhuac. A lo mejor me fastidió porque le entraron los celos, y es que entonces llegó a trabajar a Tláhuac Justo Sierra Bravata y yo le ayudé en la elaboración de la monografía de Tláhuac. No sé por qué Moguer le tenía odio a Justo Sierra, lo alucinaba», apunta Ricardo.
En 1986 Ricardo decidió probar suerte lejos del negocio tradicional de familia y entró a trabajar a la Contraloría del gobierno del Distrito Federal, «y el primero que me las paga es Moguer, que nunca me regresó mi dinero». Resulta que el abogado tuvo que acudir a la Contraloría para pedir que le hicieran una chicana y, ¡nada!, que Ricardo le dijo «aquí nada de transas» y se le frustró ser Oficial Mayor de la Cámara de Diputados.
La Mangana cuenta entre sus asiduos clientes lo mismo que jubilados de Luz y Fuerza del Centro que empleados, oficinistas y uno que otro periodista.
Hay un parroquiano que apodan el «Guajolote» al que, según cuenta Ricardo, tiene 38 años de conocerlo y jamás lo ha visto en su juicio. «Leonides es soltero, pero tiene su amante y la señora viene aquí y se lo surte a trancazos cuando no le da para el gasto».
«También hay quienes piensan que en la pulquería el ambiente es muy culero y no es así, aquí vienen muchos jóvenes y se ponen a leer o a jugar billar», asegura Ricardo, siempre jovial y activo, que no para de sugerirnos temas para futuros reportajes en la revista Nosotros, como tampoco deja de exponer sus futuros planes.
«Pienso acercarme con los pulqueros y hablar con ellos para que cambiemos la forma de pensar, y a la vez de cambiar la concepción que tiene la gente de que las pulcatas son un lugar nefasto donde falta la higiene. Buscar la forma de que las autoridades no sean tan exigentes con uno y que por cualquier cosa vengan a clausurarnos. La pulquería es algo familiar, pero las autoridades no lo ven así», formula, sin dejar de lamentar las circunstancias que enfrentan actualmente los pobladores de la delegación.
«Me duele la situación de Tláhuac. Antes a los delegados más pendejos los traían para acá. Pero es que todavía seguimos teniendo fama de pendejos en otras delegaciones, por ejemplo, en la de Xochimilco. Ahí antes decían, ¡ah!, para pendejos mejor vete a Tláhuac», expresa, mientras me mira con un dejo de incredulidad por la apatía que muestra mucha gente ante las injusticias, y yo lo dejo por ahora, pero con la promesa de vernos nuevamente, muy pronto.

miércoles, 17 de agosto de 2016

José Eduardo López Bosch, el entrañable «agorero cuitlahuaca»

La tarde del 26 de marzo de 2015 José Eduardo acabó por resolver el misterio de la obscuridad que contrasta con la luz, motivo por el cual y tras de reponernos de la impresión de su partida, un grupo de amigos de la revista Nosotros decidimos organizar un homenaje luctuoso como testimonio de cariño y reconocimiento al amigo y fraterno compañero que siempre estuvo dispuesto a compartir su conocimiento con su amena charla o su versátil compañía. A continuación comparto el texto que leí a intervalos durante la velada en la que intervinieron algunos de quienes lo conocieron y trataron.

José Eduardo López Bosch Trejo fue cronista por convicción y se asumió como tal a partir de su pertinaz deseo por conocer todo lo que concernía a Tláhuac y sus pobladores.
Lo conocí en el año de 1995 en mi carácter de jefe de prensa de la delegación, con motivo de la edición de un cuadernillo relacionado con la información de Día de Muertos, celebración a la que dedicó gran parte de su tiempo para profundizar en el concepto del binomio inseparable vida y muerte, y de cómo la muerte convive en todas las manifestaciones culturales y cotidianas de la vida de los pobladores de estas tierras.
Con toda seguridad, José Eduardo acabó por resolver, allá en donde ahora se encuentra, el misterio de la obscuridad que contrasta con la luz.
Cuando en febrero de 1997 fue publicado el primer número de la revista Nosotros, con la bonhomía que siempre lo distinguió, José Eduardo nos expresó su júbilo por el acontecimiento periodístico, y una vez que sobrevivimos a los primeros tres números –esto es, que logramos alcanzar las primeras tres ediciones, con lo que una publicación ya puede ser considerada como de efímera vida–, se sumó al proyecto informativo al nutrir con su pluma el grupo de colaboradores.
Su esposa e hijos, familiares y amigos del doctor José Eduardo López Bosch
Desde entonces, José Eduardo fue el amigo que ilustraba, el compañero que documentaba lo concerniente a los acontecimientos históricos de una región que dio lustre al señorío mexica, todo un agorero cuitlahuaca, como solía anotar al principio de sus textos en la revista Nosotros, por aquello de que a Cuitláhuac Ticic lo distinguió en la época prehispánica la fama de ser lugar de agoreros, al grado de que cuando Moctezuma Xocoyotzin vio aparecer sobre el firmamento un cometa de larga y resplandeciente cauda, mandó llamar a los agoreros de Cuitláhuac, quienes con anterioridad le había anticipado la llegada de los españoles, no gustándole de nueva cuenta la respuesta de Tzompanteuctli, a quien mandó matar junto con sus hijos, porque le pidió que comprendiera «que no ha de ser nuestro dios el que ahora está», sino que «va a llegar el dueño de todo y hacedor de las criaturas».
Fue José Eduardo incansable promotor y difusor de las tradiciones culturales de Tláhuac, y como su egregio cronista recorrió como su tlacuilo otras regiones de la vasta geografía para propalar lo que aquí se hacía en cuanto a las conmemoraciones de Día de Muertos.
En una de sus frecuentes visitas a la redacción de Nosotros, y sabedor de que mis raíces están en el Norte de la República, se interesó por conocer más acerca de Durango, debido a que debía ir allá a dictar unas conferencias, y a su regreso me compartió sus vivencias en la tierra de Pancho Villa.
Como es de suponer, José Eduardo era un magnífico conversador, y los minutos literalmente se escurrían sigilosos, como la implacable arena del reloj que marca las etapas y completa ciclos.
En la fotografía se alcanza a ver al doctor López Bosch de aquel lado de la mesa de
billar en la pulquería La Mangana, en una onferencia del historiador Baruc Martínez
Hace poco más de dos décadas, él calificó a Tláhuac como la provincia del Distrito Federal porque, conforme escribió en sus colaboraciones periodísticas en diarios de la capital, «conserva su sencillez e inocencia» cual característica de las otrora apacibles poblaciones mexicanas, «a pesar de las múltiples embestidas de la mancha urbana que impasible avanza ante el desmedido crecimiento y la sobrepoblación que padecemos» (escribió en el número 81 de Nosotros, de junio de 2005).
Catedrático de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma Metropolitana campus Xochimilco, vivió en Tláhuac algo así como cuatro décadas, en las que fue común verlo con su refinada gorra ascot de pana y su colmillo de león colgándole sobre el pecho, junto con su cámara fotográfica, en todas las actividades relacionadas con las tradiciones y la cultura; incluso en los informes políticos de los delegados. Estaba atento a todo lo que sucedía en Tláhuac.
José Eduardo con el joven historiador Baruc Martínez
Y aunque lo extrañamos desde el primer día de su ausencia en la ceremonia de recepción de otro de los braceros ceremoniales, lo tenemos en sus textos y en nuestra memoria colectiva, como el infatigable cronista que retrató las costumbres y tradiciones de los siete pueblos de Tláhuac.
Agradecemos a todos quienes hicieron posible este sencillo homenaje, como Alejandro Durán y Gilberto Ensástiga; Baruc Martínez Díaz, Alan de la Rosa y Hugo Pineda, del Grupo Cultural Cuitlahuac Ticic; el trovador Beto Mendoza; Marlene Cruz, Felipe Herrera; Alberto Barranco Lozano y Héctor Cázares con su equipo de sonido, así como a Sergio Rojas Sánchez en el levantamiento de la imagen.

martes, 14 de junio de 2016

Mi amigo Alberto

Su sociabilidad siempre fue la carta de presentación que le abrió las puertas de la vida. Perspicaz, indagador y ávido de conocimientos, Alberto se convirtió desde el primer momento en el motor de aquel grupo de amigos que desde los primeros días en la bardita del «jardín de niños», como le decía la raza a nuestra Facultad debido a que era una escuela pequeñita dentro de Ciudad Universitaria (ubicada entonces entre la Escuela de Economía y la Facultad de Ciencias), y que no era otro que aquel extenso lugar (ese sí) donde solíamos reunirnos al término de cada jornada José Alfredo Valle, Carlos Hamed, Efrén Camacho y Luís Arturo Salcedo, él nos bautizó como «Los Campeones»...
Revista NOSOTROS | Número 117 | Agosto de 2008
A la memoria de César Alberto del Valle Martínez
Carlos, César Alberto y quien esto escribe en el verano de 1975, en la ribera del
caudaloso Padre Nazas, en esa población de Durango a donde fuimos a vacacionar
Cuando César Alberto traspuso la puerta del salón de clase aquel verano de 1974, semana y media después de que había comenzado el primer semestre del ciclo escolar en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, supe que detrás de aquel rostro matizado por la incertidumbre de saberse retrasado en las primeras materias de la carrera de Periodismo y Ciencias de la Comunicación Colectiva, había un hombre lleno de virtudes y de una gentileza especial para ganarse el afecto con la primera sonrisa que solía ofrecer a quienes con él entablaban conversación.
Su sociabilidad siempre fue la carta de presentación que le abrió las puertas de la vida. Perspicaz, indagador y ávido de conocimientos, Alberto se convirtió desde el primer momento en el motor de aquel grupo de amigos que desde los primeros días en la bardita del «jardín de niños», como le decía la raza a nuestra Facultad debido a que era una escuela pequeñita dentro de Ciudad Universitaria (ubicada entonces entre la Escuela de Economía y la Facultad de Ciencias), y que no era otro que aquel extenso lugar (ese sí) donde solíamos reunirnos al término de cada jornada José Alfredo Valle, Carlos Hamed, Efrén Camacho y Luís Arturo Salcedo, él nos bautizó como «Los Campeones», porque más que librar batallas en las aulas frente a René Avilés Fabila, Hugo Gutiérrez Vega o Gustavo Sáinz, por acordarme sólo de algunos queridos profesores, creo que el mote se debió originalmente porque en el tochito que jugábamos atrás de la escuela a la hora del relax, casi nadie nos ganaba.
Durante los setenta nos vivimos nuestra juventud por los cuatro puntos cardinales del Distrito Federal y juntos nos fuimos a recorrer la Costa Chica en Guerrero, porque José Alfredo, al siguiente verano, nos llevó a su casa en Zihuatanejo, en Agua de Correa para ser más preciso, donde conocimos a su apreciable familia y anduvimos a caballo por entre los cocotales, y fuimos los reyes del baile en la discoteca Chololo’s (la primera que hubo en Zihuatanejo) y el referente común en El Coyote… ¡Zanca!
En la plantación de palmas cocoteras del papá de José Alfredo en Zihuatanejo
De ahí nos fuimos en una larga travesía a mi entrañable Comarca Lagunera, y en el pintoresco Nazas, en Durango, nos bañamos en las aguas del turbulento río que con sus benditas aguas riega las vastas extensiones agrícolas sobre el extenso desierto norteño. Amén de las sabrosas chelas en la Maclovio Herrera o las gaseosas en la plaza de la Avenida Morelos en Torreón, sin faltar los lonches de don Jaime en Gómez Palacio, o las nieves de Chepo en Lerdo.
En el Valle de México llegamos hasta la casa de Alberto en Coacalco, cuando entonces me parecía el fin del mundo, y conocimos a sus padres y hermanos, Alejandro, Alfredo y Paty. Recuerdo que nos recibieron como si fuésemos de la familia, y una vez echados los cimientos de lo que ya se había constituido en una congregación de fraternales amigos, los años en la Universidad nos trajeron de un lado para otro, de la casa de Luís Arturo en Cuernavaca, a la de Carlos en Tlatelolco o la de Efrén, muy cerca de la Central del Norte, siempre teniendo como punto de reunión el departamento de Avenida Revolución en Mixcoac, donde mis amigos de la Preparatoria, Jorge Enrique Villalobos, Toño Calvillo (qepd), Francisco Kikín Torres y Pedro Rodríguez, y después Cuco López Lozoya y Panchito Montañez, también se encariñaron y reconocieron en Alberto el alma, vida y corazón de Los Campeones.
César Alberto, el segundo de izquierda a derecha, luego sigue Luis Arturo, José
Alfredo, Carlos y Efrén, en Zihuatanejo
En las pachangas universitarias de cada viernes (con toda la Facultad en el depa de Avenida Revolución, y profesores como Polo Borrás y Manuel Barragán) Alberto fue el amigo cuya sensatez y cordura acababa por centrarnos. Y cuando había qué entregarse al estudio y a la preparación de tareas, la grabación con la voz de Alfonso Fernández Cepeda al declamar el poema de Víctor Manuel Otero, La noche quedó atrás, por Radio Universal a la media noche («en los tuyos hallarás el porqué de tu camino…»), nos indicaba que debíamos hacer una pausa para salir a caminar un rato sobre Avenida Revolución y Barranca del Muerto y respirar lo que entonces había de aire fresco.
Un día se acabó la escuela y tuvimos qué trabajar. José Alfredo y un servidor nos quedamos en la Dirección General de Información de la UNAM, en el período del doctor Guillermo Soberón, ahí estuvieron también Carlos y Luís Arturo. Efrén y Alberto entraron a trabajar al Instituto Mexicano del Petróleo, donde después se incorporó Carlos, y entonces comenzamos a vivir otra época.
En la fiesta de quince años de Andrea, la hija de Efrén, a la izquierda; luego siguen
Carlos, César Alberto, Sergio Antonio, José Alfredo y Luis Arturo
Cada quien formó su familia y los encuentros se volvieron esporádicos. Sin embargo, en el cumpleaños de alguno nadie faltaba a la celebración. Pero hace dos años y medio, aproximadamente, en nuestra última comida como Los Campeones, reunidos en el Angus de la Zona Rosa, noté que Alberto tenía un semblante diferente al habitual. Peor que aquel que le vimos la noche en que se metió un murciélago a la habitación donde dormíamos en casa de José Alfredo en Agua de Correa. Todos le pedimos que se hiciera un estudio médico y Domingo Herrera, un querido amigo que nos presentó José Alfredo a su paso por la oficina de Prensa de Socicultur, lo llevó al Instituto Nacional de Nutrición donde le descubrieron que tenía cáncer renal.
La madrugada del pasado once de julio, exhausto por la cruenta lucha contra el cáncer, Alberto decidió mejor que era tiempo de emprender el viaje sin retorno. Fue a las dos de la mañana.
Días antes sus amigos pudimos despedirnos de él, José Alfredo y yo lo hicimos el sábado seis de abril. Bueno, para ser más sinceros, simplemente nos dijimos un «hasta pronto». Eso sí, en la comida pudimos refrendarnos el gran cariño que siempre nos habíamos tenido desde aquel verano del setenta y cuatro, cuando nos sentíamos invencibles y supremos y el mundo nos parecía muy chiquito. Aunque no lo decíamos sabíamos que esa mañana estábamos reunidos porque se trataba de una despedida.
La mañana del once de julio por mi mente comenzaron a desfilar una serie de interminables imágenes que pertenecían a la película de Los Campeones, mientras el cielo se oscurecía y la tristeza comenzaba a hacer estragos en la garganta, quebrando la voz y obnubilando la mirada.
Me quedo con muchas cosas de Alberto, las horas de amena charla acerca de los Vaqueros de Dallas o los Acereros de Pittsburg. Su gran afición por la música de Elton John (el dueto con Kiki Di No rompas mi corazón), porque él se quedó musicalmente prendido en los nostálgicos años de los setenta, en la época en que ser joven y no ser revolucionario, como un día dijo en Guadalajara Salvador Allende, resultaba ser una contradicción hasta biológica.
Con nuestras esposas, Trini y Effrén, José Alfredo y Viki, Luis Arturo (cargando al mayor
de sus hijos) y Maru, Adriana y Sergio Antonio, la mamá de César Alberto, Graciela y
Carlos Hamed Martínez
Me quedo con la imagen de cuando en una fiesta de cumpleaños de Alberto, en el depa de Revolución, el Kikín y Pedro, los más altos de mis paisanos norteños, lo quisieron poner sobre sus hombros ante la delirante multitud que le brindaba porras y aplausos, olvidándose mis cuates de que el techo estaba a dos metros con 15 centímetros de altura del piso. Desde entonces Los campeones siempre atribuimos a ese porrazo la razón por la que Alberto dejó de crecer.
Me quedo con una acre discusión entre Generales (como nos decíamos uno al otro) por cosas nimias una noche de juerga en El Treceño de la Colonia Guerrero, con nuestras incursiones en el Yuppies, el extinto Club Royal o el Solid Gold, con los lugares donde se tocaba música de los setenta, y nuestra devoción por Lennon y su campaña pacifista, que nos inspiró a tratar de hacer un mundo mejor con el poder de nuestra amistad y lealtad a nuestras convicciones.
Luego de la triste comida del adiós afuera del Sanborns de Perinorte el seis de abril
de 2008. José Alfredo, César Alberto y quien esto escribe
Con una foto en el México 68 junto a su hijo Lalo y Braulio Luna después de un partido de los Pumas, en el mismo estadio donde en el año setenta y cinco trabajamos como reporteros del comité organizador de los Juegos Panamericanos.
Y todos nos quedamos con la imagen de un hombre íntegro, excelente padre, amigo y responsable compañero, cuya lealtad fue digna de encomio, y su caballerosidad, característica de su familia. ¡Tantas historias compartidas! Nos quedamos con esas sonrisas tan frescas por espontáneas y sinceras que nos brindó hasta el último día en que lo vimos, todo maltrecho por el maldito cáncer, y que siempre nos hicieron recordar que un día nos constituimos en la fraternal cofradía de Los Campeones.

domingo, 24 de abril de 2016

«Frascuelo, libro de lectura corriente» del Porfiriato, el preferido de mi abuela

El haber desempolvado el Frascuelo con el fin de oxigenar sus páginas con sumo cuidado, me permitió imaginar a la abuela de niña en la escuela de su pueblo, en Nazas, Durango, con este libro entre sus manos que de tanto gustarle decidió guardarlo en el baúl junto a sus más preciadas cosas de valor, y que por cierto ese baúl aún lo conserva mi hermana y pronto restauraremos, a fin de volver a depositar en él lo que de ella preservamos.

Portada de la edición de 1908
Uno de los primeros libros que me dejó tocar y escudriñar mi abuela materna Cuquita, María del Refugio Martínez Villa (4 de julio de 18985 de febrero de 1989), cuando yo tenía ocho años de edad, fue el titulado Frascuelo, libro de lectura corriente, de G. Bruno, edición 1908 (pero cuya primera edición es de 1884 y del cual encontré en Internet uno a la venta en Mercado Libre, sólo que con fecha de edición de 1914), el cual había guardado como preciado tesoro y recuerdo de cuando ella fue a la escuela poco antes de que estallara la gesta revolucionaria de 1910.
Me gustaba hojear el pequeño libro de pasta dura, siempre bajo su perseverante vigilancia en esas tardes en las que quizás no hallaba la manera de entretenerme con algo que retuviera mi atención mientras ella jugaba con mi hermana cuatro años menor que yo, más que por leer las vicisitudes del joven Frascuelo y su ingreso al aprendizaje, para ver las pequeñas litografías de toda índole ahí contenidas.
Después mi madre me atiborró de libros y fascículos coleccionables acerca de diversos temas y llegó el día en que comencé a comprar los libros que a mí me gustaban, por lo que de los libros de mi abuela Cuquita no volví a saber nada, sobre todo porque me fui a vivir a la Ciudad de México para estudiar en la Universidad, y sólo fue hasta en uno de esos regresos en temporada de vacaciones, ya en los años ochenta, cuando me heredó lo que por años había guardado con cariño.
Obviamente entre ellos estaba el Frascuelo, que contiene –como especifica en su primera página– «nociones de moral, economía, política, instrucción cívica, derecho, agricultura, higiene y otras ciencias usuales». Asimismo, ahí se indica que se trata de una «obra coronada» por la Academia Francesa, traducida y arreglada para uso de las escuelas de instrucción primaria elemental de México por Genaro García y Ezequiel A. Chávez.
La propiedad literaria de la obra estuvo asegurada por la Librería de la Viuda de CH. Bouret, con dirección en París de 23, rue Visconti, y en la Ciudad de México en Cinco de Mayo número 14.
En el prólogo, los traductores (aunque solamente se especifica el nombre de uno al pie de página, debido a que tradujo los capítulos lvi y lxxv, corresponde a Lorenzo Elizaga), apuntan que la obrita es, sin duda, la más apropiada para que sirva de texto en las escuelas de instrucción primaria elemental, «no sólo por el método perfectamente sugestivo con que está escrita y por el vivo y continuo interés que despierta su lectura, sino principalmente por la moral purísima que se desprende de todas sus enseñanzas».
Señalan que en Francia, dicha obrita –como la califican por segunda ocasión– «ha sido coronada por la Academia Francesa y por la Sociedad de Instrucción Elemental, aprobada por las bibliotecas escolares é inscrita en la lista de los libros que la ciudad de París suministra gratuitamente á sus escuelas municipales, y que ha contado además, en un lapso de tiempo relativamente corto, cerca de cien ediciones; y que en México, ha sido adoptada como obra de texto en numerosas escuelas particulares de instrucción primaria elemental, y en las nacionales de la Capital y Territorios y de varios de los Estados».
Sin embargo, como el Francinet –o Frascuelo– estaba hecho para las escuelas francesas, no se le debía «transplantar» a México simplemente traducido, simplemente porque todos sus capítulos contenían materias que variaban de una nación a otra, como explican en el prólogo. «No producirían ningún provecho á nuestros niños, y antes bien originarían en ellos ideas confusas ó erróneas», aclaraban los traductores, al tiempo que ponían como ejemplo el que si a uno de los pequeños escolares se le dice que conforme al Código Penal, sin indicar si es el francés o el mexicano, la negligencia del comerciante es un delito y el fraude es un crimen; y que el robo y el falso testimonio se castigan con trabajos forzados o con prisión, pensará naturalmente que se le habla del Código mexicano y más tarde asegurará a todo el mundo, sin sospechar que incurre en una gran falsedad, que «entre nosotros existen los trabajos forzados, y que hay que distinguir los crímenes de los delitos»,
Así que por eso los editores decidieron mexicanizar el Frascuelo, dándole un carácter local a toda la obra, pero sin suprimir ninguna de sus múltiples cualidades.
Obviamente en aquella paz porfiriana, en la que según el dictador debía haber «poca política y mucha administración», el orden, la paz, la estabilidad y el progreso mantenía una estabilidad política y social del régimen que atrajo inversiones, y mediante el Frascuelo se buscó condicionar a los educandos para que aprendieran a disfrutar de los supuestos beneficios económicos del Porfiriato.
De ahí que el Frascuelo en su versión idílica de aquel México convulso, incluya la visión progresista de los Científicos de aquella época, en la que don Edmundo da clase de aritmética a Frascuelo, al explicarle lo que es el capital y el interés y le pide imaginar un obrero que trabaja en la fábrica de hilados y tejidos de Río Blanco, situada en Orizaba, el cual gana –hipotéticamente claro está– 75 centavos diarios; y como es «muy arreglado en sus gastos, ahorra regularmente 10 centavos cada vez que recibe dicha suma, y los guarda cuidadosamente en su baúl».
Al cabo de un año, ese obrero que por término medio ha trabajado 24 días en cada mes, pues sólo ha descansado los días de fiesta y los domingos, verá con alegría que es dueño de 28 pesos con 80 centavos.
Pero si en lugar de guardarlo en el baúl lo lleva al Monte de Piedad y lo recoge dentro de un año, encontrará que en un año le devolverá 29 pesos con 66 centavos debido a que le producirá 86 centavos de beneficio.
Sin embargo, resulta irónico que en el libro se pretendiera enseñar a los educandos de la época a «obrar cuerdamente» a fin de adquirir instrucción y sacar algún provecho de ella, cuando el siete de enero de 1907 en la fábrica de tejidos de Río Blanco tuvo lugar una rebelión obrera, debido a que exigían mejores condiciones laborales, la que es considerada un suceso precursor de la Revolución Mexicana.
En el capítulo xciii, las colosales obras del desagüe del Valle de México a través de un túnel de 10 kilómetros de extensión, es comparado con los túneles del monte Cenis y el de San Gotardo.
Además de los múltiples temas que contiene la obra, referiré lo asentado en el capítulo cv, por aquello de que en ese tiempo cuando obreros textiles de Tlaxcala y Puebla se declararon en huelga en diciembre de 1906 para exigir mejores condiciones laborales y como respuesta de Porfirio Díaz para favorecer a los empresarios ordena la reanudación de labores el siete de enero de 1907 sin satisfacer las demandas de los trabajadores, lo que derivó en que soldados del 13° batallón asesinaron entre 500 y 800 obreros al disparar contra hombres, mujeres y niños, porque se refiere al respeto a la libertad (con mayúsculas en el libro), a cómo «la envidia conduce á la injusticia» y de que «el pobre no debe envidiar al rico».
Son 363 páginas que mediante diálogos entre el joven Frascuelo y diversos personajes compendian el conocimiento de diversas disciplinas a principios del siglo pasado, como la máquina de vapor, Pascal y la invención de la carretilla, la manzana de Newton, descubrimientos astronómicos, la abolición de la esclavitud, historia de la industria, la construcción del Canal de Suez, los principios de la telegrafía, la electricidad y su velocidad, las máquinas, la imprenta, la biblioteca, las ciencias naturales, físicas y matemáticas, entre otras, de manera entretenida e instructiva, sin desviarse de su propósito moralizante.
El haber desempolvado el Frascuelo con el fin de oxigenar sus páginas con sumo cuidado, me permitió imaginar a la abuela de niña en la escuela de su pueblo, en Nazas, Durango, con este libro entre sus manos que de tanto gustarle decidió guardarlo en el baúl junto a sus más preciadas cosas de valor, y que por cierto aún preserva mi hermana y pronto restauraremos, a fin de volver a depositar en él lo que de ella preservamos.
Por eso es que con motivo del Día del Libro vuelvo a tomar entre mis manos al Frascuelo, porque me da la posibilidad de acercarme a mi amada abuela.
Después de todo, los libros también forman parte del árbol genealógico familiar y por ello ocupan significativo espacio en la biblioteca del hogar, así que mientras la lectura sea un hábito que se fomente de padres a hijos, los libros seguirán cumpliendo con su función de ser, además de fabulosas máquinas del tiempo por las que viajamos hacia disímiles lugares y circunstancias, preciados objetos que permiten mantenernos siempre cerca de sus originales dueños.
Al constituirse en vehículos que nos permiten conocer un poco más de ese ser querido que los leyó mucho antes que nosotros, también hacen posible que mantengamos un contacto espiritual con ellos. De ahí el sutil encanto que produce en los amantes de libros las librerías de viejo, y sobre todo tomarlos y llevarlos a casa. Pero más inmensa es la dicha de heredarlos de aquellos que nos inculcaron el hábito de la lectura y sobre todo a amarlos y preservarlos para nuestros descendientes.

lunes, 21 de marzo de 2016

La zona de los pasmosos silencios

De pronto Manuel pegó un grito que nos asustó. «¡Miren, allá!», dijo, y hacia donde nos indicaba que observáramos era justo detrás del promontorio rocoso de mayor tamaño, el de la derecha viéndolo nosotros de frente, de donde surgió un objeto luminoso que empezó a ascender con lentitud. Los siete nos quedamos pasmados, porque no podíamos identificar qué era aquella luz brillante.
A la memoria de Manuel Arratia Quiñones
Sergio Rojas, José Muñoz, Manuel Arratia (qepd) y Gustavo Oteo
Corría el mes de julio de 1970, acababa de concluir la instrucción secundaria y me disponía a cursar el primer año de preparatoria en la Escuela Pedro de Gante de Gómez Palacio, en la Comarca Lagunera de Durango, y con aquel grupo de amigos que éramos afines en nuestras inquietudes de la Escuela Federal Pastor Rue en Ciudad Lerdo (después Ricardo Flores Magón), un día institucionalizamos nuestra amistad con la creación de un club por el que canalizamos la común afición lo mismo que por la pesca en el Río Nazas y en la Presa Francisco Zarco que al tiro al blanco en nuestras correrías por el desierto, al igual que a la práctica del periodismo y de la fotografía así como del excursionismo.
Manuel, Sergio, Gerardo Zarzosa Romo y Jorge Enrique Villalobos Gómez
Fue entonces cuando una noticia conmocionó a la sociedad lagunera: un misil de pruebas de la NASA denominado Athena y que había sido lanzado desde una base militar cerca de Green River, Utah, en dirección al polígono de misiles de White Sands, Nuevo México, según se dijo, perdió el control y vino a caer más de mil kilómetros al sur de su objetivo en una zona comprendida en el Bolsón de Mapimí.
La repentina llegada de contingentes de especialistas estadounidenses al Aeropuerto Francisco Sarabia de la ciudad de Torreón, Coahuila, con el supuesto fin de trasladarse a la región del Bolsón de Mapimí, ubicada unos 180 kilómetros al norte de la Comarca Lagunera, para ir en busca del cohete que según informes de la época transportaba dos pequeños contenedores de cobalto 57, elemento radioactivo, alteró la sosegada paz de los habitantes de las tres ciudades hermanas –Gómez Palacio y Ciudad Lerdo son las otras dos, pero ya en el estado de Durango–. Porque luego de la noche del sábado 23 de septiembre de 1955, cuando uno de dos camiones cargados con más de quince toneladas de dinamita se atravesó al tren que venía de Chihuahua a la altura de Guayuleras, lo que provocó dantescas escenas  –además de un descomunal hoyo de varios metros de profundidad y diámetro–, así como una onda expansiva de colosales dimensiones que destruyó los cristales de los comercios en varios kilómetros a la redonda, los habitantes de La Laguna no volvieron a sentir tanta conmoción por un acontecimiento como el sucedido ese año de 1970.
Para la búsqueda del misil por tierra y aire con aviones de la Fuerza Aérea norteamericana, los especialistas de la NASA requirieron curiosamente de tres semanas, además de que contrataron a lugareños para que peinaran la zona, y cuando finalmente encontraron el cohete, pusieron a los trabajadores a construir un tramo de vía férrea desde la estación Carrillo para transportar los restos del artefacto y cargar con toneladas de tierra supuestamente contaminada con desechos radioactivos, a fin de llevársela hasta territorio estadounidense. Lo que dio paso a la especulación entre la gente, debido a que las operaciones se realizaron bajo un fuerte dispositivo de seguridad, de manera que ni los lugareños pudieron ver los restos del mentado cohete Athena. Así que tanto misterio terminó por despertar sospechas y originar toda serie de rumores que circularon con profusión; surgieron varios mitos e historias acerca de aquella misteriosa área, por lo que se dijo que ahí sucedían extrañas anomalías magnéticas que impedían la transmisión por radio, como un día dijo un lugareño radicado en Ceballos, Durango.
El fenómeno fue investigado por especialistas de la ciudad de Torreón. Surgió entonces la hipótesis de la existencia de una especie de cono magnético sobre la región que provocaba ionizaciones en la atmósfera que bloqueaban la transmisión de las ondas de radio, y fue así como se le impuso el nombre de Zona del Silencio. Ése enigmático lugar irrumpió en nuestra incipiente juventud con la fuerza de un meteorito al impactarse sobre la superficie terrestre, porque hasta entonces parecíamos estar embebidos de los acontecimientos sociales que provocaba aquel fantasma que asolaba Europa según Marx, y todo lo que sucedía en torno a Los Beatles. De ahí las frecuentes visitas nocturnas a las instalaciones de la radioemisora XERS, La divertida, sobre la Avenida Hidalgo, para saludar a los locutores y que estos nos actualizaran en cuanto a grupos y temas musicales.
Nota periodística del diario lagunero de La Opinión
Viaje al Bolsón de Mapimí
Una noche Jorge Villalobos me invitó a que me sumara a las reuniones que comenzaban a organizar un grupo de amigos comunes en el café Manhattan enfrente de la plaza principal de Gómez Palacio, en la esquina de Calle Centenario y Avenida Morelos, donde se platicaba de todo, como la matanza de estudiantes en Tlatelolco y de lo que venía para los jóvenes en un régimen autoritario que no toleraba la crítica. Intolerancia que ya había podido comprobar por aquella corretiza que me hizo pegar un tipo con pinta de agente del gobierno autoritario cuando me sorprendió soltando desde la ventanilla de un autobús de la ruta Torreón-Gómez-Lerdo cientos de papelitos con la leyenda «Echeverría. Asesino de estudiantes. 2 de Octubre 68 y 10 Junio del 71» (que había impreso mi amigo Juan de Dios Mercado), y me siguió en su automóvil a la espera de que descendiera de la unidad, para que al llegar al Parque Morelos por la Calzada Agustín Castro hiciera la llamada al conductor para que se detuviera y yo bajara a toda prisa a fin de correr hacia mi casa a donde llegué en cuestión de no más de quince segundos, metiéndome por la cochera mientras aquel sujeto rodeaba la cuadra.
Nota de El Siglo de Torreón
En el café acabé por reencontrarme, además de Jorge, con Gustavo Oteo y Manuel Arratia, compañeros de la secundaria, y poco después se integró al grupo Gerardo Zarzosa, mi amigo del primer año de preparatoria, así como José Muñoz. Según mi diario, para el mes de abril de ese año de 1971, ya habíamos organizado cuatro excursiones con el fin de ir a acampar en lugares de la región como el Cañón de Fernández, independientemente de que no había fin de semana en el que no saliéramos a caminar por nuestro hermoso desierto lagunero.
Fue al segundo mes de comenzado el ciclo escolar cuando el director de la preparatoria nos presentó a un nuevo compañero, Ramón Salas Montoya. Se trataba del director de un periódico de la localidad, de periodicidad semanal y tamaño estándar llamado El Gómezpalatino. Era un tipo afable y comedido, mucho mayor que todos nosotros, quien invariablemente llegaba a clase vestido de traje y corbata, algo muy poco común en una ciudad donde la temperatura promedio en temporada de calor no bajaba de los 32 grados centígrados, con un modo de hablar como de político educado. Se trataba de un fervoroso creyente de los platillos voladores y de extraterrestres, cuyos temas desarrollaba en las páginas del medio que dirigía. Así que cuando sucedió lo del cohete Athena, al acontecimiento le dedicó las seis páginas de gran formato del periódico, y su interés por el tema lo acercó con nosotros, pero especialmente conmigo, que a los dieciséis años ya había debutado como editor de mi primer periódico estudiantil, La Verdad, de tamaño tabloide, en la escuela secundaria donde mi amigo Juan de Dios Mercado fungía como presidente de la sociedad de alumnos a pesar del disgusto que le ocasionó su triunfo en la elección correspondiente al director Francisco Torres Moreno, un tipo hosco e irascible quien había sido el causante, por cierto, de que yo después terminara en una preparatoria particular debido a que su animadversión hacia mi persona se debía a las críticas que le hacía por la opacidad mostrada en la construcción de una obra particular detrás de la escuela.
Panorámica de la Zona del Silencio
El caso es que Ramón nos animó para que concretáramos el proyecto de excursión a la Zona del Silencio que, para variar, había ideado Jorge Villalobos… Y como para esos días ya habíamos formalizado nuestro grupo del café en un club de caza, pesca, excursionismo, fotografía y periodismo, nos fuimos a las instalaciones del El Siglo de Torreón para comunicarle a la sociedad lagunera que nos iríamos a dar una vuelta por aquella misteriosa zona que tanto daba de qué hablar. Lo que inmediatamente fue aprovechado por el caricaturista Enríquez, quien en su característico estilo nos dedicó un cartón al decir que, como estudiantes, era mejor que fuéramos allá que a la «Zona de la fayuca» en Torreón, ubicada en una colonia detrás de Peñoles, al oriente de la ciudad.
Aquel sábado 27 de febrero partimos a la Zona del Silencio en punto de las nueve de la mañana siete entusiastas expedicionarios, en la camioneta pick up del papá de Manuel, atiborrada de nuestro equipo para acampar, con comida y un gran tambo de agua. Fuimos el propio Arratia como conductor, José Muñoz, quien fungía como director del periódico El Estudiante (de la federación estudiantil de la localidad); Jorge Villalobos, entonces gerente del periódico Heraldo Federal, de la preparatoria donde yo ya no había tenido cabida; Gustavo Oteo, Gerardo Zarzosa, Manolo Silva y el físico Alejandro Sotomayor.

Luego de detenernos en el camino para ver una troca que se había volteado y que se encontraba abandonada con su carga a la mitad de la carretera, llegamos a Ceballos donde estuvimos media y hora y posteriormente reanudamos el viaje a la población de Escalón, ya en el estado de Chihuahua, donde enfilamos hacia la derecha por un camino de terracería con rumbo a Estación Carrillo.
A las 12:15 horas encontramos el lugar donde debíamos acampar, fue un espacio libre de gobernadora cercano a un cerro que tenía dos prominentes rocosos, como torreones de castillo medieval, y desde donde calculamos que podríamos observar durante la noche la caída de aerolitos en la zona, la que era muy profusa, según los relatos de quienes se nos habían adelantado a recorrer el lugar. Por lo pronto, a la una de la tarde emprendimos la primera caminata, fue muy larga y extenuante, pero anduvimos bajo el abrasador sol unos cinco kilómetros, aunque luego decidimos regresar al campamento para que no nos fuera a sorprender la noche. Sobre todo para racionar el agua, porque aunque nos habíamos provisto de un barril del preciado líquido, al venir por el camino de terracería el empaque con huevos saltó de la caja donde venía y se fracturaron, motivo por el cual alguien los metió en un jarro de barro donde se supone que coceríamos frijoles, sólo que lo puso sobre la tapa de lámina del tonel y al siguiente salto que dimos aquello se fue al agua y la contaminó.
A las 19:50 ya había obscurecido y mientras unos preparaban la cena otros juntaban leña de mezquite, con excepción de Manuel que descansaba plácidamente con la vista hacia el horizonte. De pronto éste pegó un grito que nos asustó. «¡Miren, allá!», y hacia donde nos indicaba que observáramos era justo detrás del promontorio rocoso de mayor tamaño, el de la derecha viéndolo nosotros de frente, de donde surgió un objeto luminoso que empezó a ascender con lentitud. Los siete nos quedamos pasmados, porque no podíamos identificar qué era aquella luz brillante.
El objeto despedía una intensa luz azul, ascendía digamos que con lentitud, como uno de esos satélites artificiales que en la Guerra Fría ponían a orbitar la Tierra norteamericanos y rusos, y que uno podía ver incluso en las ciudades porque la luz que por las noches irradiaba de estas no resultaba tan intensa como para ocultarlos. Además, aquello era más deslumbrante que la estrella más luminosa, así que no podía tratarse de algún artefacto construido por el hombre, y quienes supusieron que entonces debía ser un avión que por la distancia semejaba la lentitud característica por efecto óptico, terminaron por desechar su suposición cuando vimos que enfrente de nuestro campamento se detuvo, por lo que a partir de ese momento comenzamos a ponernos nerviosos. Jorge tomó los binoculares y dijo que aquel objeto parecía tener forma ovalada, después nos quedamos inmóviles, como hipnotizados tratando de descubrir qué rayos teníamos prácticamente encima de nosotros.
Fue el momento en que Gerardo, quizás por el miedo que todos experimentábamos de distinta manera, tomó su rifle calibre veintidós y le disparó al misterioso objeto, lo que de inmediato hizo que el resto reaccionara tranquilizándolo. Luego de varios segundos el objeto brillante reanudó su desplazamiento, lentamente, fue entonces cuando de forma repentina y a velocidad vertiginosa, zigzagueó siete veces, como una pelota de frontenis rebotando sobre imaginarias paredes paralelas, para luego continuar su trayectoria en línea recta. A continuación, aminoró bruscamente la velocidad, porque para ese momento se encontraba a mucho mayor altitud; segundos después retomó su trayectoria de este a oeste, ante nuestra pasmosa actitud, sorprendidos de lo que veíamos. No salíamos de la sorpresa cuando aquella extraña cosa dobló en un ángulo de noventa grados y, entonces sí, adquirió tal velocidad en dirección hacia el sur que pareció desintegrarse en el espacio.
La manera como aquel objeto luminoso se alejó de nuestra vista fue espeluznante, literalmente igualó la de un rayo, porque se perdió en la distancia en cosa de dos segundos, quedaría grabado en nuestras mentes, al menos en la mía, por el resto de mis días. Recuerdo que un par de años después, con la aparición del filme Star war, pude ver la reproducción exacta de cómo en décimas de segundo aquel extraño objeto se nos había perdido en la inmensidad de la noche.
Tras del intempestivo suceso quedamos conmocionados, sobre todo porque a la conclusión que llegamos fue que aquello que acabábamos de ver en la Zona del Silencio había sido un objeto volador no identificado, como se le conocía a ese tipo de información que los escépticos comenzaban a estigmatizar como poco seria, porque según ellos los platillos voladores no existían y sus presuntos avistamientos sólo eran producto de la imaginación de quienes decían haberlos visto. Sólo que esa noche la extraña luz la habíamos visto siete individuos.
El caso es que desde las ocho de la noche no paramos de hablar, especulamos y discutimos y confrontamos hipótesis hasta dejar que la sugestión hiciera presa de nosotros, por lo que a las 23:10 coincidimos en que un nuevo objeto había aparecido en el horizonte y hasta calculamos que la distancia que nos deparaba de él eran unos cinco kilómetros, aunque permaneció inmóvil por mucho tiempo; pero clarito vimos que la parte inferior era de un rojo intenso mientras que en la superior la luz era blanca. Más tarde se nos figuró ver que dicho objeto hacía varios movimientos ondulatorios, para después achicarse y quedar fijo en el espacio como una estrella.
Trozo de meteorito de la Zona del Silencio y que aún conservo
Cuando regresamos a la ciudad y contamos lo que habíamos visto, algunos se mostraron escépticos y hasta dijeron que debimos haber traído tremenda guarapeta, pero en ese viaje nadie llevó licor ni nada parecido, si acaso cigarrillos, pero ningún alucinógeno porque, de hecho, ninguno de los que ahí estuvimos era adicto a ninguna droga. Sin embargo, esa noche estuvimos sumamente alterados por la presencia de aquel objeto luminoso cuyo recuerdo se nos quedó grabado por el resto de nuestros días.
Dos años después en la Sierra de Durango, en la obscuridad del bosque mi amigo Juan de Dios fue testigo de la presencia en el cielo de una nueva luz luminosa, la cual no pude ver porque cuando salí de la casa de campaña luego de los desesperados gritos que me hacía para que viera aquello, ya era demasiado tarde.
Con los años he tenido la oportunidad de presenciar incluso de día más objetos no identificados, como aquel que vi en el verano de 2006 junto con mi familia en un tramo de la carretera 49, entre los estados de Durango y Zacatecas, como a las once de la mañana, mientras conducía en nuestro regreso a la Ciudad de México, y cuya forma era ovalada, como la de un puro, y que por el material con el que estaba construido reflejó los rayos del sol seguramente a varios kilómetros de distancia.
En octubre de 2015 y luego de más de cuarenta años de no haber vuelto a tocar el tema, me encontré con mi amigo Gustavo Oteo en el Parque Morelos de Gómez Palacio, donde nos sentamos a platicar en una de las mesas de la fuente de sodas y lonches de Popo, y sólo hasta entonces le pregunté que si aún recordaba aquella noche en la Zona del Silencio. Por un instante se quedó pensativo y después me dijo que cómo no iba a recordarla, y a continuación me pidió que escribiera algo relacionado con aquella experiencia. Le conté que ya había escrito algo aunque muy corto en la revista Nosotros hacía tiempo, pero le prometí que trataría de escribir algo más completo y supongo que la memoria ya no me dio para más. Aunque aún guardo en mi diario los apuntes de aquel viaje. Pero me gustaría que algunos de ellos pudieran contar su versión acerca de lo que esa noche de mil novecientos setenta y uno vieron.